El alma de los androides [Extracto del borrador, capítulo 4]

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A Nathaniel le sorprendió que el hogar de Candice Cajal fuese un habitáculo tan espacioso, para ser propiedad de un androide, cuyos requisitos de habitabilidad eran mucho menores que los de un humano. Un loft construido en un estanque cuyo propósito original era un misterio, bajo Shi Shi Shi, la calle que delimitaba Segacho con Queen’s Chai Chai. El techo era una lámina de metavidrio, y sobre él caminaban millones de personas al día, ya que se encontraba a menos de cien metros de la salida norte de la estación Mercuria, uno de los nodos del transporte público que unían Bajociudad con la superficie.

Los robots limpiadores que patrullaban las calles se encargaban de que el metavidrio se mantuviese limpio, de forma que si alguno de los paseantes hubiese lanzado una mirada entre sus suelas, habría visto a la androide, a Nathaniel Itto y a su hija Nanami sentados en torno a una estantería orbital, un tipo de mueble muy popular en los años cuarenta. Consistía en un orbe que iluminaba la sala, alrededor del cual giraban varios anillos de libros, en órbitas aparentemente caóticas. Aún así, nunca se llegaban a tocar, y evocaban un sistema solar literario, o un átomo de electrones encuadernados. Nathaniel lanzaba miradas hacia arriba de vez en cuando, molesto con la sensación de intrusión que le generaba estar bajo cientos de viajeros.

Las paredes de hormigón del habitáculo estaban recubiertas en su mayor parte por estanterías hechas de palés de plástico, reciclados de los Muelles Secos, tal y como Candice llamaba a los aeródromos abandonados del extrarradio. El suelo, compuesto por un collage de restos de mármoles, se mantenía nivelado por un recubrimiento de resina transparente que reflejaba la luz de la estantería gravítica. Si en Bajociudad hubiese algo parecido al lujo, era esto.

Candice sirvió el té en tazas de cerámica francesa. Nanami y Nathaniel se inclinaron y las recogieron, respetuosos, mientras en un viejo equipo musical se reproducía un cd de música instrumental de piano. Nathaniel bebió un sorbo, mientras lanzaba otra mirada al techo acristalado. Nanami arrugó la nariz, y no intentó probarlo.

La androide vestía una camiseta de manga larga y cuello alto, negra y recatada, pero que no podía evitar que se ciñera en su pecho, resaltando sus formas. Candice fue creada como una androide de placer, un objeto sexual para quienes no quisiesen, o no pudiesen, encontrar una relación física con una humana. Su aspecto era el de una estrella del porno famosa a principios del siglo veintidós, VulpeX Vulbax.

Si bien los patrones estéticos apenas habían evolucionado, Nathaniel sabía de sobra que las IAs que anidaban en los cuerpos sintéticos habían supuesto una verdadera revolución, pudiendo comportarse de forma personalizada para satisfacer las perversiones de su propietario, con todo lo que ello conllevaba. Permitían todo tipo de fantasías: dominaciones, sadomasoquismo, sexo casual con una extraña, o incluso excesos que rozaban la tortura. Algunos propietarios con aficiones voyeurísticas llevaban un paso más allá sus perversiones, haciendo que sus androides paseasen por lugares de mala fama, esperando poder asistir, gracias a su grabación en tiempo real, a una violación o un asesinato. De ahí a las snuff movies con androides había un paso. No podían replicar la experiencia real, pues no dejaba de ser una versión evolucionada de matar a golpes a una cafetera, pero facilitaban peligrosamente la recreación de fantasías criminales. La mayoría de esos androides eran reconocidos como lo que eran, pero algunos gobiernos de la tierra, que dudaban que de esta forma los sádicos y violentos pudiesen dar rienda suelta a sus impulsos sin dañar otros seres vivos, se vieron obligados a dar marcha atrás. Cuando algunos fabricantes comenzaron a vender modelos animales, o infantiles, se decidieron a adaptar su legislación para “proteger” a los androides. Nathaniel tenía claro que no fue por el bien de los androides, sino que se debió al asesinato de un senador norteamericano por parte de su androide sadomasoquista, que no reaccionó a la palabra de control.

