El Bastardo de Scyla [Borrador, Capítulo 1]

1

Nathaniel entró en su hogar. Ahorcó el abrigo empapado sobre el perchero de pie, como un Humprey Bogart de baratillo. Encargó a la IA de la cocina un destornillador. Se desprendió de la camisa y del pantalón arrugados, y los arrojó sobre el sofá cama desplegado. Cayeron junto al ordenador portátil, que reposaba abierto como una ostra metalizada, sobre un lecho de sábanas, cables y leds parpadeantes.

Regresó al perchero. Rebuscó en uno de los bolsillos interiores del abrigo, y extrajo el último cigarrillo. Estranguló el paquete y lo arrojó a la basura. Encendió el cigarro, y dio una calada profunda, que hinchó sus pulmones para poder bucear a través del salón. Las luces púrpuras, naranjas y azules rezumaban a través del ventanal, y proyectaban sombras fugaces sobre los irezumis que cubrían gran parte de su piel. Encendió la holopared, y un coro estridente de gemidos descompasados y música electro-swing bañó, con el ímpetu de un tsunami, su hogar. Redujo el volumen al mínimo, y miró de reojo las imágenes tridimensionales que mostraban a un grupo de adolescentes histriónicas cantando j-pop, vestidas de gangsters, y ametrallando a unos mafiosos chinos que sangraban arco iris.

Se desprendió de los calzoncillos sobre la marcha, y sintió un escalofrío entre las piernas cuando el deshumidificador se encendió, automático, al cruzar por delante del sensor. Entró en la cocina. Tomó el cocktail de vodka y zumo, con media rodaja de naranja.

Regresó a la ventana, y miró hacia el exterior, desnudo, con el cigarrillo colgando entre sus labios. El vello púbico refulgió a contraluz, como filamentos incandescentes. El vaso sudaba en su mano. Una corriente de aerotaxis y deslizadores fluía entre las retorcidas formas de Scyla y Charybdis, rompiendo en ocasiones los anuncios voladores y los pop-ups estridentes que eran disparados de los rascacielos cercanos. Miles de resplandores titilaban entre las torres y bóvedas de la megalópolis. Treinta y cuatro pisos más abajo, una maraña de callejones angustiados se retorcían en ángulos y curvas imposibles. Conformaban un sistema arterial, un dédalo de inmundicia y paraguas transparentes que se apelmazaban bajo la lluvia ácida y los anhelos corrosivos. Se contempló en el espejo de su dormitorio. Para sus treinta y nueve años, se encontraba en muy buena forma, o al menos eso le gustaba pensar. Después de todo, se ganaba la vida con su cuerpo.

El timbre sonó. Activó con una orden la cámara de la puerta, que abrió una nueva ventana en la holopared. Un repartidor de pizza agitaba la cabeza escuchando música, con el pelo teñido de verde flúor, y kanjis tatuados en las falanges.

No le dejó más propina que la visión de su cuerpo desnudo. El repartidor le miró los tatuajes yakuza, y no dijo nada.

Natahniel devoró la calzone rellena de huevo viscoso y jamón pasado, sentado en su nido de fibra óptica, frente al portátil. Con las piernas cruzadas, sumido en un trance, miraba sin ganas videoclips musicales. Parecía buscar el zen en el cyberespacio.

Navegó durante media hora por varias webs, y aceptó un encargo para esa misma noche. Ali pondría el grito en el cielo, pero con su sueldo menguado por las vacaciones forzosas, necesitaba alguna forma de pagar el alquiler. Testear androides de placer era un trabajo temporal, que le daba el dinero necesario para vivir cómodamente mientras la psicóloga le trataba. Buscó otro cigarro, incluso debajo del somier, pero no tuvo suerte.

Se duchó, usando los últimos créditos de su cuenta para calentarse el agua. Fue un lujo innecesario, pero esperaba que con lo que se sacase en unas horas, tendría suficiente dinero para otra semana.

El vaso de tubo permaneció durante todo el proceso en el suelo de linóleo, entre el lavamanos y el retrete, con el hielo agonizando junto a la rodaja exánime. Se secó el pelo con una toalla que dos semanas antes era blanca, y miró la proyección del reloj sobre su techo.

01:12:45 AM

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El tiempo libre se le caía encima.

Se puso el pantalón elástico negro, y la toalla sobre los hombros. Se miró en el espejo. No se peinó, ni se planteó afeitarse. El cabello negro le caía sobre los ojos, y caracoleaba hasta sus clavículas. Se lo recogió en una coleta. Sonó el timbre de la puerta. Caminó hasta la pantalla y la activó. Examinó de arriba abajo a su visita. Dudó. Negó con la cabeza, molesto con la compañía de androides. En sus especificaciones para el trabajo, ya dijo qué tipo de androides no le interesaban. Volvió a sonar el timbre. Suspiró. Abrió la puerta.

