San Gabriel

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           Ya era bien entrada la noche cuando el sonido de un golpe seco la despertó. Clara permaneció inmóvil bajo las mantas, y sin abrir los ojos trató de descubrir qué la había despertado. Sin apenas respirar aguzó el oído y comprobó que la habitación estaba sumida en el más absoluto silencio. Todo parecía estar en calma, aun así una sensación de miedo la asaltó. Algo le decía que había alguien más en la habitación.

La verdad es que no era la primera vez que de repente la embargaba una sensación de no estar sola. Desde su llegada al San Gabriel parecía haber desarrollado una creciente paranoia que le hacía mantenerse en guardia. Pero esta vez estaba segura que lo que sentía era real. Había alguien allí.

Clara cerró con fuerza los ojos, se acurrucó entre las mantas y empezó a rezar en silencio para que todo fuese una simple pesadilla de la que poder despertarse. El sonido de una respiración llegó a sus oídos, el miedo la paralizó por completo. Quien quiera que estuviera en la habitación parecía haberse detenido a escasos pasos de su cama. Desde su fingido sueño, podía sentir su proximidad unida a un olor a tierra húmeda envolviéndola. De repente un hálito tibio le rozó el rostro. El corazón de Clara le martilleó el pecho con fuerza y un grito se ahogó en su garganta en el mismo momento que un susurro apenas audible llegó a sus oídos. ”Princesa, no dejaré que él se acerque a ti”.

Esas palabras resonaron en su mente una y otra vez hasta que el frío que la envolvía se disipó, dejándola sola de nuevo en su cuarto.

Clara no supo bien cuanto tiempo estuvo así agazapada inmóvil hasta que su cuerpo y su mente empezaron a reaccionar. Parpadeó varias veces antes de abrir los ojos, se incorporó en la cama y miró a su alrededor. Estaba sola en aquella habitación.

El suave resplandor de la luna se filtraba a través de las cortinas. Desde la cama podía ver que la puerta del cuarto continuaba cerrada con el pestillo echado tal y como ella lo había dejado antes de apagar la luz. Lo mismo ocurría con el cierre del balcón, situado a los pies de la cama. Clara respiró hondo, se cubrió la cara con las manos y se pasó los dedos por el pelo. ¿Qué te pasa Clara? Cualquiera diría que te estás volviendo loca. Se dijo en voz alta. Loca, volvió a repetir en un susurro y un nombre acudió a su mente. Tan loca como Helena Arizu, pensó.

Tenía que ver a Charlie y contarle lo sucedido.

Todavía le temblaba todo el cuerpo cuando apartó las mantas y se sentó sobre las sabanas. Alargó el brazo, cogió su bata arrugada de la cama y tanteó el suelo con sus pies descalzos en busca de sus zapatillas. En su infructuosa búsqueda notó un extraño objeto sobre las baldosas heladas. Con curiosidad se agachó y recogió una medalla plateada que brillaba en el suelo a un lado de la cama. El metal aún estaba tibio. Clara pasó sus dedos sobre el relieve de una de sus caras. En ella se podía ver un escudo con una columna en el centro rodeada por una corona de laurel. En el dorso una frase que no atinó a leer enmarcaba un animal. Un escalofrío le subió por la nuca. Ya no había duda. Alguien había estado allí y esa era la prueba.

Ya en pie, sin encender la luz, se orientó por la habitación en penumbra hacia la puerta. La abrió de forma sigilosa, entornó los ojos y echó un vistazo al pasillo desierto, apenas iluminado por la luces de emergencia. Clara dudó un instante antes de recorrer con paso ligero el pasillo hasta llegar a la escalinata curva que descendía al segundo piso. Con suma lentitud bajó los peldaños a tientas en la oscuridad, llegó a un corredor idéntico al del piso superior, avanzó en silencio por la alfombra entre habitaciones y al llegar ante la 2013 se detuvo y picó de forma suave con los nudillos.

Tras unos segundos interminables de espera sin obtener respuesta, Clara volvió a picar impaciente.

—¿Charlie, me oyes?— susurró muy pegada a la puerta .

—¿Clara? ¿Eres tú?

El sonido de una voz a su espalda la hizo palidecer al momento. Una mano se posó sobre su hombro haciéndole girar de un salto.

—Charlie, me has asustado. —recobró el aliento al comprobar quien se encontraba tras ella.

—Perdona, no era mi intención. ¿Qué haces aquí?

Clara observó por un segundo a su compañero a quien hacía dentro de la habitación. Charlie, abrigado tan solo con una sudadera gris, llevaba el pelo mojado. Sus botas cubiertas de barro dejaban charcos diminutos bajo sus pies. ¿De dónde diablos vendría Charlie a esas horas?

—Alguien entró en mi habitación esta noche mientras dormía. No sé quién, ni me explico cómo. Pero sé que ha sido así —explicó de forma atropellada sin levantar la voz. Se le cayó esto.

Clara alzó la mano con la medalla plateada sobre su palma.

—“Alea iacta est”— murmuró Charlie con la vista fija en la medalla.

— ¿Sabes qué significa?

— Sí, Está escrito en latín. Significa algo así como “el dado ha sido lanzado”, o “la suerte está echada”.

— ¿Entonces sabes a quién puede pertenecer?

— Eso está algo más difícil. Hay unas cuantas circulando por el internado.

— ¿Unas cuantas dices?—preguntó Clara sorprendida

— Sí, unas cuantas. Ese es el distintivo de los miembros del club de Filosofía. Yo mismo tengo una medalla. O mejor dicho, tenía una.

Susana Álvarez.

Nota: Aunque el escrito est á catalogado como relato, se trata de un fragmento de una historia que empezó con un personaje, Clara, y que va creciendo poco a poco.

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Autor: Susana Álvarez

Inquieta por naturaleza, amante de los libros y el cine. En la lectura me decanto por la novela en todas sus versiones; Aventuras, histórica, ciencia ficción, fantasia, terror... Aunque poco a poco me voy adentrando en el mundo del relato corto y el cuento. Mi reto pendiente es ampliar todo ese mundo lleno de letras, participando ya no solo como lectora sino tambien escribiendo. Y en eso estoy...

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