Consejos para presentar tu manuscrito a las editoriales

¡Buenas!

Esta entrada del blog va a ser diferente de lo normal, ya que ni va a ser un texto narrativo, ni una reseña. En esta entrada os voy a explicar cómo presentar vuestro manuscrito a una editorial, para minimizar las posibilidades de rechazo. No hay trucos milagrosos, pero igual a alguien le sirve.

Ya he visto entradas similares en blogs variados, algunas con parte de verdad, otras totalmente equivocadas. La mayoría de quienes escriben esas entradas son escritores/as (con más o menos éxito, normalmente lo segundo) que explican como creen que deben presentarse los manuscritos a las editoriales, con una serie de pasos y requisitos formales un tanto ridículos. Resulta aún más sangrante que, quienes dan esos consejos, se han autopublicado. No tengo nada en contra de la autopublicación, pero no se puede decir que eso otorgue experiencia en el trato con una editorial, ¿no?

Yo os voy a decir cómo sería recomendable, en base a mi experiencia personal. ¿Por qué mi experiencia personal puede ser relevante? Pues porque soy lector profesional desde hace seis años. Para quien no sepa en que consiste, es lo siguiente: el editor o editora me paga a cambio de que yo le haga un informe de viabilidad sobre el manuscrito que ha captado su interés, con un resumen detallado de la historia, los personajes, los defectos y méritos. Yo me leo el manuscrito entero, y presento mi opinión. Hay baremos objetivos y subjetivos, y se deben valorar las posibilidades comerciales, temática, estilo, etc. ¿Creíais que los editores se leen todos los manuscritos que se les presentan? Para una editorial grande es, simplemente, imposible, ya que puede recibir cientos al mes.

¿Cómo captar el interés del editor/a? No lo sé, ni yo ni nadie, porque cada uno es diferente. La única forma, real y viable, es tener contactos en el mundillo. En menor medida puede ser útil que está bien escrita, haya una presentación por parte de un agente que intente vendértelo (los agentes literarios cobran solo si colocan tu manuscrito), o simplemente suerte. Que nadie os engañe, la clave para que tu manuscrito pase de la mesa del editor a un lector profesional, o a que lo abra y le eche un vistazo,  depende, para la mayoría de quienes me leéis, de la suerte. Si resulta que soy un guionista de televisión conocido, o tenéis un amiguete… pues es mucho más fácil, como comprenderéis.

Como os decía, yo voy a hablar de mi experiencia personal, así que indicaré qué es lo que más me molesta a la hora de hacer un informe. Los lectores somos personas, y un libro que entra con mal pie, lo tiene más difícil, ya que debe remontar la desastrosa primera impresión. Por mucho que intente ser objetivo, si entra mal, le costará más. Así que, vamos a lo práctico:

  • ¿Presento mi manuscrito en papel o en formato digital? Da igual. Yo prefiero que estén en Word, porque se adapta muy bien al formato del kindle que uso, mejor que el pdf, y resulta muy manejable el poder enviarlo de un lado para otro sin tener que acudir presencialmente a la editorial a recoger el tocho. Por otra parte, si lo has impreso y encuadernado, y ha llegado por correo a la mesa del editor, el hecho de que esté por ahí encima puede hacer que sienta curiosidad en un momento dado, y le eche un vistazo por casualidad.
  • Cuida la presentación. No me refiero a poner dibujitos, me refiero a que el manuscrito esté pulcro, sin faltas de ortografía ni errores gramaticales, en un tamaño de fuente claro y con un interlineado cómodo, ordenado en párrafos, sin repeticiones… Una de las cosas que más saltan a la vista, por ejemplo, es el mal uso de los guiones en los diálogos:

– Esto está mal hecho, tanto el guión, como el punto que viene ahora. –dijo el lector profesional

– ¿Por qué lo dices? –preguntó el autor.

– Porque este guión no es el que toca, y el punto va después del guión de cierre.

– No entiendo el porqué. Al menos, estoy poniendo los “porque/porqué/por qué” bien, ¿no?

– Eso es verdad. ¡Inaudito! Deja que te enseñe qué guión debes usar.

– Vale.

—Este es el guión que debe poner, el largo.

—Pillado.

  • Cuidad la ortografía y la gramática. No puedo decirlo suficientes veces, pero esto causa una impresión nefasta. En un blog leí que comparaban la presentación del manuscrito con una primera impresión en una cita a ciegas. El símil es útil y bueno (y no recuerdo el blog del que lo saqué, para darle el crédito que merece). Una mala ortografía es como encontrar que el hombre con el que has quedado (digo hombre porque sé que la mayoría de lectores de este blog son lectoras, y el género masculino me va bien para referirme a un manuscrito) ha venido desarreglado y sucio. El tema de los guiones largos sería como si hubiese venido con una ropa que ya no os gusta. Es superficial decirlo así, pero de momento solo estamos hablando de la forma del manuscrito. Lo de los guiones no es grave… pero ya es un indicio de que algo no funciona. Ahora bien, si además escribe cosas como: “El hombre calló al suelo” o “la mujer habría y cerraba las manos”, es el equivalente a venir a la cita sucio y oliendo mal. Si no habéis vista nada raro en esas frases, no intentéis convertiros en escritores, porque clama al cielo. Estoy escribiendo en el Word, y es lo suficientemente listo para marcarme en azul: “calló” y “habría”. Así que si queréis ser escritores/as, dedicadle un tiempo a adecentaros. Esto, que parece básico, no es tan obvio. Os resultaría increíble la cantidad de autores, nacionales y extranjeros, que cometen todo tipo de aberraciones ortográficas y gramaticales. Autores españoles de género consagrados, con bastantes libros ya publicados, en diferentes sellos. Pero ellos se limitan a vomitar sus líneas con poco orden y concierto, confiando en que luego la editorial les arreglará el manuscrito. Y es verdad que lo hacen. Si vuestra novela tiene una gran idea, puede que la editorial decida invertir tiempo y dinero en corregir los fallos. O incluso en ponerse en contacto y hacerte sugerencias de mejora. No contéis con ello, porque para eso ya tienen que confiar, de salida, en que vuestra novela tiene “algo”. Mejor cuidar todo. Por cierto, los ejemplos de “calló” y “habría” son reales. Me los he encontrado.

  • No aburras al principio. Mejor si tampoco aburres en el medio ni al final, pero es lo que os decía de las primeras impresiones. Un editor puede que solo se lea las primeras líneas u hojas de vuestro manuscrito. Cualquiera que se dedique a editar es capaz, en unas pocas líneas, de formarse una impresión bastante precisa de vuestro estilo y capacidades. Hay que captar su atención. Un truco es comenzar in media res, en una escena emocionante o con una revelación interesante. La mayoría intentar hacer esto, sobre todo cuando no tienen un estilo literario cuidado, y juegan su baza a picar la curiosidad. Obviamente, si escribís bien, eso se nota rápido, y aunque no empieces in media res, el lector seguirá pasando páginas.

  • Aquí ya entramos en lo subjetivo. Si no cometes errores ortogramaticales, y tu manuscrito se ha presentado a la cita limpio y educado, toca ver sus modales. A veces, un estilo cuidado y muy literario, aunque vacío de contenido, puede tener éxito. Ya sea por su lirismo, o por lo bien escogidas que están las palabras y las frases, esto hará que comience a llamar la atención. Siguiendo con la metáfora, puede que vuestra cita sea un hombre bien vestido y muy educado. ¿No le daríais una oportunidad? Si resulta aburrido, no hay nada que hacer, pero seguro que le daríais más cancha que al que llega desarreglado o se tira eructos, ¿no?

 

  • No hay secretos aquí. Ni yo, ni un editor, ni nadie os podrá decir si vuestro idea resultará interesante. Las variables son casi incontables. Si hubiese una fórmula, las editoriales solo publicarían éxitos. Y la realidad es que todas las editoriales, ya sean grandes o pequeñas, se dan batacazos. Puede que un libro que sea muy malo funcione en un momento dado, por una cuestión de moda. O porque hay una adaptación televisiva o cinematográfica. O porque tiene buenos contactos. O porque conecta con una gran parte de sus lectores, de una forma cuasi-mística. O porque la editorial busca un tipo concreto de literatura. El libro de Belén Esteban fue un best-seller, y libros realmente bien escritos y cuidados no llegan a nada. Contra esto no se puede luchar. Lo cual me lleva al último punto.

  • Vuestra cita es un hombre atractivo, limpio, educado, ocurrente, inteligente, y gracioso. ¿Lo tiene todo? Para gran parte de los humanos, sí. Desgraciadamente, aquí entran el dinero. Y es que las editoriales no son ONGs. Por las causas antes mencionadas, pueden no darte una oportunidad. Vale, ese manuscrito, esa cita que has conocido, daría para un romance increíble… pero en la pobreza. Sería memorable, quizá trágico; un idilio de noches turbulentas y pasiones desenfrenadas… pero al final, hay que comer. Hay que pagar facturas. Hay que rentabilizar el manuscrito. Y entonces puede que no haya nada que hacer, porque la editora creerá que vuestra novela lo tiene todo, pero, con gran tristeza en el corazón, lo dejará pasar. Porque el vil metal manda.

En resumen, no hay que perder el ánimo. Yo ahora estoy terminando mi novela, y pasaré a estar en el lado de quienes buscan una oportunidad. Tengo una lista de editoriales que publican el género que yo hago. Les enviaré un mail con una breve sinopsis e intentando explicarles por qué mi novela les podría ser interesante. Un mail personalizado, por supuesto, no seáis cutres. Aún no he decidido si les enviaré directamente el manuscrito, ya que he visto que algunas editoriales no quieren que se los envíen así, a palo seco. A otras, ya acostumbradas, les da igual.

Y después me tocará esperar meses a que me respondan, si acaso responden. Todo lo que he escrito en esta entrada es desde mi perspectiva como lector profesional, no como autor, pero lo he hecho con la intención de que le sea de utilidad a alguien.

¡Esperad! Hay un último punto:

  • Igual no valéis para esto. Igual yo tampoco valgo para esto, obviamente. Es tan duro y complicado ser consciente de no valer para escribir, como reconocer que un hijo es feo y tonto. Me recuerda esos programas de talentos y cantantes, en los que sale gente cuyo sueño es cantar, a pesar de que su voz duele como el infierno. Pues una parte se aprende, y la otra se tiene o no se tiene. Resulta que todo el mundo con algo de imaginación se cree en condición de convertirse en escritor. Tienes un ordenador en casa, y con eso crees que ya vale. Así a ojo, de cada diez manuscritos nacionales que leo, uno o dos son lo suficientemente decentes para darles una oportunidad. Otros dos o tres podrían tener potencial, si el autor trabajase duro, y corrigiese sus fallos. Pero la mitad no valen ni valdrán para escribir. Lo siento. Quizás lo sienta por mí, en el futuro, pero de momento, aún tengo esperanzas. Y eso es importante. Pero no hay que confiar mucho en los milagros; trabajo duro, práctica, y suerte. Esa es la fórmula.

Saludos.

Carlos Di Urarte

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Espiritismo II

Segunda y última parte de este capítulo de otro de mis proyectos.