Al otro lado aguardaba una nekololi, con el cabello mechado de rosa y lima, recogido en dos largas coletas. Su atuendo era una mezcla ecléctica, fruto del anime más kawai y el Nabokov más punk. Las pupilas de gato, enmarcadas en unos ojos rasgados maquillados con sombra mandarina, le miraron con simpatía. Complementaba su estética un corpiño aerografiado con manchas de leopardo —que luchaba por intentar resaltar unos atributos anoréxicos—, unos guantes y medias de rejilla -rotas-, una estola de piel -sintética-, un par botas militares -decoradas con pintalabios-, y el estallido -insolente- de un globo de chicle. Y por supuesto, como todas las nekololi, unas orejas y una cola de gato que respondían a sus estados de ánimo.

El acabado era notable. Le pareció que la piel era de un color realista, incluso bajo la luz de los neones del ventanal. Ella no pareció asustarse por los tatuajes yakuza que Nathaniel exhibía en su pecho.

—Hola —dijo él —. Pasa, te estaba esperando.

Las orejas de gato se alzaron, curiosas. Ella se inclinó a la manera oriental, con deferencia, y él respondió, a destiempo, de idéntica manera.

—Eres muy alto, ¿qué mides, metro noventa?¿Y no me preguntas quién soy, nyan nyan? —maulló mientras mascaba chicle.

—Ahora no. Entra, no quiero que te vea ningún vecino.

La chica pareció algo confusa. Nathaniel suspiró. ¿Mataría la curiosidad al gato? Al final se decidió, y entró con cautela en la penumbra del piso; luego giró sobre sus talones trescientos sesenta grados. Repasó la cocina americana, el salón con el sofá cama abierto y el portátil varado, el pequeño pasillo al final del cual se intuía un baño envuelto en vaho, y otra habitación, cerrada.

—Siéntate —dijo.

Ella se quedó de pie, sin acercarse al vertedero de componentes informáticos que él le pretendía ceder como asiento. Enarcó una ceja.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó. Ella, descolocada, no respondió. Las luces del videclip musical reptaron sobre su rostro. Él insistió. —¿Algo de beber?

—No. Gracias. Me llamo Nanami. Nanami-chan me llaman todos. ¿Eres Nathaniel Ittō?

—Sí. ¿Eso importa? —dijo él mientras sacaba de la nevera una lata de espresso.

Nanami no supo que responder.

—Yo…

—Desnúdate —. Posó la lata en la encimera, y la miró con sus ojos color terracota mojada.

Ella le devolvió la mirada con incredulidad. La cola se alzó, alerta. Las orejas temblaron.

—¿De qué cojones vas? —retrocedió hacia la puerta.

—Sitra, bloqueo de puerta, intimidad nivel uno. Insonorización.

Los cerrojos de la puerta se corrieron, y la ventana se polarizó. Las únicas luces de la vivienda emanaban de la holopantalla, en la que una cantante melódica caminaba sobre un lago, entonando una canción romántica. Nanami se llevó la mano al bolso, y extrajo una pistola. Rosa. Las prisas hicieron que casi se tragara el chicle.

—Tío, estás jodido. No sé si son las drogas o qué, pero me voy. Abre la puerta, o te vuelo la cabeza —. Mientras con una mano sostenía el arma, con la otra intentaba hacer girar el pomo. La boca del cañón temblaba, sin saber en qué dirección escupir.

Ittō apretó los dientes, y saltó sobre el sofá cama. Ella gritó, y disparó a ciegas. La bala erró. Él la agarró por la muñeca, y la lanzó contra la holopantalla con más violencia de la que esperaba. La chica pesaba poco, y gritó de forma creíble. La pared tembló, y el arma cayó al suelo.

Un anuncio de una gala benéfica mostraba a varias estrellas yu-pop, cantando abrazadas, bajo la luz de un atardecer. Sobre Nanami fluían las nubes tornasoladas, como una Scarlett O’Hara nipona.

—Por favor…por favor, déjame. Mira, me he equivocado, por favor, porfavorporfavorporfavor.

La chica temblaba.

—Haz lo que te digo. Desnúdate, y esto acabará rápido. Cada vez me gusta menos este rollo, pero no hay otra ¿Cuántos años se supone que tienes?

—Quince —le miró a través de un mechón rosa, con ojos temblorosos.

—Quince —repitió él.

