El Ocaso de Escila (II)

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Nanami estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, y el portátil de Egaius en el regazo. El monitor se acababa de apagar, otra vez. En la holopared, los hermanos Catwright salían a caballo de la Ponderosa. La pistola había regresado a la cabeza de oso panda que era su bolso. Hizo un globo de chicle, que introdujo en su boca, y reventó con los dientes. Parte le estalló en los labios. Se retiró los restos adheridos, mientras arrugaba con fastidio la pequeña nariz respingona. Decidió deshacerse de él. Hizo una bola con la dedicación metódica de un escarabajo pelotero, y la pegó debajo del somier. Arqueó la espalda al estirarse. Resopló, ladeó el cuello, y  dos vértebras protestaron.

Volvió a encender el ordenador. Colocó su dedo índice en el lector del teclado, y acercó su ojo izquierdo a la webcam. Inhaló. Exhaló. La pantalla parpadeó. Una luz roja pareció burlarse de ella, y el monitor se apagó. Maldijo. Repitió la operación, sin hacer nada más.

La volvió a repetir.

La volvió a repetir.

La volvió a…

Luz verde.

El fondo de escritorio mostraba una foto 3D de Egaius en el borde de un jacuzzi, con una chica a cada lado. Una pelirroja en bañador, con aspecto de pin-up tatuada, y una rubia con unos pechos que estaban a punto de desbordar su micro-bikini metalizado. Cuerpos de strippers, bocas de muñeca hinchable de saldo. Nanami-chan pensó que tenía mucha facilidad para desnudarse o aparecer con poca ropa. Perfiló con dos dedos las cicatrices que mostraba en el costado, las heridas de bala, las marcas de quemaduras. Hizo girar la imagen. Él sonreía en la foto, pero su mente parecía estar en otro lugar. Era una sonrisa triste. Nanami intentó ver a través de los recuerdos, entrar en su pasado, descubrir algo del carácter del hombre que estaba en la habitación de al lado, follándose una cyberdoll con cierto parecido a Ava Gardner.

Retiró las manos del teclado, y dejó obrar su magia. Inhaló. Exhaló.

Se concentró en buscar en los discos duros virtuales.  Millones de archivos y carpetas se abrían y cerraban en el monitor a la velocidad de la luz. Ella no era capaz de procesar ni sus nombres, pero los nanobots que había liberado para que infectaran su sistema, sí. El ventilador del ordenador rugía furioso, y emitía demasiado calor, así que lo apartó a un lado. Cogió de la nevera una lata de refresco de pepino y miel, que bufó como un gato de hojalata al abrirse. Dio un trago. Escupió en el fregadero, y dejó la lata en la mesa.

–Qué asco. Sitra, anulación de protocolos de intimidad y sonido.

Ninguna reacción. Revisó la cascada de carpetas y subcarpetas en el monitor. Sus nanovirus no habían llegado todavía a los enlaces inalámbricos que controlaban la casa. La adolescente se acercó al panel de control situado al lado de la puerta. Exhaló su aliento sobre él. Contó hasta diez.

–Sitra, desbloqueo de puerta, anulación de protocolos de intimidad y sonido.

Nada. Volvió a contar hasta diez. Repitió la orden.

La ventana se despolarizó. La holopared mostró un menú de inicio. Activó el reconocimiento de voz nuevo usuario. Y reparó en que oía algo que antes no. Apagó la holopared.

Gemidos de placer, gritos exagerados. De ella. Sí mi rey. Si por favor. Un titán, eres un titán. Dios, dime que soy una puta. ¡Soy una guarra!

–Sitra, insonoriza el dormitorio, por dios.

Silencio.

Nanami regresó con una sonrisa maquiavélica al portátil.

*   *   *

Cuando la androide de placer terminó su cometido, se vistió y se marchó. Egaius se puso un boxer negro y rojo, y regresó al salón. Y vio a Nanami. A pesar de que la había echado del piso hacía veinte minutos. A pesar de que estaba seguro de haber cerrado la puerta. ¿Cómo había entrado de nuevo en su piso? Tampoco tenía nada que robarle, y estaba ahí, como si nada. Antes de que la empujara al rellano del pasillo, la chica aseguró tener algo importante que decirle, pero que no debía preocuparse, que lo primero era lo primero, y que fuese a cumplir con la pobre chica cuyo coche se había estropeado. Que seguro que necesitaba una buena palanca de cambio.

Y ahora estaba otra vez dentro.