Anteriormente, en “Espiritismo I”:

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—Siéntese, Monsieur Etienne. Pongamos bajo control nuestra fuerza vital, y el portal se estabilizará. Saquen los talismanes —dijo imperativa Madame Akasha.

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Etienne estuvo a punto de enviar al infierno a todos los presentes. Temió que le hubiesen envenenado, pero no había tomado nada desde hacía horas. Pensó que quizás las velas, al arder, estaban liberando algún compuesto tóxico o alucinógeno, pues el olor le resultaba sumamente desagradable, pero entonces no debería haberle afectado sólo a él. Al final decidió que era culpa solo suya, y volvió a sentarse, pero sin ganas de abrir la boca. Se mantuvo inclinado hacia delante, con respiraciones lentas y profundas, buscando una serenidad que se le escapaba de las manos. Notó que el corazón le palpitaba desbocado, y cuando más pensaba en ello, más se le aceleraba. Con la mirada enturbiada por el mareo, vio como cada uno de los presentes sostenía entre sus manos un objeto.

Madame Akasha volvió a hablar.

—Como es la primera vez que Monsieur Bourgeois acude a nuestras sesiones de inmersión en el velo, sería correcto dejar que se tranquilice, y explicarle el proceso y lo que va a contemplar hoy ¿Señor Matheson, ya que se sienta a su lado, sería tan amable…? —dejó la frase en el aire. Las palabras ascendieron hacia el techo, como devoradas por un sumidero celestial. O al menos eso le pareció a Etienne. Madame Roqueleurre estaba muy atenta. Los ojos le tremolaban, acuosos —hagamos un receso de diez minutos.

Etienne sacó de su pitillera un cigarrillo y lo encendió. Luego le ofreció uno a su joven interlocutor, que aceptó. Este olió el cigarrillo.

—¿Turco?

—Sí, Galoises, de la tabacalera imperial. Son muy fuertes.

El americano dio una calada, y al instante se arrepintió. Al inhalar, el humo parecía devorarle la garganta, como una marabunta incandescente que le dejaba en carne viva los pulmones. Por fortuna, cauterizó todo en la segunda pasada, así que cuando exhaló el aliento, ya tenía alquitranado el camino para las siguientes bocanadas.

Saúl comenzó a explicarle el protocolo para la séance espiritista mientras el resto de invitados se retiraban o conversaban entre sí. Se inclinó hacia él, conspirador.

—En cada sesión traemos un objeto que creemos que ha enlazado con el otro mundo. A Madame Akasha le resulta más fácil conectar si hay resonancias que amplifiquen sus poderes. Intentamos centrarnos en uno solo de nosotros, que hace de puerta principal, y la abrimos con su objeto. El resto sirven, por empatía, para incrementar el efecto de la llamada. Madame Akasha busca objetos personales que tengan una historia relacionada con nuestra búsqueda del más allá. Intentamos encontrar el objeto con el que mejor nos podemos sincronizar. Salvo Madame Roqueleurre, que siempre trae su muñeca, pero el suyo es un caso especial. Mire, yo esta vez he traído una cajita de rapé vacía. La encontré en una mansión que perteneció a un ancestro mío, que era de Barcelona, antes de que nuestra rama familiar emigrase a Estados Unidos, y su apellido se perdiese. Pues bien, la casa me corresponde por derecho de herencia, al no haberla reclamado nadie en todos estos años. Pero la casa está encantada. Miré, litografiada en la tapa hay una imagen de su alzada. ¿Cuántos pisos ve?

—Tres. Y quizás una buhardilla, aunque no veo ventanales ni aperturas en el tejado.

—Tres. Y sin embargo la mansión que habito sólo tiene dos pisos, y una buhardilla —dijo Saúl, solemne. Se reclinó hacia tras, orgulloso. Etienne esperaba que el americano continuase, porque no tenía muy claro que debiera haber deducido. Al no hacerlo, se aventuró con sus conclusiones.

—Bueno, quizás hay un “piso fantasma”, si es que eso existe. También puede que esa litografía no muestre la misma casa. Está borrosa, y supongo que hay casas similares.

—Demasiada casualidad, si tenemos en cuenta que la encontré en su interior. Además, hay dos álamos a ambos lados del pórtico columnado, ¿ve? Son los mismos que hay en mi casa. Y es la misma, se lo aseguro.

—¿Sugiere que hay un piso entero que se ha desvanecido? –preguntó Etienne.

—Desvanecido no, que solo existe en un plano de existencia superpuesto al nuestro, pero al que no podemos acceder por métodos normales.

Etienne entornó los ojos hacia el cielo. Dios misericordioso.

—¿Y no podría ser que la hayan reformado? Usted dice que han pasado muchos años desde que un familiar suyo pisó Europa —abrió las manos en un gesto que parecía dictaminar que era lo más lógico y probable.

—Podría ser. Podría ser.

Saúl, por primera vez, se mostró dolido ante la falta de entusiasmo de su interlocutor.

—Disculpe, no quería ofenderle. Pero soy una persona desconfiada. En más de una ocasión he oído historias de estafadores y artistas del timo que se aprovechan de las creencias de los demás. Me ha mencionado a Madame Roqueleurre, y me ha parecido ver que se tomaba todo esto muy en serio.

—Sí, su caso es especial. Su hija… —dejó en el aire la frase, como dudando si continuar o no — …su hija se suicidó.

—El peso de la vida. A unos nos dobla, a otros los rompe.

—Sí, hace muchos años. Madame Roqueleurre era joven, y su hija no debía tener más de doce años. Se ahorcó en su habitación, en la torre de la mansión donde vivía. La encontraron con las piernecitas en el aire, su cabecita colgando de una de las vigas. Se había subido al cabezal. Dejó una nota donde explicaba las causas de su suicidio. Con doce años. ¿Qué causas podrían hacer que una niña con toda la vida por delante pusiera fin a su existencia? Los rumores destrozaron al matrimonio.

—Y la condesa trae la muñeca favorita de su hija, para intentar contactar con ella, supongo —dijo Etienne.

—Casi, pero la realidad es mucho más retorcida. Madama Roqueleurre es una devota cristiana, que está convencida de que su hija arde en las llamas del infierno por la decisión que tomó. Habló con varios sacerdotes, incluso con el arzobispo, pero le dijo que el alma de su pequeña estaba condenada. Ni el pontífice podría salvarla. Así que encargó la fabricación de una muñeca a Armand Marseille, el mejor maestro juguetero que pudo encontrar. Utilizó cabellos cortados del cadáver de propia hija, y para el vestido utilizó una porción de la mortaja. Antes de que la enterraran en la finca familiar, por supuesto, pues el obispado no aceptó que fuese inhumada en terreno consagrado. Madame Roqueleurre, desde entonces, intenta contactar con ella para que pueda confesar sus pecados a un sacerdote católico, y ser perdonada.

—Es una locura.

El marqués Etrius apareció por detrás, y puso una mano en el hombro de Etienne.

—No. Es una pena. Una pena terrible, que atenaza el alma de quien la sufre. Es desesperación, motivada por una tristeza tan grande que ha hecho que dedique la mitad de su vida a intentar congraciarse con el recuerdo de una hija que se suicidó, y de cuya muerte, sin duda, se culpa. Piensa que quizás si ese día se hubiese encontrado en casa en vez de en el Liceo, o si los criados que ella contrató hubiesen sido más responsables, o si no hubiese permitido que su marido fuera tan duro con ella… —Etrius calló al oír las voces que indicaban que la anciana y la médium regresaban por el pasillo, conversando en susurros.

El doctor Ernst regresó del lavabo poco después, y todos tomaron asiento.

—Bien, supongo que el señor Matheson le habrá puesto al día, ¿no?

—Más o menos. Me falta explicarles los talismanes del Monsieur Ernst y Madame Toda.

La bruja hizo un gesto con la mano, cediendo la palabra a la arqueóloga catalana, que sostenía en sus manos lo que parecía un saco de arpillera. De su interior extrajo el cadáver de un felino, polvoriento y apergaminado.

—Hoy he traído una momia de gato sagrado, procedente de la necrópolis de Bubastis, en Egipto. Los gatos eran los animales sagrados de la diosa Bastet, y vivían en su templo. Cuando morían, eran embalsamados con todos los honores, para que continuasen sirviendo a su diosa en el más allá. Además, como ya saben, El Libro de los Muertos detalla con extremo cuidado los rituales necesarios para alcanzar la otra vida. Por ello creo que este animal nos puede servir de guía. Además, los felinos poseen un sentido sobrenatural que les permite detectar a las entidades que saben viajar entre ambos mundos, como bien nos dijo en la última sesión Monsieur Matheson, en su disertación sobre Poe. —Matheson esbozó media sonrisa, e inclinó la cabeza a la egiptóloga.

—Y Monsieur Wohlfart nos ha traído un libro muy atrayente, por lo que veo –Madame Akasha fijó su mirada en el doctor, que tomó  el gesto como un permiso para hablar.

Era fascinante ver estos miembros de la alta sociedad francesa, que vivían acostumbrados a dar órdenes y a no obedecer casi ni las leyes de su propia nación, saltar a la más mínima indicación de quien, para Etienne, era una clara farsante. Todo en su apostura, en sus gestos, en la voz impostada y la teatralidad de su maquillaje, servía para caracterizar un personaje, un estereotipo de augur o medium. Clamaba a los cielos: “farsante, farsante”.

— Les traigo una copia de “De Masticatione Mortuorum in Tumulis”, en muy buen estado —con una mirada de suficiencia se dispuso a aclarar para los profanos, su contenido y origen —. Es un grimorio que trata sobre el vampirismo y la necrofagia, que encontré en una subasta en Amsterdam. Lo acompaña un certificado de 1798 expedido por el papado, que verifica su autenticidad y lo considera un libro peligroso – ante esas palabras, Madame Roqueleurre se persignó —. El libro presenta todas las indicaciones necesarias para elaborar talismanes de nigromancia capaces de alzar a los muertos, o evitar que estos se alcen por su propio pie. También analiza y explica las causas por las que el cadáver de una persona puede reanimarse espontáneamente como un gul necrófago.

Estella Toda parecía interesada de forma genuina, y por supuesto Madame Akasha, en su papel de erudita esotérica y maestra de ceremonias.

—Excelente. Hemos reunido una colección de talismanes cuyo poder es palpable. Puede sentir los hilos de la magia entrecruzarse. He podido percibir con mi tercer ojo la malla de energías que se tejía desde el mismo instante en que nos hemos sentado. Tomemos nuestras manos —indicó la médium, extendiendo ambos brazos.