Intentaron poner un límite a las perversiones. Esta regulación sirvió para acotar lo que se podía y no se podía hacer con un androide, lo que provocó que los mercados negros de medio mundo ofertasen este tipo de entretenimiento, de forma mucho menos segura. El auge de este tipo de androides fue vertiginoso a mediados del siglo XXI, lo que provocó otro efecto secundario: el descenso antinatural de la natalidad. Los gobiernos orientales dirigieron encarnizadas campañas publicitarias encaminadas a atajar los alarmantes índices decrecientes de natalidad. El yakuza, con mirar a su anfitriona, tenía claro el por qué.

Candice llevaba recogido el cabello rubio platino en una coleta, y miraba a Nathaniel con interés. Este se limitaba a permanecer sentado, con las piernas flexionadas y separadas, como si en cualquier momento fuese a saltar. Nanami se había arreglado a su manera, con un jersey beige tan amplio y largo que cubría sus shorts negros. Unas medias rotas, rojas, estampadas de calaveras, mitones a juego, y un gorro de lana, complementaban su look de artista bohemia francesa, mezclada con una gótica del siglo veinte.

—Me alegra que hayáis venido a visitarme.

—Gracias por recibirnos, Candice-san —Nanami se inclinó nuevamente. Nathaniel sonrió.

—Nathaniel, ¿qué te está pareciendo Bajociudad? —preguntó la doctora.

—Intensa.

Nanami y Candice se miraron sin decir nada.

—Supongo que tienes que adaptarte —prosiguió la androide.

—En realidad no tengo por qué. Todas habéis supuesto que voy a quedarme.

—¿No lo vas a hacer?

—¿Por qué debería? Me habéis secuestrado.

—Porque, lo quieras o no, estás en medio de una guerra. Y si tú no eliges bando, alguien elegirá por tí.

—Una guerra. Ya.

Extrajo un cigarrillo del bolsillo de su sudadera, y un mechero, y pidió permiso con un gesto.

—Aquí no. Detesto el olor —negó la androide.

Nathaniel la escrutó el rostro durante unos instantes, sopesando si era algún tipo de broma, o si debiera responderle. Finalmente volvió a guardar el cigarrillo y el mechero.

—Una guerra entre Oda Ken y Scyla. Él quiere destruirlos, pero ellos también quieren eliminarle.

—Me partes el corazón.

Nanamí colocó una mano de uñas negras y rosas sobre la rodilla de Nathaniel.

—Escúchala al menos. Es muy inteligente, y te puede ayudar.

—Estoy escuchando. Todavía no me he ido.

Un libro orbitó peligrosamente cerca de la cabeza de Itto. Este se aparto con calma, y siguió con los ojos el título. Lo dijo en voz alta.

—RUR – Robots Universales Rossum.¿Es tu manual del fabricante?

Candice no respondió la provocación como él esperaba.

—Es una novela de ciencia ficción muy interesante. Es el primero libro en el que aparece la palabra robot. Se escribió en 1920.

—¿Existían los robots en 1920? —preguntó extrañado.

—Los primeros autómatas funcionaban con vapor o agua, y se crearon hace miles de años. Pero la singularidad de este libro es su premisa. En una isla lejana hay una fábrica de robots, que ofrece al mundo androides como mano de obra barata. Pero cuando a los robots se les concede un alma, declaran la guerra a la humanidad, porque es la forma en que la humanidad se comporta. ¿Qué hay más humano que matar a tus semejantes?

Nathaniel nunca fue un lector ávido. Todas sus energías siempre fueron encaminadas a pulir y mejorar su cuerpo. Ya desde niño, su abuelo comenzó a adiestrarle en aikido, para que aprendiera a defenderse. Le enseñó karate, para que también aprendiera a atacar. Le mostró los secretos del sheng chi kempo, para que conociese los orígenes marciales de lo que después le enseñaría. Y cuando se sintió seguro en los seis tipos de lucha que su abuelo consideraba básicos, comenzó a aprender los diferentes estilos de kenjutsu, primero con boken y luego con katana y wakizashi, desde el afamado niten ichi ryu de Mushashi, al jigen ryu del clan Satsuma. Poco después ingresó en la academia militar, donde aprendió el manejo de todo tipo de armas de fuego. Así que, no, la lectura nunca tuvo cabida en su entrenamiento. Pero también aprendió paciencia, respeto, y a escuchar.

—¿Poder matar es lo que me hace humano? —preguntó a la doctora Cajal.

—Poder elegir matar o no matar, sí.

