El Ocaso de Escila

Entró. Lanzó su gabardina sobre el perchero de pie, como un Humprey Bogart de baratillo, y allí la dejó, ahorcada. Encargó a la IA de la cocina un destornillador. Se desprendió de la camisa sudada y del pantalón de pinzas arrugado, y los arrojó sobre el sofá cama. Cayeron junto al ordenador portátil, abierto como una ostra metalizada, en un lecho de algas compuesto por cables y leds parpadeantes. Regresó al perchero. Rebuscó uno de los bolsillos interiores de la gabardina, y extrajo el último cigarrillo de un paquete que parecía haber sido estrangulado. Lo encendió, y dio una calada profunda, que hinchó sus pulmones para poder bucear a través de su salón. Las luces púrpuras y azules rezumaban desde el exterior, a través del ventanal y proyectaban sombras fugaces por el habitáculo. Encendió la holopared, y un coro estridente de gemidos descompasados y música electroswing  bañó con el ímpetu de un tsunami su hogar. Redujo el volumen al mínimo, y miró de reojo las imágenes tridimensionales que mostraban a un grupo de adolescentes histriónicas  cantando j–pop, vestidas de gangsters, y ametrallando a unos yakuzas que sangraban arcoíris.

Se desprendió de los calzoncillos sobre la marcha, y sintió un escalofrío entre las piernas cuando el aire acondicionado se encendió, automático, al cruzar por delante del sensor. Entró en la cocina. Tomó el cocktail de vodka y zumo, con media rodaja de naranja.

Regresó a la ventana, y miró hacia el exterior, desnudo, con el cigarro colgando de sus labios y su miembro flácido. El vello púbico refulgió a contraluz, como filamentos incandescentes. El vaso sudaba en su mano. Una corriente de aerotaxis y deslizadores fluía entre las retorcidas formas de Escila, y Caribdis, rompiendo en ocasiones los anuncios voladores y los pop–ups estridentes que eran disparados de los dos rascacielos mellizos en estelas multicolores. Miles de resplandores titilaban entre las torres y bóvedas de la megalópolis. Treinta y cuatro pisos más abajo, una maraña de callejones angustiados se retorcían en ángulos y curvas imposibles. Conformaban un sistema arterial, un dédalo de inmundicia y paraguas transparentes, que se apelmazaba bajo la lluvia ácida y los anhelos corrosivos.

El timbre sonó. Activó con una orden la cámara de la puerta, que abrió una nueva ventana en la holopared. Un repartidor de pizza agitaba la cabeza, escuchando alguna música tecno–machacona, con el pelo teñido de verde flúor y kanjis mal tatuados en las falanges,.

No le dejó más propina que la visión de su cuerpo desnudo. Devoró la calzone rellena de huevo viscoso y jamón pasado, sentado en su nido de fibra óptica, frente al portátil. Con las piernas cruzadas, sumido en un trance, se veía  como un buda hikikomori. Navegó durante media hora por varias webs pornográficas, y solicitó algo de trabajo para la noche. Con su sueldo menguado por las vacaciones forzosas, necesitaba alguna forma de pagar el alquiler. Buscó otro cigarro, incluso debajo del somier, pero no tuvo suerte.

Se duchó, usando los últimos créditos de su cuenta para calentarse el agua. Fue un lujo innecesario, pero esperaba que con lo que se sacase en unas horas, tendría suficiente dinero para otra semana. Reprimió el impulso de masturbarse.

El vaso de tubo permaneció durante todo el proceso en el suelo de linóleo, entre el lavamanos y el retrete, con el hielo agonizando junto a la rodaja exánime. Secó su pelo con una toalla que dos semanas antes era blanca, y miró la proyección del reloj de pared, sobre su techo.

01:12:45 AM

May 12, 2114

El timbre sonó antes de lo esperado. Se puso el pantalón elástico negro, y la toalla en los hombros. No se peinó. El cabello negro le caía sobre los ojos, y caracoleaba en sus clavículas. Activó la pantalla, examinó de arriba abajo a su visita. Dudó. Negó con la cabeza. Volvió a sonar el timbre. Suspiró. Abrió la puerta.