Nathaniel le bajó la cremallera delantera del corsé. Expuso sus pechos menudos. También temblaban. Él los miró. Su entrepierna dio una cabezada, como si no acabase de tener muy claro lo que se esperaba de ella. Acarició con los pulgares los pezones y las areolas adolescentes: dos cerezas rosadas coronando unos montecitos pálidos. Suspiró. La agarró de los hombros, e hizo amago de besarla. Ella no retrocedió, pero emitió un gañido.

La liberó con fastidio.

—Mira, déjalo, no puedo. Recoge tus cosas y vete. Una cosa es follarse androides, y otra fingir la violación de una menor. No tengo el cuerpo para esto. Apenas me siento excitado, y eso en mí ya es raro. Y puede que hasta sea ilegal.

El cabello teñido de Nanami le tapaba la cara. Parecía agitada. Un combinado de risa, ira y terror ascendió por su garganta.

—Una androide. ¿Una androide? ¿Qué coño te pasa, te parezco una puta androide? —le pegó un puñetazo sin fuerza en el pecho. —Puede que hasta sea ilegal, dices… ¡Imbécil! —el vello de las orejas y la cola gatuna se le erizó. Se cubrió los pechos expuestos. El maquillaje se había corrido. Dos regueros anaranjados y negros se deslizaban por su mejilla.

—¿No vienes de eXd?

—¡No! —gritó —. ¡No, no, no! Joder, joder, ¡me ibas a violar, puto pederasta de mierda!

—No, espera, deja que me explique, por favor. Ha sido un malentendido. Él recogió la pistola del suelo para devolvérsela. Pesaba demasiado. Reparó en el agujero del techo.

—La pistola. ¿Es de verdad? ¿Me has disparado de verdad?

—¡Claro que sí, ibas a violarme!

Él retrocedió, pisó la caja grasienta del calzone. Resbaló y cayó, más por la sorpresa que por la pérdida de equilibrio.

—¡Podías haberme matado!

—¡Podías haberme violado!

Ella se apoyó en la pared, cerró los ojos, alzó la cabeza. Suspiró. El se levantó del suelo, pero no le devolvió la pistola. Por si acaso.

—Mira, Nanami-chan. ¿Nanami te llamas? Estaba esperando una androide de compañía, las testeo para eXd, una empresa de….de ocio para adultos. Hago informes sobre su uso, tacto, verosimilitud de la conversación. Pensé que eras un modelo muy avanzado. Los Lev U-17 son casi indistinguibles de humanos normales —ella le miraba, acusadora.

—Mira, con esa ropa y ese maquillaje…

—Visto como una puta. ¿Es eso? ¡Te dije que no! No es no, joder.

—Sí. ¡No! Mira, lo siento. —Nathaniel se sentó en el sofá. Le tendió la pistola. Ella no quiso acercarse.

—No eres el primer androide que demuestra una IA capaz de mantener una conversación que incluya reacciones extremas, enfados, amenazas, insultos. Forma parte de la experiencia. Hay quienes buscan la fantasía de la violación, hay quienes sólo quieren hablar con alguien que parezca interesarse por ellos. ¡Y estás muy maquillada! Las nekomimi, la cola, las pupilas verticales. ¡Pensé que eras un modelo para pervertidos del hentai y esas cosas!

—¿Esto? —ella se quitó la diadema con orejas felinas, y la arrojó al suelo. Se llevo las manos a la cara. Lloraba.

—¡Joder, ya valió! ¡Tú me has disparado! Ya te he pedido perdón. Y si no vienes de eXd, ¿quién eres?

El timbre sonó. Nathaniel activó la mirilla. Una ventana emergente mostró a quien llamaba. Una mujer morena, con el cabello largo y sedoso. Los labios pintados con carmín rojo, sensuales. Parecía una estrella de cine de la edad dorada de Hollywood. Un vestido blanco, con un escote en uve abierto, exhibía unos pechos grandes, deseables.

—Disculpe, mi coche se ha averiado, y necesito hacer una llamada. —susurró con un ronroneo sensual y grave, inclinándose hacia la cámara.

* * *

Nanami estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, y el portátil de Nathaniel en el regazo. El monitor se acababa de apagar, otra vez. En la holopared, los hermanos Catwright salían a caballo de la Ponderosa. La pistola habría regresado a la cabeza de oso panda que era su bolso. Hizo un globo de chicle desbravado, que introdujo en su boca, y reventó con los dientes. Parte le estalló en los labios. Se retiró los restos adheridos, mientras arrugaba con fastidio la nariz respingona. Decidió deshacerse de él. Hizo una bola con la dedicación metódica de un escarabajo pelotero, y la pegó debajo del somier. Arqueó la espalda al estirarse. Resopló, ladeó el cuello, y dos vértebras protestaron.

