La casa

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Yo nunca creí en fantasmas. Ella sí.

Irene odiaba esas casas de nueva construcción asépticas, colocadas en fila una al lado de otra en orden milimétrico.

Adoraba las casas antiguas, de anchos muros de piedra y ventanales amplios, donde según ella, los años habían dotado al lugar de vida y sentimiento. A menudo cuando paseábamos por la zona vieja de la ciudad, observaba embobada, esas construcciones vetustas, que todavía sobrevivían en la zona. Le gustaba pensar que aún en ruinas, los espíritus de sus antiguos moradores vagaban por los pasillos de estos edificios, atormentados por historias de amor inconclusas

—¿Te imaginas poder contactar con ellos? La de historias que nos contarían. Solía comentar risueña.

—¿Sabes que no existen? ¿Verdad? Le respondía con sorna. Si dices esas cosas la gente pensará que estás loca.

Ante mi burla, ella con un pequeño mohín arrugaba el ceño y me echaba en cara ser tan cerrado de mente.

Algún día tú y yo viviremos en una de estas casonas. Me comentaba entre suspiros.

En uno de esos paseos una tarde de primavera la encontramos. Irene se enamoró de ella nada más verla.

Era una casa señorial, de dos alturas. La fachada aún conservaba la piedra original de su construcción a juzgar por el desgaste.

En la planta superior se podía ver una pequeña terraza techada junto a un par de ventanas. En la inferior, la puerta de entrada a la casa daba a un jardín que ahora cubierto de maleza albergaba un columpio oxidado. Por el aspecto que presentaba la casa, debía llevar bastantes años cerrada. Un cartel de “EN VENTA” descolorido por los días de sol y de lluvia colgaba de la reja de acceso a la pequeña finca.

 columpio

—¡Mira! Esta es ideal para nosotros. Podríamos venir a verla. Exclamó emocionada mirando a través de la verja.

Accedí a ir solo por complacerla. Estaba seguro que su mente romántica había idealizado el lugar y que tras verlo con detenimiento cambiaría de opinión. Pero no fue así.

Verla uno días más tarde reafirmó su empeño de hacer de esa casa nuestro hogar. Está hecha para nosotros. Con unos pequeños arreglos será perfecta. Yo puedo montar aquí mi estudio sin ningún problema. ¿Es que no lo ves? Me preguntaba con una mirada de súplica.

Pese a que el interior de la casa estaba bastante deteriorado, tuve que admitir que con unas cuantas reformas podría ajustarse a lo que necesitábamos.

Si lo miraba de forma práctica, con esta compra yo encontraba una vivienda céntrica cerca del despacho y ella encontraba como solía decir, el sitio ideal para pintar y guardar recuerdos.

Así que al final del verano nos mudamos allí.

Irene estaba radiante. Derrochaba felicidad entre cajas y muebles por colocar. Durante el día trabajaba en la casa y al caer la noche esperaba mi llegada sentada en el porche con una sonrisa. Según ella era el sitio ideal donde despedir el día entre jazmines y azaleas.

Una de esas noches abrazados bajo las estrellas, rompió el silencio y comentó.

—¿Sabes que no estamos solos en esta casa?

—¿Cómo dices? Contesté perplejo.

—Pues eso, no estamos solos. Hay alguien más. Aparece así sin más y me observa. Cada día se acerca más a mí. Continuó.

Mi cuerpo se tensó en ese momento y un escalofrío empezó a subirme por la espalda

—Deberíamos avisar a la policía. No quiero a nadie merodeando por aquí mientras estás sola.

—No, no es eso. No es una persona, no puedo verlo. Es una presencia, un espíritu. Añadió con calma

—¡Ay Irene! me habías asustado. Respondí entre carcajadas. Creo que pasas demasiado tiempo sola. Tu mente soñadora te está jugando malas pasadas.

Sin decir palabra Irene se apartó dolida y ahí acabó nuestra conversación esa noche.

Pasaron los días. Ella continuó con sus quehaceres habituales y yo con mi entonces absorbente trabajo. El tema parecía olvidado.

Pero un par de semanas más tarde volvió a salir a relucir.

Esa mañana como de costumbre empezábamos el día con un buen café recién hecho contándonos los planes del día cuando de repente Irene se quedó en silencio unos segundos como ausente.

