Salitre

sirena

Recuerdo el día en que perdí mi alma como si hubiera ocurrido hace tan solo unos minutos. Pero la verdad es que han transcurrido casi veinte años. Aún así, lo que pasó está grabado a fuego en mi cabeza, desde que me desperté, hasta el suceso que me cambió la vida.

Me levanté esa madrugada, antes de que la primera luz del alba asomase en el horizonte. Salí de mi hogar con un cuchillo corto, el abrigo de piel de oveja que había pertenecido a mi abuelo, y las aspiraciones soñadoras que sólo un adolescente podría tener.

Las farolas proporcionaban una luz espesa a la calle empedrada. Mi primo, Corini, me esperaba apoyado en la pared de la calle Herrerías, bajo la sombra oblicua del cartel de una posada. La Talega del Troll se llamaba. Creo que ya no existe, ardió, si no me equivoco. Una vez entré, y vi al troll. Era una estatua de madera de dos metros, que representaba un gigante deforme con unos testículos gigantescos. Toda su vida mi padre se había quejado de los ruidos molestos de los marineros borrachos, que en ocasiones vomitaban en nuestro portal; de la presencia de putas levantiscas desde primeras horas de la tarde, y de las continuas peleas de matones que solían acabar en derramamientos de sangre.

Una de esas quejas desembocó en una de esas peleas, y le costó la vida. Una puta drogada le pegó un navajazo con tanta fortuna que le seccionó algo importante en la ingle. Se desangró lentamente, tirado entre orines de gatos, sin ser atendido por nadie, hasta que mi madre lo encontró al regresar de casa de mi tía, dos horas después. Y además, tuvimos que vivir con los rumores de que había sido asesinado por no querer pagar a una prostituta tras usar sus servicios. Eso fue lo peor. Mi padre nunca habría hecho eso, ni habría muerto por eso. Era tan honrado como un banco. Lo que igual no es decir mucho, ahora que lo pienso. Aún así, estoy seguro de que mi padre nunca habría hecho eso. Razonablemente seguro, al menos.

Una bruma lánguida rezumaba desde el mar, que era nuestro objetivo. Parecía reptar por los callejones, extendiendo sus tentáculos neblinosos como un pulpo acechando a su presa. Aunque los pulpos son bastante rápidos, así que igual es una comparación más poética que realista. Mi madre siempre me dijo que yo tenía alma de bardo, y lengua de juglar. Es una forma de decir que mis mentiras eran bellas, e inofensivas. Espero que me perdonéis estas licencias.

Corini me saludó con un gesto, y nos encaminamos a la costa en silencio. No eran horas de hablar. Nuestro curso discurrió paralelo al de algunos marineros que regresaban, tambaleantes, a sus naves. Si no se daban prisa, probablemente perderían su barco, pues la bajamar ya había comenzado, y muchos patrones prefieren perder marineros, a pasar unas horas muertas en un puerto.

Cruzamos canales, callejuelas y plazoletas, dando un rodeo innecesario porque, cosas de la edad, nos gustaba ver a las meretrices en sus esquinas, esperando o trabajando contra un muro, con la esperanza de atisbar un seno, un muslo o si los hados nos sonreían, sus vellos secretos. No eran las putas más bellas del mundo, no sé si me entendéis, pero nosotros tampoco éramos los adolescentes más exigentes de la ciudad. Mi primo tenía diecinueve años, y yo quince, así que, si habéis tenido una infancia tan saludable como la nuestra, podéis imaginar qué motivaciones nos movían. Esto en parte fue la perdición de Corini. Pero dejadme que avance poco a poco.

A él y a mí nos gustaba pescar en el cambio de marea, y siempre con luna llena. Otros pescadores nos decían que mejor con luna nueva, pero Corini y yo teníamos nuestras propias teorías. Supongo que nadie se pondrá nunca de acuerdo, porque en la pesca hay muchos más factores a tener en cuenta que la marea y la luna. Aún así, todos estábamos de acuerdo en que ambas eran importantes, aunque no supiéramos establecer una relación causal clara. Y aunque ese día íbamos a intentar coger percebes y lapas por primera vez en nuestras vidas, las viejas costumbres respecto a los horarios, eran difíciles de olvidar. La luna llena brillaba, redonda, como un sol congelado sobre una plancha de hierro negro. Éramos unos pescadores nefastos, aunque ocasionalmente encontrábamos algo. El problema era la competencia, no nuestra habilidad. Los pescadores mayores acaparaban los mejores sitios, y no dejaban que dos chavales advenedizos les robasen el jornal. Así que acabábamos en las peores calas y zonas. Con el marisco pensábamos que tendríamos más suerte. Era una estupidez, por supuesto, porque las marisqueras eran de una calaña incluso peor. Sobre todo eran mujeres, lo que pensamos que nos permitiría ser más firmes. Pero a diferencia de los pescadores, solían llevar siempre en las manos algún cuchillo, y ser incluso más protectoras con quienes les querían robar el alimento de sus hijos. Pero repito, éramos jóvenes, y bastante idiotas.