Volvió a encender el ordenador. Colocó su dedo índice en el lector del teclado, y acercó su ojo izquierdo a la webcam. Inhaló. Exhaló. La pantalla parpadeó. Una luz roja pareció burlarse de ella, y el monitor se apagó. Maldijo. Repitió la operación, sin hacer nada más.

La volvió a repetir.

La volvió a repetir.

La volvió a…

Luz verde.

El fondo de escritorio mostraba una foto 3D de Nathaniel en el borde de un jacuzzi, con una chica a cada lado. Una pelirroja en bañador, con aspecto de pin-up tatuada, y una rubia con unos pechos que estaban a punto de desbordar su micro-bikini metalizado. Cuerpos de strippers, bocas de muñeca de saldo. Nanami-chan pensó que tenía mucha facilidad para desnudarse o aparecer con poca ropa. Perfiló con dos dedos las cicatrices que mostraba en el costado, las heridas de bala, las marcas de quemaduras. Hizo girar la imagen. Con un chasquido de dedos la copió. Él sonreía en la foto, pero su mente parecía estar en otro lugar. Era una sonrisa triste. Nanami intentó ver a través de los recuerdos, entrar en su pasado, descubrir algo del carácter del hombre que estaba en la habitación de al lado, follándose una cyberdoll con cierto parecido a Ava Gardner.

Retiró las manos del teclado, y dejó obrar su magia. Accedió mentalmente a los discos duros virtuales. Millones de archivos y carpetas se abrían y cerraban en el monitor a toda velocidad. Ella no era capaz de procesar ni sus nombres, pero los nanobots que había liberado para que infectaran su sistema, sí. El ventilador del ordenador rugía furioso, y emitía demasiado calor, así que lo apartó a un lado. Cogió de la nevera una lata de refresco de pepino y miel, que bufó como un gato de hojalata al abrirse. Dio un trago. Escupió en el fregadero, y dejó la lata en la mesa.

—Qué asco. Sitra, anulación de protocolos de intimidad y sonido.

Ninguna reacción. Revisó la cascada de carpetas y subcarpetas en el monitor. Sus nanovirus no habían llegado todavía a los enlaces inalámbricos que controlaban la casa. La adolescente se acercó al panel de control situado al lado de la puerta. Exhaló su aliento sobre él. Contó hasta diez.

—Sitra, anulación de protocolos de intimidad y sonido.

Nada. Volvió a contar hasta diez. Repitió la orden.

La ventana se despolarizó. La holopared mostró un menú de inicio. Activó el reconocimiento de voz nuevo usuario. Y reparó en que oía algo que antes no. Apagó la holopared.

Gemidos de placer, gritos exagerados. De ella. Sí mi rey. Si por favor. Un titán, eres un titán. Dios, dime que soy una puta. ¡Soy una guarra!

—Sitra, insonoriza el dormitorio, por dios.

Silencio.

Nanami regresó, con una sonrisa maquiavélica, al portátil.

* * *

Cuando la androide de placer terminó su cometido, se vistió y salió de la habitación. Nathaniel oyó la puerta abrirse y cerrarse, mientras se vestía con su chándal negro. El lubricante de la androide le había embadurnado el miembro de una gelatina oleosa aromatizada, así que decidió volver a ducharse. Cuando pasó por el salón vio a Nanami. A pesar de que la había echado del piso hacía media hora. A pesar de que estaba seguro de haber cerrado la puerta. ¿Cómo había entrado de nuevo en su piso? Tampoco tenía nada que robarle, y estaba ahí, como si nada. Antes de que la empujara al rellano del pasillo, la chica aseguró tener algo importante que decirle, pero que no debía preocuparse, que lo primero era lo primero, y que fuese a cumplir con la pobre chica cuyo coche se había estropeado. Que seguro que necesitaba una buena palanca de cambio.

Y ahora estaba otra vez dentro.

Nanami, sentada con el portátil sobre los muslos, veía algo en su pantalla. La minifalda habría revelado demasiado, si no fuera por el ordenador de su regazo. Él se extrañó al instante, pues tampoco debería haber podido encenderlo. Pero los reflejos verdes y azules en su rostro indicaban que estaba viendo algún tipo de película. Parecía sofocada, y esbozaba una media sonrisa, como de vergüenza ajena.El piercing de su nariz destelló. Le dedicó un guiño que parecía decir: sí, lo siento, me he vuelto a colar, he entrado tu ordenador. Pero no es culpa mía.

La rodeó sin decir nada, y vio lo que ella estaba mirando.

