Salitre II

Pasó el otoño. Como suele ocurrir en esos casos, el invierno vino detrás. Llovió casi todo diciembre, y en enero no mejoró.

Cada día que pasaba, mi madre se encontraba peor. La afección que le había invadido los pulmones se extendió por todo su cuerpo, como los hongos por un estucado húmedo. El doctor me explicó que ya nada se podía hacer. Tendría suerte si sobrevivía al invierno.

Esa noche lloré. Fue la última noche que lloré, que recuerde. Tras muchos sufrimientos comunes, nuestros caminos se iban a separar.Así, sin más. Dicen que ninguna madre debería sob revivir a sus hijos, pero os aseguro que perder a mi madre con quince años tampoco me pareció lo más justo del mundo.

No volví a hablar con la bruja tras el incidente, hasta meses después. En realidad fue ella la que me habló a mí. Me permito llamarla bruja,porque a esas alturas yo estaba convencido de que era una bruja, y ahora lo sé con seguridad. Entonces no tenía pruebas, pero sí una especie de certeza ultraterrena.

Tras la muerte de Corini hubo una breve investigación por parte de los alguaciles. Yo conté la verdad, y ella no.

Para facilitar la historia, le pondré nombre a la bruja. Bruma. Es un nombre que me gusta, con un toque melodramático. Lo veo apropiado, porque apareció entre la bruma marina, y todo lo que rodeó su irrupción resultó dramático, y no exento de melodía. Fúnebre, en todo caso, pero melodía. Y basta cambiar una sola letra, y pasa de bruma a bruja. Quizás estéis pensando que es una niñería, pero a mí me gusta, y no os conozco lo suficiente como para que me importe vuestra opinión. ¿Os sorprende mi actitud? Lo siento.

No, no lo siento.

Sí, por supuesto que tuvo un nombre, por el que se me presentó. Pero luego descubrí que era un nombre falso. Así que, en mi relato, puestos a narrar mentiras, que sea a mi manera.

¿No te convence mi explicación? Pues no sigas leyendo.

Bueno, si sigues aquí, o te he convencido, o quieres jugar a descubrir embustes.

El alguacil nos interrogó. Había una única diferencia en nuestras versiones, pero era una diferencia vital: la de quién esgrimió la piedra asesina. Yo conté la verdad, así que no la voy a repetir ahora. Ella dijo que despertó en el mismo instante que mi primo la penetraba, agarró a ciegas una roca cercana, y la estampó contra su sien, llevada por el pánico.

A mi me suena creíble.

Yo tenía un historial pacífico, y Bruma era una desconocida. A pesar de que yo no tenía mala fama, mi primo sí. Todos creyeron que la violación fue tal y como dijimos, salvo su padre, que más adelante intentó tomarse una venganza. Ya llegaré a eso cuando toque. Lo irónico es que nadie me creyó a mí. ¿Cómo podría matar a mi primo, mi único amigo y valedor en los conflictos del barrio, por una desconocida? Estaba claro que sólo decía eso para proteger a la pobre mujer. Para evitar que la colgaran. Eso me mortificó aún más, y mi malestar añadió una patina de veracidad a su versión, por estúpido que parezca.

Quien mata a los de su sangre, está maldito, dice el refrán. O algo así, la verdad es que no lo recuerdo bien. No puedo estar más de acuerdo, porque ese fue el primer paso en mi descenso a las profundidades abisales.

Total, que la exoneraron de toda culpa. Adujo que se encontraba confusa, y que no recordaba cómo había llegado allí.Y la dejaron en libertad.

Quizás pensaréis que en mi ciudad eran un tanto laxos. Ya es el segundo asesinato que os narro, en el que no se ajusticia a nadie. Pero cualquiera que camine por el paseo del Canciller, a lo largo de la muralla este, encontrará los patíbulos en muy buen estado. Los erigieron allí para que los condenados disfrutasen de la última vista del amanecer. Mi padre me dijo que antes de la llegada de los sacerdotes del dios pescador, los juicios los llevaba a cabo un consejo de ancianos. Si te encontraban culpable, te despeñaban. Y todos contentos. Bueno, casi todos.