Nanami, sentada con el portátil sobre los muslos, veía algo en su pantalla. La minifalda habría revelado demasiado, si no fuera por el ordenador de su regazo. Él se extrañó al instante, pues tampoco debería haber podido encenderlo. Pero los reflejos verdes y azules en su rostro indicaban que estaba viendo algún tipo de película. El piercing de su nariz destellaba. Parecía sofocada, y esbozaba una media sonrisa, como de vergüenza ajena. Le dedicó un guiño que parecía decir: sí, lo siento, me he vuelto a colar, he entrado tu ordenador. Pero no es culpa mía.

La rodeó sin decir nada, y vio lo que ella estaba mirando.

Era él mismo. Desnudo, visto desde atrás, en la penumbra de su dormitorio. Reconoció al instante su espalda surcada por cicatrices, y el símbolo del Team Whiplash en el homoplato izquierdo. La escena acababa de suceder hacía tan solo unos minutos. La androide que acaba de abandonar la sala estaba boca abajo, mordiendo la almohada. De vez en cuando gritaba algo, pero el sonido estaba desactivado. Sus uñas se clavaban en las sábanas de raso negro. Salvo por unas finas líneas en los muslos, que relucían cuando él la embestía, y por la ausencia de transpiración, habría pasado por humana.

Egaius estaba cubierto de sudor. Su polla entraba y salía, entraba y salía, como un pistón, incansable. Dentro fuera, dentro fuera. Pareció que iba a retirar su miembro, haciéndolo emerger con calculada lentitud, reluciente, hasta mostrar el glande oscuro. Y la volvió a embestir, con fuerza, haciendo que desapareciera, en toda su longitud, entre los labios húmedos que salivaban sus muslos.

–¿Cómo has entrado en mi ordenador? –se lo arrebató de un manotazo y lo cerró de golpe. Contempló la ventana y la holopared. –¿Y Sitra? ¿Me has hackeado?

Ella se mordió el labio inferior, y lo miró con un mohín de inocencia truncada.

–No fue muy difícil. Deberías encriptar mejor tus claves. BaitPro 6 no está mal, pero HaephestosForge™ es mucho mejor, y también es gratuito. Aunque no te hubiera servido de nada, tampoco. Pero no he hecho nada raro, tranquilo. Comprueba tus cuentas y gastos de los últimos minutos –gesticuló con suficiencia –¿Por qué tienes una cámara en tu habitación? ¿Te gusta repasar tus mejores momentos con las culochapa?

–Mira, no es de tu incumbencia, pero te diré –la mirada de ella era jocosa –que utilizo los videos para hacer los informes, ya que tanto te interesa.

–Los informes. Claro. ¿Hablas de cosas como la textura de las tetas, o de cómo rebotan tus pelotas contra su coño de látex? Seguro que te tocas reviviendo tus mejores momentos. Cuando ofreces tus servicios, ¿envías un video promocional de tus mejores clavadas?

Egaius paseó hasta la cocina, apretó los puños, intentó relajarse. Abrió un par de cajones, revisó un par de puertas. Cogió la lata abierta de refresco de pepino y miel, como si en su interior se escondiera un ansiado cigarrillo. Encontró dos mecheros. Se pasó la mano por la frente sudada.

–¿Fumas? –preguntó a la chica.

–No gracias –respondió ella.

–No, lo digo por si tienes tabaco, ya te he dado bastantes cosas, parece.

–No. Es malo para la salud –replicó con tono burlón.

–También que te disparen. Y hay quien diría que entrar en la casa de un ex-militar, y violar su intimidad, no es una de las cosas más inteligentes que se pueden hacer.

–¿De verdad quieres hablar de violar?

Ella frunció los labios. Él la señaló con un gesto amenazador.

–Ahora dime qué haces en mi piso. A qué has venido. Por qué no te has ido. O llamaré a SecurCerberus, y  les darás las respuestas a ellos.

Él la miró. Ella le devolvió la mirada. Ambos tenían algunos rasgos orientales, como los ojos. No es que fuera poco común, en una ciudad fundada por una empresa minera china, y revitalizada por la industria de los mechas de asalto japoneses. Nanami-chan se había quitado las lentillas de ojo de gato. El color del iris de ambos, un marrón rojizo que recordaba a la madera de cerezo, era muy similar. A Egaius le sorprendió, porque no era un color típico en la ciudad. Y tuvo una terrible sospecha, alentada por otros rasgos que parecían compartir, como el cabello negro tan brillante que parecía reflejar el azul de los neones del exterior; o la línea del  mentón, dura y agresiva. Pero Egaius medía un metro noventa y tres centímetros, y ella no llegaba al metro sesenta.

–Venía a verte. Quería conocerte.

–No lo digas.

–Despues de todo… –jugó con el suspense.

–Ni se te ocurra.

–Eres mi padre.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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