El asesino de manuscritos (II)

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Los dos detectives contemplaban el escenario. El más joven seguía con la mirada las manos del editor del sello “Pasifae”, Conrad Müller, que gesticulaba con vehemencia. Mientras, el que estaba a punto de jubilarse, tomaba notas en una libreta amarilla con una pluma Parker.

–¿Para qué dice que lo contrató? –preguntó cuando terminó de escribir.

–Ya se lo he dicho, ¿o qué estaba apuntando? Para investigar dos crímenes ocurridos en las últimas dos novelas de nuestro autor. Dentro de las novelas. Asesinaron a los personajes principales, antes de que la trama concluyera como el autor había planeado.

Ante su mirada de incredulidad, decidió explicarse mejor.

–La penúltima novela de nuestro autor de best sellers de terror, Stephen Contz, estaba protagonizada por un psiquiatra que resolvía crímenes. La publicamos, y fue un éxito. Pero a las pocas semanas recibimos correos de lectores enfadados por lo que consideraban un burdo final, y amenazaban con boicotear nuestra editorial. Como le pasó a Doyle con la muerte de Holmes, como sabrán. Al parecer, cuando se hizo la tirada de la primera edición, alguien introdujo dentro del capítulo un párrafo en que el protagonista era asesinado. En las galeradas iniciales no aparecía, así que sospeché que pudo ser alguna broma o venganza de algún trabajador de la imprenta. Y contraté al fallecido para que indagase quién, o por orden de quién, pudo hacer eso. Era un viejo amigo de la casa, que había trabajado para mí como lector profesional, corrector y otras cosas relacionadas. Tenía muchos contactos con el mundo literario, conocía otros escritores y libreros, y estaba en el paro. Y pensé que le hacía un favor, y que podría saber quién había hecho eso. Es decir, modificar una obra de un escritor para llevarle a la ruina es un delito, pero tampoco pensé que la policía nos fuese a hacer mucho caso. Y no creí que Contz hubiese sido secuestrado o asesinado, y sigo sin creerlo. Lo más probable es que se haya ido de retiro espiritual. Lo que pasa es tenía enemigos, fruto de haber ganado el prestigioso premio Laberinto, y quizás por eso alguien quiso gastarle una broma pesada, al modificar su obra.

–¿Esos enemigos podría haber organizado todo esto

–Quién sabe. En este mundillo todo son envidias. Las puñaladas traperas son la norma. Ahora pienso que, si hubiese puesto en conocimiento de la policía estos hechos desde el principio, ahora seguiría vivo.

El inspector joven se encendió un cigarrillo, y el humo ascendió hasta enredarse y difuminarse en los pies del fallecido, que colgaba inerte. El mayor se golpeó el labio inferior, bajo el mostacho canoso, con el bolígrafo, dos veces.

–Además, pedimos disculpas a los lectores, pero el daño ya estaba hecho. Reclamamos todos los originales, y dijimos que saldría una nueva edición corregida. Pero volvió a suceder.

–¿El qué?

–La edición corregida mostraba al personaje asesinado, y aún más. El protagonista hacía una retrospección en la que explicaba cómo había inducido al suicidio a su esposa. Se retrataba a si mismo como un ser mezquino. Es como si, además de asesinar al personaje principal de la novela, hubiesen querido matar su reputación.

–¿No encontraron a ningún culpable esta vez tampoco?

–No. Despidieron al encargado de la impresión que tenía acceso al manuscrito, pero por si acaso, cambiamos de imprenta. Y no sirvió de nada. Por fortuna, lo detectamos antes de que llegara a la distribuidora, pero ahora el señor Contz ha desaparecido sin dejar rastro –contestó el editor.

–Y la persona que lo buscaba se ha suicidado, o alguien se ha tomado muchas molestias para que pareciera un suicidio.
El inspector mayor volvió a releer la nota de suicidio:

“Suicidio”

–Breve –dijo.

–Si no tenía seres queridos, no hacía falta más, supongo. Parece de su puño y letra, pero pudo ser coaccionado, ¿no? ––aventuró el editor–. La cuestión es que, en el estudio de Contz, encontramos muchos libros que ahondaban en el culto a los Escribas de Leng. Unas criaturas que funcionan como un tipo de musas, desde un plano de existencia pegado al nuestro, y a la vez imposiblemente distante. Parece que conceden a determinadas personas el éxito literario. Pero son caprichosas, y de la misma forma pueden arrebatarle la fama. Además, cada persona que lee libros escritos con su “ayuda” es más susceptible a ellas. Aunque no sé qué quiere decir eso.

–Publicidad viral, supongo –dijo el joven, con media sonrisa.

–No me creen –afirmó Conrad.

–Creemos que usted sí se cree lo que nos ha contado –respondió el mayor.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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