Cuando llegamos a la playa, algunos pescadores ya regresaban con sus capturas. Cargaban las sardinas, jureles, y la ocasional dorada, con gesto serio y arrugas tan profundas que parecían cortezas de árbol. Algunos peces todavía boqueaban en las carretillas, camino de la lonja. Parecían pedir un beso, enfundados en sus cotas de malla de plata y oro, como caballeros noveles derribados en liza. Confesaré que esas bocas sin labios, abriéndose y cerrándose,  me trajeron un recuerdo de mi prima Zalbala, y una fantasía oral, que omitiré.

El cielo clareaba su gris plomizo, pero todavía no despuntaba ningún rayo solar. La luna, distante, se limitaba a contemplarnos con indiferencia. Las olas rompían con la desgana propia del que, cansado de laborar, ansía el regreso al lecho conyugal. Chocaban contra los arrecifes, arrojando espumillón salado al aire, que el viento transportaba hasta mi rostro. En esos momentos yo abría los brazos y la boca, cerraba los ojos, y dejaba que la mar me bautizase. Luego me gustaba relamerme, y notar el salitre en la lengua. En esos momentos sentía que nos entendíamos, que podía conectar con una especie de consciencia marina, que me adoptaba y me abrazaba, con besos salados y caricias frías.

Caminábamos sobre las rocas, evitando resbalar en el verdín y las algas. Recogimos algunos cangrejos de camino, pero tras nuestros primeros encontronazos con mariscadoras, nos vimos obligados a bordear la muralla rumbo a un rincón más alejado. Trastabillamos entre rocas tan afiladas que las notaba cortar las suelas de mis sandalias. A lo lejos estaba la isla de Ourmo, con el faro sobre los acantilados negros, repletos de gaviotas y alcatraces, que nos sobrevolaron sin prestarnos atención. Cuando era más pequeño siempre buscaba la silueta de un albatros, pero nunca vi una. Mi padre me enseño un boceto que compró a un marinero, comparado con una gaviota. Supongo que buscar ese pájaro en el cielo, aunque en ese momento no lo sabía, era una forma de intentar contactar con un recuerdo placentero, de complicidad padre-hijo. Yo tenía ocho años cuando murió, y aunque me duela decirlo, ya no confío en los recuerdos que tengo de él. A veces sucede que, con el paso de los años, los las imágenes se moldean y tergiversan, y tendemos a dar por válidos hechos que nunca sucedieron. Mi abuelo siempre decía que la memoria es una ramera traicionera, y hasta mucho tiempo después, no supe a qué se refería. Os vais a reír, pero de pequeño me imaginaba a una mujer con un remo que te pegaba por sorpresa. Mi abuelo siempre fue un gran nadador. Desde niño raqueaba monedas que le tiraban los marineros, buceando en el puerto, saltando desde una decena de metros. Ganó una pequeña fortuna cuando un barco cargado de oro naufragó contra la punta. Pudo sacar un lingote antes de que llegaran las autoridades portuarias, y nunca le pillaron. Y tuvo el buen tino de esconderlo durante años, y los contactos necesarios para poder venderlo, llegado el momento. Eso nos aseguró una vida alejada de lujos, pero relativamente cómoda. Vivió ochenta y tres años, y se ahogó una mañana que fue solo a nadar, como hacía cada día del año. Me gustaría creer que no se le olvidó nadar, porque eso sería un final muy triste para él. Prefiero creer que un tiburón le atacó, lucharon bajo el agua, y los cuerpos de ambos cayeron hacia el fondo. Esa es una buena forma de morir.

