La caja inesperada.

El cartero llamó al telefonillo. Traía un paquete. Pedro no había comprado nada por internet y no tenía ni idea de qué podría ser.

“Din Dón”. Pedro abrió la puerta y ahí estaba Juan con su camisa amarilla, sus bermudas azul marino a juego con su chaleco y su sonrisa alegre. Llevaba entre sus manos una voluminosa caja de forma rectangular.

—Buenos días Pedro, paquete express.

—Hola Juan, ¿Seguro que es para mí? No recuerdo haber pedido nada, ¿Quién lo envía?

—Pues los datos son correctos, el remitente es SMC de Orense. ¿Te ayudo a entrarlo?

—Hombre soy manco pero no inútil—dijo Pedro antes de echarse a reír.

—No lo decía por eso —dijo Juan incómodo ante aquel malentendido.

—Era broma —Pedro seguía riéndose.

—Siempre me estás tomando el pelo. ¿Me firmas aquí donde pone recibido? —Juan señaló el acuse de recibo que había colocado sobre la caja y le ofreció un bolígrafo.

—Claro hombre y no te lo tomes todo tan en serio, que la vida son dos días —Pedro colocó bajo su axila derecha el paquete dejando libre su mano.

—Lo intentaré — Juan le sonrió y se despidió —Que tengas un buen día.

—Igualmente.

La caja pesaba un poco. Pedro la apretó contra su costado y moviendo el brazo, manteniendo la presión, hacia delante y hacia atrás la zarandeó. Por el sonido era incapaz de adivinar qué había ahí dentro. Dejó la caja sobre la mesa del comedor y la abrió.

Las piernas le fallaron. Tuvo que sentarse. De sus ojos brotaban lágrimas sin cesar. Gemía como un niño que acaba de perder a su mascota. Trató de contener el llanto apretando sus ojos con el dedo índice y el pulgar. Hizo acopio de todas sus fuerzas, para volver a mirar dentro de la caja. Todo se veía borroso por las lágrimas que anegaban sus ojos. Le pareció distinguir una nota. Se secó los ojos con la manga de la camiseta y comenzó a leer. Varias lágrimas cayeron sobre el papel emborronando algunas letras.

Cuando recobró las fuerzas, aún llorando, echó un último vistazo al contenido del paquete, metió la carta dentro y lo cerró. Entonces, cambió la dirección que había anotada en la parte de arriba y se fue a Correos.

Tres días después, la caja estaba bajo la axila derecha de Manuel.

El olor de las costillas marinadas en cerveza con limón inundaba la casa. Iba a abrir la caja cuando el “tin, tin, tin” del temporizador del horno cambió el orden de sus prioridades. Dejó la caja en el comedor y fue a sacar las costillas. Estaban doraditas y bañadas en un caldo marrón que desprendía un olor delicioso.

Antes le encantaba pintar figuras diminutas repletas de detalles que emulaban a personajes históricos, pero desde que perdió el brazo izquierdo había encontrado en la cocina su verdadero hobby. Incluso estaba pensando en montar su propia empresa de catering para poder dedicarse a su pasión de forma profesional.

Tras dejar las costillas, bien tapadas, sobre la encimera de mármol negro fue a por la caja. ¿Qué habría dentro?. El remitente era PJ Martínez. Le sonaba, pero no lograba recordar a nadie con esas siglas y que fuese de Albacete.

Rajó suavemente con un cútex el precinto siguiendo la línea que separa ambas solapas. Una vez liberadas levantó una de ellas y en cuanto penetró la luz y puedo apreciar mínimamente lo que había dentro su cara dibujó una mueca de estupefacción. No podía ser real, era imposible. Levantó la otra solapa y se llevó la mano derecha a la cabeza mientras soltaba todo el aire que había mantenido dentro de sus pulmones cuando abría la caja. Se pasó la mano por los ojos, apretándolos, como si fueran los botones de un mando de televisión y de esa forma le permitieran cambiar la imagen que tenía ante sí. Pero cuando volvió a abrir los ojos, el paquete seguía allí con su macabro contenido.