Era él mismo. Desnudo, visto desde atrás, en la penumbra de su dormitorio. Reconoció al instante su espalda surcada por cicatrices, y el tatuaje que representaba a un itsumade volando, con la larga cola de serpiente enroscándose en su hombro . La escena acababa de suceder hacía tan solo unos minutos. La androide que acaba de abandonar la sala estaba boca abajo, mordiendo la almohada. Ella le pidó hacerlo a lo “perrito”. De vez en cuando gritaba algo, pero el sonido estaba desactivado. Sus uñas se clavaban en las sábanas de raso negro. Salvo por unas finas líneas en los muslos, que relucían cuando él la embestía, y por la ausencia de transpiración, habría pasado por humana.

Nathaniel estaba cubierto de sudor. Su polla entraba y salía, entraba y salía, como un pistón, incansable. Dentro fuera, dentro fuera. Pareció que iba a retirar su miembro, haciéndolo emerger con calculada lentitud, reluciente, hasta mostrar el glande oscuro. Y la volvía a embestir, con fuerza, haciendo que desapareciera en toda su longitud, entre los labios húmedos que salivaban sus muslos.

—¿Cómo has entrado en mi ordenador? —se lo arrebató de un manotazo y lo cerró de golpe. Contempló la ventana y la holopared. —¿Y Sitra? ¿Me has hackeado?

Ella se mordió el labio inferior, y lo miró con un mohín de inocencia truncada.

—No fue muy difícil. Deberías encriptar mejor tus claves. BaitPro™ 6 no está mal, pero HaephestosForge™ es mucho mejor, y también es gratuito. Aunque no te hubiera servido de nada, tampoco. Pero no he hecho nada raro, tranquilo. Comprueba tus cuentas y gastos de los últimos minutos —gesticuló con suficiencia —. ¿Por qué tienes una cámara en tu habitación? ¿Te gusta repasar tus mejores momentos con las culochapa?

—Mira, no es de tu incumbencia, pero te diré —la mirada de ella era jocosa —que utilizo los vídeos para hacer los informes, ya que tanto te interesa.

—Los informes. Claro. ¿Hablas de cosas como la textura de las tetas, o de cómo rebotan tus pelotas contra su coño de látex? Seguro que te tocas reviviendo tus mejores momentos. Cuando ofreces tus servicios, ¿envías un vídeo promocional de tus mejores clavadas?

Nathaniel paseó hasta la cocina, apretó los puños, intentó relajarse. Pocas veces perdía la calma, pero Nanami estaba tentando su suerte. Abrió un par de cajones, revisó un par de puertas. Cogió la lata abierta de refresco de pepino y miel, como si en su interior se escondiera un ansiado cigarrillo. Encontró dos mecheros gastados. Se pasó la mano por la frente.

—¿Fumas? —preguntó a la chica.

—No gracias —respondió ella.

—No, lo digo por si tienes tabaco, ya te he dado bastantes cosas, parece.

—No. Es malo para la salud —replicó con tono burlón.

—También que te disparen. Y hay quien diría que entrar en la casa de un ex-militar, y violar su intimidad, no es una de las cosas más inteligentes que se pueden hacer.

—¿De verdad quieres hablar de violar?

Ella frunció los labios. Él la señaló con un gesto amenazador.

—Ahora dime qué haces en mi piso. A qué has venido. Por qué no te has ido. O llamaré a Cerberus, y les darás las respuestas a ellos.

Él la miró. Ella le devolvió la mirada. Ambos tenían algunos rasgos orientales, como los ojos. No es que fuera poco común, en una ciudad fundada por una empresa minera china, revitalizada por su fusión con la industria de los mechas de asalto japoneses. Nanami se había quitado las lentillas de ojo de gato. El color del iris de ambos, un marrón rojizo que recordaba a la madera de cerezo, era muy similar. A Nathaniel le sorprendió, porque no era un color típico en la ciudad. Y tuvo una terrible sospecha, alentada por otros rasgos que parecían compartir, como el cabello negro tan brillante que parecía reflejar el azul de los neones del exterior; o la línea del mentón, dura y agresiva. Pero Nathaniel medía un metro noventa y tres centímetros, y ella no llegaba al metro sesenta.

—Venía a verte. Quería conocerte.

—No lo digas.

—Despues de todo… —jugó con el suspense.

—Ni se te ocurra.

—…eres mi padre.

Nathaniel Ittō sintió que su mundo se sacudía. Nanami le dejó tiempo para asimilarlo. Permaneció sentada junto a él, con las piernas cruzadas. Se introdujo un chupachups en la boca. Jugó durante varios minutos a pasárselo de un carrillo al otro. Nathaniel respiró profundamente. Sintió la necesidad del tabaco.