Estábamos mariscando, o al menos eso creíamos, mientras trepábamos entre las rocas. Habíamos dejado junto a la muralla los abrigos y camisolas, y con la bravuconería típica del joven marinero, buscábamos nuestras presas, a pecho descubierto. Las olas nos golpeaban con fuerza, y traspasaban su gelidez hasta nuestro tuétano. Yo tenía la piel de gallina, pero lo disimulaba como podía. Corini, a mis ojos, era un titán. Tenía un físico mucho más desarrollado que el mío, más alto y corpulento. De espaldas anchas, pecho robusto, y brazos fuertes, hacía suspirar a varias muchachas del barrio. Sabía mentir con labios sugerentes, y sus ojos, en cambio, parecían sinceros. Tenía confianza en sí mismo, y era arrojado. Durante un tiempo le odié con todas mis ganas, cuando descubrí que mi prima segunda, Zalbala, suspiraba por él. Zalbala había protagonizado muchas de mis fantasías nocturnas, y el recuerdo de cuando la vi ordeñar una cabra manchaba mis sábanas con frecuencia. Y lo peor es que él lo sabía, pero aún así se acostó con ella durante la noche de San Ignati. Recuerdo sus siluetas sobre la arena, iluminadas por las hogueras. Ella lanzaba gemiditos entrecortados, aferrada a su espalda. Mucho después corrieron rumores de un embarazo, de que la había forzado, o se había aprovechado de que ella estaba borracha. No lo sé. Sus padres se la llevaron lejos. Pero esa es otra historia.

Además, Corini era rubio, como su madre, algo muy poco común en la provincia, y las traía de cabeza con sus bucles dorados, y sus ojos verdes. Quiero decir, antes de que su fama de bruto se extendiera. Pero eso fue mucho después. Mi primo era guapo, sin merma de su virilidad. No es que yo fuera un invertido, pero, demonios, era difícil no sentirse atraído por él. Yo era moreno, y al igual que él, llevaba un año dejándome el pelo largo. Pensaba que me daría un aspecto atrevido, de pirata… pero allí donde Corini tenía una melena leonina que ya podía recogerse en una coleta, yo lucía un flequillo que me tapaba los ojos y las orejas, y me hacía parecer imbécil si me lo intentaba recoger. También si no me lo recogía, pero era el mal menor. Además, él ya se afeitaba, y yo apenas tenía una sombra sobre mi labio.

Mientras arrancaba lapas con la ayuda de su cuchillo -porque ni de lejos encontramos percebes, como podéis suponer- me fijé en las cicatrices y marcas de su espalda. Quemaduras, heridas de hebilla, y moratones, todo formando una paleta de púrpuras, carmesíes y ocres. Su madre era un encanto, y fue una belleza en su juventud, según mi abuelo me dijo. Pero su marido, el hermano de mi madre, siempre fue un bruto que la fue envenenando con su desdén y desprecio, aderezado con palizas habituales. Aún así, ella nunca le abandonó. Era una mujer lánguida, tan inconsciente de su propia belleza, que se subestimaba y menospreciaba. Creo que eso fue lo que le hizo víctima de un hombre duro y violento, que no se la merecía. Yo apenas la conocí, porque mi tío la mató cuando yo era pequeño. La encontró en la cama, una noche que regresó de faenar antes de tiempo, con un florista. No sé qué enfadó más a mi tío, si la traición a su confianza, o que fuese con un hombre con fama de amanerado. La mató con diecisiete puñaladas, y hubiera matado también al florista, si este no hubiese logrado escapar. Incomprensiblemente lo absolvieron, pues alegaron que se encontró poseído por el demonio de los celos, alentado por el diablo del alcohol. Y así Corini pasó a ser el que recibió todas las atenciones de su padre. No le estoy justificando, pero supongo que todo añadió peso para formar una personalidad cruel y desdeñosa hacia las mujeres. Se aprovechaba de ellas, y eso me parecía execrable. Yo también quería aprovecharme de ellas, aunque solo fuese una o dos veces. Ya lo he dicho varias veces, pero por aquel entonces yo idolatraba a mi primo, y era idiota perdido.

Nos fuimos separando, sin querer. La bruma no acaba de levantar, y la claridad que comenzaba a emerger en el este, lejos de ayudar, parecía empeorar la visibilidad. Sentía que mis ojos estaban cubiertos por unas gasas. En algún lugar oí un velero tocar una campana, y desde el interior de la bahía me llegaron las voces amortiguadas de marineros gritando. Las olas chocaban contra mis piernas, y en un par de ocasiones, más pendiente de mi entorno que de la marea, estuve a punto de resbalar. Decidí que era momento de regresar a por mis cosas.