Dentro de la caja había una bolsa envasada al vacío que contenía un brazo izquierdo serrado por debajo del hombro. Se tocó su muñón. Debía ser de un hombre con una complexión física parecida a la suya. No era muy musculado pero tampoco era un brazo fino y enclenque. Un brazo fibrado. La mano era grande, ancha, y las uñas estaban mordidas. Lo que estaba claro es que ese brazo llevaba un tiempo ahí metido, tenía un color azulado.

Manuel vio una carta junto al brazo. Con mano temblorosa la cogió y comenzó a leer:

 “ Queridos amigos míos:

 Hace ya dos años que nos conocemos y sabéis que no exagero si digo que desde que os conocí mi vida cambió radicalmente. Estoy vivo gracias a vosotros, no sólo en el sentido literal puesto que mi forma de ver la vida también ha cambiado. Nunca me cansaré de agradeceros lo que hicisteis por mí.

 Este año y medio me ha hecho pensar mucho en todo lo que pasó en aquella isla. Tengo pesadillas casi todas las noches aunque mi psicólogo dice que es algo normal y que irán remitiendo con el tiempo, que el trauma ha sido muy fuerte y que he de tener paciencia.

 La verdad es que no lo llevo tan mal. He sabido mirar el lado positivo. Algo que se me hace duro es que hay gente que no lo entiende. Supongo que a vosotros también os pasará. Mi mujer no entiende por qué, después de todo este tiempo, me he cortado el brazo. Claro, ella no tuvo que comerse el brazo de sus compañeros de naufragio para poder sobrevivir. Tampoco espero que lo entienda, ella no tuvo que pasar lo que pasamos nosotros. No tuvo que sufrir el sorteo fatídico para ver quien era el primero en servir su brazo a la brasa. Ni cortárselo con rudas herramientas, ni quemarse en vivo y en directo para no desangrarse. Aún hay noches que me despierta un fuerte olor a carne quemada. Ella no lo vivió, ni lo olió, ni lo sufrió, yo sí. No tuvo que comerse una parte de su cuerpo ni compartirla y ver como otros se la comían, nosotros sí. Por eso no lo entiende. No entiende que haya tenido que hacer esto para poder cerrar este capítulo de mi vida. Ha sido un año y medio sintiéndome en deuda con vosotros, porque si estoy aquí es porque tuvisteis las narices de cortaros un brazo y darme parte de él para comer, porque nos moríamos de hambre. Os estaré eternamente agradecido. Sobretodo porque cuando nos rescataron, a mí aún no me había llegado el turno.

 “Tu no tendrás que pasar por esto”… os alegrasteis de que yo no tuviera que sufrir semejante atrocidad. Y eso hace que me sienta más en deuda con vosotros.

 Esto no lo he hecho por vosotros, lo he hecho por mí. Puede que penséis que estoy loco, pero si vosotros no lo podéis entender no creo que nadie sea capaz de hacerlo.

 Siempre me tendréis porque yo os tuve a vosotros cuando más lo necesité.

 Si tuvimos agallas de sobrevivir ante una situación así, ¿Qué nos puede dar miedo en esta vida?.

 Contad conmigo siempre, amigos míos.

 Un abrazo.

 Santiago.”

Alicia Moll. 

Anuncios

2 comentarios en “La caja inesperada.”

  1. Muchísimas gracias por tu comentario!!! Tengo preparado ya un nuevo texto que no tardaré en colgar y espero que siga cumpliendo tus expectativas jejeje… que alguien te diga que escribes genial sube la moral pero también la presión de seguir a la altura y no defraudar. Un saludo!!!

    Voy a pasarme por tu blog!!

    Nos seguimos leyendo!!! =)
    P.D: perdona por tardar en contestar!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s