NEÓN

Neon

Yo.

Contemplé la celosía entre la consciencia y la inconsciencia. No veía sentido en estar más en un lado que en el otro, pero era incapaz de quedarme en uno de los dos.

La habitación.

Un ventilador sobre una silla plegable, un biberón a estrenar, y un modem huérfano, cuyo led verde titilaba en morse. Otra silla hacía de mesita de noche. Comics alineados en cajas blancas, asépticas como nichos; un sujetador negro ahorcado en el pomo de la puerta; una babel de CDs colapsada en un rincón, y una ventana de guillotina. La ventana de guillotina a través de la cual rezumaba el neón del sex shop, cuatro pisos más abajo. Sin escalera de incendios (ella no quería un piso que diese facilidades a los ladrones). Le vino bien. Abierta porque no la cerró antes de irse. Entre las sábanas deshechas del colchón sin somier, veo manchas de esperanzas pasadas y madrigueras de miedos presentes. Yo y ella. La habitación y el viaje.

Y el viaje.

Cuchara, mechero, goma. Transbordo en aguja inoxidable. Vena, corazón, cerebro. Para en todas las estaciones.

Oía reventar mis neuronas como palomitas en un microondas. O como las burbujas del embalaje de nuestros recuerdos.

*  *  *

Una luciérnaga parpadeaba. Renací entre el vómito amniótico, a una vida sin luz, salvo por un resplandor rosa (fucsia diría ella, que podía ver más colores que yo), a través de una ventana que parecía una garganta de ladrillo. Bajé a la calle. Me sumergí en una corriente de doble sentido, de almas de xenón. Los pasajeros de un autobús azul marino me grabaron, decepcionados, cuando el taxi blanco y naranja me esquivó. Una ballena y un pez payaso. Yo era una medusa. O un coral, vivo, pero inerte. Caminé sobre un enrejado, que cuadriculaba las plantas de mis pies descalzos. Me escupió vapor. Sentí entre el dedo gordo y el de al lado ¿en el pie también se llamará índice? el calor, las sacudidas furiosas del metro. Me aparté, espástico. Entré en un callejón, donde creí haber visto el aura radiactiva de un ángel. Ahí Bruce Wayne perdió a sus padres, pero esto no es Gotham, y ya no soy un adolescente, ¿cuándo vas a madurar? Montar una tienda de comics, aquí, que tontería. Entre embalajes de neveras, un bulto dormía. O moría. Encontré  a mi ángel: Club Helios. Una letra estaba fundida. No me dejaron entrar. Dos chavales latinos con las gorras mal puestas me miraron y se rieron. Les enseñé un dedo. Anular, de eso estoy seguro. Uno gesticuló, furioso; no entendí sus ladridos. O bailaba hiphop, quien sabe. Me levanté la camiseta de tirantes, pedí un navajazo. Se fueron al ver mis llagas. Sobre una papelera, alguien olvidó un libro en castellano, con las esquinas dobladas. Técnicas de Iluminación. Intenté leerlo, pero no lo entendí. La letra pequeña era ilegible, y la farola insuficiente.

Luigi’s, la pizzería italiana regentada por pakistaníes, no tenía la solución. Subí por la escalera de incendios al CESAR HOTEL **. En la azotea, entre las enormes sombras de las tristes letras, bajo una luna grumosa, pisé una colilla manchada de pintalabios. Las letras zumbaban una nana eléctrica. Dos palomas enfermas habían discutido. Una parecía a punto de llorar.

Fotosíntesis nocturna: aspirar luz de neón por los ojos, para sintetizar olvido. Entré por una puerta roja. Cuando se cerró, las tinieblas me engulleron, salvo por una luz verde sobre el dintel, que me fascinó durante minutos o días. Me sentí como un pez idiota, mirando la caña de un rape. Una grieta desmembraba el mensaje: EXIT.

No sé cómo llegué al parque. Un hombre huía, o hacía running, a saber. Me crucé con un carrito de la compra lleno de tesoros; un bazar encarcelado. Algo respiraba, o bufaba, o ululaba, entre los arbustos cercanos. Dejé atrás el árbol asmático, y me acerqué al cartel retroiluminado de una iglesia. Rezaba: First Presbyterian Church of North  akota. Faltaba la “D”.

Vine a Estados Unidos por Ángela. Por la que era y la que iba a ser. Tenía un tío que nos conseguiría trabajo. Lo siento, la crisis, ¿y tu padre qué tal?

Pagué en el 7Eleven con las últimas monedas supervivientes de mi bolsillo agujereado. Atesoré mi donut relleno, cubierto de arcoíris de chocolate. Gollum. A ella le gustaban los colores. Yo sólo me negué a que fuera rosa. Pinté la habitación, con rodillo, en un día. Dije que el olor me iba a colocar. Yo me reí, pero ella lloró. La crema explotó en mi boca como Rocco en Jenna.

Vomité. Una ambulancia aullaba hacia alguien con seguro médico. Lloré, temblé, tropecé. Pisé cartones mojados, bajo el chisporroteo de un tendido eléctrico deficiente.

Me caí por el lado de la oscuridad. Repté por el de la luz, de vuelta a mi cuchilla infinita, para hacer equilibrios. Dejaba detrás de mí un reguero de sangre..

Abrí los ojos, y allí estaba: IVAN TATTOO. Iván era ucraniano, y tomaba chupitos de tequila mientras yo le decía que detestaba las agujas. Me dijo que su padre era muy viejo, y que seguía en la URSS. No en Rusia. En Rusia podía estar el resto del mundo, pero su padre seguía en la URSS. Iván no tenía ni la decencia de beber vodka.

Me tatué una ventana cerrada. De las de guillotina.

Carlos Díaz

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

1 comentario en “NEÓN”

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