Así lo hicieron. Madame Akasha cerró los ojos, y comenzó a murmurar un galimatías que entremezclaba griego clásico, latín, y un tercer idioma que ninguno de los presentes podía identificar porque era claramente una invención de la hechicera. Continuó su salmodia impía durante varios minutos, hasta que, con una precisión digna de un gran estreno, un trueno retumbó, sacudiendo la casa con su virulencia. Segundos después comenzó a llover; las gotas repiqueteaban con fuerza en las tejas y canalones; las ráfagas azotaban las ventanas cerradas. El viento aulló en las contraventanas, inmiscuyéndose en la sesión de espiritismo como un zorro en un gallinero, y sus silbidos furiosos hacían tabletear los postigos en sus quicios, amenazando de paso con sacar a Etienne del suyo. Haciendo gala de su sentido de la teatralidad, Madame Akasha habló con una voz aguda, infantil:

—Madre. ¡Madre! ¿Dónde está? La siento, pero no la veo, madre. ¿Está aquí?

Esto turbó sobremanera a la anciana condesa, que apretó con más fuerza las manos con las que se enlazaba, las de Estella y Madame Akasha. Saúl, que tenía apretada la mano izquierda de Etienne, se le acercó y le dijo al oído:

—¡Ha contactado con la hija!

— ¿Hija? Thérèse. Thérèse, ¿Puedes oírme?

—No la veo, madre. Aquí no hay luz. No hay nada, solo dolor. Sáqueme de aquí, madre, vayámonos lejos.

—Te llevaré a casa, hija. Te llevaré a casa. Sólo tienes que aguantar un poco…

Madame Akasha moduló una nueva voz, gravé, áspera:

—Amante esposa. Te estamos esperando. Podremos volver a ser una familia. Thérèse y yo estamos compartiendo el tiempo, como nunca antes. Ya no necesito esperar a que marches con tus amigas. ¿Recuerdas el recital de Armand? Esa tarde fue la primera. Thérèse se vistió con tu negligé de satén blanco y…

—¡No! ¡Monstruo! ¡Déjala en paz, como le pongas la mano encima! —la anciana temblaba. Apretaba los párpados y los dientes, pero las lágrimas se deslizaban por sus mejillas chupadas.

—Lo sabías de sobra. Era más fácil para ti ignorarlo todo. Amada esposa, en breve nos reencontraremos. Aquí, en el abismo. Y entonces te enseñaré a difamarme. ¡Ramera!

Madame Roqueleurre lloraba, y los brazos le temblaban, sostenidos por Estella, que, con los ojos abiertos, estaba aterrorizada. Madame Akasha se retorcía, el cuello tensado y la mandíbula rígida en un rictus maníaco; continuó con su actuación, retomando la voz de falsete que imitaba la joven suicida.

—Tu camisón se manchó madre. Había sangre. Por abajo, madre. Lo siento mucho.

Un portazo en el piso superior, y ruidos de alguien corriendo. Etienne alzó la mirada hacia el techo. Eso no era una ilusión. Madame Akasha prosiguió con voz más grave.

—¡Abre la puerta, meretriz del diablo! ¿Por qué me provocas? Tú también lo deseas, ¡haz feliz a tu padre! ¡Abre la puerta o la echaré abajo!

Ruido de cristales rotos a través de las paredes, quizás provenientes de la cocina o del recibidor cercano. Las puertas de acceso al salón se abrieron con un gemido, y una corriente de aire apagó casi todas las velas. A la vez que se apagaban, Saúl dio un respingo, Etienne abrió los ojos dispuesto a levantarse y enviar al diablo a todos pero en ese instante vio que Etrius le miraba, atento. Como si le estuviese valorando, o como si esperase una reacción. La oscuridad les engulló. Creyó percibir una silueta enorme, de más de dos metros de altura, tambaleándose en una esquina del salón, como si fuese incapaz de caminar con seguridad. Daba zancadas sin moverse del sitio, hacía resonar lo que parecían unos zuecos de madera. Nadie más pareció haberlo visto. Un grito de niña en el piso superior, y un golpe de algo blando cayendo, seguido de un chirrido inidentificable, como una sierra dentada arañando una pizarra. Las puertas del comedor se volvieron a cerrar, solas. El silencio lo engulló todo, salvo el sonido de la lluvia en los cristales. Entonces comenzaron a oírse zumbidos procedentes de la silueta, de la que emergieron moscas; un hedor nauseabundo lo impregnó todo. Estella gritó, y se levantó, rompiendo el círculo. Saúl liberó la mano que entrelazaba con Etienne, y juntándola con la otra empezó a rezar un padre nuestro. Erns se levantó con vehemencia y la silla chirrió como un demonio. Sólo Etrius y Akasha permanecían imperturbables.

Ya había pasado. Solo se oían las respiraciones de los presentes.

Salidos de la nada aparecieron dos criados con lámparas, que iluminaron la estancia. Madame Roqueleurre temblaba, con los ojos en blanco, Saúl rezaba, Erns sostenía su libro como si fuese un salvavidas, y Etienne, sin saber cómo ni cuándo, tenía su pistola en la mano. Los criados retrocedieron al ver el arma. Etienne reculó hacia la pared:

—Están todos locos. Sus juegos exceden el buen gusto y la cordura –dijo.

—¿Juegos, Monseur Bourgeois? —replicó Etrius —. ¿Y entonces por qué ha desenfundado su arma, sí todo es inocuo?¿O es que en el fondo de su ser sabe que lo que ha vivido es real?

—¿Real? Humo y espejos. No sé por qué he venido. Es de una crueldad y mal gusto increíble.

—¡La condesa! —gritó Saúl, rodeando la mesa con celeridad. Madame Roqueleurre se había desmayado. Madame Akasha sonreía, Etrius dirigía a sus criados para que fuesen en busca de un doctor, pero Ernst ya estaba junto a ella, examinándola las pupilas, y reclamando que le trajeran el maletín que se encontraba en su coche.

***

Etienne dio una larga calada a su cigarro. Las volutas ascendían hacia el ventilador  situado en el techo, que lo atrapaba entre sus aspas de teca y lo desperdigaba sobre las estanterías como un aspersorio de nicotina. Etrius también fumaba, pero parecía que, lejos de saciar una adicción, lo hacía para acompañar a su invitado.

—¿Qué le ha parecido, Monsieur Bourgeois?

—Una fantasmada, si me permite  la mala broma.

Otra calada. El pequeño despacho sólo tenía dos sillones situados frente a un ventanal orientado al norte, donde las gotas de agua se estrellaban con dejadez. Un brasero caldeaba la estancia e iluminaba con el brillo de sus ascuas un cuadro de Palas Atenea. Un cuervo, que parecía haber tenido la mala suerte de ser disecado en el momento que alzaba el vuelo hacia la lámpara de pared, proyectaba la sombra de sus alas sobre los dos hombres.

—¿De verdad son necesarias esas farsas para el sustento de la Sociedad? ¿Mi padre aprobaba estos métodos para recaudar fondos?

—Su padre no vivió estos tiempos que nos han tocado a nosotros. Desde su fundación, y durante los años que formó parte de nuestra orden, esta obtenía financiación a través de la corona imperial. Pero con las continuas pérdidas en las colonias, las revueltas independentistas en sus territorios y el creciente anarquismo, era cuestión de tiempo que nos retiraran cualquier estipendio. Pero no por ello hemos dejado de creer en nuestra visión común, y en nuestro principal cometido: clasificar las amenazas sobrenaturales al Imperio, e intentar combatirlas. Para ello necesitamos dinero, me temo, y ahí entran las donaciones particulares.

—Es humillante. Un grupo de buenos para nada que asisten a nuestras funciones.

—Y sin embargo, uno de los presentes tiene un dàimon. Uno bastante poderoso. Y no me refiero a usted  —dijo el anciano mientras miraba a Etienne por encima de sus gafas de cristal tintado.

—Cuesta creerlo.

—¿Adivina quién?

—Podría ser cualquiera, pues todos me parecen unos inútiles integrales. Pero sin duda usted me lo dirá.

—No se piense. Me gustan los juegos. Se lo ruego, diga quién cree que puede ser el poseedor de un dàimon excepcional para nuestra sociedad.

—Saúl Matheson.

—No lo ha pensado, ha respondido el primero que le ha venido a la mente, confiando en que con eso bastaría para terminar el enigma.

Etienne suspiró.

—Estoy seguro de que la condesa no es.

—Bien.

—El doctor Wohlfart parece tan pedante que ya habría demostrado sus capacidades si tuviera alguna que se saliera de lo normal, ¿me equivoco? Aunque si ese libro fuera el que dice, tendríamos un problema. De Masticatione Mortuorum in Tumulis fue un manuscrito muy problemático, si no recuerdo mal.

Etrius sonrió.

—No se preocupe, es una versión censurada y recortada, los sortilegios y hechizos están incompletos, ya lo he comprobado. No puede convocar ni vincular absolutamente nada, ni por supuesto ejercer la nigromancia. Eso sí, puede consultar los grabados.

Etienne se mesó la barba, y perdió su mirada en el techo.

—El joven Matheson tampoco me parece un buen candidato, tiene el alma intacta. Quizás sea un Puro. Y la señorita Estella Toda no me acaba de convencer; para ella todo esto es una frivolidad, un pasatiempo. Así que solo nos queda nuestra farandulera. Madame Akasha.

—¡Excelente!

—¿Es una verdadera adivina?

—La mejor que he visto, o de la que haya oído hablar.

—Y sin embargo…

—Y sin embargo no usa sus poderes en nuestras reuniones, cierto. Prefiere ceñirse a su papel de estafadora con dotes para la oratoria y el drama. Los ruidos que oímos, y el grito de niña, fueron cosa de su prima pequeña, que con mi connivencia se escondía en el piso de arriba; con unos viejos zapatos de madera hizo los ruidos de los pasos. Me temo que su poder tiene ciertas limitaciones. Como el suyo, Monsieur Bourgeois, aunque de otro tipo.

—¿Cómo hizo la silueta del Hombre Alto? ¿Para que las sombras se moviesen así?

Etrius se pasó la lengua por los labios, inseguro de cuáles serían sus siguientes palabras.

—¿El Hombre Alto?

Etienne tragó saliva.

—Disculpe, la iluminación debió jugarme una mala pasada, y mi mente sugestionada vio cosas —optó por no preguntar por las moscas ni el olor. ¿Sólo lo había percibido él? Optó por cambiar de tema —. ¿Madame Akasha puede hablar con los muertos?

—No con los cadáveres, como usted, sólo con los espíritus. Y como bien sabe, los espíritus tienden a disgregarse y desvanecerse. Los espectros y fantasmas son harina de otro costal.

—¿Y el futuro? ¿Puede preverlo?

—Sólo las muertes.

Etienne se calló unos instantes.

— Eso quiere decir…

—¿Piensa que quizá ya sabe cuando morirá usted?

—Es un poder útil.

—No si no le va a servir para evitarlo.

—¿Lo han comprobado?

—Me temo que a la muerte le gusta bailar. La Danse Macabre. Sé que intentó evitar algunas muertes de seres queridos y el resultado fue mucho peor. Además, ella no puede controlar bien su uso. Y por supuesto están las pesadillas. Cada vez que atisba en las tierras de más allá del velo, tiene vívidas pesadillas que la incapacitan y aterran.

— ¿De dónde es?

—Española. De Andalucía. Su verdadero nombre es María Lanzas.

—Y ella es el verdadero motivo de que me invitase esta noche.

Etrius apuró la copa de cognac.