—¿Te sientes mal por lo que has pensado de mí?

—No he pensado nada.

—¿Te has excitado?

—Mira, no sé lo que te ha dicho tu madre, pero si esto es un truco, te aseguro que no tengo un duro. Y es de muy mal gusto lo que dices. —Le mostró las palmas de las manos, como si eso evidenciase su situación económica, y la pureza de sus pensamientos.

—No conocí a mi madre.

—¿Y también tienes pensado conocerla en breve?

—Murió.

Nathaniel dejó caer la cabeza entre sus manos.

—Lo siento. Si es verdad, claro. Ya no sé qué creer. Ahora sí que necesito un cigarro.

—Tranquilo, ya te he dicho que no la conocí. Pero gracias —se encogió de hombros —. Y no es un truco.

—¿Cómo estás tan segura de que yo soy tu padre?

—Cuando empiece a hablar, no habrá marcha atrás. Deberías vestirte y equiparte. Por si acaso.

—No pienso perderte de vista ni un instante. Y no me gusta que me den órdenes en mi propia casa.

—Era una sugerencia, no una orden. Tranquilízate, vaquero. Lo decía por ti.

Nanami se retiró el chupachups de la boca. Lo utilizó como un director de orquesta utilizaría una batuta, pidiendo la atención de los músicos al inicio del concierto. Se llevó el índice de la otra mano a los labios, e hizo un gesto de silencio.

—Sssshh… —. Le guiñó un ojo, y dijo:

—Sitra, opacidad total en la ventana, y nulificación cimática, electrónica y de registro total temporal. Cuatro minutos. Clave de reinicio: 5C¥L@

El ventanal se tornó negro y opaco, lo que oscureció totalmente la sala. Las luces y leds se extinguieron, algunos emitiendo un pitido terminal. La holopantalla se disolvió como tragada por un desagüe. Un último resplandor en la pared emitió una luz pulsante durante tres segundos, antes de desaparecer.

—¿A qué viene esto?

—Tengo cuatro minutos para convencerte, así que no me interrumpas, y luego decides. Estás siendo vigilado. Toda tu vida has estado vigilado, por los mismos que orquestaron tu nacimiento. Y el mío, de paso, ya que soy la tercera generación de un proyecto secreto, financiado por una asociación de empresas privadas especializadas en bioingeniería, armamento y robótica. El nombre de la madre de todas ellas lo reconocerás: Scyla.

Sí, exacto, la misma Scyla que desciende de Hades Mng. & Corp., la empresa minera del magnate multimillonario Li Shell. Quédate con su nombre. Li Shell fundó esta ciudad con vistas a extraer iridio y rutilo. El iridio le volvió rico, pero fue el rutilo el que propició el éxito de su tecnología armamentística, tanto a nivel de exoesqueletos de titanio como en el perfeccionamiento de los láseres titanio-zafiro.

Avanzamos unos cuantos años, y aparece Phillip Gibs, el magnate de las armas, que no es otro que el nieto de Li Shell, con un alias. Su verdadero nombre es Li Hon, y es el presidente actual de la megacorporación Scyla. Volvamos atrás, no te pierdas. Li Shell, además de tener un sexto sentido en lo que se refería a invertir dinero en minería espacial, y de ser capaz de forjar un imperio basado en el iridio y el titanio, investigó sus aplicaciones militares por cuenta propia. Fundó Cerberus, la mayor empresa militar mercenaria que existe, pero además era un apasionado de la nanotecnología y la biorrobótica, y de sus posibilidades como arma invisible. Soñó con nanovirus sincronizados por una IA enjambre, una especie de gestalt, capaces evolucionar por sí mismos, transportados por un huésped vivo. Tan ligeros que pudiesen viajar en el aliento de una persona y capaces de “vivir” de la carga eléctrica de su anfitrión. Li Shell tuvo un sueño, pero la tecnología necesaria para cumplirlo no estuvo disponible hasta la época de su nieto, Li Hon. Y mediante maniobras oscuras consiguió el permiso para experimentar con ellos en sujetos humanos, hace veintitrés años. Dio a luz a lo que se llamó “Proyecto Hécate”. El Team Pazuzu fue el elegido. ¿Te suena el nombre? Calla, era una pregunta retórica.

Fue un fracaso. Si lo piensas, seguro que recuerdas a muchos antiguos compañeros de escuadrón que fallecieron de cáncer o fallos cardíacos a una edad muy temprana, o sufrieron accidentes, o se suicidaron. Ese es un buen indicativo de que fueron infectados con los nanobots de ese proyecto. De cien anfitriones iniciales, sobrevivisteis tres.