Al otro lado aguardaba una nekololi, con el cabello mechado de fucsia y azul, recogido en dos coletas pizpiretas. Su atuendo era una mezcla ecléctica de anime y Nabokov, como todas las adolescentes de ese grupo social. Las pupilas de gato le miraron con fijeza, enmarcadas por unos ojos rasgados maquillados con sombras mandarina. Complementaban su corpiño de cuero aerografíado con manchas de leopardo –que luchaba por intentar resaltar unos atributos anoréxicos–, unos guantes y medias de rejilla –rotas–, una estola de piel –sintética–, un par botas militares –pintadas con pintalabios–, y el estallido –insolente– de un globo de chicle. Y por supuesto, como todas las nekololi, unas orejas y una cola de gato que respondían a sus estados de ánimo.

El acabado era notable. Le pareció que la piel era de un color realista, incluso bajo la luz de los neones.

–Hola –dijo el hombre. –Pasa, te estaba esperando.

Las orejas de gato se alzaron, curiosas. Ella se inclinó a la manera oriental, con deferencia, y él respondió, a destiempo, de idéntica manera.

–¿No me preguntas quién soy, nyan nyan? –maulló mientras mascaba chicle.

–Ahora no. Entra, no quiero que te vea ningún vecino.

La chica pareció algo confusa. ¿Mataría la curiosidad al gato? Entró con cautela en la penumbra del piso, y giró la cabeza trescientos sesenta grados. Repasó la cocina americana, la salita con el sofá cama y el portátil varado, el pequeño pasillo al final del cual se intuía un baño envuelto en vaho, y otra habitación, cerrada.

–Siéntate –dijo.

Ella se quedó de pie, sin acercarse al vertedero de componentes informáticos que él le pretendía ceder como asiento.

–¿Quieres algo de beber? –preguntó. Ella estaba descolocada, y no respondió. Las luces del videclip musical reptaron sobre su rostro. Él insistió. –¿Algo de beber?

–No. Gracias. Me llamo Nanami–chan. ¿Eres Egaius Mitnick?

–Sí. ¿Eso importa? –dijo él mientras sacaba de la nevera una lata de café expresso.

Nanami–chan no supo que responder.

-Yo…

–Desnúdate -. Posó la lata en la encimera, y la miró con sus ojos color terracota mojada.

Ella le devolvió la mirada con incredulidad. La cola se alzó, alerta. Las orejas temblaron.

–¿De qué cojones vas? –retrocedió hacia la puerta.

–Sitra, bloqueo de puerta, intimidad nivel uno. Insonorización.

Los cerrojos de la puerta se corrieron, y la ventana se polarizó. Las únicas luces de la vivienda emanaban de la holopantalla, en la que una cantante melódica caminaba sobre un lago, entonando una canción romántica. Nanami–chan se llevó la mano al bolso, y extrajo una pistola. Rosa. Las prisas hicieron que casi se tragara el chicle.

–Tío, estás jodido. No sé si son las drogas o qué, pero me voy. Abre la puerta, o te vuelo la cabeza. –mientras con una mano sostenía el arma, con la otra intentaba hacer girar el pomo. La boca del cañón temblaba, sin saber en qué dirección escupir.

Mitnick apretó los dientes, y saltó sobre el sofá cama. Ella gritó, y disparó a ciegas. La bala erró. Él la agarró por la muñeca, y la lanzó contra la holopantalla con más violencia de la que esperaba. La chica pesaba poco, y gritó de forma creíble. La pared tembló, y el arma cayó al suelo.

Un anuncio de una gala benéfica mostraba a varias estrellas pop, cantando abrazadas, bajo la luz de un atardecer. Sobre Nanami-chan fluían las nubes tornasoladas, como una Scarlett O’Hara nipona.

–Por favor…por favor, déjame. Mira, me he equivocado, por favor, porfavorporfavorporfavor.

La chica temblaba.

–Haz lo que te digo. Desnúdate, y esto acabará rápido. Cada vez me gusta menos este rollo, pero no hay otra ¿Cuántos años se supone que tienes?

