[Sin título]

Bu permanecía en cuclillas, fumando opio junto a la casa de Pájaro Glorioso. Sus padres se habían reunido con el anciano, y le habían dejado fuera, sin nada que hacer. Tenía la tarde libre, y eso era algo que celebrar, porque no recordaba haber tenido nunca la tarde libre, en sus doce años de vida.

Trepó por la montaña de desechos electrónicos y electrodomésticos antiguos, con cuidado de no romper la suela de sus sandalias. Una vez arriba, se sentó. Avivó la lumbre que agonizaba en la cazoleta de la pipa de vidrio. Un perro tuerto sin nombre ladraba al otro lado de la colina de televisores. Bu sabía que era tuerto y que no tenía nombre, porque Hue le dijo que fue ella la que le saltó el ojo. Pero eso era un secreto, y Bu no se lo diría a nadie, porque no había nada peor que los chivatos en Nezumi City; además Hue le caía bien y el perro que siempre ladraba no. A Gallo Largo, el jefe de los Kim, también le caía bien Hue. Le hacía regalos, pero sólo porque quería metérsela. Hue dijo que no podía dejar que cualquiera se la metiera, porque eso valía mucho dinero, y una vez que le dejabas a alguien que te la metiese, te pagarían mucho menos después. Todo el mundo sabe que lo reciclado es peor, por eso la madre de Hue la explicó que ella negociaría el precio. A Hue no le pareció justo que otro decidiese sobre su cuerpo. A veces era un poco tonta.

A Bu le hubiera gustado metérsela, pero no tenía dinero para pagarla.

Bu se colocó tras una nevera, donde nadie le pudiese ver, y sacó el recorte del bolsillo roto de su camisa. Era una foto de un catálogo de travestis. El de la foto se llamaba Jade, y tenía las tetas muy gordas. A Bu le gustaban las tetas gordas, y los labios gruesos, porque se imaginaba que le hacían cosas. Total, que se dio un par de apretones poco entusiastas en la entrepierna, pero desistió; hoy no se sentía con ganas, y eso era raro. Desde que Gallo Largo le enseñó a exprimir el gusano, lo hacía casi cada día, cuando nadie miraba. Aburrido, regresó junto a la puerta de hierro del prestamista.

Sus padres emergieron llorando del barracón del viejo. Todo el mundo salía llorando de esa casa de uralitas torcidas. Le llamaron por su nombre, y le explicaron que ahora trabajaría para Pájaro Glorioso. Él no quería trabajar para él, porque había oído cosas. Cosas feas que les pasaban a quienes no le obedecían. Hue le dijo una vez que el padre de Nam perdió allí los dedos de la mano izquierda. El viejo Pájaro Glorioso se los cortó con unos alicates, y se los dio al perro sin nombre. El perro se los comió, porque, bueno, eso es lo que hacen los perros.

Su madre le dijo que Pájaro Glorioso le enseñaría un oficio. Luego le dieron un abrazo muy largo, y lloraron, y le volvieron a abrazar, y al final se fueron, mirando hacia atrás. Un oficio le permitiría ganar dinero, y si ganase dinero, podría marcharse a vivir a Bajociudad. Su padre tuvo un oficio, antes de venir Nezumi City. Lacaba cosas. Bu vio una vez una caja lacada por su padre, y era muy bonita. Su abuela guardaba viejas fotos dentro, y un collar de cuentas de madera. “Mira, en esta casa nació la abuela”, le dijo su madre. “En esta casa”, repitió con la mirada perdida. Después le habló de los árboles, del cielo, de los ríos, y rezó para que la abuela hubiese vuelto allí después del accidente. Era una cosa de religión, pero Bu no entendía la religión. Bu tampoco entendía muchas cosas, porque tenía tanto mercurio en el cerebro que podría llenar un termómetro si se lo exprimiesen, o eso le decía Gallo Largo. Pero aunque Bu no sabía si la abuela había vuelto a casa después de lo del bulldozer, estaba claro que en Nezumi City no había árboles, cielo azul ni ríos. Había estandartes con el emblema de la rata, un techo lleno de tuberías negras y un mar cubierto por una costra de desperdicios. Y montañas de chatarra. Y cada semana llegaba más en grandes contenedores. La que era basura de verdad la tiraban al mar de arriba, que es como un estanque, pero tan grande que no te lo puedes ni imaginar. Un día preguntó a Gallo Largo si no se acabaría llenando ese mar, pero él le dio una colleja, y le dijo “niño tonto”, y siguieron fumando. Pues vale.