—Mucha gente murió de cáncer tras la campaña de Nueva Jerusalén. Y el estrés post-traumático tras…

—No me interrumpas. Necesitaremos el tiempo para que cojas tus pertenencias más valiosas, y huyamos de aquí.

Ambos llevamos en nuestro interior nanobots que se autorreplican y evolucionan. Yo ya nací con ellos, pero a ti te los injertaron en el proyecto Hécate, afinales del siglo XXII. No sé las fechas exactas. Intenta recordar una época en la que acudiste con frecuencia a la enfermería del cuartel y te inyectaron algo raro. Quizás bajo la excusa de una contramedida ante un ataque químico, yo qué sé. A lo que vamos: el proyecto Hécate abandonado. Se desestimó su utilidad en la guerra a gran escala. Sin embargo, sus posibilidades para el espionaje y la manipulación eran brutales. Se localizó y vigiló a los supervivientes, por si, llegado el caso, se os podría reutilizar. Tu nombre en clave es: “Circe”.

En tu caso emites unos nanobots capaces de invadir otros huéspedes vivos; nanovirus que excitan los sistemas de recompensas del cerebro de quienes tienes cerca. Funcionan como los feromonas en el mundo animal. Provocas una especie de celo adictivo. Nunca has tenido problemas para conseguir una mujer ¿eh? Ese es el motivo, y no tu brillante conversación, lo siento. Tienes un potencial terrible para la manipulación sexual, pero no lo sabes controlar. Algunas de esas ciberdolls que te tiras son en realidad androides programados por una filial de Scyla, para tomar muestras tuyas de saliva, semen, sangre, orina, y mantenerte controlado.

—¿Orina? Yo nunca he…

—Una androide hermafrodita llamada Danae. No intentes ocultarlo, yo no te voy a juzgar. Y no te preocupes, necesitabas el dinero, y todo eso —La oscuridad impidió que Nanami viera la expresión de Nathaniel. —. Uno de esos soldados supervivientes, Oda Ken, fingió su propia muerte, y se dedicó durante la última década a recabar todo lo que podía sobre el proyecto Hécate y los tejemanejes de Scyla, para apropiarse de lo que él consideraba la herencia que le correspondía tras tantos maltratos y engaños. Por sus compañeros muertos. Por venganza. Ahora se oculta en esta ciudad, y está preparado para dar el golpe del siglo. Y te necesita.

—Es una locura. No digo que no te crea, pero necesito pensarlo.

Nanami levantó los brazos, exasperada.

—Me temo que no eres consciente del peligro al que te enfrentas. Scyla no te dejará escapar. Y si tiene que mantenerte en criogenia hasta que vuelva a necesitar tu esperma, tu médula, o cualquier célula tuya que sirva para continuar con la tercera generación, lo hará. Ven conmigo, y aprenderás a desarrollar tus capacidades y a…

—Creo que no. Lo siento, pero debes marcharte —comenzó a incorporarse.

—Cuatro minutos, Nanami-chan —irrumpió una voz femenina con un eco robótico, a la espalda de Nathaniel. Nanami replicó:

—Yo lo siento más, Nathaniel Ittō. De verdad. Cuando entré, me traje a una amiga. No podemos aceptar un no. Por tu bien, y por el nuestro.

Dos resplandores azules perforaron las tinieblas. Nathaniel vio su reflejo en el ventanal oscurecido. Ciberlentes de visión nocturna. Su portadora debía estar en pie, a su espalda. Nanami cogió el bolso, retrocedió con celeridad. Nathaniel rodó por el suelo, y esquivó la pistola de inyección que a punto estuvo de clavarle en el cuello la invitada no deseada. Se levantó de un salto, buscó a su agresora. Los leds azules bailaban como luciérnagas colocadas de speed, y hendían la salita. Él apoyó la pierna derecha en la mesita, y se impulsó contra su atacante, guiándose por las lentes luminosas. Esperaba que la sorpresa, combinada con la fuerza bruta, le diese ventaja. Impactó con el hombro contra un torso de teflón. Recibió como respuesta un golpe brutal con el canto de una mano enguantada, en el cuello. Creyó que se lo había partido. Se desplomó sobre el somier. Intentó levantarse a la par que rodaba para intentar escapar, pero su atacante se echó encima suyo. Ambos cayeron al suelo, entre restos de calzone y cables enmarañados. Nathaniel estaba en plena forma, y tenía entrenamiento de combate sin armas. Pero su oponente pesaba más, y su agarre era tan poderoso como implacable. Una ciborg, sin duda. Forcejearon.

—¿Nyx, lo tienes? Yo casi estoy. —Nanami se movía a oscuras con facilidad, mientras colocaba algo en el ventanal. Algo con temporizador y números digitales.