—Acuda a La Carassa, en el Barrio Gótico, y pregunte por Madame Pasifae. Le ayudará a encontrar a su objetivo.

***

Esa noche, mientras María se desmaquillaba, y Josefina, su prima de once años, le preparaba el baño, no dejó de pensar en el atractivo francés que acababa de conocer. Él la consideró una farsante desde el primer momento. Y eso estaba bien, pues quería decir que sus dotes de actuación seguían funcionando.

Se soltó el pelo. Le cayó en rizos negros, espesos, del tipo que los malos poetas siempre describen como azabache. Sus ojos profundos buscaron su reflejo en el espejo del tocador, mientras se levantaba para dirigirse a la tina de agua caliente. Depositó su batín chino sobre la cama, y comprobó la temperatura del agua.

Tras media hora de relajación, sumida en un ensoñamiento cálido y algodonoso, salió de la bañera, se perfumó con dos gotas, se puso el camisón, y se sentó de nuevo en su tocador. De un cajón secreto extrajo un diario gastado, anodino, con los bordes doblados y el espinazo agrietado, y redactó en él la visión que le había mostrado cómo sería la muerte de Etienne Bourgeois.

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El Hombre Alto desea que os haya gustado. A él le gustáis.

Saludos.

Carlos Di Urarte

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Espiritismo I

Esto forma parte de otro proyecto. Es el inicio de un capítulo de una novela ambientada en una Barcelona alternativa, a principios del siglo XX. Es un borrador pendiente de cambios, pero ya es legible. Espero que os agrade.

Carlos Di Urarte.

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El salón de invierno de la mansión del Marqués Etrius era una habitación sombría, y desde que puso un pie en él, Etienne sintió aprensión. Había cierta solemnidad fúnebre en la sala de techos altos y paredes cubiertas de paneles de teca. Comunicaba con un comedor adyacente gracias a unas puertas dobles que estaban cerradas, pero se abrirían para la cena. El salón estaba a su vez dividido en dos espacios. Uno compuesto por tres sofás verdes de terciopelo, situados en forma de herradura frente a una chimenea, y otro que conformaba una pequeña biblioteca, con estanterías en dos paredes adyacentes, y un ventanal emplomado.

Examinó la decoración con un vistazo rápido: el globo terráqueo que en realidad era un botellero, sostenido por un titán de bronce oxidado; la crisoelefantina de una geisha, serena y perfecta en su timidez, que ocultaba su rostro con un abanico; las velas en los candelabros sobre las mesitas auxiliares; y las lámparas de aceite en las paredes. La luz tenía cierta cualidad sepulcral, mórbida, como si estuviese entrando en una capilla o cripta románica. El silencio que sucedió a su entrada no hizo sino acentuar esa sensación. Parecía que era el último en llegar, y además desconocía al resto de los invitados. Un criado le recogió el abrigo, dejando al descubierto su pistola en su funda sobaquera.

Etrius se acercó, sonriente, y le escoltó, como sólo un buitre podría escoltar a un viajero por el desierto.

—Déjeme que le presente a mis amigos. Madame Roqueleaurre, Condesa de Tolosa, emparentada con el linaje Bonaparte, y con una docena más de casas europeas —. La mujer apenas le dirigió un movimiento de sus ojos, mientras permanecía con la boca fruncida en un gesto amargo de esfínter nobiliario.

—Sentado a su lado está el eminente doctor Ernst Wohlfart —. Un hombre con la calva repleta de manchas y un mostacho curvado a la moda, que pasaría de la cincuentena, ataviado con una levita negra que le daba aspecto de enterrador.

—Estella Toda, hija de Eduard Toda, diplomático y arqueólogo al servicio del emperador, y reputada egiptóloga por méritos propios. Está jovencita, si me perdona la impertinencia, ya ha recorrido medio mundo junto a su padre, y trabaja como conservadora en el museo del Louvre, aunque se ha tomado un año sabático  —la dama portaba con suma gracia un vestido liberty estampado de flores, y sostenía entre sus manos un grimorio de aspecto tétrico. Hizo un gesto cortés con la cabeza, y le sonrió. Sus rasgos faciales eran duros, ferales, y sin embargo emanaba de ella cierto poder magnético. Había belleza en su mandíbula dura, su nariz afilada, su boca amplia, y sus ojos maquillados con kohl. A pesar de vestir a la moda, su tono de piel era broncíneo, como el del propio Etienne, hecho que demostraba que pasaba horas bajo el sol del desierto, quizás en excavaciones arqueológicas.

—Y por último, este caballero —Etrius colocó su mano sobre el hombro de un joven de rasgos suaves, afeminados, con un bigote fino y negro, y una mosca casi inexistente —responde al apellido Matheson. Saúl Matheson es estadounidense, aunque su anglofilia le ha convertido en traductor de grandes poetas al francés. Ha traducido a Samuel Taylor Coleridge, Edgar Allan Poe y Lord Byron. Y como es un caballero discreto, jamás reconocerá que es poseedor de una excelente recopilación de poemas y relatos cortos propios, de misterio.

—Encantado de conocerle —dijo Saúl.

—Damas y caballeros, les presento a  Monsieur Bourgueois. Su padre y yo éramos buenos amigos —El doctor Ernst y la Condesa Roqueleaurre intercambiaron una gesto de inequívoco interés. Estella le miró con fijeza, casi con descaro. Monsieur Matheson le contemplaba con lo que parecía amabilidad —. Creí que sería una valiosa incorporación a nuestras filas. No solo porque desciende de un miembro fundador de nuestra Orden Esotérica, si no porque él mismo ha tenido varias experiencias vitales y contactos con las tierras situadas más allá del Velo.

Etienne pensó que todos los presentes parecían expectantes, casi ansiosos. Se habían reunido para celebrar una sesión de espiritismo, un pasatiempo inocuo e inofensivo que entretenía a muchos de los nobles y burgueses que no tenían nada mejor que hacer. Les excitaba la búsqueda del conocimiento acerca de los grandes misterios de la vida más allá de la muerte, de atisbar un gramo de verdad que sirviese para confirmar o refutar las doctrinas teológicas, o quizás sólo la necesidad de paliar la angustia vital. Eso motivaba a los presentes. Cada uno de ellos había ingresado en la Orden de los Hijos de Prometeo con esa necesidad, ese ansia de respuestas. Etienne sabía de sobras que los Hijos de Prometeo cumplían una función real en el inmenso Imperio Francés. Pero estos no eran esos hijos. Como en casi todos los grupos secretos, había determinados niveles ocultos a los no iniciados. Los Hijos de Prometeo entraban en sus filas, seleccionados y avalados por otro Hijo, y no se tenía en cuenta su posición social, conocimientos o contactos. Se buscaba hombres y mujeres, con independencia de su religión, sexo y edad, por sus capacidades para comprender, combatir o promover la seguridad del Imperio, desde un ámbito sobrenatural. Y por su sensibilidad. Fue el padre de Etienne quien le introdujo en los misterios, pero fue su capacidad para contactar con las tierras de los muertos, desarrollada tras la masacre de Puerto Príncipe, la que sin duda la valió el acceso a los Misterios Mayores.

Etrius guió a Etienne para que se acomodase junto a Saúl.

La anciana condesa de rictus escatológico, con las manos colocadas una sobre otra en su regazo, le dirigió la palabra:

—Díganos, Monsieur Bourgeois, si es tan amable, ¿en que consistieron esos contactos con el mundo ultraterreno? ¿Algún espíritu o espectro acaso? – La anciana había barnizado sus palabras con un deje burlón, lo cual no dejaba de ser irónico, dado los motivos por los que se habían reunidos

—Sí, estoy deseoso de escuchar su historia. Creo que me hice psicólogo para escuchar las miserias de los demás. De esta forma las mías me parecen más llevaderas – añadió el anciano doctor Ernst con una sonrisa falsa, antes de que Etienne respondiese a Madame Roqueleaurre.

Un coro de miradas  centró su atención en él. Estella le ignoraba deliberadamente, acariciando el lomo del libro que tenía entre sus manos. Sólo Saúl Matheson, con su fino bigote y su mirada de cocker spaniel, como si entendiese lo que ocurría, parecía concederle el beneficio de la duda. Este pequeño grupo de decadentes de clase alta le había juzgado, sin que Etienne supiera muy bien por qué, como no apto para sus reuniones. Etienne estaba acostumbrado a disfrutar de tales reacciones a su presencia, y sabía atajarlas, o al menos expresar una actitud acorde con lo esperado.

—Si piensan que tengo interés en las fantochadas que hacen aquí, me temo que se equivocan. No me interesa el mundo del espectáculo, y les aseguro que si creen que no soy digno de sus presencias, díganmelo a la cara.

La estupefacción se extendió por el salón como una plaga de langostas silenciosas. Bien podrían ser esqueletos los que ahora estaban sentados a la mesa, ya que nadie mostró una pizca de vida. El Marques Etrius salió al paso quitando hierro al asunto:

—Ruego que disculpen a mi invitado. Aún está cansado del largo viaje desde Nueva Orleans, y no es él mismo. Es excéntrico. Pero tan pronto como se reponga descubrirán que es un excelente conversador, repleto de anécdotas de las colonias.

—Sí, estoy seguro de ello —dijo el doctor Ernst, asintiendo. Creo que Monsieur Bourgeois se ha sentido incómodo y fuera de lugar. La culpa es nuestra, sin duda. Debe ser terrible sentirse diferente, lejos del hogar.

Etienne se sentó junto a Estella, que entregó el libro a un criado solícito que esperaba detrás suyo y se lo llevó. Decidió que debía entrar en su juego.

—Mi experiencia con el mundo de los muertos fue muy simple. Permanecí muerto varios minutos. Y volví a la vida con plenos recuerdos de lo que se hallaba al otro lado de lo que ustedes llaman “Velo”.

Los presentes, por primera vez, mostraron un interés genuino en sus palabras. Estella se inclinó hacia delante, colocó un mechón de cabello negro rebelde detrás de la oreja y dijo:

—Fascinante. Háblenos de las tierras de los muertos.

—Bueno, sin duda pensarán que estoy loco, pero vi a mis familiares muertos. Me esperaban, envueltos en un halo dorado, junto a unas puertas abiertas rodeadas de nubes resplandecientes. Un hombre barbado, vestido con una toga de aspecto romano, me recibió. De su sencillo cinturón de soga colgaban varias llaves.

—¡San Pedro! —exclamó Saúl Matheson, dando una palmada en el reposabrazos de su sillón.

La condesa la miraba con abierto desdén, y el doctor Wohlfart se había convertido un busto neoclásico que parecía la mismísima representación del escepticismo.

—¿No me creen? —dijo Etienne —, pensé que eran capaces de creerse cualquier cosa.

Saúl estaba perdido. Su mirada fue del doctor a la condesa, y de ahí a Estella y a Etrius. Finalmente se posó de nuevo en Etienne, que sintió cierta vergüenza ajena,  incluso pena por el inocente norteamericano.

—Discúlpeme. No quería ofenderles. De nuevo. Pero la experiencia de mi muerte fue muy traumática para mí. No estoy preparado para hablar de ello con ligereza, y creo que no nos conocemos lo suficiente.