—¿Lo has notado? Está aquí. Ha pasado entre nosotros ahora mismo.

—¿Quién?

—Es él, ya te lo dije está aquí.

—¿El fantasma? Irene, los fantasmas no existen

—¿Cómo puedes ser tan incrédulo? Lo creas o no, está aquí.

Lo que empezó como algo esporádico, con los días se convirtió para Irene en un hecho cotidiano.

No había día que al volver del trabajo no me relatara las novedades con ese ser que aparentemente vivía en nuestra casa. Hablaba de él con un brillo nuevo en sus ojos, con una sonrisa en los labios. Según ella, en mi ausencia se hacían compañía y habían encontrado una manera de comunicarse. De ahí que supiera, que se trataba de un joven que habitó en esa misma casa años atrás y tras su muerte en un accidente continuaba allí.

Su relato parecía tan real que empecé a sentir celos de quien ocupaba sus horas cuando yo no estaba. No podía mirarla sin sentir que alguien se interponía entre nosotros. Con los días la armonía inicial de nuestra convivencia dio paso a constantes reproches que solo conseguían acabar en lágrimas.

El conflicto era siempre el mismo. Y lo fue hasta ese último día.

—¡No existe! Sólo están en tu mente, en tu imaginación. Si no, ¿Por qué yo no le siento? ¿Por qué no le veo? No ves que no es lógico. Es una locura, le grité, sin saber que sería la última vez que hablara con ella.

—Porque tú no crees. Respondió en susurros, en el momento que yo salía dando un portazo.

Minutos después la historia se repetía.

Llovía desde hacía varios días, pero no una lluvia de esas suave, callada y persistente. Llovía con violencia. Pero no me importó.

Aún recuerdo mi furia al introducir la llave en el contacto y pisar el acelerador. Ni siquiera miré atrás. Si lo hubiera hecho la hubiera visto a través de la cortina de agua de pié en la puerta con el cabello revuelto viéndome marchar.

 limpia

Después todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Una curva muy cerrada, un frenazo sobre la pista de asfalto, el precipicio…

Ahora soy yo quien, por las tardes, la sigue por el pasillo hasta el salón, y espera ver una sonrisa que no aparece. Soy yo quien posa su mano sobre la de ella mientras mueve sus pinceles sobre el lienzo, quien se sienta a la mesa para verla comer en soledad. Soy yo quien sopla en su oído para que vuelva la vista y me vea junto a ella, para intentar secar sus lágrimas. Pero nada, ni un gesto, ni una mirada. Para ella no existo.

Ella creía en fantasmas, ya no.

Susana Álvarez.

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Autor: Susana Álvarez

Inquieta por naturaleza, amante de los libros y el cine. En la lectura me decanto por la novela en todas sus versiones; Aventuras, histórica, ciencia ficción, fantasia, terror... Aunque poco a poco me voy adentrando en el mundo del relato corto y el cuento. Mi reto pendiente es ampliar todo ese mundo lleno de letras, participando ya no solo como lectora sino tambien escribiendo. Y en eso estoy...

5 comentarios en “La casa”

  1. ¡Me encanta el último párrafo!

    Las imágenes sulen gustarme en el encabezado, pero en el cuerpo de texto… me echa fuera de la historia, pero es sólo una opinión.

    Los diálogos me gusta cómo los haces y tengo la sensación ¿? de que utilizas un guión por no romper demasiado con las normas y que los lectores no se pierdan. Si es así lo entiendo, porque yo hago lo mismo y no me atrevo a no usarlos. Como lector de tu relato creo que si los eliminas se sigue y entiende perfectamente.

    Saludos,

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    1. Gracias Wifredo! Me alegro que te guste 😉
      Dudé bastante en el tema de la imágenes. Suelo utilizar únicamente una de cabecera, y en este texto arriesgué insertando alguna más.
      Es verdad que en cuestión de diálogos tiendo a utilizar guiones precisamente para que no se pierda el hilo. Releyendo el texto sin ellos creo que tienes razón y puede funcionar. Tendré que ser mas osada al respecto.
      Es un placer recibir comentarios como el tuyo
      Nos vamos leyendo!

      Le gusta a 1 persona

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