El segundo jinete

Reciclo un experimento descriptivo que hice hace meses. No pasa casi nada en él, simplemente intentaba generar una atmósfera.

Carlos Díaz

* * *

Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente que decía: “Ven”. Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.

René abrió los ojos. Tenía la cabeza apoyada en Michel, que ya no le devolvería lo que le debía. Intentó moverse. Estaba emparedado con una argamasa de cuerpos y barro en una trinchera oscura, cuyas paredes negras y húmedas convertían en fosa común. Los oídos le pitaban, y los sonidos de las detonaciones reverberaban lejanos e irreales, como si estuviese sumergido en un mar turbio y espectral. Un mar de humo y niebla, de mareas que sumergían o mostraban los cuerpos a su antojo. Hacía días que el olor a pólvora se había convertido en una constante en la trinchera, y los filtros de su máscara antigás no conseguían paliarlo. Y a pesar de ella, le pareció notar arena en la boca, insidiosa, haciendo que le rechinasen los dientes. Los cristales estaban empañados, pero no pensaba quitársela; ya había oído suficientes historias de Ypres. Y el de la pólvora no era el peor olor, pues enmascaraba los otros olores, que eran mucho peores: olor a descomposición, a gangrena purulenta, a carne quemada. Y uniéndolos, el pegajoso olor a derrota. Todos ellos conformaban una masa tangible y apestosa, un olor marrón que podía saborearse y que se deslizaba por su cuerpo como una segunda piel.

Comenzó a reptar bajo la llovizna, clavando las uñas en la tierra, impulsándose con sus botas en los cadáveres de amigos y desconocidos. Trepó como pudo, tembloroso, sintiendo que el uniforme embarrado tiraba de él hacia atrás. Y como Lázaro, resurgió. Aferró la cruz que aún llevaba en el bolsillo, apretándola tan fuerte que se hizo daño. Y comenzó a caminar, por miedo a sentarse y no volver a tener fuerzas para levantarse. Vadeó ríos de cadáveres y alambre de espino, entre los que emergían grandes rocas redondeadas, que al acercarse revelaban ser caballos muertos. La bruma amortajaba el resplandor que presagiaba el alba, en un horizonte tan lejano y borroso que parecía inalcanzable.

El zumbido de sus oídos acabó remitiendo, lo que permitió a René oír el viento ulular entre las trincheras que surcaban el paisaje como cicatrices. Dejó atrás un bunker que emergía como un mausoleo, repleto de cadáveres desmadejados. Contempló durante minutos los árboles quemados que agitaban sus ramas con rigidez esquelética, como si fueran a quebrarse en cualquier momento. Explosiones distantes resonaban entre la bruma, que provocaba que sus ecos retumbasen como el arrítmico palpitar de la guerra. Pero René no se detuvo. Recorría las arterias de la destrucción como la última gota de sangre de un cadáver desangrado.

No tenía aliados ni enemigos, sólo una opresión en el pecho, una desesperación febril que le impelía a continuar andando bajo la lluvia, un paso tras otro, tras otro, tras otro. Parar era morir.

Entonces oyó algo que no podía identificar: un rugido que le sacudió el pecho, un bramido áspero y rugoso, seguido de un gemido de hierro y óxido. Y el tartamudeo de las ametralladoras, seguido de silbatos, y relinchos, y gritos… una cacofonía terrible que no sabía si era real o imaginaria, y que le provocaba temblores con cada nuevo paso. Dos bengalas se encendieron frente a él, y no supo distinguir si cerca o lejos. Atravesaron la neblina con su fulgor sangriento, y comenzaron a alzarse paralelas, como los ojos del infierno buscando una presa. ¿Una señal para la aviación o una petición de auxilio? Si fuese lo primero, esa zona podría ser bombardeada en breve. Si fuese lo segundo, podía encontrarse con amigos o enemigos.

Decidió avanzar, sabiendo que los resplandores pondrían fin a su peregrinaje.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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