El marqués parecía mortificado. Sin duda pensó que Etienne sabría comportarse, o quizás no, pero estaba claro que la velada no estaba saliendo como él esperaba. Otro criado entró en la sala, pidió perdón por la intromisión, y susurró a Etrius unas palabras. Él sonrió.

— Me anuncian que Madam Akasha ya ha llegado. Podemos sentarnos.

Al oír esas palabras, dos criados abrieron las puertas dobles que daban acceso al comedor, donde una mesa ovalada ocupaba casi todo el espacio. La sala estaba sumida en la penumbra, apenas rota por un único candelabro, y los pesados cortinajes de terciopelo impedían las vistas al jardín exterior. Mientras los presentes se aposentaban, hizo su entrada la bruja.

Madam Akasha era una mujer de belleza gitana, que a Etienne le pareció el estereotipo de las hechiceras rumanas. Llevaba el cabello recogido con un pañuelo rojo del que colgaban monedas doradas. La tez era oscura, los ojos negros, la nariz respingona y los labios gruesos, perfilados de púrpura, a juego con la sombra de los ojos. Se ataviaba con varios pañuelos como una odaliscas de Las Mil y Una Noches. Una niña gitana se acercó, y la tendió un estuche de madera lacada en negro; de él extrajo un tarot. Con dramatismo escénico y extremo cuidado, depositó el fajo de naipes delante suyo. Posó sus ojos en los presentes, mientras se sentaban. Cuando llego a Etienne, ambos se midieron. Etienne la consideró una farsante al instante. Ella sintió cierta curiosidad, la misma que un gato puede sentir por una lagartija que se escurre entre las grietas, cerca de donde dormita.

Los criados les abandonaron tras cerrar todas las puertas. La única iluminación provenía de las velas del candelabro dispuesto en el centro de la mesa, lo que sumía el contorno del comedor en sombras danzantes. A Etienne no le hizo ni pizca de gracia, porque le pareció que algunas sombras se movían de forma antinatural, como si no siguieran un patrón lógico. Esto le hizo rememorar el desencadenante de su estancia en las tierras de los muertos. Recordó que, cuando se lo explicó a los doctores españoles que le atendieron días después del suceso, desestimaron sus visiones como delirios inducidos por la falta de oxígeno. Negaban categóricamente la veracidad de lo que él estaba seguro que había sido un verdadero desplazamiento de plano, a un lugar oscuro que no sabía definir.

Recordó el paisaje caótico, bulboso, terso y viscoso. Se sintió como un insecto en ámbar, con la terrible sensación de que vagaba a la deriva y a la vez estaba solidificado. Allí había cierta luz ambiental, que parecía proceder de unos extraños nódulos que colgaban de hebras. No había arriba ni abajo, y recordó la sensación de indefensión total, de incapacidad, de que su condenación era inefable. Porque hay veces en las que, ya sea por suerte o desgracia, somos partícipes de algún misterio que sólo el misticismo más hermético podría ser capaz de explicar. La ciencia tiene sus limitaciones, y a diferencia de la fe, está atada al pensamiento lógico y a la relación causa-efecto para explicarlo todo. Pero el lugar en el que Etienne se encontró, o al menos creyó encontrarse, no podía ser definido. Incluso la misma noción de las dimensiones era algo maleable, dúctil. Pero por encima de todas esas sensaciones, el sentimiento más palpable que se le adhirió como un enjambre de sanguijuelas, era el de terror. Un miedo absoluto, un pánico irrefrenable ante su propia mortalidad. La perspectiva de una eternidad encogido, desprotegido y miserable, en un mundo en el que apenas era una mota ridícula, sin importancia, con menos valor que un comino, le asfixiaba. Esa experiencia marcó el resto de su vida, en tanto que ya no pudo estar seguro de sus propias percepciones, nunca más.

La experiencia se repitió en contadas ocasiones, aunque nunca de forma tan vívida como aquella vez. Sin embargo, en algunos momentos inesperados, determinados sucesos en ambientes controlados desembocaban ese recuerdo. Por ejemplo al notar una telaraña adhiriéndose al dorso de su mano al entrar en un local abandonado; o al despertar de madrugada, con la sensación de que, mientras dormía, varias hormigas recorrían su epidermis; o cuando, al bañarse en un río, le parecía que alguna criatura fría y escamosa le había rozado el tobillo. Y en este caso, el hecho de verse rodeado de sombras que parecían bailar a su alrededor, como un aquelarre, destapó el horror.

Comenzó notar un sudor frío en su frente, y se clavó las uñas de las manos, bajo la mesa, intentando pasar desapercibido. Madame Akasha recitaba una especie de salmo, y los presentes iban respondiendo. El sentía como sus voces se alejaban, y se hundía cada vez más, atrapado en unas sábanas infinitas que amortiguaban su caída, pero no la llegaban nunca a detener del todo. Cada vez más abajo, más profundo.

Y de golpe se recuperó.

— ¿Monsier Etienne? ¿Etienne? ¿Se encuentra bien? ¿Monsieur Etienne?

A su lado, Saúl Matheson le sacudía con cautela. Pero el momento ya había pasado.

— Perdonen. No me encuentro bien. Necesito algo de aire. – Etienne se levantó.

Madame Akasha sonrió.

—Creo que Monsieur Etienne ha conectado con el otro lado. En ocasiones ocurre. La suma de nuestras presencias ha abierto un portal. Ha durado unos segundos, pero lo he percibido con claridad –dijo con una voz profunda y un acento ronroneante, difícil de situar.

— La suma de las partes es mayor que el todo. Es la teoría de la gestalt. – sentenció el doctor Ernst—, el círculo busca completarse, y se ha desbordado en nuestro invitado, que no está acostumbrado.

—Puede ser. Parecía tan fuerte y saludable, y ahora recuerda a un aquejado de tisis. – dijo Estella con un mohín de burla.

El marqués Etrius era el único que expresó cierta preocupación por su salud, ayudándole a levantarse. El revólver que colgaba de su funda estuvo a punto de soltarse. Madame Akasha enarcó una ceja al ver el arma. Etienne apoyó las palmas de las manos en la mesa, y el resplandor de las velas iluminó las perlas de sudor que habían emergido a su frente.

—Siéntese, Monsieur Etienne. Pongamos bajo control nuestra fuerza vital, y el portal se estabilizará. Saquen los talismanes —dijo imperativa Madame Akasha.

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Hasta aquí la primera parte.

Permanezcan en su sitios, que la sesión continuará en breve.

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NOCHE DE CHICAS -Neones Extraños-

¡Buenas!

Quería compartir un añadido extra a mi novela que se puede leer como un cuento autoconclusivo, aunque habrá cosas que no queden muy claras sin saber “algo” del mundo urbano que he creado. Probad.

Hace tiempo creé una entrada con un texto, esta:

https://palabrasdeniebla.wordpress.com/2015/06/08/preludio-cyberpunk-en-inocencia-menor/

En aquel entonces no tenía muy claro a dónde iba a llegar a parar con él, ni un propósito. Lo saqué de la novela que estoy terminando. Ayer lo encontré y lo retomé. Lo retoqué horrores, y lo adapté a la trama y los conflictos. Lo encajé después de que Nathaniel fuese secuestrado. Ahora el punto de vista es de Nanami, no de Yoko (rebautizada como Hue, la  futura novia de Bu), y me sirve para caracterizar bien a la coprotagonista de la novela. También os dejo un par de imágenes que me sirvieron de inspiración. La primera para la parte de Bajociudad conocida como “Callejones Sing Song”.

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Los callejones de las chicas Sing Song

Las otras son las que me hicieron crear al personaje de Deviant. No puedo decir quienes son los artistas, porque no tengo ni idea. Agradezco que me inspiraran.

Igual todo esto no le importa a nadie, pero a mí siempre me ha gustado que los autores expliquen un poco de dónde salen sus ideas, así que igual hay alguien que encuentra interés en esto que os he dicho.

Sin más rollos, os dejo con Nanami y sus Acid Nymphs.

