El Ocaso de Escila (III)

Egaius Mitnick sentía que su mundo había sufrido una sacudida sísmica. Nanami le dejó tiempo para asimilarlo, sentada junto a él, con las piernas cruzadas y un chupachups en la boca. Jugaba a pasárselo de un carrillo al otro. En vez de mirarle directamente, parecía mirar algún punto situado sobre su hombro derecho, como si supiese que eso le molestaba.

—¿Te sientes mal por lo que has pensado de mí?

—No he pensado nada.

—¿Te has excitado?

—Mira, no sé lo que te ha dicho tu madre, pero si esto es un truco, te aseguro que no tengo un duro. Y es de muy mal gusto lo que dices. —Le mostró las palmas de las manos, como si eso evidenciase su situación económica, y la pureza de sus pensamientos.

—No conocí a mi madre.

—¿Y también tienes pensado conocerla en breve?

—Murió.

Egaius dejó caer la cabeza entre sus manos.

—Lo siento. Si es verdad, claro. Ya no sé qué creer. Ahora sí que necesito un cigarro.

—Tranquilo, ya te he dicho que no la conocí. Pero gracias —se encogió de hombros. —Y no es un truco.

—¿Cómo estás tan segura de que yo soy tu padre?

—Cuando empiece a hablar, no habrá marcha atrás. Deberías vestirte y equiparte. Por si acaso.

—No pienso perderte de vista ni un instante. Y no me gusta que me den órdenes en mi propia casa.

—Era una sugerencia, no una orden, tranquilízate. Lo decía por ti.

Nanami se retiró el chupachups de la boca. Lo utilizó como un director de orquesta utilizaría una batuta, pidiendo la atención de los músicos, al inicio del concierto. Se llevó el índice de la otra mano a los labios, e hizo un gesto de silencio.

Sssshh. Le guiñó un ojo, y dijo:

—Sitra, opacidad total en la ventana, y nulificación cimática, electrónica y de registro total temporal. Cuatro minutos. Clave de reinicio: 5C¥L@

El ventanal se tornó negro y opaco, lo que oscureció totalmente la sala. Las luces y leds se extinguieron, algunos emitiendo un pitido terminal. La holopantalla se disolvió como tragada por un desagüe. Sólo un pequeño resplandor en la pared, que agonizaba, emitió una luz pulsante durante tres segundos, antes de desaparecer.

—¡A qué viene esto!

—Tengo cuatro minutos para convencerte, así que no me interrumpas, y luego decides. Estás siendo vigilado. Toda tu vida has estado vigilado, por los mismos que orquestaron tu nacimiento. Y el mío, de paso, ya que soy la tercera generación de un proyecto secreto, financiado por una asociación de empresas privadas especializadas en bioingeniería, armamento y robótica. La más importante la reconocerás, Scyla.

Sí, exacto, la misma Scyla que desciende de Hades Mng. & Corp., la empresa minera del magnate multimillonario Li Shell. Quédate con su nombre. Li Shell, como sabes, fundó esta ciudad, en torno a las explotaciones de iridio destinadas a armazones y blindajes de mechas de asalto para incursiones interplanetarias. Pero supongo que no sabes que gran parte de ese Iridio nunca salió del planeta. Fue almacenado en silos, de cara a especular con él.

Avanzamos unos cuantos años, y aparece Solomon Gibson, el magnate de las armas, que no es otro que el nieto de Li Shell, con un alias. Su verdadero nombre es Li Hon, y es el presidente actual de la megacorporación Scyla. Volvamos atrás, no te pierdas. Li Shell, además de tener un sexto sentido en lo que se refería a invertir dinero en minería espacial, y de ser capaz de forjar un imperio basado en el iridio y el titanio, también investigó sus aplicaciones militares. Era un apasionado amateur en lo referente a la biorrobótica. Y en sus posibilidades como arma invisible. Soñó con nanovirus sincronizados por una IA enjambre, una especie de gestalt, capaces evolucionar por sí mismos. Tan ligeros y pequeños que pudiesen viajar en el aliento de una persona. Li Shell tuvo un sueño, pero la tecnología necesaria para cumplirlo no estuvo disponible hasta la época de su nieto, Li Hon. Y mediante maniobras oscuras consiguió el permiso para experimentar con ellos en sujetos humanos, dando a luz a lo que se llamó “Proyecto Hécate”. El Team Whiplash fue el elegido. ¿Te suena el nombre?

Calla, era una pregunta retórica.

Fue un fracaso. Si lo piensas, seguro que recuerdas a muchos antiguos compañeros de escuadrón que fallecieron de cáncer a una edad muy temprana, o sufrieron accidentes, o se suicidaron… Ese es un buen indicativo de que fueron infectados con los nanovirus de ese proyecto. De veinticinco anfitriones iniciales, sobrevivisteis tres.

—Mucha gente murió de cáncer tras la campaña de Nueva Jerusalén. Y el estrés postraumático de las guerras antárticas provocó no pocos suicidios.

—No me interrumpas. Quienes te vigilan tienen un tiempo de reacción de entre siete y diez minutos. Necesitaremos los restantes para que cojas tus pertenencias más valiosas, y huyamos de aquí.