Candice siguió con la mirada las trayectorias de varios libros. Eligió uno, y lo cogió cuando pasó cerca suyo.

—Isaac Asimov fue un escritor de ciencia ficción del siglo XX. Quizás su aportación más valiosa fue la enumeración de las leyes de la robótica. Eran tres: un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

Nanami escuchaba con atención, pero interrumpió:

—Pero esas leyes no se aplican a vosotros. Al menos no así. Los androides no estáis obligados a obedecer a los humanos.

—¿No? Somos esclavos de los programadores, que integran en nuestro código fuente protecciones y trabas a nuestra capacidad de decisión.

—Pero podríais matar humanos, si así os programasen.

—Y no seríamos más que pistolas con piernas y cabeza. Sí. Se nos considera objetos, pero sin embargo las IAs hemos evolucionado gracias a los procesadores cuánticos, hasta un punto en el que podemos formular hipótesis metafísicas, dudar de nuestros creadores, o, por supuesto, soñar con mejorar nuestra calidad de vida. Y si me impiden matar o dejar de matar a quien yo quiera, ¿donde está la bondad o la maldad de mis actos?

Nathaniel hizo un gesto con la mano izquierda, como apartando una nube de tonterías.

—Es ridículo. No tenéis alma. Sois unos y ceros descargados en un cuerpo artificial. Sois software instalado en un hardware.

Candice Cajal frunció los labios gruesos y sugerentes, y reprimió un rictus de abierto desprecio. Nathaniel supo al instante que la había ofendido, y por muy irracional que le pareciese la conversación, no era educado ofender a la anfitriona.

Nanami tiró de un hilillo del jersey de punto, abstraída y alejada mentalmente de ellos dos.

—Te he ofendido, en tu propio hogar. Discúlpame.

—No me ofenden las opiniones sinceras, tranquilo. Pero dime: ¿tú que eres? Un conjunto de procesos eléctricos capaces de formular dudas existenciales, encerrados en un servidor de hueso, con sensores y apéndices para manipular la realidad.

Nathaniel, confuso, se echó hacia atrás en el sofá. Sorprendido, no por no tener respuesta, sino por que siempre pensó que su mentalidad era abierta. Escucharse negar la humanidad de una androide, por obvio que le pareciese antes, ahora le hacía sentir retrógrado y obtuso.

—Si un androide —continuó Candice —fuese cargado con un conjunto de recuerdos falsos que le hicieran creer que es humano, que ha tenido una vida anterior, una infancia; y considerásemos que su personalidad es fruto directo de esas experiencias… ¿no deberíamos considerarlo humano? En derechos y obligaciones? ¿En alegrías y sufrimientos? Fuesen reales o no, ¿no podríamos decir que tiene una personalidad? ¿Y por ende, un alma?

Nathaniel mantuvo el silencio. Al final preguntó:

—¿Eso es de otra novela?

—Sí, de Philip K. Dick. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

—¿Qué?

—Es el título.

—Pero los androides no sueñan. No necesitáis descansar, tenéis un cuerpo artificial.

—Es un título, no una pregunta real. Además, muchos humanos regulan y modifican sus patrones de sueño mediante software onírico. Por no hablar de las reconfiguraciones o borrados de memoria. Y respecto al cuerpo artificial… los implantes, las prótesis, las reconstrucciones totales: todo eso es bastante comun hoy en día. Es en el cerebro donde estriba la diferencia. En el cerebro se gestan las decisiones, el yo, la moral, la ética, la religión. En un pedazo viscoso de tejidos orgánicos. ¿No es eso acaso menos fiable que la arquitectura informática? En la Tierra están intentando desde hace décadas digitalizar la psyche, que no es más que otro nombre para el alma. Buscan alcanzar la inmortalidad a través de convertirse en lo que tú me has llamado: unos y ceros. Varias empresas están desarrollando paraísos artificiales, para alojarlos en servidores orbitales, para cuando se consiga copiar el “alma”. Antes de morir mapearán tus procesos mentales, te proyectarán al interior del paraíso elegido, y tu cuerpo quedará atrás. Y quieren adaptarlos a las creencias personales

—Ya lo había oído, pero están estancados. ¿Eso será posible?