NOCHE DE CHICAS

La espera era lo peor. Pasarse minutos, o incluso horas, agazapada en posición, aguardando a que su objetivo tuviese la decencia de ser puntual. Ese momento tenso que nos sirve para que el héroe -o heroína, como es el caso- rememore algún momento vital o nos muestre un poco más de su carácter, aunque sea con una larga mirada al horizonte que exprese serenidad y atención. La calma antes de la tempestad.
Nanami se concentró en mantener extendidos sus zarcillos invisibles de nanitas. Como una araña en el centro de su tela, las hebras de nanobots ocupaban cámaras, máquinas, drones, farolas… y aguardaban su momento. Ella se limitaba a gestionar su atención entre todos ellos.
En una narración, ya fuera audiovisual o escrita, todo se solucionaba con una elipsis. El protagonista espera. Le vemos aburrido. Hay un momento clave, incluso lírico, en que ve una polilla rondar un neón, o acaricia un objeto personal de sus seres queridos ya fallecidos. Empatizamos. Y entonces entra la acción que estamos esperando, casi por sorpresa.
En el mundo real la espera era un coñazo, y solo los vigilantes de seguridad y acompañantes sin nombre, verdaderos héroes de la guardia silenciosa, merecerían ese tipo de epifanías. Pero ellos se limitaban a morir en el primer intercambio de disparos.
Dio un sorbo a su refresco e hizo un gesto a Deviant que esperaba en una esquina de la plaza, sentada en un banco con las manos en los bolsillos. Deviant sacó una mano e imitó un saludo militar en su dirección. Luego le lanzó un beso.
No podía dejar de pensar en su padre, en cómo se había desarrollado todo. Igual tendría que haber ido sola para convencerle de que acudiera con ella a ver al Buda. Pero lo más probable es que se hubiese negado. Las cosas se torcieron, y ahora tocaba esperar a que saliese del coma. A saber como interaccionaban las nanitas de ambos. Quería volver a la enfermería de Candy para estar allí cuando despertase. ¿Habría alguna noticia nueva?
Bebió otro sorbo. Apoyó la lata de pepino y miel, que ni siquiera le gustaba, en el suelo; se quedó ensimismada mirando una gota de condensación deslizarse por el lateral. .
Su brazalete emitió un maullido. Abrió la conexión entrante con un pensamiento.
—Estás atontada, céntrate.
Miró a Deviant, que la hablaba desde su omnivitae.
—Me centraría mejor si no me molestases.
—¿Estás segura de que esta es la hora? No hay ni dios.
—Sí, estoy segura. Y es normal que no haya nadie, hay partido.
—Ya, es el mejor momento para traficar con personas.
Nanami miró hacia las galerías superiores. A la izquierda se encontraban las Dúplicas, ocultas junto a las escaleras. Las gemelas escuchaban música con unos auriculares compartidos. A la derecha, en la otra galería elevada, estaba Nemo con su ancla y su cadena repleta de muescas. Tarareaba una canción que nadie más escuchaba. El único varón del grupo también era un sumergido de tercera generación. La radiación del abyssium le dejó hecha polvo de la cabeza.
Los respiraderos de la plaza expulsaron vapor caliente. Sisearon con fuerza a través de las rejillas cuando el tren pasó por debajo. Las vibraciones sacudieron el pavimento.
—Ahí viene alguien —dijo una de las Dúplicas por el comunicador.
—Ya era hora —rezongó Deviant.
Nanami miró en la dirección que le indicaban. Una furgoneta negra descascarillada entró en la plaza. De ella bajó un hombre con pinta de pervertido. ¿Cómo es la pinta de pervertido? En este caso era un tipo con sobrepeso, de unos cuarenta años, con gafas de pasta y barba irregular de adolescente. Y una sudadera con capucha, que era la clave. Si no era para hacer deporte, cualquier hombre de mediana edad con una de esas sudaderas parecería un secuestrador de menores. Solo le faltaba escribir en el lateral del vehículo: “golosinas gratis para menores sin familia”.
El hombre sacó de la furgoneta a una niña que debía rondar los once años y vestía uniforme de colegiala. Por favor. El uniforme era innecesario y gratuito. Este lanzó una mirada desconfiada a Deviant, que en esos momentos se estaba calzando sus patines en el otro extremo de la plazoleta. La niña parecía atemorizada.
—¿Ahora, Nana? —preguntó la otra Dúplica. Alisha o Naisha. Nanami nunca las distinguía.
—No, nos falta Inari. Tendría que haber llegado ya.
—Anoche se fue con Dao, igual se ha quedado dormida. No contemos con ella.
—Si no aparece tendremos que bastarnos. Antes de que vengan los compradores o la cosa se complicará
—¿No jodas, con Dao? ¿Por qué no me lo dijiste? —interrumpió Deviant por el intercomunicador.
—Es mentira —dijo una de las gemelas —, mi hermana no salió anoche, no sabe de lo que habla.
—Pero Saga sí, y me lo contó. Se fue con Dao, que dicen que calza veinticinco centímetros.
—¿Veinticinco centímetros de qué?
—¿De verdad no sabes de que hablamos, Devi?
—Seguro que tu hermana lo sabe de primera mano —se burló Deviant. Hizo un gesto de felación, ya con los patines puestos. Se deslizó por la plaza mientras hablaba con ellas.
—Dejad de cotillear y centrémonos. Deviant, no te acerques tanto a ellos, les puedes asustar.
—La mejor forma de ocultarse es a simple vista. Solo soy una inofensiva roller.
Deviant cogió impulso y saltó contra uno de los bancos. Grindó contra su canto arrojando chispas con las placas metálicas de sus patines. El pervertido de la sudadera la miró de reojo, murmuró algo. Sostenía a la niña por los hombros.
—¡Si le asustas se largará, joder!¡Hazme caso! —Nanami alzó la voz más de lo que esperaba. El pervertido miró en su dirección.
—Ahora mira quien la está jodiendo… —replicó burlona Deviant.
Las Dúplicas escuchaban la discusión entre la pareja. Nemo parecía perdido en su canción mental, tras un cartel publicitario.
—Seamos profesionales por una puta vez, Devi. Si es que eres capaz de dejar de hacer el gilipollas. No sabemos quienes son los compradores y puede que estén cerca —dijo Nanami.
—No sé si sabré ser profesional —Deviant hizo otro truco patinando alrededor de la furgoneta, cruzó las piernas y se giró sobre si misma para patinar de espaldas. Todo sin perder ojo al hombre —. Si querías profesionales, haber llamado a Nyx. ¡Ey! Dúplicas, ayer Nanami se fue con Nyx a Escila a hacer una misión secreta. ¿A vosotras os llamó?
—Nyx, estás muy cerca, te oirá lo que dices, no la jodas —Nanami intentó parecer calmada. No lo consiguió.
Cinco moteros aparecieron por el otro lado de la plaza. Sus motos japonesas eran oscuras, cubiertas de pegatinas y estampados de yokai. Rugían con estruendo.Todos llevaban cascos y monos con un emblema en la espalda
—Mierda —Nanami cerró los ojos —. ¿Son los compradores o seguridad para el comprador?
—Ni idea —dijo una Dúplica —. Espera. Nanami, el logo de las chupas es un gato demonio. Son Bakenekos.
Nanami aguzó la vista, pero no tenía ángulo con ninguna cámara para ver los emblemas de sus espaldas. Los moteros se pararon frente al hombre y la niña. No se quitaron los cascos.
—Mierda, joder. Nos largamos, chicas. Abortamos.
—¿Qué? ¿Y la dejamos aquí? —gruñó con incredulidad Deviant, que se había parado en un portal , alejada de ellos.
El hombre se acercó con la niña a los moteros. Uno de ellos se quitó el casco. Era un joven atractivo, con una cicatriz en la cara y el pelo teñido de plata. Se pusieron a hablar. Él vendedor hizo un gesto hacia Deviant y otro hacia Nanami. Los moteros miraron de lado a lado de la plaza a ambas adolescentes, pero no se preocuparon.
—Esperad —dijo Deviant —, no son Bakenekos.
—¡Una mierda que no! —respondió por el intercomunicador una de las Dúplicas, que se había escondido tras la barandilla de la galería —. He visto su logo, un gato erguido con dos colas y máscara de demonio.
—No son máscaras, los gatos llevan las caras pintadas. Son gatos erguidos de dos colas, sí, pero sin máscaras. Son Nekomatas.
—¿Nekomatas? —murmuró dudosa una de las hermanas.
—¿Deviant, estás segura? —preguntó Nanami. Llamó a un dron reportero que sobrevolaba la zona para poder usar su cámara —. Los Bakenekos sí están metidos en la trata de blancas, tienen muchos contactos. Tendría sentido. Los Nekomatas son unos muertos de hambre, no pintan nada aquí.
—Aunque sean Nekomatas —dijo una Dúplica —, me sigue dando mal rollo. Los Nekomatas son vasallos de los Bakenekos. Si nos cargamos a alguno estaremos metidas en un buen follón. Buscarán venganza.
—No si matamos a todos.
—Votemos —dijo su gemela.
La transacción se estaba llevando a cabo. Los moteros pagaron con billetes al pervertido, que empujó a la niña hacia ellos.
—Voto atacar, pero ahora —dijo Deviant.
—Yo voto retirada.
—Yo también — dicen las hermanas.
Nanami parece dudar.
—Nos retiramos, no podemos ofender a uno de los clanes, aunque sean vasallos menores.
—Joder, Nanami, esta no eres tú, estás distraída por toda esa mierda de tu padre. ¡Es una niña, hay que sacarla de ahí!
—Inari —murmura por el intercomunicador Nemo en uno de sus inusuales estallidos parlanchines.
—Sí, Inari nos hubiera venido bien —susurra Deviant, oculta tras una columna —. Ella hubiera atacado conmigo.
Nanami se siente frustrada. No quiere llorar, no quiere dejar a su suerte a esa niña, en manos de unos proxenetas. Pero atacar sería una locura.
—¡Mirad! —dice una de las Dúplicas.
Las cuatro Acid Nymphs asomaron hacia la plaza. Inari, la quinta en discordia, acaba de aparecer por una calleja. Caminaba hacia el grupo formado por los yakuzas y el pervertido. Vestía con retazos de ropa punk y tachas de metal, como todas las Acid Nymphs, pero ella prefería los colores claros y los tejanos deslavados. Y cubría su rostro con una máscara de kitsune blanca y roja.
—¿Qué coño hace?¿A dónde va? —dice una Dúplica.
Todas aguardan el desenlace.
Inari saca una miniuzi y el tiempo se detiene para todos menos para ella. Dispara una ráfaga a los moteros que no reaccionan a tiempo. Las balas impactan en las motos, en las rejillas del suelo, en las farolas. Los casquillos flotan a cámara lenta alrededor de su máscara de zorro. Todos abren las bocas para gritar. El pervertido se gira hacia la seguridad de su furgoneta, los yakuzas desenfundan las armas de sus motos o se refugian tras ellas. Uno cae con dos impacto en el pecho, otro ha recibido plomo en la rodilla y aprieta los dientes.