—Casi. Se resiste —dijo Nyx, entre dientes.

—Por eso estás aquí. Date prisa, o usa las chispas.

—¡Sueltame, o te mato! —masculló Nathaniel.

La ciborg no le soltó. Con el brazo izquierdo aún libre, Nathaniel palpó bajo el somier del sofá cama, donde hacía unos segundos estaban hablando. Extrajo de la vaina de neodimio allí adherida la hoja monofilamento que compró con su primer sueldo de guardaespaldas. Las continuas amenazas de su trabajo, y el tipo de personas con las que trataba le impelieron a ocultar armas por diferentes escondrijos de su hogar. Su oponente murmuró un “oh mierda”, justo antes de recibir un tajo ascendente en el brazo, en diagonal, con todo el ángulo que su enemiga le permitió. Encontró oposición durante un instante, pero el ímpetu del movimiento y el monofilo del arma hizo que lo atravesase como un puding. Un grito de dolor, procedente de la misma garganta —orgánica o robótica, no lo podía saber— y algo que le salpicó la cara y la boca. Algún tipo de aceite caliente, ferroso.

Ella le aferró por la mandíbula, y le inmovilizó el brazo armado.

—¡Me ha cortado el brazo, Nanami, mi puto brazo!

—Bajad la cabeza, esto ya está. Tres, dos, uno…

Una explosión reventó la pared de cristal que daba a la calle. Los pedazos volaron por los aires, como centellas, descomponiéndose en fulgores blancos y azules. Los reactivos ácidos del explosivo los convirtieron en meteoritos en contacto con la atmósfera. Toda la fuerza de la onda expansiva se proyectó hacia el exterior. Desde la calle, treinta y cuatro plantas más abajo, parecería que el edificio había estornudado estrellas fugaces. Apareció de la nada un aerotaxi con camuflaje óptico, y con pericia se colocó en la abertura. Con un silbido neumático, su portón lateral se hizo a un lado. Un hombre con pinta de macarra aguardaba.

El resplandor de los neones y de los orbes de xenón que levitaban en los alrededores anegó el piso. Nathaniel intentaba liberarse de la ciborg. Su piel estaba cubierta de cripsocamo, y replicaba lo que había a su alrededor. El combate había fundido algunas de sus células, y ahora destacaban como agujeros negros geométricos, o pixels fundidos en un fondo de pantalla tridimensional. La ciborg había perdido medio brazo, amputado a la altura del codo. Nyx finalmente consiguió inyectarle en el cuello su carga de somnífero. Levantó a Nathaniel, que trastabilló. Nanami la ayudó con él. El aerotaxi se colocó lo más cerca posible. Entre ambas lo lanzaron dentro, a pesar de que todavía estaba consciente. El punk lo recogió. Rodó aturdido intentando alejarse, pero no pudo. Nanami saltó también al interior, y lo afianzó, para evitar que se cayese por la puerta abierta. Nyx recuperó su brazo, y también saltó.

Nathaniel comenzó a temblar. A convulsionarse fuera de control. La mandíbula adquirió una rigidez dolorosa. Reconoció los síntomas de un shock anafiláctico. En el ejército le explicaron qué hacer si alguno de sus compañeros sufría alguno. Oyó los gritos de Nanami, pero las palabras se apelmazaban en sus oídos, en un engrudo incomprensible.

—¿Qu- l- p-sa?¡N-x!-Q-´- le –sa?

—Est- en sh-ck. Lo es-án I——ando an-lar. -stá – — — — – purgar-o

—-¿S- nos — a -orir?

Creyó oír un claxon. Y puede que disparos. La cabeza le temblaba sobre el asiento de piel sintética. Recordó el estuche verde que guardaba, para casos como este, en el tercer cajón del mueble del baño. La jeringuilla con atropina. Si es que de verdad era atropina.

Nyx cerró la puerta del vehículo. Nanami se inclinó sobre él, y le sostuvo por el cuello allí donde segundos antes Nyx le había golpeado. El aerotaxi aceleró con brusquedad. La ciborg se retiró el embozo de cripsocamo, la máscara y las lentes. Sus iris eran pequeñas galaxias de leds azules. Nanami le acunó. Se acercó aún más y le exhaló el aliento directamente en su boca temblorosa.

—¿Qu- —ces? —preguntó la ciborg.

—Lo -nico q– se me ocur-e.

Mientras los nanovirus le dilataban los vasos sanguíneos y le provocaban una bajada de su tensión, sus órganos se comenzaban a inundar. Entonces recordó que muchos de sus compañeros de batallón habían muerto de shock anafiláctico.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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