Que mierda…

…pensó Marcos al salir de la boca de metro y ver el panorama del barrio donde trabajaba. Por el camino evitó las baldosas sueltas y encharcadas con la cautela de un artificiero, los coches sucios, y las personas grises con paraguas plegados. Los contenedores repletos de bolsas de basura se apilaban junto a un buzón amarillo, cubiertos por una patina de fango. La lluvia de la noche había provocado que la ciudad pareciese una foto de instagram editada con un filtro de barro. Pensó que todo parecía bañado por una extraña diarrea inodora, y miró al cielo, incapaz de contener una sonrisa al imaginar el culo de dios entre las nubes plomizas. Y es que la relación entre lo humano y lo divino era una parte fundamental del trabajo de Marcos, ya que era el secretario del colegio San Rafael Mártir.

Subió las escaleras de entrada de dos en dos, pasó bajo el lema en latín de la orden monacal que administraba el colegio, saludó a un par de profesoras, y entró en su despacho. Sobre su mesa, encontró una nota. La leyó.

“ATENDRE QUALSEVOL TIPUS DE TRUCADES

Colegio Sant Rafael Martrir buenos días, le atiende… MARCOS, ¿En qué puedo ayudar-le?”.

Se sentó. La volvió a leer. Defenestró la “r” invasora con un tachón , y quitó el guión a ayudar-le. No tenía problema con mezclar catalán y castellano a nivel de diálogo, pero supuso que no le estaban diciendo que hablase mal a las familias. ¿De verdad le habían pasado una circular para explicarle cómo coger el teléfono? Aunque la nota no estaba firmada, tenía todas las señas de ser obra de Isabel, la déspota de contabilidad.

“¿Tan borricos sois que os lo tienen que decir por escrito?” le contestó su mujer en el whatsup, junto con unas caras sonrientes. Marcos suspiró, y encendió el ordenador. Revisó los mails, y puso su lista de Hard Rock en el spotify. Pensó en la nota. Desde la reciente llegada del nuevo equipo directivo, el colegio estaba sufriendo varios cambios. El antiguo director había encontrado otro trabajo, uno que no le exigiera la total sumisión a unos monjes malcriados, y el nuevo, Enrique, había batido en tiempo record las más altas cotas de la ineptitud. No es que fuera idiota, es que no se molestaba en aprender a hacer bien su trabajo, y confiaba en que fuesen otros los que lo realizasen

Atrapado en un curro que no le llenaba, fantaseaba con enviarlo todo a la mierda. Entonces escribiría una carta abierta al equipo directivo de su ex-trabajo. Explicaría en ella la frustración que le embargaba cada vez que se sentía un engranaje más en una máquina ineficiente. Pero no podía hacerlo. Tenía una hija que mantener y un alquiler que pagar.

El nuevo director entró con un par de papeles en la mano.

—Han enviado esto de pago delegado, ¿donde se guarda?

Marcos le miró. Enrique era un hombre anodino, incluso en su fealdad, si es que eso era posible. Sus únicos rasgos distintivos eran un cabello rizado que comenzaba a encanecerse, del tipo que los poetas llaman “ensortijado”. En realidad, su cabello era más fácil imaginarlo rascando la roña del fondo de las cazuelas que con joyas engarzadas, pero eso mataría el escaso lirismo de la situación. Su otro rasgo característico era la nariz, bergeraquiana,  amplia y con forma de quilla invertida. Daban ganas de estampar una botella de champán contra su costado, y aplaudir. Enrique le hizo un gesto con la mandíbula ausente, sin personalidad, y Marcos recordó que le acababa de hacer una pregunta.

—Supongo que en el archivador que pone Pago Delegado —Capitán Obvio al rescate.

Enrique le miró con suficiencia.

—Habrá que ir el día diez al a llevar esto y esto otro —prestidigitó varias hojas —, cuando lo firme el Hermano Provincial, al Consorci d’Educació. Ahora saldré a almorzar, que no he desayunado.

—Tienes que firmar los f…

—Ahora saldré a almorzar, he dicho.

Marcos asintió. Suspiró. Se dedicó a firmar él con el nombre de Enrique. Total, mentir y falsificar eran requisitos básicos de su trabajo. Pensó que por qué tenía que cobrar como un administrativo, si en ocasiones hacía el trabajo de un director. Quizás debería desarrollar una teoría: la llamaría Teoría de los Sueldos Comunicantes. En esa especie de utopía, el porcentaje del sueldo a percibir a fin de mes oscilaba en función de las tareas que se realizasen, y cada persona ganaría lo que se mereciese. Qué estupidez.

Tras comer la bazofia habitual en el comedor escolar, se sentó en el retrete del baño que estaba junto a la puerta de la secretaría, abrió un blog para suicidas en su iphone (era algo que siempre le animaba), y se dispuso a flexionar los intestinos. Apretó los dientes, los puños, el estómago, pero nada acudió a su llamada. Estaba bloqueado. ¿Miedo escénico?