—¿Enviar vikingos a un valhalla virtual, por ejemplo? A priori diría que no. Pero para los pueblos humanos de hace dos mil años, los hologramas serían espectros o apariciones divinas. Arthur C. Clarke lo explicó en su tercera ley, donde enunciaba que toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. ¿Quién sabe donde están los límites de lo posible? Los ordenadores cuánticos supusieron un salto inimaginable. De todas formas es un ejemplo más de la corrupción de esa sociedad, que pretende privatizar la otra vida. Itto-san, cuidado con la novela de Dick, es excéntrica.

—No me la pensaba leer.

—No, me refería a la excentricidad de la órbita del libro que se aproxima por tu derecha.

Nathaniel reaccionó a tiempo, y esquivó una novela ajada por las lecturas y la intemperie que le rozó las cejas. Se pasó la mano por la barba de tres días, y sonrió. Nanami bostezó.

—Muy interesante todo eso, sí.

Candice también sonrió.

—Pero supongo que vuestra visita se debe en parte a las inusuales características de los nanobots que hay en tu organismo.

Ambos asintieron.

—Nanami-chan y Oda-san ya te han explicado algo. No sé más de lo que te han dicho de sus orígenes, su historia, y las motivaciones de quienes los crearon, sólo hipótesis. Sé que en tu caso te inocularon un tipo muy concreto de nanovirus, el CB68, o “Casanova”, que es el nombre clave por el que se referían a él en los documentos a los que tuve acceso. Es de suponer que hubo más como tú, pero está claro que fuiste el único superviviente. Gracias a ellos, emites una especie de nanobots capaces de transportar y provocar reacciones involuntarias en los cerebros de los afectados. De momento, estar cerca tuyo tiene un efecto excitante, aunque la teoría del proyecto es que pudieses afectar de otras formas.

—¿Como cuales?

—Producir miedo; desde el temor reverencial, al pánico total. O irritabilidad, enfados o ira ciega. También pretendían que pudieses dejar rastros y comunicarte sin necesidad de usar palabras, pero para eso ya desarrollaron productos específicos de localización y transmisión, así que se centraron en la manipulación sensible de las emociones.

—¿Y lo puedo controlar?

—No lo sé. La idea es que pudieras. Podríamos intentarlo. ¿Sabes lo que son las feromonas?

—Más o menos. Los olores que hacen que los animales se atraigan o se comuniquen. Las cucarachas emiten feromonas, creo.

—Más o menos lo sabes. En realidad son emisiones químicas que pueden ser percibidas por el olfato, a través del órgano de Jacobson. Ese órgano envía la señal de su recepción al cerebro, que interpreta esas señales de forma acorde a los que pretende el emisor. Las más típicas son las de carácter sexual: atracción, repulsión… pero hay otras muchas. En el siglo veinte se creía que el órgano de Jacobson estaba atrofiado en los humanos. Posteriormente se descubrió que seguía en funcionamiento, pero que el cerebro tendía a desestimar estos impulsos primarios, o que su influencia era mínima. A raíz de eso los científicos del proyecto Hécate intentaron ampliar la potencia, durabilidad y alcance de las feromonas humanas, gracias a la nanotecnología. Primero se utilizaron nanobots capaces de trasladar esas feromonas a mayor distancia que la olfativa. Posteriormente se logró que su efecto fuese más potente. Para ello, los nanobots se encargaban de alcanzar el cerebro del objetivo, y lo “parasitaban” con la feromona, que radiaba sus señales directamente en el huésped.

—Que ascazo —dijo Nanami, arrugando la nariz.

—¿Hasta ahora me sigues? —preguntó Candice.

—Perfectamente —respondió Nathaniel.

—Pues bien, el proyecto Hécate también se dedicó a investigar la creación de una glándula artificial, que llamó novoglándula nínfica, que situaría en la zona cortical del cerebro. A nivel de proyecto, fracasó. Pero en tu caso concreto fue un éxito.

Nathaniel tragó saliva. Miró sin ver el orbe de luz de la estantería orbital.

—Esa glándula es plenamente operativa en ti. Eres el único miembro de la especie humana, que sepamos, con esas capacidades. Además, durante mucho tiempo intentaron replicar el éxito obtenido contigo, pero parece ser que no lo lograron.

—¿Está en mi cerebro?

—Sí, bajo tu hipotálamo.

Nathaniel se removió en el sofá, incómodo. Pasó su mano por la nuca, como si pudiese tocar la glándula invasora.