–Quince. –Le miró a través de un mechón rosa, con ojos temblorosos. Egaius le bajó la cremallera delantera del corsé. Expuso sus pechos. También temblaban. Él los miró. Su entrepierna dio una cabezada, como si no acabase de tener claro lo que se esperaba de ella. Acarició con los pulgares sus pezones: dos cerezas rosadas coronando unos montecitos pálidos. Suspiró. La agarró de los hombros, e hizo amago de besarla. Ella no retrocedió, pero emitió un gañido.

La liberó con fastidio.

–Mira, déjalo, no puedo. Recoge tus cosas y vete. Una cosa es follarse androides experimentales, y otra participar en una violación de una menor. No tengo el cuerpo para esto. Apenas me siento excitado, y eso en mí ya es raro. Y puede que hasta sea ilegal.

El cabello teñido de Nanami le tapaba la cara. Parecía agitada. Un combinado de risa, ira y terror ascendió por su garganta.

–Un androide. ¿Un androide? ¿Qué coño te pasa, te parezco un puto androide? –le pegó un puñetazo sin fuerza en el pecho. –Puede que hasta sea ilegal, dices… ¡imbécil! –el vello de las orejas y la cola gatuna se le erizó. Se cubrió los pechos expuestos. El maquillaje se había corrido. Dos regueros anaranjados y negros se deslizaban por su mejilla.

–¿No vienes de Argos eXd?

–¡No!  –gritó –¡no, no, no! Joder, joder, ¡me ibas a violar, puto pederasta de mierda!

–No, espera, deja que me explique, por favor. Ha sido un malentendido. Él recogió la pistola del suelo para devolvérsela. Pesaba demasiado. Reparó en el agujero del techo.

–La pistola. ¿Es de verdad? ¿Me has disparado de verdad?

–¡Claro que sí, ibas a violarme!

Él retrocedió, pisó la caja grasienta del calzone. Resbaló y cayó.

–¡Podías haberme matado!

–Podías haberme violado.

Ella se apoyó en la pared, cerró los ojos, alzó la cabeza. Suspiró. El se levantó del suelo, pero no le devolvió la pistola. Por si acaso.

–Mira, Nanami. ¿Nanami–chan te llamas? Estaba esperando una androide de compañía, las testeo para el Argos eXd, una empresa de….de ocio para adultos. Hago informes sobre su uso, tacto, verosimilitud de la conversación. Pensé que eras un modelo muy avanzado. Los Lev–XIV son casi indistinguibles de humanos normales.

–Eres un putero profesional, ¿eh?

–Mira, con esa ropa y ese maquillaje…

–Visto como una puta. ¿Es eso? ¡Te dije que no! No es no, joder.

–Sí. ¡No! Mira, lo siento. –Egaius se sentó en el sofá. Le tendió la pistola. Ella no quiso acercarse.

–No eres el primer androide que demuestra una IA capaz de mantener una conversación que incluya reacciones extremas, enfados, amenazas, insultos. Forma parte de la experiencia. Hay quienes buscan la fantasía de la violación, hay quienes sólo quieren hablar con alguien que parezca interesarse por ellos, aunque sea con discusiones. ¡Y estás muy maquillada! Las nekomimi, la cola, las pupilas verticales. ¡Pensé que eras un modelo para pervertidos del hentai y esas cosas!

–¿Esto? –ella se quitó la diadema con orejas felinas, y la arrojó al suelo. Se llevo las manos a la cara. Lloraba.

–¡Joder, ya valió! ¡Tú me has disparado! Ya te he pedido perdón.

El timbre sonó. Egaius activó la mirilla. Una ventana emergente mostró a quien llamaba. Una mujer morena, con el cabello largo y sedoso. Los labios estaban pintados con carmín rojo, sensuales. Parecía una estrella de cine antigua. Un vestido blanco, con un escote en uve abierto, exhibía unos pechos grandes, deseables.

–Disculpe, mi coche se ha averiado, y necesito hacer una llamada. –susurró con un ronroneo sensual y grave, inclinándose hacia la cámara.

desktopwallpapers.org.ua-3528 Carlos Díaz

Anuncios

Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

1 comentario en “El Ocaso de Escila”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s