Vi a Bruma a menudo en la playa, con las mariscadoras. Vestía ropa vieja, y ya no llamaba tanto la atención, sin los tatuajes a la vista, y con el pelo recogido. Creo que dormía en el albergue de Santa Marcia.Se ve que hizo amigas entre las monjas y las esposas de los marineros que acudían a su pequeña capilla a rezar. Yo, cuando me la encontraba, me sentaba en las rocas, alejado de la sombra de la muralla, y la miraba desde la distancia. Me gustaba verla agacharse para coger percebes, entre las rocas, empapada. La habían aceptado como una de las suyas; supongo que el hecho de tener arrojo como para matar a un violador les provocó simpatía. La llamaban señora, porque no sabían si estaba casada, y ella nunca se lo dijo.

El obispo le sugirió que si se bautizase, podría tener un nombre. Pero ella no quería un nombre. ¿Y si ya tenía un nombre? El hecho de no recordarlo, no lo invalidaba, y no quería ofender a sus padres. Bruma era lista, y siempre parecía saber decir las cosas de forma que pudiese salirse con la suya. Pero tampoco podía obviar que la sombra de la brujería planeaba sobre ella, al menos a ojos de determinados ciudadanos.

Otro de los rasgos de Bruma era su edad. Parecía en algún punto entre los veinticinco y los treinta y cinco años, pero no había manera de estar seguro. Podrían ser más. O menos.

Una vez, cuando el resto de perceberas se hubieron marchado, ella se quedó. La contemplé pasear por la orilla mojada, con los pies descalzos. La bajamar había alcanzado su punto mínimo, y comenzaba a ascender. Recuerdo que se soltó el cabello, y al instante una brisa marina se lo agitó, como si un céfiro travieso le hurgase entre los rizos negros.

Perdonad la expresión, pero debéis recordar mi alma de bardo.

Nunca dije que fuese un buen bardo.

La rutina se repitió durante varias semanas. Por las mañanas asistía a mi madre en sus vómitos matutinos, y veía como adelgazaba. Una vecina nos sugirió que la diésemos de beber su propia orina, pero le agradecí el consejo, y la eché. Esa gente, cuanto más lejos, mejor.

La piel se la había estirado sobre el cráneo, y los labios se cuarteaban cada vez más. Ya casi ni podía recordar a la mujer oronda, de sonrisa sincera y zapatillazos certeros, que me había criado con amor y dureza, según lo requiriese la situación. Los ojos se le habían hundido en sus cuencas, bajo las cuales se descolgaban bolsas grises. Recuerdo que el cabello, grasiento, se le adhería de forma desagradable. En su juventud tuvo una melena que era la envidia del barrio, me dijo mi abuelo. Dicho así, el recuerdo de mi madre es un poco duro, pero la verdad es que yo estaba en un estado de duermevela permanente. Todavía no había asimilado la muerte de Corini,pero me había acostumbrado al agonizar de mi progenitora.

Una madrugada salí a pasear. Era febrero, y los vientos de la primavera aún parecían lejanos. Mi madre dormía, y yo tenía hambre. Pero como no había nada en la fresquera, aparte de leche y pan duro, decidí airearme, como si eso fuese a alimentar mi estómago. Me arrebujé como pude en el abrigo, con las solapas subidas hasta la nariz, y cerré la puerta de madera con cuidado. Había tanta humedad en el ambiente que podías respirar agua. Las lámparas apenas formaban unas esferas apagadas y acuosas en la oscuridad, del color de las ascuas moribundas. Recuerdo que pensé que todo parecía apagado y lejano, como visto a través de un cristal turbio. Ya fueran las farolas de gas que emergían del empedrado, los muros grises de las casonas, el viento exánime que plañía, las estrellas lejanas, o mi ánimo, todo era funesto. La ciudad agonizaba, como un pez en la red de un pescador.

Una puta me dijo algo cuando pasé cerca suyo. Una ramera (sin remo) muy gorda, obesa más allá de lo saludable, que cubría su cabello gris con un pañuelo rojo. Me llegó el aroma del tabaco que escapaba de la cazoleta de su pipa. Reposaba en una silla, dentro de un portal, con una pierna en alto. Un resplandor emanaba de su interior (del interior del portal, no de la puta) y me pareció ver varias mantas y pieles tiradas en el suelo de piedra. Esa meretriz gorda me recordó a los rodeos que daba con Corini cuando íbamos a la playa. Ella, al ver que no era más que un adolescente local (y por ende, pobre), escupió con sonoridad de estibador una flema asquerosa. Luego dio otra calada a su pipa, y cubrió con una manta su pierna varicosa e inflamada.