Desandé el camino lo mejor que pude. La niebla parecía espesarse con cada paso que daba. En un momento dado ya no supe donde estaba. Una ola me cogió por sorpresa, y como si un gigante me hubiese dado una bofetada, me arrojó al agua.

Me hizo girar sin control. Aguanté la respiración lo mejor que pude, y me golpee en el hombro. Noté como las aristas de las rocas me rasgaban la piel. Durante unos aterradores segundos no distinguí arriba de abajo. Noté como la ola retrocedía, y rocé con la mano izquierda unas rocas, que quedaban fuera del agua. Me agarré a ellas, como un náufrago a una balsa, pero cuando intenté trepar, vi que la ola al retirarse me había alejado de donde había caído. Otra ola casi me sumergió de nuevo, y me arrancó de las rocas. Intenté nadar. Mi abuelo me enseñó a salir de las corrientes marinas, nadando en diagonal, pero no sabía en qué diagonal tenía que nadar. Las olas pasaban por encima de mí, dejando una estela que se desmigaba, y luego me arrastraban de vuelta. Temía golpearme la cabeza. Sentía que poco a poco iba perdiendo las fuerzas, y que mi mortaja sería el eterno vaivén de una capa de espuma. Pensé que no quería morir virgen, y en Zalbala.

Dejadme hacer un inciso. Durante mucho tiempo después, pensé que ahí morí. Es difícil de explicar. Los sucesos que ahora voy a relatar parecerán fantásticos, y el encuentro que siguió a mi rescate fue, si cabe, aún más extraño y sobrenatural. Durante los días siguientes no supe distinguir la vigilia del sueño, y me sentí a la deriva. Asistí al sermón en honor de Corini distraído. Mi madre lloraba, su padre me culpaba con la mirada, y yo solo pensaba en las olas chocando, marcando una ritmo que parecía el palpitar de las profundidades. Sólo el dolor de mi hombro derecho, y el corte de mi antebrazo, me anclaban a la realidad.

Cuando estuve a punto de rendirme, y dejarme llevar, una mano me aferró. Mi primo me ayudó a salir del agua. Yo caí de rodillas, sobre las palmas de mis manos. Vomité agua salada, e incluso pequeños restos de algas. Me tumbé de lado, sin aire. Respiré, el corazón traqueteando como un carreta descontrolada por la cuesta de la atalaya. Pero antes de que pudiera recuperarme totalmente, Corini me dijo que le siguiera. Había encontrado algo. Vino a buscarme para compartir su hallazgo. Yo, en mi estupidez, ni siquiera llegué a pedir auxilio. Quiso la fortuna, o quizás la influencia de una fuerza exterior que había tomado interés en mí, la que le hizo verme dar brazadas caóticas, mientras la corriente me alejaba. Como un príncipe de cuento, había saltado de roca en roca, hasta situarse a mi alcance, y me había rescatado. ¡Qué patético pescador era yo, que pobre remedo de hombre, a punto de ser devorado por las aguas, sin ni siquiera saber nadar en la dirección correcta!

Intenté ir a buscar mi abrigo, pues el frio me tenía helado, pero Corini insistió en mostrarme lo que fuera que había encontrado. Me llevó hasta una zona rocosa, con un pequeño recodo arenoso, situado a sotavento, y donde las olas no llegaban de forma directa. Una mujer, tumbada boca arriba, yacía sobre unas rocas. Vestía pantalones ceñidos de cuero, y un chaleco rojo, sin blusa ni ninguna prenda debajo. El cabello negro se extendía sobre las rocas. Era morena de piel, y sus rasgos me resultaban exóticos. Quizás era hassanita, o indi.

—¿Está… viva? —pregunté.

—Es una pirata. Una bruja marina —me dijo mi primo.

—¿Qué?¿Estás seguro?

—Mira como viste. ¿Conoces muchas mujeres que llevan pantalones? Y mira.

Se acercó, y me mostró el brazo izquierdo de la mujer, que estaba oculto desde mi perspectiva. Estaba recubierto por un tatuaje que mostraba tentáculos sinuosos, emergiendo desde su hombro, y enroscándose por toda la longitud de la extremidad. Yo no dije nada.

—Estaba boca abajo, en esa zona de allí. Las corrientes suelen llevar los desperdicios de esa zona allí.