La niña se tira al suelo, se cubre la cabeza con las manos.
—¡Cubridla, joder, ataque, al ataque chicas!¡Hay que matarlos a todos!
Nemo salta de la galería. Cae encima de la furgoneta como un atún recién pescado, pierde pie y choca su cráneo contra el parabrisas. El ancla oscila fuera de control e impacta la puerta del piloto. Los cristales explotan en una supernova que refleja los neones de los carteles cercanos en mil colores.
El tiempo se reanuda.
El pervertido chilla histérico y sale corriendo.
Las Dúplicas sacan sus pistolas y comienzan a disparar mientras descienden las escaleras hacia la plaza. Los moteros intentan reagruparse, pero un tercero cae herido. Aún así, comienza a disparar con su pistola semiautomática. Los dos restantes optan por huir. Montan en sus motos y aceleran. Las ruedas chirrían, sale una humareda.
Deviant no ha estado ociosa. Acelera con los patines, coge velocidad, salta sobre uno de los bancos, activa el nitro, y vuela por el aire girando sobre si misma. Golpea con una de sus espuelas en la cabeza a uno de los dos moteros. El golpe hubiera sido letal de no llevar casco. Deviant y Nekomata ruedan por el suelo mientras el quinto yakuza, el de la cicatriz, escapa.
—Lo siento, iba a por tu compañero —Deviant desenvaina su cuchillo favorito y apuñala tres veces en el estómago al motero derribado —. Tengo que practicar mejor ese salto.
Nanami permanece quieta, con los ojos cerrados. Se concentra en todas las conexiones. Contempla la escena desde diferentes ángulos: cámaras de seguridad, el visor de la furgoneta, la microcámara de los patines de Deviant, el dron de prensa que ahora está sobre la plaza. Aprieta los dientes e impide que sigan grabando, luego borra los últimos minutos. Una bala silba junto a su cabeza y le rompe la concentración.
El pervertido de la sudadera ya no está cerca. Corrió en dirección opuesta a los yakuza. Las Dúplicas están ya en la plaza, rematan a los moteros heridos. La niña sigue tirada en el suelo llorando. Tiene una herida superficial en un brazo, quizás una bala rebotada.
—¡Deviant, el jefe ha escapado! —grita por el comunicador Nanami.
—¡Es mío, solo necesito guía! —responde.
Si alguien puede coger a un motero urbano en Bajociudad, es Deviant. Pero antes debe resolver un cabo suelto. Nota un aguijonazo en la cabeza. Reanuda el enlace con el dron y eso fuerza sus nanitas, que deben consumir más energía en la conexión. Aprieta los dientes. Tiene la pistola en la mano, pero no ha llegado a usarla.
Nemo continúa su “finisher” a la furgoneta, reduciéndola a pulpa metálica al bajar por un lateral y golpearla con rabia por haberse perdido la fiesta. El pobre Nemo pesa doscientos kilos, y su ancla al menos treinta más. Seguro que intentó caer sobre el pervertido, y no calculó bien. A Nanami le recuerda al “bonus stage” de un videojuego de lucha.
El pervertido corre entre callejones, choca con varias personas, cruza la calle y está a punto de ser atropellado por un autobús. Se apoya en una farola para tomar aire. Nanami le sigue desde el aire, su conciencia a lomos del dron. Lo ve todo en tonos de amarillo, pero tiene un zoom potente para ver el sudor en su frente.
Él resuella, recupera el aliento.
La esfera con cámaras tiene buena maniobrabilidad, debe pesar unos cinco kilos. El vendedor de la niña no la ve venir hasta que le cae encima de la cabeza reventándosela como una calabaza madura. Trozos de sangre y sesos bañan a los pasajeros que en ese momento descendían del autobús. Activan sus omnivitaes para grabar y hacer fotos al cadáver.
Con el deber cumplido, Nanami deshace la conexión con el dron. A su alrededor hay cuatro yakuzas muertos. La niña parece estar bien salvo por un rasguño. Inari… mierda.
Inari está muerta. Una bala, a saber de quien, le atravesó el cuello. Se ha desangrado. Nanami acude a su lado, le quita la máscara. Acaricia su mejilla pecosa, la mira a los ojos oscuros enrojecidos. Le pone las manos en el cuello, pero es tarde. Tiene el rimel corrido, como si se hubiese pasado la noche llorando. Ya no podrá preguntarle qué le pasó con Dao, o que la motivó a disparar a los yakuzas sin siquiera avisarlas o pensar.
Nanami cierra los ojos, tiene ganas de gritar. Pero su omnivitae maulla. Conexión entrante de Deviant.
—Lo estoy siguiendo por el viaducto persa, necesito guía pero ¡ya! Su moto es mucho más rápida. Diría que regresa a su territorio, no lo voy a pillar a tiempo.
—Espera.
Nanami se concentra en el mapeado de Las Pistas, busca rutas alternativas, posibles trayectos para motos que lleven al territorio de los Nekomatas. Lo localiza a través de cámaras de tráfico.
—No va a su territorio, ya se ha pasado el de los Nekomatas, Deviant. No sé donde va.
—Es un Bakeneko, dije que era un Nekomata para que atacásemos.
—¡Joder, Deviant, nos podría haber costado la vida!
—Suerte que Inari solucionó la votación, habría pasado lo mismo, ¿no? Ahora seamos proactivas y jodamos a ese cabrón.
Nanami rebuscó los planos y las zonas almacenados en sus recuerdos. La IA enjambre de sus nanitas le propuso una ruta hacia el territorio de los Bakenekos y otra para Deviant.
—Deviant, ¿ha cogido la vía del Atronadero?
—¡Sí! — la voz de Deviant comenzaba a sonar cansada con cada impulso que se daba. Reservaba el nitro restante de sus patines por si tenía que hacer un sprint.
—Me conecto a tu cámara. Tienes que pillar un oleoducto paralelo. Él tendrá que hacer dos giros cerrados y bajará seis niveles. Tú deberías ganar tiempo por el alcantarillado.
Nanami volvió a conectarse a las cámaras, saltó entre nodos de red. Estaban muy lejos. Notó miles de aguijonazos en su cerebro. Sangraba por la nariz. A su alrededor todo se desdibujó. Pasó a ver a través de la cámara que Deviant llevaba integrada en el patín derecho. Cada vez que se impulsaba, la imagen daba tumbos violentos.
—No te costaba nada ponerte la cámara en un casco. Me estoy mareando.
—No llevo casco nunca.
—¡Pues en el pecho, joder!
—Ahí estarás esta noche, princesa.
Nanami rió sin ganas. Volvió a cabalgar la cámara de Deviant. A su alrededor pasaban personas y vehículos. Se encontraban dos niveles por debajo de ella. Vio al motero derrapando por un pasaje mal iluminado, frenando y volviendo a acelerar.
—Sigue recto.
Deviant le hizo caso. El camino acababa en una barandilla que daba a las vías del metropolitano, un piso por debajo.
—Ahora viene tu tren.
Deviant exclamó de júbilo. Adicta al peligro, como siempre.
Al llegar a la barandilla que le cortaba el paso, el camino descendía por unas escaleras hacia el andén. Deviant no las descendió, ni siquiera intentó bajarlas grindando. Saltó por encima de la barandilla, juntó ambos pies en el aire en un truco innecesario y pedante, y cayó cuatro metros hasta impactar sobre el techo del tren que salía de la estación.
—¡A la izquierda!
—¡Bien, el tren va en esa dirección!
Deviant se impulsaba hacia delante sobre el metropolitano, saltando cuando llegaba a una conexión entre vagones. Esquivaba las vigas que amenazaban con decapitarla, se agachaba y driblaba con habilidad.
—Mejor lo dejo, las posibilidades de pillarle…
—Inari está muerta, Devi.
Silencio. Los patines resonaban contra el suelo de hormigón.
—Dale.
—Bájate aquí. Tendrás que pillar la alcantarilla ahora.
—¿No hay otro camino? Me suena que…
—No. Y date prisa.
Sí que lo había, pero a Nanami no le apetecía decírselo.
La vio colocarse la máscara respiratoria sobre la nariz y boca. Oyó la compresión neumática. Se ajustó las gafas de visión nocturna que llevaba en la frente y las encendió. Entró por una puerta lateral y descendió una rampa seca llena de restos de inmundicia. Los patines aceleraban con la pendiente y el fango grasiento.
—Necesito datos.
—Hacia abajo, de momento no te preocupes.
Nanami localizó al yakuza, que se había relajado y circulaba con más calma. Le vio encender su brazalete. Si comunicaba que había sido atacado, y alguien reconocía a las Acid Nymphs, iba a haber una vendetta. Pero las leyes no escritas de las bandas de Bajociudad eran claras. Si no quedaba ningún superviviente, nadie podía hacer nada. El éxito se premia con la inmunidad.
Nanami bloqueó la omnivitae del yakuza. El esfuerzo le hizo ver luces chispeantes delante de los ojos. Si seguía abusando de su poder se iba a desmayar.
—Nana, no sé donde estoy.
—Siguiente cruce a la derecha; baja la rampa. Te dejo, no aguantaré mucho más.
—¿Nana?
Volvió a ver a través de las cámaras de tráfico. El motero trasteaba con la omnivitae. Conducía con una mano mientras con la otra intentaba abrir el pad manual de la moto. Se encontró con un semáforo en rojo y tomó otro desvío. Luego una barrera en un cruce de tren y una señal luminosa que le indicaba que el camino estaba cerrado por obras. Se estaba alejando de los caminos más transitados, todo cortesía de Nanami.
El yakuza maldijo, se detuvo en seco en otro cruce cuando la moto se le apagó. Apoyó un pie en el suelo, se rascó la cabeza. Miró hacia atrás, pero estaba solo. Escuchó algo.
Deviant bajaba a ochenta y tres kilómetros por la rampa oscura, con sus patines dejando una estela verde fluor, el respirador pintado con una mandíbula de hueso y las gafas de visión nocturna reluciendo como llamas radiactivas. La inercia y el enfado ayudaron al nitro restante a convertirla en una bola de demolición.
—¡A la segunda va la vencida, cabrón!
Deviant saltó. Giró en el aire. Impactó con ambas rodillas en el pecho del motero. Le cogió con ambas manos de la cabeza para estabilizarse y cayeron junto con la moto. Él se golpeó contra el suelo con fuerza. Antes de que el yakuza sacase su pistola, el kukri de Deviant le seccionó varios dedos y las pistola cayó junto a varias falanges. Deviant rodó, se puso en pie de un salto. Él la miró, se sostuvo la mano sin dedos.
—Esto por Inari.
Alzó una pierna con un movimiento de ballet destinado a rematar heridos. Le clavó el espolón de acero en la cara. Su rostro crujió y se hundió. Luego ella perdió el equilibrio y cayó de lado, pero ya estaba hecho.