En el siguiente portal encontré otra puta, que pelaba una naranja con los dedos. Esta, al contrario que la anterior, era muy delgada, y tenía una mirada pérfida. Me miró con desprecio mientras clavaba sus uñas amarillas en la piel de la fruta, como si desjarretase un conejo. El jugo salpicó sobre su ropa cuando mordió, mirándome. Juraría que incluso noté una gota ácida en uno de mis ojos, pero igual fue simple sugestión.

Atravesé la calle Somoza, que cortaba la travesía del Cubo. Entré en el pasaje de la Pila, por cuyo centro discurría un reguero pestilente, y no estaba iluminado. No era una buena calle para pasear, pero yo ya me había decidido a llegar a la playa, y ese era el camino más rápido. Un gato se escabulló cuando me acerqué. Una puerta cercana se abrió, y fue como si el infierno exhalase. De la abertura manó un resplandor naranja, una vaharada de humo, y un hombre, acompañado de varios versos:

Qué bien tañen las campanas

sobre montes y mareas;

mejor entonar los cantos

a las mozas de la Vega

Se apoyó en la pared situada en frente de la puerta, que se quedó entornada de nuevo. Deshebilló su cinturón, y se dispuso a orinar.

Yo me quedé petrificado. La puerta se cerró, pero él continuo la canción. He de decir que no desafinó mucho, pero sin el coro de sus compañeros, perdió presencia.

Qué bien tocan las campanas

en mi pueblo y en mi aldea;

mejor besar los labios

de la mozas de la Vega

Cuando terminó, miró en mi dirección, me saludó, y volvió a entrar.

No lo reconocí, pero proseguí mi camino. El olor a meados casi me hizo lagrimear, pero como os dije, ya no volví a llorar.

Cuando llegué a la playa, contemplé la luna. Llena. Habían pasado cuatro meses desde aquella fatídica luna llena que se llevó a mi primo.

Algunos fanales hendían la noche, mar adentro, indicando la posición de las barcas de pescadores. Tomé el sendero que pasaba bajo la muralla, hasta la zona donde ocurrió todo. A diferencia de aquella ocasión, el rumor de las olas acariciaba las rocas sin violencia.

Llegué al lugar. Me senté, con la mirada puesta en el horizonte. No podía distinguir allí donde mar y cielo se tocaban, pero me gustaba la calma total que se respiraba. Podría dedicar cien lineas al olor marino, pero si no lo habéis olido nunca, no sabría cómo hacerle justicia. Todo era una banda negra, que se extendía hacia el infinito, en la que podría perderme para siempre.

lunallenasobremar

No sé cuanto tiempo pasé allí sentado. Noté un hormigueo molesto en las piernas, que se me habían dormido. Encajé la cabeza entre mis rodillas, recordé a Corini. Le echaba mucho de menos. La marea parecía traerme sus palabras. Asesino. Asesino. Asesino.

Noté una mano en mi hombro. Levanté la cabeza, sobresaltado. Era ella.

—Las estrellas nos miran —dijo mientras se sentaba a mi lado.

—Ya —dije.

—¿No puedes dormir?

—No. ¿Tú tampoco?

—Yo ya he dormido mucho.

Me encogí de hombros, sin buscar significados ocultos a la frase.

—¿Cómo te llamas? —dijo.

Le contesté.

—Yo me llamo Bruma. ¿Te gusta?

—Es un nombre.

Silencio.

—¿Echas de menos a tu primo? —me preguntó.

—Sí —respondí.

—Lo entiendo.

—Pensarás que no era una buena persona, pero a mí siempre me trató bien.

—Sé que no era una buena persona. En cambio tú sí que lo eres.

La miré a los ojos. Eran oscuros, y no podía distinguir el iris de la pupila, como me pasaba con la linea del horizonte. Había en ellos una profundidad tal, que me aterraba.Durante un instante me pareció ver a Corini en su interior, hundiéndose hacia una oscuridad hambrienta, con la boca abierta y los brazos flotando a la deriva. Cuando me recompuse, la contesté.

—No es eso lo que a mi me parece.