No llevaba ni cinco minutos dedicado a su tarea, cuando a través de la puerta oyó la voz de Isabel, la administradora, preguntando por él a alguien de fuera. Le respondió una voz que identificó como la de la conserje.

Marcos negó para sí mismo, se levantó y salió abrochándose el cinturón.

—Ahí estás —dijo Isabel.

Marcos asintió y se acercó a ella. Isabel rondaba los cincuenta años, vestía un traje oscuro con falda, y ceñía su cuello un collar de perlas. Las perlas son una cosa molesta que entra en una ostra, y se convierte en algo valioso por acumulación de mucosidades. Le pareció una interesante analogía con su situación en el colegio. Marcos también se fijó en su cuello, y en lo fácil que sería retorcérselo como una gallina. Le sobrevino un ataque de risa al imaginarse a Isabel despatarrada, con el cuello en un ángulo raro. No es que pensase matar a nadie, por supuesto, pero una cosa es lo que haces, y otra lo que piensas. Isabel era la encargada de contabilidad del colegio, pero si nos ateníamos a lo que ella misma decía de su trabajo, cualquiera diría que su cometido había sido encomendado por un arbusto en llamas en un monte sagrado.

—Acompáñame —le dijo.

Marcos la siguió hacia las escaleras. Isabel trataba mucho con los hermanos que vivían en el último piso del colegio, ya que también era la sede de la orden de San Rafael Mártir, en el país. Tres pisos para las aulas, y el cuarto para la residencia de los hermanos. Tenían su propia escalera de acceso a la residencia, y los alumnos tenían prohibido utilizarla. Se suponía que era porque el ruido de los alumnos y el ajetreo de charlas y mochilas les impedía alcanzar el estado de paz mental necesario para desarrollar su cometido en la vida, que venía a ser no hacer nada. En tales circunstancias, está claro que cualquier cosa impide que hagas nada.

Siempre que Marcos subía por esas escaleras, se imaginaba a los hermanos colgados boca abajo del hueco, con sus hábitos invertidos en torno a sus cabezas. Como murciélagos, acechando por si algún niñito descarriado se acercaba. En ese momento se descolgarían, descendiendo como medusas con sus hábitos acampanados, para hacer desaparecer al infante bajo sus ropajes medievales. Pobres niños. Marcos pensó que las bromas con la pederastia eclesiástica no eran de muy buen gusto y estaban muy trilladas, y se sintió culpable por bromear con ello, aunque fuera de pensamiento. Por supuesto, en su trabajo, tales bromas eran impensables y anatema, motivo de despido inmediato. Supuso que se debía a que a nadie le gusta recordar que pertenece a una organización en la que no ser un pedófilo es un requisito deseable, aunque no obligatorio.

Isabel era una tirana, y a la vez una cobarde. Bien pensado, no era una rara combinación. Los tiranos solo lo son con los más débiles, y Marcos no era débil. Tampoco especialmente fuerte. Más bien era cabezón y terco como una mula, lo que le volvía inamovible e impermeable a la estupidez a la que se exponía de 9:30 a 17:30, de lunes a viernes.

Isabel servía a la orden de hermanos de San Rafael Mártir (o Martrir) con un celo que ya le hubiera gustado a Torquemada, a la vez que se llenaba la boca de ideas y sugerencias para ayudar a los necesitados. Cuando una familia del colegio no tenía dinero para pagar la mensualidad, era con ella con quien hablaba y suplicaba. Isabel les atendía con educación y cordialidad,  les decía que no se preocupasen, y que no padecieran, que se hacía cargo. Luego se dedicaba a airear las miserias de esas familias con todo el que acudiese. “Está en el paro, pero siempre la veo en el bar, bebiendo”, “el agua es barata, ¿qué le costaba lavarse?”, “mira que huele mal”, “esa es una familia de guarros, no hay más que verles”… y cosas por el estilo. Pero lo mejor era cuando atendía a inmigrantes, ya que combinaba racismo e incultura: “vienen aquí y reciben todas las ayudas, y a los españoles nada”, “que se vayan con el pañuelo al colegio público, que aquí no les queremos, que seguro que son de Al Qaeda”. Marcos, en tales ocasiones, asentía, o respondía “esto con Franco no pasaba, que mira que hizo embalses, y cuando entró en Barcelona todo el mundo le fue a recibir”. Y tan amigos. Marcos se odiaba a sí mismo por no contestarla nunca, y eso se iba enquistando.

Llegaron al despacho del Hermano Provincial. Tenía un nombre, pero nadie lo sabía, o al menos nadie lo usaba. Era el Hermano Provincial. Punto. Sonaba ominoso, sonaba poderoso. A Marcos le sonaba a provinciano, a rural. Además, estaba seguro que Isabel y el Hermano Provincial tenían un rollo. Isabel sería sumisa, y de rodillas recibiría la carga del provincial en su cara (con gafas, que los bukkakes son todo risas y diversión, hasta que alguien pierde un ojo). Luego le diría algo como: “Que rica meriendita, Hermano Superior.” Le pegaba llamar al glande cosas como “guerrero púrpura”, o “cíclope colosal”, todo muy de novela rosa. Marcos sonrió para si mismo.