* * *

Nanami rompió la conexión. Deviant sabría regresar, así que se acercó a la niña, que estaba con las Dúplicas y Nemo. Parecía aterrorizada.
—¿Cómo te llamas?
La niña estaba en shock. No dejaba de mirar hacia los cadáveres de los moteros.
—Esos ya no te harán nada. ¿Cómo te llamas?
Nanami sacó de su bolso un chicle de mandarina y se lo metió en la boca. Le ofreció otro a la niña. No lo cogió.
—Mira, haremos una cosa; nos presentaremos. Me llamo Nanami, aunque todo el mundo me llama Nana. Tengo quince años, y sé por lo que has pasado. Nos llamamos Acid Nymphs, luchamos contra este tipo de cerdos.
Las Dúplicas se acercaron y la sonrieron. Ella retrocedió otro paso hasta apoyarse en la pared. Volvió a mirar el cuerpo muerto de Inari. Comenzó a llorar.
—No llores, no sirve de nada.
—Está en shock, Idol. Dale tiempo —dijo una de las gemelas.
Nemo apoyaba el ancla sobre el hombro desnudo, con la cadena colgando.
—Tampoco debemos perder mucho tiempo, chica —Nanami se acuclilló a su lado, la miró a los ojos.
—Hue. Me llamo Hue. Del Ahogadero.
Nanami asintió.
—Bien, Hue del Ahogadero. Cuando tenía tu edad quería ser una idol del xtreme-rock. Pero no pudo ser. Tú también seguro que tenías tus sueños, y hoy igual te han roto alguno. La vida te machaca si no la machacas tú primero.
—Mira, a nosotras también nos pasó lo mismo que a ti —dijo una de las Dúplicas. Te iban a vender. A nosotras nos vendieron en el orfanato. Seguro que no les quedó más remedio. O no. ¿Quieres volver con tus padres? Te podemos llevar de vuelta.
—Mi padre.
—Con tu padre, no hay problema.
—Mi padre —Hue señaló la furgoneta, y el pasaje por el que había huido el gordo de la sudadera.
Ellas entendieron.
—Mira, si tu padre te vendió, poco te queda atrás. A Nemo ni lo vendieron; lo abandonaron en la alcantarilla —Nanami señaló el cuerpo fofo del inmenso sumergido. Y aquí estamos. ¿Tienes más amigos en el Ahogadero?
—Bu.
—¿Podrías irte con Bu?
La niña comenzó a llorar, se cubrió el rostro con las manos. Las Acid Nymphs se miraron. Nemo se acercó a ella, la abrazó. La niña primero mostró un rostro de terror absoluto, pero poco a poco el abrazo del sumergido hizo que aflorase todo. Hue lloraba desconsolada mientras ellas contemplaban la escena. Nemo le dio un beso en el pelo.
Permanecieron así varios minutos. Nanami estaba intranquila. Ya nadie podría incriminarlas, y había borrado las grabaciones, pero aún estaba la remota posibilidad de que alguien de Ortos apareciese. No quería tener que dar explicaciones a la policía de Cerbero.
Oyeron un rasgar de ruedas sobre el pavimento. Deviant apareció con las gafas en el pelo pero el respirador aún puesto. Tenía una pistola en la cintura y un patín cubierto de sangre. La espuela estaba partida.
Derrapó y se unió a ellas. La máscara siseó cuando se la retiró del rostro. Miró la escena sin decir nada.
—La vendió su padre. Era el de la furgoneta —aclaró Nanami.
Nemo se retiró un paso. Deviant asintió. También se inclinó hacia ella, le dio un abrazo.
—¿Entonces no puedes volver a casa? Eso es bueno, porque hay casas a las que es mejor no volver. Si quieres, puedes quedarte con nosotras. Te enseñaremos todo lo que sabemos. Nos encargamos de liberar a chicas como tú de mierdas como esas —abrió la mano en dirección a los cuatro cuerpos, como una azafata señalando una salida de emergencia –. Te prometo, cariño, que seremos amigas. Todo se solucionará.
—Hue —dijo.
—¿Qué? —preguntó Deviant.
—Ha dicho Hue —explicaron ambas Dúplicas a la vez —. Es su nombre.
Nanami hizo otro globo con el chicle, pero le estalló y se le pegó a los labios. El chasquido sobresaltó a Hue.
—¿Cuantos años tienes, Hue? —continuó Deviant.
—Doce.
—Doce. Mira, Hue, yo tenía once cuando los del orfanato me pusieron al servicio de un sacerdote bionicista. Me obligaba a hacerle mamadas para compartir su fluido conmigo, para alcanzar la entelequia espiritual, o eso me decía. ¿Sabes lo que es una entelequia?
Hue negó con la cabeza.
—Yo tampoco. Aguantó con mis mamadas hasta que tuve trece. Entonces empezó a follarme, y lo estuvo haciendo dos años más. A los dieciséis no le atraía tanto, estaba ya desarrollada y se relajó. Se aburrió de mi. Entonces empezó a fijarse en otra niña que acababa de entrar a su servicio, del mismo orfanato. Tenía ocho años. Y eso ya no lo aguanté. No podía dejar que se repitiera. Me hubiera gustado clavarle un cuchillo en los ojos, cortarle la polla, rajarle el cuello, matarle como hemos hecho con tu padre. O que alguien lo hiciera por mí. Recé a quien me escuchase… pero al final siempre tienes que ser tú quien haga las cosas. Y al final llega un momento en que tienes que esconder tu cobardía. Y hacer las cosas. Lo peor es que huí, y dejé a ese cabrón campar a sus anchas durante todo un año más.
Los ojos miopes de Nemo miraban a Deviant con tristeza. A lo lejos, el gemido de unas sirenas de polícia reverberaba entre las calles bajas y estrechas. Al poco se alejaron.
Nanami se colocó los auriculares, y activó su música. Igual era muy egoísta por su parte, pero hoy sentía que tenía que prestar atención a sus propios problemas. Comenzaron a sonar los acordes de “Sweet Child O’Mine.
—Tenemos que movernos. ¿Te vienes o te quedas?
—Ten empatía, Nana. Hue, vente con nosotras. Nana será como hermana mayor para ti, es la mejor. Una hermana gruñona que te quitará la ropa, pero eso está bien. Yo tenía una hermana mayor, pero ahora ya no. Así que tener una hermana mayor gruñona está mejor que no tenerla, aunque te quite tu ropa favorita, porque puedes jugar con ella. Conocerás a Nyx. Da un poco de miedo, pero no te hará nada. Estuvo en el ejército; esa si que tiene la mirada dura. Por lo que le hicieron, por lo que hizo, y por lo que aún tiene que hacer. Nyx te encontrará un sitio para vivir, un sitio tranquilo. ¿Sabes? A Nyx los ojos le brillan porque son implantes. A Nana le gusta Nyx, pero, tsch tsch, es un secreto —Deviant sonrió con acritud. Nanami hizo como que no la escuchaba, perdida en la canción de Guns n Roses.
Las Dúplicas tomaron el relevo de la conversación.
—Ojos de luz. Azules como el mar bajo el sol del mediodía. ¿Has visto el mar alguna vez?¿Y el sol del mediodía? No te preocupes, con nosotras lo verás. O no, quizás no vivas lo suficiente. Ese es Nemo —señalaron al sumergido —, es el único hombre que dejamos unirse al grupo porque no es como los demás. No habla casi nada, es como un niño. Pero es muy muy fuerte.
—Y yo soy Deviant. Me gusta mucho patinar y dicen que no estoy bien de la cabeza. ¿A ti te gusta patinar?
Hue negó.
—Hue, ven con nosotras. Te llevaremos al Distrito Silente, conocerás al Buda del Nadir, y si te acepta, podrás ser una miko. O te enseñaré a patinar como una psycho. O puedes quedarte aquí, la decisión es tuya.
Nemo tomó en sus brazos el cuerpo de Inari.
Hue intentaba no llorar. Se apoyó en una columna cercana.
—Nos vamos. Adiós, Hue –dijo Nanami. —Por ese callejón, al final está nuestro coche. Mira por donde señalo. Iremos despacio hacia allí. Si vienes antes de que arranquemos, genial, porque todas queremos una hermana pequeña. Pero el coraje tiene que nacer en ti. O te puedes quedar, a la espera de tener la suerte de que quien te encuentre se conforme con violarte sin pegarte mucho. Pero es cosa de unos días que alguien encuentre tu cuerpo atascado en una esclusa en algún canal. No quiero abandonarte, pero no necesitamos una rémora. Necesitamos una compañera. Adiós, más veces no lo diré.
Deviant miró a Nanami. Suspiró. Las Dúplicas se miraron entre sí y comenzaron a alejarse. Nemo se dio la vuelta con Inari en brazos.
Fueron engullidas por el vapor que emanaba de uno de los respiraderos. Sólo sus pasos evidenciaban que no se habían disuelto en el aire.
Llegaron al coche. Nemo señaló hacia la plaza, a través de la niebla.
—Hue.
Oyeron pasos a la carrera. Hue emergió de la niebla, se situó junto a ellas, y asintió sin pronunciar palabra.
Todas sonrieron. Se marcharon.
Durante el camino de regreso a su territorio Nanami se durmió de puro cansancio. Soñó con su padre.

La Medium

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Se giró al escuchar el grito.

Ya casi había conseguido conciliar el sueño cuando aquel sonido agudo de terror le sobresaltó. Si no se equivocaba  provenía de la habitación principal. Las pesadillas debían haber vuelto.

Sin pararse a alcanzar la bata que reposaba a los pies de la cama, salió al pasillo apenas iluminado por la luna. Fuera de la habitación, reinaba el silencio. Nadie parecía haber escuchado nada.  La mullida alfombra amortiguó su carrera hasta llegar al final del pasillo.

La puerta estaba entreabierta. Por un segundo permaneció en el umbral conteniendo la respiración antes de empujar suavemente y entrar.  El cuarto estaba iluminado por la suave luz de las velas. La brisa que entraba por las puertas del balcón hacía titilar las diminutas llamas y removía la blanca tela que envolvía el lecho, donde Eve dormía de forma plácida. Desde la pared un gran retrato de la joven, de tez blanca y cabello azabache, pintado al óleo, la observaba. Leer más “La Medium”

Gotas de lluvia quebradas: diez relatos entre la ciencia ficción y la fantasía

 

Hace tiempo que no hago una entrada, y ahora que el otoño me pone melancólico con sus noches largas y sus días agonizantes, he pensado que sería un buen momento para hacer una reseña de uno de los últimos libros que no leí por obligación: Gotas de lluvia quebradas.

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El autor, Xavier Torrents, es un compañero de la web “El Pájaro Burlón”, y mentiría si dijera que si no fuera por esa web me hubiera enterado de esta recopilación de cuentos cortos. Leer más “Gotas de lluvia quebradas: diez relatos entre la ciencia ficción y la fantasía”

Melodía

radio vieja[1]

La encontró el mismo día que ella se marchó para siempre.

Estaba entre sus cosas, al fondo del armario, justo detrás de una caja de cartón repleta de cartas de amor. Era increíble que las hubiese conservado durante tantos años.

Tras deshacerse de aquella corbata negra, que jamás hubiera  querido vestir, se calzó las zapatillas y arrastró sus pies cansados hasta el salón.  Allí, la colocó en la repisa de la chimenea junto al marco de plata que guardaba en su interior el rostro sonriente de una joven pareja de enamorados.

Desde entonces cada tarde sentado en el sillón , cerraba los ojos y se dejaba llevar por la melodía que surgía de aquella vieja radio donde sonaban, como caídos del cielo, esos temas que tanto bailaron juntos.

Nunca falló a su cita con la música , esperando el día en se reunieran de nuevo.

Hasta el día en que la muerte le sorprendió, tarareando en su sillón , con su mejor traje y una sonrisa en los labios, junto a la antigua radio que dejó de funcionar un par de décadas atrás.

Susana Álvarez

Nota: Microrelato presentado bimestre pasado en estanochetecuento.com.  Cuento, cuyo tema giraba en torno a La Radio.

San Gabriel (V)

cenador bosque

Conforme me alejaba del San Gabriel el paisaje de fue haciendo más sombrío y cerrado, hasta el punto de que los árboles apenas dejaban que el sol se filtrara a través de sus ramas y una luz verdosa parecía envolver mis pasos en aquel bosque donde reinaba el más absoluto silencio. Hasta el más pequeño pájaro parecía haber enmudecido en aquel lugar.  A estas alturas el sendero había desaparecido y el aire se había tornado gélido. Traté de conservar la calma y caminé entre los árboles sin saber hacia a donde me dirigía. Leer más “San Gabriel (V)”

Preludio de narices a los Cruentos Góticos de Amor

silvestre

Preludio de narices a los Cruentos Góticos de Amor

(Velado homenaje a Quevedo)

 

Cada mañana pasaba a mi lado, mientras yo recortaba los setos del vecindario. Me sonreía, y me enamoraba aún más de su nariz, de su perfil digno de acuñar monedas. A veces estaba subida en una escalera, podando las ramas bajas de los alcornoques, y él pasaba por debajo. Vista desde arriba, su nariz era un reloj de sol bien encarado, la proa de una galera que marcaba el rumbo de mi adoración. ¿Cómo pude enamorarme de una sola parte de él, y es más, de parte tan aparentemente insignificante como la nariz? ¿No hay quienes se enamoran de algo más efímero, como una sonrisa, o una mirada? Que nadie juzgue mi deseo por algo mucho más tangible, como el órgano que sirve de pórtico a la respiración que nos mantiene vivos. Leer más “Preludio de narices a los Cruentos Góticos de Amor”

Cruentos Góticos de Amor

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Romance Exangüe entre Sanguijuelas de Extrarradio

Ella era como el acónito. Mortalmente bella, de figura trágica, y de aún más trágico humor. Su visión enalteció mi sangre al instante. Bailaba como una banshee en la sala segunda del Undead, bajo focos estrábicos de colores fríos, entre la niebla artificial y las formas anodinas de sus amigas. Me enamoré al instante de su siniestra apostura, de sus movimientos espasmódicos al ritmo de “Temple of Love”. Las luces iluminaban su piel de rayo de luna, y supe que sería capaz de hacerme enloquecer, con su altanería de cuervo y su lánguida mirada hechicera. Leer más “Cruentos Góticos de Amor”