—Quizás se cayó por la borda de su barco. O era una polizona que fue descubierta cuando el barco zarpaba, y saltó. O la arrojaron.

—Esos tatuajes no son de mujer de bien. Y mira, entre los tentáculos, hay letras.

Me acerqué con cautela. Sentía que estaba haciendo algo malo, pero no sabía explicar por qué. Era verdad que sobre la tinta negra del tatuaje, había  letras aún más negras, que parecían bailar bajo mi mirada. Trazadas con letra serpentina, en un idioma incomprensible, había símbolos que seguían el recorrido de los tentáculos tatuados. Yo intenté apartar la vista de su piel expuesta: de la línea de su cuello, donde se unía con la clavícula; de su vientre plano, casi atlético, con el ombligo llamándome la atención como un pozo al abismo. Corini pareció leerme el pensamiento, y se acuclilló junto a ella. Le desabotonó el chaleco.

—¿Qué haces? —le dije.

—Mira lo que hago—me contestó.

Abrió la prenda de cuero rojo, y expuso sus pechos, grandes, generosos. Las areolas tostadas, más oscuras que su piel morena, me parecieron la visión más hermosa que había contemplado en mi vida. Pero sabía que estaba mal.

—Deberíamos llevarla a la guarnición. Debería verla un médico.

—¿Un médico? La ejecutarán. Esta bruja ya está muerta.

—Por tener un tatuaje no tiene por qué ser una bruja. Puede que sea una costumbre de su tierra natal. Es extranjera.

—Esas marcas forman parte de los pactos con los que las brujas renuevan sus alianzas con los dioses de las profundidades. Mi padre me habló de este tipo de marcas. En la Talega hay marineros que las conocen. Seguro que ha realizado muchos sacrificios de inocentes. Esta mujer está manchada de sangre. Es una bruja pirata, y merece morir  —sentenció, tajante.

—Entonces ¿cómo es que no se ha transformado en pez si cayó por la borda? ¿Por qué no se alejó nadando, o volando? ¿O por qué no hizo un conjuro que la permitiera respirar bajo el mar?

Una ola chocó cerca, y una cortina de agua cayó sobre nosotros.

—Sin duda las reliquias de los mártires que hay en la catedral le impidieron obrar su magia.

Yo dudaba que las cabezas cortadas de San Celesto y Santa Marina pudiesen obrar algún milagro.

—Primo, por favor. Vamos a llevárnosla.

Él me ignoró, y comenzó a magrearle los pechos. Le intenté agarrar del brazo, pero me empujó sin problema. Caí de culo, y le miré, sorprendido.

—¿Cori, qué haces?

—Tanto vale viva como muerta. Si la entregamos la colgarán, y seguro que antes disfrutaran de ella los guardias. Podemos ahorrarle todo eso, disfrutar nosotros, y terminarlo todo aquí.

—¿Terminarlo? ¿De qué hablas? ¡Está viva!

—No voy a hacer nada que no sea deshacer lo que ya he hecho.

—No te entiendo.

Nos miramos en silencio. La campana de una boya tañó con solemnidad de funeral, mar adento.

—En el agua la encontré, y al agua la devolveré. Si dios quiere que viva, la salvará. Y si dios no quiere que haga esto —le pellizcó los pezones —que me lo impida.

Aunque es cierto que la visión de su torso desnudo excitó en mí mis más bajas pasiones, no pensaba colaborar en una violación. Ni siquiera a una bruja marina. Que, además, probablemente no fuera más pirata que ninguno de nosotros.

La mujer apenas respiraba, pero cuando inhalaba, sus senos empapados parecían hincharse. Corini los apretó, y se colocó a horcajadas sobre ella. Con el cuchillo de despegar lapas, le comenzó a cortar los cordones del pantalón. Yo miraba sin acabar de entender, o creer, lo que iba a pasar. Me levanté, y me acerqué a él.

—Cori…

—Si quieres participar, ayuda. Si no, vete

Pensé seriamente en marcharme. Me aferré los brazos, temblando, no tanto por el frío, sino por el miedo. Miedo a lo que me podría pasar si ayudaba a mi primo, a ser el tipo de hombre en el que me convertiría si accedía a violarla.

—¿Y si despierta? ¿Y si es una ciudadana respetable, y cuenta lo que le hemos hecho?

—Si despierta, volverá a dormir. —Explicó con un tono que parecía evidenciar que hablaba con un niño. —Y si no, volverá a la mar, con unas cuantas piedras encima.