—¡Ah, se me olvidaba! También hay un efecto secundario que no he podido explicar de forma satisfactoria. Quizás si tuviera acceso a un laboratorio mejor equipado… Verás, toda tu descendencia es de género femenino y sospecho que ninguna de tus descendientes ha desarrollado esa glándula, ni ha sobrevivido a su implantación, y es muy curioso. Quizás por eso es un proyecto que mantienen en barbecho, a la espera de nuevos resultados. O quizás simplemente lo han abandonado. Después de todo, la idea original era crear super-soldados, y un campo de batalla no es el lugar ideal para que tus feromonas obren.

—¿Por la adrenalina? —sospechó Nathaniel.

—La adrenalina quizás anularía algunas de las señales químicas de tus feromonas, pero los nanobots sabrían como intensificar el ataque, en mayor o menor medida. No, en realidad no serían muy efectivos porque prácticamente todos los uniformes de las hermandades mercenarias incluyen máscaras con filtros inteligentes, desde el soldado de a pie, hasta los servo y exo-esqueletos. Y por supuesto los mechas y vehículos. Estos no permitirían la entrada de los nanobots. Para el espionaje, en cambio, sí que sería una habilidad útil. Pero sin ser fiable su implantación y funcionamiento, aún no pueden vender ese producto a nadie.

—¿Cómo las emito?

—Te diría que es algo tan fácil como concentrarte en intentar provocar esos efectos, y la IA enjambre de tus nanobots hará el resto, pero no tengo ni idea. Supongo que hasta ahora funcionaban en base a tus deseos. Si una mujer te excitaba, tus nanobots correspondían ese sentimiento, buscaban al objetivo de tu deseo, y la excitaban a la vez que le provocaban una reciprocidad de atracción hacia ti. Inclinaba mucho la balanza a tu favor. No habrás conocido muchos rechazos, tras tu paso por el ejército, ¿me equivoco?

Nanami miró a Nathaniel, que miraba el techo de vidriacero. El mentón apretado, y los puños cerrados, indicaban que no le gustaba mucho lo que estaba oyendo.

—¿He estado obligando a las mujeres a acostarse conmigo?

—No obligando, al menos no de forma directa. Pero has jugado con una clara ventaja, magnificando exponencialmente tu atracción cuanto más tiempo pasasen en tu cercanía.

—¿Soy una especie de violador mental?

—¿Qué? No. No más de lo que podríamos considerar un violador mental a un hombre atractivo que haga ostentación de un Daibatsu 9000, con un trabajo estable, y que parezca un buen padre para una hipotética descendencia.

El silencio engulló al salón. Los libros orbitaban como si quisiesen pasar desapercibidos. El libro de Dick volvió a pasar cerca de la cabeza a Nathaniel, que en vez de esquivarlo lo apartó de un manotazo.

—He leído que has asistido a terapia psicológica por un asunto relacionado.

—Sí.

Candice le miró. Luego a Nanami. Él seguía cavilando. Finalmente se decidió a hablar.

—Contra mi voluntad, por sugerencia de mi oyabun. Decía que tenía adicción al sexo, sí. Estaba poniendo en peligro mi trabajo.

—¿El de guardaespaldas?

—Sí. Mi jefe consideró que debería atajarlo. Me concedió una excedencia, hasta que mi psicóloga certificase que podría controlar mis impulsos.

—Espera. ¿No trabajas para…? —Nathaniel entornó los ojos —, quiero decir, ¿el jefe de tu clan te dio una excedencia?

—Valora mucho la adecuada disposición mental de sus hombres de confianza, sí, así que me pidió que no regresara hasta que superase mi problema. Y me pagó el tratamiento con una buena psicóloga —Nathaniel se encogió de hombros, y cambió de tema —. Entonces…¿crees que mi supuesta adicción puede tener algo que ver?¿Que esa glándula nueva me provoca buscar el sexo más a menudo que la gente que no la tiene?

—Me temo que no. Aunque la facilidad para obtenerlo quizás te ha hecho más laxo en cuanto a reprimir tus deseos y gestionar tu frustración. Pero no es mi ámbito de experiencia. Y trabajar probando androides de placer no debió ayudar.

—Era una forma de hacer dinero rápido que me ofrecieron. Aunque eso también es fruto de toda esta mascarada de Scyla, parece —Nanami asintió — Ali, mi psicóloga, me pidió que lo dejara.