—¿Conoces a mucha gente capaz de matar a un amigo, para salvar a una desconocida? La mayoría no habrían hecho nada, o incluso habrían participado. Tu le mataste, para que yo viviera —me dijo.

—Fue un accidente —murmuré, más para mí, que para ella.

—Y me alegro de ese accidente. Ahora estaría muerta si no.

La volví a mirar. Bajo el resplandor lunar, su piel morena parecía casi cenicienta. Estaba descalza, pero no parecía tener frío.

—Estoy en deuda contigo. No puedo irme hasta que la salde.

—Te perdono la deuda.

—No puedes perdonarla. Sólo el señor de las profundidades puede hacerlo.

—Llévame ante él, y se lo explicaré.

—Ningún vivo puede acudir ante él.

Estaba claro que era algún tipo de pagana, pero no la iba a juzgar por ello. Mi abuelo nunca creyó en el dios único, y tras llorar su muerte encontramos entre sus pertenencias fetiches marinos y estatuillas de coral. Mi madre las tiró, pero yo conservé una, a escondidas. Era una especie de tiburón-pulpo. Hace años de eso. No sé cuándo la perdí. Supongo que en algún momento mi madre la encontró, escondida en mi cajón, y me la tiró.

Bruma y yo encontramos nuestras miradas, y durante un instante la vista se me fue a sus pechos. Cubiertos por una camisa de lana basta, no había nada que mirar, en realidad, pero fue un reflejo inconsciente. Ella siguió la dirección de mis ojos, y sonrió. Aparté la mirada. Me puso una mano en la rodilla. Su agarre era firme.

—No hay nada de qué avergonzarse. Una cosa es pensar hacer algo malo, y otra hacerlo. Eso es lo que diferencia a la gente buena de la mala.

—¿La gente buena también piensa cosas malas?

—Todo el mundo piensa cosas malas. Si alguien tuviera el poder de hacerse invisible, ¿para qué crees que lo usaría?

Pensé en los usos que le daría a mi invisibilidad, si la tuviera. Rebusque en mi honestidad más profunda. Me avergoncé.

—¿Puedes hacer que me haga invisible?

—¿Crees que soy una bruja?

—No —mentí.

Una ola rompió un poco más fuerte de lo normal, y nos salpicó.

—Le echo de menos.

—Lo sé.

Durante varios minutos no dijimos nada. El vaivén de la mar me pareció hipnótico. Ella rompió el silencio.

—Quiero ayudarte. Saldar mi deuda.

—¿Cómo podrías ayudarme?

Ella subió su mano hasta mi muslo. Los dedos se insinuaron hacia mis ingles. Noté la sangre desplazarse por mi entrepierna, hinchar mi miembro.

—Seguro que hay algo que quieres, y que yo puedo hacer por ti. Si lo pides, te lo concederé.

Su mano se aferró a mi escroto. Mi mente, traicionera, me trajo el recuerdo de sus pechos expuestos, las piernas extendidas, los labios entreabiertos. Inconsciente, mientras Corini la magreaba. Ahogué un gemido. Era la primera vez que una mujer me tocaba ahí. Algo en la fantasía no me acabó de cuadrar. Entonces recordé los tatuajes de tentáculos, y las letras que decoraban su piel. Me fijé en uno de los tentáculos, expuesto en su gemelo izquierdo.

Yo ya estaba empalmado, y el pantalón me apretaba horrores. Introdujo la mano dentro de mi ropa, y me acarició los testículos con sus dedos largos, helados y ásperos, enredando su meñique en mi vello púbico. Expuso mi pene al frío nocturno con un movimiento, y un escalofrío me sacudió. Volví a gemir. La tomé de los hombros.

—Dijiste que aceptabas el sacrificio.

—Sí.

—¿Eres una bruja? ¿Puedes conceder un deseo, como los genios de los cuentos?

—Quizá pueda.

—Entonces sí que hay algo que quiero que hagas por mí.

Retiró la mano. Me miró, intrigada. Desnudó mi alma con esos ojos negros, aterradores. No contenta con ello, sentí como también desollaba mis intenciones. Pero en ese momento no flaquee. Estaba determinado a comprobar si realmente era capaz de algún tipo de magia negra. Así que formulé mi deseo, con la polla al aire y el corazón descarnado.

—Deseo que mi madre no muera.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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