Ambos llevamos en nuestro interior nanovirus que se autorreplican y evolucionan. Yo ya nací con ellos, pero a ti te los injertaron en el proyecto Hécate,  en torno al año 2098. No sé las fechas exactas. Intenta recordar una época en la que acudiste con frecuencia a la enfermería del cuartel y te inyectaron algo raro. Quizás bajo la excusa de un análisis completo ante un ataque químico, yo qué sé. A lo que vamos. El proyecto Hécate abandonado. Se desestimó su utilidad en la guerra a gran escala. Sin embargo, sus posibilidades para el espionaje y la manipulación eran brutales. Se rebautizó como proyecto Circe.

En tu caso, emites unos nanovirus que excitan los sistemas de recompensas del cerebro de quienes tienes cerca. Funcionan como los feromonas en el mundo animal. Provocas una especie de celo adictivo. Nunca has tenido problemas para conseguir un chochito, ¿eh? Ese es el motivo, y no tu brillante conversación. Tienes un potencial terrible para la manipulación sexual, pero no lo sabes controlar.

Algunas de esas cyberdolls que te tiras son en realidad androides programados por una filial de Scyla, para tomar muestras tuyas de saliva, semen, sangre, orina, y mantenerte controlado.

—¿Orina? Yo nunca he…

—Un androide hermafrodita llamado Dánae. No intentes ocultarlo, yo no te voy a juzgar. Y no te preocupes, necesitabas el dinero, y todo eso. —La oscuridad impidió que Nanami viera la expresión de Egaius. —Uno de esos soldados fingió su propia muerte, y se dedicó durante la última década a recabar todo lo que podía sobre el proyecto Hécate y los tejemanejes de Scyla. Para vengarse. Para apropiarse de lo que él consideraba la herencia que le correspondía tras tantos maltratos y engaños. Ahora se oculta en esta ciudad, y está preparado para dar el golpe del siglo. Y te necesita.

—Es una locura. No digo que no te crea, pero necesito pensarlo.

Egaius oyó respirar a Nanami.

—Me temo que no eres consciente del peligro al que te enfrentas. Scyla no te dejará escapar. Y si tiene que mantenerte en criogenia hasta que vuelva a necesitar tu esperma, tu médula, o cualquier célula tuya que sirva para continuar con la tercera generación, lo hará. Ven conmigo, y aprenderás a desarrollar tus capacidades y a…

—Creo que no. Lo siento, pero debes marcharte —Comenzó a incorporarse.

—CUATRO MINUTOS, IDOL —irrumpió una voz femenina con un eco robótico, a la espalda de Egaius. Nanami replicó:

—Yo lo siento más, Egaius Mitnick. De verdad. Cuando entré, me traje a una amiga. No podemos aceptar un no. Por tu bien, y por el nuestro.

Dos resplandores azules perforaron las tinieblas. Egaius vio su reflejo en el ventanal oscurecido. Ciberlentes de visión nocturna. Su portadora debía estar en pie, a su espalda. Nanami cogió el bolso, retrocedió con celeridad. Egaius rodó por el suelo, y esquivó, más por suerte que por habilidad, la pistola de inyección que a punto estuvo de clavarle en el cuello la invitada no deseada. Se levantó de un salto, a ciegas. Los leds azules bailaban como luciérnagas colocadas de speed, y hendían la salita. Él apoyó la pierna derecha en la mesita, y se impulsó contra su atacante, guiándose por los resplandores gemelos. Esperaba que la sorpresa, combinada con la fuerza bruta, le diese ventaja. Impactó con el hombro contra un torso de teflón. Recibió como respuesta un golpe brutal, con el canto de una mano enguantada, en el cuello. Creyó que se lo habían partido. Se desplomó sobre el somier. Intentó levantarse a la  par rodaba para intentar escapar, pero su atacante se echó encima suyo. Ambos cayeron al suelo, entre restos de calzone y cables enmarañados. Egaius estaba en plena forma, y tenía entrenamiento de combate sin armas. Pero su oponente, pesaba más, y su agarre era tan poderoso como implacable. Una cyborg. Forcejearon.

—¿Nyx, lo tienes? Yo casi estoy. —Nanami se movía a oscuras con facilidad, mientras colocaba algo en el ventanal. Algo con temporizador y números digitales.

—CASI. SE RESISTE —dijo Nyx, entre dientes.

—Por eso estás aquí. Date prisa, o usa las chispas.

—¡Soltadme!

Con el brazo izquierdo aún libre, Egaius palpó bajo el somier del sofá cama, donde hacía unos segundos estaban hablando. Extrajo de la vaina de neodimio adherida allí la hoja monofilamento que compró con su primer sueldo de guardaespaldas. Las continuas amenazas de su trabajo, y el tipo de personas con las que trataba le impelieron a ocultar armas por diferentes escondrijos de su hogar. La desenvainó. Su oponente masculló un ¡OH, MIERDA! Justo antes de recibir un tajo ascendente, de abajo arriba, en diagonal, con todo el ángulo que su enemiga le permitió. Encontró oposición durante un instante, pero el ímpetu del movimiento y el monofilo del arma hizo que lo atravesase con un chirrido áspero. Un grito de dolor, procedente de la misma garganta —orgánica o robótica, no lo podía saber— y algo que le salpicó la cara y la boca. Algún tipo de aceite caliente.