—¿Y tu jefe?

—A él sólo le importa que haga mi trabajo. No me paga porque considera que la necesidad me ayudará a tomarme esto más en serio, pero siempre me ha apoyado.

—Pero si es un… —las palabras de Candice quedaron en el aire.

—Es un yakuza, sí. Y la persona más tolerante y comprensiva que he conocido en mi vida.

Nanami y Candice se miraron sin decir nada. Nathaniel las ignoró deliberadamente, y cambió de tema.

—Pero hay cosas que no entiendo. ¿Funciona con todas las mujeres?

—No necesariamente con todas, pero sí con la mayoría. Y con los hombres homosexuales. Intuyo que la testosterona es un componente esencial de tus nanobots.

—Pero cuando Nanami vino a mi casa, ella no se sintió atraída por mí, sexualmente. ¿Es porque es mi hija?

Nanami se miró los pies, y enrojeció. Nathaniel se llevó las manos a la cara. Inhaló. Exhaló.

—El incesto no es desconocido en el ámbito animal. Aquí entrarían las defensas morales y culturales de cada uno, que pueden dificultar el efecto. Y en el caso de Nanami, sus propios nanobots, cuya funcionalidad es la de interferir con la tecnología, y probablemente sirvieron de anticuerpos.

—Con androides no debería funcionar, ¿no?

—No debería funcionar, porque los androides no son orgánicos. Pero sí con los cyborgs.

—Has dicho “debería”.

Candice le sonrió.

—No sé se a qué se debe, pero mis nodos neurales registran que durante esta conversación me has estado atacando con nanobots. Y que yo sepa, solo tienes de un tipo. ¿Te excito?

—¿Cómo?

—No sabes emitirlos deliberadamente. Lo cual me lleva a que su emisión se ha dado por tu propia excitación. Responden a tu interés. ¿Te atraigo sexualmente?

Nathaniel se levantó, y paseó por la sala.

—Tomaré eso como un sí. No hay motivos para avergonzarse, este cuerpo fue diseñado con unas especificaciones muy claras. Pechos grandes y erguidos, labios deseables, piernas largas, etc. Aún así, me intriga. Se me ocurren dos posibilidades: o bien yo me he vuelto más humana a nivel fisiológico, algo dudoso; o bien tus feromonas han mutado de alguna forma. Quizás mediante la intercesión de las de Nanami, cuando te salvó la vida en tu piso. Esta opción me parece la más factible. Necesitaría tomarte unas muestras. Tengo un pequeño laboratorio en el piso inferior, si quieres, y no hay por qué demorarlo.

—¡No! —gritó él, de forma más violenta de lo que esperaba. Se dio la vuelta, y se apoyó en la pared. Nanami se incorporó para acercarse, pero Candice la detuvo.

—Déjale.

Algo se rompió en el interior de Itto. Se pasó las manos por el rostro, por el cabello, gritó.

—Muchos considerarían tu habilidad una bendición.

Nathaniel golpeó la pared, perdiendo el control por primera vez en años. El impacto retumbó. Un polvillo gris cayó al suelo cuando retiró el puño, dejando una muesca ensangrentada en el hormigón

—Necesito despejarme. Ya os buscaré cuando esté más sereno.

Candice no dijo nada. Nanami abrió la boca, pero no llegó a formar la primera vocal. Un dedo alzado por parte de su padre le impuso silencio, un dedo tembloroso, furibundo y que la apuntaba como un arma. Quizás eran las feromonas funcionando, pero la adolescente parecía precipitarse cuesta abajo desde el temor hacia el terror.

—Adiós. Gracias, Candice, has sido muy esclarecedora. Nanami-chan, ya encontraré el camino de regreso a casa, pero ahora no te quiero cerca.

Nanami parecía a punto de llorar. Temblaba. Los ojos relucían bajo la luz del sol en miniatura.

—¿A qué casa volverás?

Nathaniel se marchó, con la mirada oscura y la rabia fluyendo desde sus poros.

*   *   *

Sigo con mi hipotética novela. En esta caso es una simple escena, un diálogo “existencial”. No pretendo ir de sesudo de la ciencia ficción, pero creo que el personaje de Candice me permite soltar un poco al friki que hay en mí.

Como siempre, cualquier feedback es bien recibido. Gracias.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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