“Ausencia”

Retrato richard Avedon Camino despacio por la acera.

Dos manzanas más y habré llegado. Tarde, llego tarde, pero no me importa.

Hoy el sol brilla entre las nubes, siento su calidez. Cierro los ojos unos segundos y un calor anaranjado ilumina mi oscuridad. Sonrío.

Camino sola mirando al frente. Detrás no hay nada, no hay nadie. No hace falta girarme, sé que estoy sola. Hoy mi corazón late tranquilo. Se acabaron las lágrimas en silencio. Respiro hondo y el olor del jazmín de las jardineras de la avenida me invade. Acelero un poco el paso.

Al hombro cargo mi mochila llena de libros, esa que tantas veces cayó al suelo conmigo. Hoy no pesa. Mis pies vuelan libres sobre el pavimento. En unos minutos llego. Cruzo la verja y entro al patio. Al fondo dos porterías solitarias descansan al sol. Tarde, es tarde. Hace rato que sonó el timbre de entrada. Acelero el paso hacia el edificio. Uno, dos, tres, subo los escalones y en la puerta llamo al timbre. Espero. Al otro lado unos pies se arrastran. Se paran y tras un click, la puerta se abre y aparece Anselmo, quien una vez tras otra curó mis golpes,con su bata azul y su sonrisa cansada.

—¡Nena! ¿Qué horas son estas? Corre. Ya deberías estar en clase. Me apremia con dulzura.

Se aparta, me deja paso y corro. En la quietud del pasillo, entre taquillas alineadas, mis pasos suenan y resuenan sobre el suelo. Esta vez no huyo. No huiré más.

Llego al aula y abro la puerta despacio. Entro en clase sin apenas aliento. Cierro la puerta a mi espalda. Todos se giran y me miran. De pie ante el encerado, tiza en mano, Don Narciso enfundado en su traje gris interrumpe su discurso con semblante serio. La clase está en silencio.

—Buenos días, señorita. No se quede ahí parada. Entre y siéntese. Parece que hoy más de uno se ha dormido. Murmura entre dientes antes de proseguir su explicación. Avanzo con paso firme hacia los pupitres con una seguridad nueva para mí. Veinticinco pares de ojos me siguen. Hoy no me importa. Ya no me importa.

No me detengo en la última fila, como era habitual, ni siquiera en la penúltima. Sigo hacia adelante. Hoy puedo elegir. Llego a la primera fila. Unos cuantos sitios vacíos me esperan. El creciente murmullo y unas miradas de sorpresa me acompañan. “¿Qué hace?” “Ese no es su sitio” “¿Dónde va?” “Ya verá cuando lleguen…”

Los oigo y sonrío. Siento como los puntos resecos de mi labio se estiran. No me importa, ya no me duelen. Hoy ya no.

Cuelgo mi mochila en el respaldo de la silla y me siento, mirando al frente. La luz del ventanal de mi derecha cubre el pupitre color hierba. Fuera el sol espera las risas y juegos de media mañana. Saco el libro de ciencias y lo abro por cualquier página. Delante de mí Don Narciso prosigue su explicación ajeno al murmullo de fondo. Lo miro con atención por primera vez, sin escucharle.

Hoy descubro sus ojos azul mar y su nariz aguileña.

Un par de golpes secos en la puerta interrumpe la clase. Elsa la secretaria aparece. —Disculpe Don Narciso. Un aviso urgente. Anuncia y muestra un papel doblado en su mano. Sin esperar permiso entra en clase.

Hoy su eterno carmín rojo no dibuja su sonrisa habitual. Camina entre los pupitres, todo lo ligera que le permiten sus altos tacones de charol negro. Veintiseis pares de ojos la siguen. Se detiene a escasos pasos del profesor y alarga el brazo con la nota.

Don Narciso con fastidio deja la tiza sobre la mesa de madera a su derecha y coge el papel en sus manos. Lo abre y lee despacio. Palidece. Dirige la vista a los pupitres vacíos, me mira y baja de nuevo la vista a la nota. Incrédulo vuelve a leer.

Sonrío.

Él ya sabe que no vendrán.

Susana Álvarez.

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Autor: Susana Álvarez

Inquieta por naturaleza, amante de los libros y el cine. En la lectura me decanto por la novela en todas sus versiones; Aventuras, histórica, ciencia ficción, fantasia, terror... Aunque poco a poco me voy adentrando en el mundo del relato corto y el cuento. Mi reto pendiente es ampliar todo ese mundo lleno de letras, participando ya no solo como lectora sino tambien escribiendo. Y en eso estoy...

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