Ella le aferró por la mandíbula, y le inmovilizó el brazo armado.

—ME HA CORTADO UN BRAZO, IDOL. ¡MI JODIDO BRAZO!

—Bajad la cabeza, esto ya está. Tres, dos uno…

Una explosión reventó la pared de cristal que daba a la calle. Los pedazos volaron por los aires, como centellas, descomponiéndose en fulgores blancos y azules. Los reactivos ácidos del explosivo los convirtieron en meteoritos en contacto con la atmósfera. Toda la fuerza de la onda expansiva se proyectó hacia el exterior. Desde la calle, treinta y cuatro plantas más abajo, pareció que el edificio había estornudado estrellas. Al instante apareció de la nada un aerotaxi con camuflaje óptico, y con pericia se colocó en la abertura. Con un silbido neumático, su portón lateral se hizo a un lado.

El resplandor de los neones y de los orbes de xenón que levitaban en los alrededores, anegó el piso. Egaius intentaba liberarse de la cyborg, mitad mujer, mitad robot. Su piel estaba cubierta de octocamo, y replicaba los alrededores. El combate había reventado algunas de sus células, y ahora destacaban como agujeros negros o pixels fundidos en un paisaje estival. La cyborg había perdido una parte de un brazo, amputado a la altura del codo. Nyx finalmente consiguió inyectarle en el cuello su carga de somnífero. Levantó a Egaius, que trastabilló. Nanami la ayudó con él. El aerotaxi se colocó lo más cerca posible. Entre ambas lo lanzaron dentro, a pesar de que todavía estaba consciente. Rodó aturdido. Nanami saltó también al interior, y lo afianzó, para evitar que se cayese por la puerta abierta. Nyx recuperó su brazo, y también saltó.

Egaius comenzó a temblar. A convulsionarse fuera de control. La mandíbula adquirió una rigidez dolorosa. Reconoció los síntomas de un shock anafiláctico. En el ejército le explicaron qué hacer si alguno de sus compañeros sufría alguno. Oyó los gritos de Nanami, pero las palabras se apelmazaban en sus oídos, en un engrudo incomprensible.

—¿Qu- l- p-sa?¡N-x!-Q-´- le –sa?

—EST^ EN SH*^*K. LO ESSSST*ÁN I^*#^ANDO AN*LAR. *STÁ *N SU *ANG^E. ^*#*^^* PURGARL^

—-¿S- nos — a -orir?

Creyó oír un claxon. Le pareció oír disparos. La cabeza le temblaba sobre el asiento de piel sintética. Recordó el estuche verde que guardaba, para casos como este, en el tercer cajón del mueble del baño. La jeringuilla con atropina. O eso le dijeron.

Nyx cerró la puerta del vehículo. Nanami se inclinó sobre él, y le sostuvo el cuello allí donde segundos antes Nyx le había golpeado. El aerotaxi aceleró con brusquedad. La cyborg se retiró el embozo de octocamo, la máscara y las lentes. Sus iris eran pequeñas galaxias de leds azules. Nanami le acunó. Se acercó aún más y le exhaló el aliento directamente en su boca temblorosa.

Mientras los nanovirus que le dilataban los vasos sanguíneos provocaban la bajada de su tensión, y sus órganos se comenzaban a inundar, recordó que muchos de sus compañeros de batallón habían muerto de shock anafiláctico.

G62PvqOFIN DEL CAPÍTULO 1

Este es un proyecto que ha surgido de la nada, sin desearlo, hace cuatro días. Inspiración repentina, vamos a llamarlo así. Cada una de las tres entradas de este blog que he hecho conforman el primer capítulo de un manuscrito que espero que pueda continuar. No creo que las siga publicando aquí, como mucho algún trozo puntual. Voy a considerar esto como una especie de trailer, o teaser, o demo.  Ahora lo revisaré en su conjunto, para intentar crear un primer capítulo mejor acabado. Haré algunos cambios, y supongo que Egaius tendrá otro nombre, aunque aún no me he decidido por ninguno, pero espero no tocar muchas cosas.

Espero que os haya gustado.

Carlos Díaz

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

2 comentarios en “El Ocaso de Escila (III)”

  1. Muy bueno tu trabajo.
    Solo un dato: el Iridio es inútil para la industria bélica porque a pesar de ser un superconductor, es muy frágil y no soporta cambios de temperatura ni impactos. Fuer de eso, tu trabajo es magnífico y la narrativa es sumamente llamativa.

    Le gusta a 1 persona

  2. Muchas gracias por tu amable comentario.
    Es interesante lo que comentas. Mis conocimientos son limitados, y pensé que el iridio, dada su dureza, podría servir como base (suponiendo que su escasez no fuese un problema) para una aleación que lo convirtiese en una defensa excepcional. Acepto sugerencias de cara a mejorar la verosimilitud.
    Un saludo.

    Le gusta a 1 persona

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