Charlie

chico en la biblioteca 2

A ella siempre le había gustado ese olor añejo, mezcla de humedad, cuero y papel que destilaban los libros que habitaban en estantería repletas de historias. A veces, no podía evitar abrir alguno de ellos y aspirar sobre las páginas amarillentas. Era un olor tan agradable, tan familiar. Quizás por eso, la biblioteca era el lugar dónde más cómoda se había sentido desde su llegada allí unos días atrás. Aquella estancia se había convertido en su refugio cuando la lluvia hacía imposible el poder deambular y perderse por los verdes alrededores en las horas libres.

Esa tarde llovía de nuevo. Desde que se instalara en el San Gabriel, había llovido todos y cada uno de los días. Esta vez no los acompañaba una tormenta si no tan solo una llovizna de esas suaves que al caer deja diminutas lágrimas sobre las hojas de los árboles.

El silencio de la estancia se vio inundado por un creciente murmullo. Clara desvió la vista del ventanal por el que se había evadido hacía rato y al momento descubrió el porqué del pequeño alboroto. Él estaba allí. Fabien Lefevre avanzaba por la sala con paso firme abriéndose paso entre los estudiantes hacia su despacho, situado al final de la estancia. A medio camino, un par alumnas parlanchinas lo interceptaron y Clara aprovechó el momento para observarlo a hurtadillas. Aquella tarde, vestía un traje de sastre, esa vez gris marengo, sobre una camisa azul cielo y corbata oscura. Completaba su atuendo un abrigo negro largo, tal vez de cachemir, que caía como una capa sobre sus hombros. En esos momentos charlaba con aire relajado, pero su mirada era intensa y penetrante.

Luce como un vampiro, un apuesto conde, pensó Clara con un estremecimiento.

Lefevre pareció oír sus pensamientos, ya que en ese mismo momento de la conversación clavó sus ojos en ella. Clara le sostuvo la mirada tan solo un segundo, bajó la vista a su libro de ciencias y contuvo el aliento sin atinar a leer una sola palabra. ¿Qué le pasaba con ese hombre? ¿Por qué le afectaba de un modo tan extraño? Cuando la miraba parecía tener el poder de aspirar todo el aire a su alrededor allí donde se encontraban.

–¿Qué? A ti también te gusta ¿No?

Clara se volvió sorprendida hacia el joven sentado a su derecha en la amplia mesa caoba. Hasta aquel momento no se había percatado de su presencia.

–No me mires así. Te has quedado de piedra al verlo pasar ­– continuó, mirándola por encima de sus gafas metálicas.

– ¡No, qué va!

–Ya, eso dicen todas. Pero aquí más de una anda loca por sus huesos. No sé qué le veis a un tipo como ese –prosiguió mientras garabateaba sombras en el lateral del cuaderno abierto sobre la mesa.

–Te equivocas. No me gusta. Además, yo no soy como todas esas.

–Algo de razón tienes –sonrió–, Si fueras como esas, no estarías sentada en esta mesa conmigo.

Clara observó curiosa a su interlocutor. Detrás de los cristales de sus gafas se escondían unos expresivos ojos castaños que conjuntaban de manera perfecta con la media sonrisa burlona que le dedicaba en ese momento. El cabello, liso y oscuro, recogido en la nuca con una coleta contrastaba con el rojo del jersey de pico que vestía, idéntico al de ella.

–Soy Charlie. Aunque por aquí algunos se empeñan en llamarme por el nombre que me asignaron en mi natalicio. Carlos.

–Yo soy Clara.

­–Sí, ya sé quién eres. Te vi llegar hace unos días. Estamos juntos en clase.

Durante unos segundos permanecieron los dos mirándose en silencio. Ella avergonzada sintió como una ola de calor atacaba sus mejillas.

–No te preocupes, es normal. Suelo estar al final del aula, dónde puedo volverme invisible –sonrió Charlie.

­–Y dime Clara, ¿Qué haces aquí? ¿Qué fechorías has cometido para que te confinen en este purgatorio? –prosiguió.

Clara apenas había abierto la boca para contestar cuando su recién estrenado compañero la interrumpió.

­–Chica, el Señor de las tinieblas viene hacia aquí y no te quita la vista de encima.

Ella lo sintió llegar incluso antes de verlo. Advirtió su aroma, una mezcla agradable de Cedro y sándalo envolviéndola. Charlie pareció perderse en sus dibujos cuando Lefevre se detuvo junto a la mesa y tras saludar con un escueto “señor Ponce”, se dirigió a Clara.

–Señorita Rivas, ¿Puede acompañarme un momento a mi despacho?

Después de intentar tragar saliva varias veces, Clara fue capaz de contestarle.

–Sí, señor Lefevre.

Minutos más tarde, Clara salió del despacho. Cerró la puerta a su espalda y volvió a su mesa en silencio ignorando la mirada de interrogación de Charlie. Se sentó y respiró hondo.

–Nena, Vaya cara que traes. ¿Para qué te buscaba Lefevre?

Ella permaneció en silencio. Continuaba sumida en sus pensamientos. No le gustaba ese hombre, no le gustaba su magnetismo arrollador y tampoco le gustaba cómo le había sonreído. Bueno, eso sí, tuvo que admitir con el corazón latiéndole con fuerza antes de enterrar la cabeza entre sus manos.

 

Susana Álvarez.

Anuncios

Autor: Susana Álvarez

Inquieta por naturaleza, amante de los libros y el cine. En la lectura me decanto por la novela en todas sus versiones; Aventuras, histórica, ciencia ficción, fantasia, terror... Aunque poco a poco me voy adentrando en el mundo del relato corto y el cuento. Mi reto pendiente es ampliar todo ese mundo lleno de letras, participando ya no solo como lectora sino tambien escribiendo. Y en eso estoy...

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s