Bu ahorraba para hacerse un tatuaje. Cada semana escondía un poco de sus padres, para costearse la tinta de impresora que Machiko necesitaba. Se tatuaría un dragón en el brazo. A Bu le gustaban mucho los dragones, y una vez vio a un ciborg que tenía un dragón tatuado con luminex, que brillaba en la oscuridad y molaba mucho.

Pero Pájaro Glorioso interrumpió sus pensamientos, con un grito desde su casa. Bu entró. La casa apestaba a arsénico y tubos de rayos catódicos. Era un olor más afilado que el del soldador, pero al menos no se le metía tan hondo en la cabeza. El viejo quería saber si había entendido que ahora le pertenecía. “Voy a aprender un oficio” le respondió. El viejo se rió mucho en ese momento, y a Bu no le hizo gracia que otro se riera de él, y menos un viejo desdentado y con piernas ortopédicas.

Trabajó tres semanas para el anciano, y le debió de impresionar, porque le puso a trabajar en el taller de detrás, donde desmantelaba los drones. Era un trabajo peligroso, porque algunos drones podían estallar, y otros todavía tenían las baterías, lo que podía matarle de un cortocircuito. Bu era mañoso, y muy fuerte. Podía cargar él solo las placas de plomo de los scanners que debían pesar como una tonelada. Dormía en el suelo, sobre una esterilla deshilachada, pero eso no le importaba. Bu era resistente, y no tenía frío; no como Hue, que siempre tosía, le lloraban los ojos e iba abrigada con un anorak cerrado hasta el cuello, incluso cuando quemaba estaño. Una vez Hue le dijo que si prometía casarse con ella, le daría un beso. Bu no quería casarse con ella, porque para eso tendría que ir al Distrito Silente, más allá de los viaductos, y ese lugar le daba mucho miedo. Allí estaba el Buda, que decían que era inmortal, rodeado de sus ratas. Bu odiaba las ratas. Eran lo peor, de verdad. Una vez una rata le mordió el dedo gordo del pie, mientras dormía, y se le infectó, y se lo tuvieron que cortar. Por eso a veces no andaba bien. Al Distrito Silente también se llevaban a las chicas cuando cumplían catorce, y si eran aptas, servían como maikos del Buda. Si Hue tuviese suerte, podría ser una maiko. Bu también podría ser una Maiko, pero era más caro, porque tendría que pagarse la operación. Pero al menos así no se separarían, y podrían vivir en los callejones de las chicas Sing-Song, y maquillarse juntas. A Bu le caía muy bien Hue.

Ahora Bu ya era grande, y se estaba replanteando su decisión sobre el beso. Hue no era fea, y siempre le había tratado bien. Cuando aprendiese el oficio le diría que sí, y se irían juntos a Bajociudad, donde vivirían sin tener que dormir en el suelo, y tendrían bebés que trabajarían para ellos. Y si no sacaban bastante, los podían vender, para pagarse cosas bonitas y caras.

Pájaro Glorioso le dijo que sería aprendiz de SMSL. SMSL le sonaba a un lenguaje de programación, pero Bu lo dudaba. No era tan listo para hacer letras y números. El viejo le explicó que eran las iniciales del nombre de su jefe, aunque nunca supo qué querían decir. Bu vio como SMSL pagaba a Pájaro Glorioso, y ahí acabó su vida con él viejo.