—Eso es asesinato —dije.

Él no me contestó.

—Si te cogen, te colgarán. No puedes matar a alguien así, sin más.

Entonces recordé la historia de su padre y de su madre. Y pensé que de verdad lo iba a hacer. Le aferré de los hombros, pero antes de que pudiese hablar, me lanzó un tajo con el cuchillo. Me hirió en el antebrazo. Grité, y miré la sangre, que empezaba a manar. Era una herida muy superficial, pero que escocía.

—La próxima no será de aviso. Vete. Vete y no vuelvas.

Retrocedí asustado. Primero di dos pasos vacilantes, luego corrí a trompicones. Miré hacia atrás. La niebla pareció engullir la silueta de mi primo, sobre la mujer tumbada. Decidí regresar a mi hogar, pero una gaviota me increpó desde las alturas. Y como si me hubiese sacado del letargo, decidí que no podía dejar que eso pasase. Por él, por ella, por mí. Porque si le pillaban, no podía permitir que lo ejecutaran. Y si no lo pillaban, no podría reanudar mi relación con él como si nada, sabiendo lo que había hecho, a pesar de que me acababa de salvar la vida. Porque yo no podría mirarme en un espejo, sabiendo que había permitido que pasase. Y por ella, porque, aunque de verdad fuese una bruja marina, nadie se merece que le hagan eso, y la asesinen sin una oportunidad para defenderse.

Cuando regresé, vi que le había retirado los pantalones. En una de las piernas también tenía tatuajes de largos tentáculos, y entre sus muslos, atisbé una leve frondosidad, rizada y oscura. No le había quitado el chaleco, y me resultó tan incongruente que durante unos segundos me quedé mirando la escena. Él se acariciaba la polla, rígida y enhiesta, con la mano izquierda. Con la derecha le introducía dos dedos, como intentando lubricarla.

Yo encontré una piedra, del tamaño de una piña pequeña. Era rugosa, con bordes afilados. Un cangrejo huyó cuando la levanté.

Me acerqué a mi primo. No vi el cuchillo cerca.

—Corini. Déjala.

Se detuvo. Me miró con desdén. Vio la piedra en mi mano alzada. Mi herida había dejado de sangrar, pero tenía el antebrazo cubierto por sangre coagulada. Me dejaría cicatriz.

—¿Ni siquiera eres capaz de usar tu cuchillo, nenaza? Deja esa piedra, no eres un montañés.

—Perdí el cuchillo al caerme al agua. Por favor, no lo hagas. Tú no eres así, Cori. No me hagas golpearte —gimoteé. Afloraron lágrimas a mis ojos.

—Tú no sabes cómo soy yo. Y tú no vas a golpearme. No después de que te salvase la vida, hace unos minutos. No después de ser el único que te ha defendido en el barrio los últimos años, cuando has tenido problemas con los de Cote o la banda del “Bolas”.

Corini la comenzó a penetrar, con un total desdén por mi amenaza. Le costaba entrar, maldijo, la aferró de las caderas con fuerza. Y sin embargo, a pesar de que tenía razón en casi todo lo que me acaba de decir, se equivocó en una sola cosa.

Varias cosas sucedieron en un segundo.

Corini la embistió de golpe, con un gañido feral. Yo arrojé la piedra, demasiado alta, con fuerza, para intentar asustarle. La mujer abrió los ojos, gritó de dolor. La piedra golpeó a mi primo en la sien. Hubiera fallado, si no fuese porque el grito de la mujer le había hecho alzar la cabeza, asustado. Se estrelló contra él, con un sonido de cascanueces, irreal, de teatrillo. El tiempo pareció detenerse. Una ola chocó cerca, y lloviznó sobre ellos. Corini, se desplomó de lado. El miembro salió tiznado de rojo. Del mismo rojo que la sangre que manaba de su cráneo roto, la misma que goteó sobre el rostro de la mujer, que se entremezcló con el agua marina que parecía flotar en el ambiente, entre la niebla y mi desesperación.

Entonces, la bruja giró el cuello, y me miró, con los cabellos negros tapándole un ojo, y el otro reluciendo con malicia, destellando con la primera luz del alba que atravesó la bruma. Y con una voz profunda, que evocaba corrientes abisales y oscuridades primigenias, me dijo:

—Acepto el sacrificio.


Carlos Díaz.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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