SMSL era negro. Pero negro de verdad, como el aceite de motor. Tenía los colmillos afilados, rastas enrolladas con alambre de espino, y una capa de cables y adaptadores de corriente. Los cables negros colgaban de sus hombros como si fueran colas de rata, y se arrastraban detrás de él, pelados. Para poder llevar todo ese cobre encima tenía que ser muy rico y fuerte, aunque Bu sospechaba que sólo algunos de los cables estaban llenos de cobre.

SMSL le subió a una de las barcazas, y le dijo que se despidiese de Nezumi City. No preguntó a dónde le llevaba, porque le daba miedo. El motor de gasolina traqueteó con una tos sucia, hasta que consiguió batir las hélices en las aguas espumosas. SMSL también tosía y escupía mucho, con sangre. Eso no era bueno. Tampoco era bueno que se te cayese el pelo o las uñas, pero si vivías en Nezumi City era inevitable que antes o después pasase. Bu no sabía muchas cosas, pero sí que había que llevar máscara para quemar el plástico. También estaba ahorrando para comprar una.

Durante todo el tiempo que trabajó para Pájaro Glorioso, pudo fumar opio gratis. El viejo se lo daba, aunque en porros, y sólo las chustas. El opio le gustaba en pipa, pero tuvo que venderla para comprar opio. Era como el pez que se muerde la cosa. Ahora se preguntaba si en su nuevo trabajo podría fumar.

Atravesaron dos canales, varios intercambiadores y una galería abandonada. Entraron en una sala pequeña, con ventiladores gigantes en las paredes. Hacía mucho calor. Bu se quitó la camisa, y se la anudó a la cintura. Había más fluorescentes de los que había visto en toda su vida, y su luz parpadeaba tan fuerte que dolía, pero lo que más impresionó a Bu fueron las carcasas de un centenar de mechas de combate. Los robots eran viejos, y en muchos casos no más que un esqueleto de acero. Algunos eran verdes, otros azules o marrones, con patrones de camuflaje complejos o colores planos. Vio mucha gente en esa sala, más de la que podía contar.

Había personas que atornillaban, soldaban, limpiaban y ensamblaban partes de los robots. Otros cortaban, pulían o pintaban piezas de la carrocería. Detrás de una alambrada, tres viejos cargaban, empaquetaban y precintaban estuches llenos de balas enormes, probablemente para las grandes ametralladoras de los mechas. Y todos, fumaban, gritaban, hablaban, escupían, tarareaban o tosían. Ahora estaba seguro. Por fin iba a aprender un oficio.

Le dieron un mono manchado de grasa, y le llevaron a ver a un hombre que no se presentó. Tenía un brazo neumático, en el que había integrado una especie de pistón. El pistón había sido pintado con aerógrafo, para que pareciese una polla peluda. A Bu le hizo gracia.

Luego le enseñaron a quitar y poner tornillos, a manejar la remachadora, y a llevar un transpalet. Le dijeron que su trabajo sería vital, que gracias a él las ratas recuperarían la libertad. Era un héroe. No contestó nada, porque las ratas no le gustaban, pero igual hablaban en sentido figurado. Su madre le decía que así hablaba la gente lista. En sentido figurado. “Sobre tus hombros pesa la tarea de preparar todos estos mechas para la batalla. Los mechas se mueven y disparan porque todos los tornillos están en su sitio. Si tú no pones bien tus tornillos, los mechas se caen. Tienes un trabajo muy importante. ¿Lo has entendido?” Bu asintió, y deseó ponerse a trabajar en su nuevo oficio. Cuando le dijeron lo que cobraría, no se lo creyó. Luego le explicaron lo que debía deducir, que es como los listos llaman a restar, en concepto de alojamiento y comida. Aún así, ganaría mucho más que en Nezumi City.

A Bu le excitó la idea de poder pagar para metérsela a Hue.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

4 comentarios en “[Sin título]”

    1. ¡Gracias Andrés! Quiero creer que se parecerá. Nezumi City es solo una de las localizaciones de la novela, pero como el otro día estaba atascado, decidí hacer una especie de “mini-spin-off” para refrescarme. Así el mundo va creciendo. Y quién sabe, igual lo meto como prólogo, y luego retomo a Bu para el epílogo.

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