Isabel llamó a la puerta, la abrió, e hizo entrar a Marcos. Marcos entró. La puerta se cerró a sus espaldas. Ahí algo ya le olió mal, porque si la rata abandonaba el barco, era porque corría un mínimo riesgo.

El despacho tenía un escritorio de caoba, cuadros al óleo de niños jugando en un pajar, un aire acondicionado de respiración asmática, y cortinas de lino blancas. El Hermano Provincial le hizo un gesto para que se sentase frente a él. Tenía unas cuantas hojas delante, sobre la mesa. Marcos se sentó, y entrecerró los ojos. La amplia frente del Hermano Provincial estaba perlada de sudor. Era una especie de Sr. Burns, el de los Simpsons, pero con gafas. Y le tenía miedo.

Marcos era un hombre paciente y tranquilo, pero medía más de metro ochenta, y pesaba más de cien kilos. Como se estaba quedando calvo, se afeitaba la cabeza, y para compensar sus carencias superiores, dejaba la barba de su perilla crecer larga, más negra y salvaje que Naomi Campbell en San Patricio. También tenía tatuajes por el torso y los brazos, y en su conjunto parecía el tipo de persona que acostumbraba a frecuentar garitos cuyo suelo estaba delimitado por siluetas de tiza y serrín meado.

Lo que son las apariencias.

El Hermano Provincial comenzó a leer. Marcos dejó de escuchar tras oír lo de “extinción del contrato”. De vez en cuando, alguna de las acusaciones y faltas que le estaban recitando llegaba hasta su cerebro. Lo despedían de forma disciplinaria, por acumulación de faltas leves, graves y muy graves. Las que no eran falsas, era manipulaciones de la realidad, para que pareciese culpable de los errores de otros. Como los del inepto director Enrique. Entonces recordó las palabras de la antigua directora, antes de marcharse del colegio para siempre: “Anda muy fino, que si pueden, te despiden”. No hizo caso, porque Marcos pensaba que, después de seis años trabajando como secretario con eficiencia metódica, era indispensable. Craso error. Nadie es indispensable. El verano anterior había acudido a una boda, y uno de los invitados que se sentó junto a su mesa era abogado laboralista. En ese momento le sacudió el recuerdo, como un flashback peliculero. Casi pudo notar ondularse la imagen a su alrededor, mientras volvía atrás en el tiempo.

—Pues con la crisis hay más despidos, y las empresas cada vez son más amorales. Despiden a todos sus trabajadores por expediente disciplinario —dijo Ramón, el abogado, mientras cortaba un pedazo de cochinillo confitado con miel y mango.

—¿Pero eso no se tiene que demostrar? —preguntó Marcos, apuntando con el cuchillo distraídamente.

—Sólo si es verdad. Pero ahora piensa. Despides a una persona de esta forma, y te ahorras la indemnización que le corresponde. Si no reclama, te ahorras una pasta. Si reclama, tienen que acudir a la conciliación, donde el trabajador puede pactar aceptar algo menos de lo que te toca, y la empresa sigue ganando. Si llega a juicio, y pierda, pagará lo que le correspondía, nada más. Y el coste de sus abogados, pero para esas empresas eso es lo de menos. Las ganancias exceden con mucho las pérdidas.

—¿Por qué iba a conciliarse alguien, si sabe que las acusaciones son falsas?

—Porque la justicia en este país es un asco. Puedes esperar uno o dos años hasta que se celebre el juicio, y según el juez que te toque, nada indica que vayas a ganar, aunque no haya pruebas claras.

—Que mierda.

Todo onduló a su alrededor de nuevo.

Regresó al despacho del Hermano Provincial. Le acaban de despedir. Con efecto inmediato. Tenía que dejar las llaves y las contraseñas de sus ordenadores. No podía despedirse de nadie. Ahora. Ya. Vete.

Dejó las llaves. Apuntó las contraseñas en un post-it del color de la orina. Descendió las escaleras como un zombi en descomposición, hasta su despacho, donde recogió sus cosas. Sintió ganas de llorar. Le sobrevino un retortijón. Parecía un aviso de un seísmo. Las réplicas podrían ser peores, y Marcos necesitaba usar el retrete, porque vivía a treinta kilómetros del colegio. No llegaría a tiempo. Sintió nauseas también. Un sudor frio le recorrió la palma de las manos. Era como si todo el odio y la frustración quisiese salir por cada poro y orificio de su cuerpo. La asimilación de su despido estaba exorcizando su angustia vital.

Entonces, algo se rompió en su interior.

Enajenación Mental Transitoria diría semanas más tarde su psicólogo, pero en ese preciso momento, a Marcos le pareció un atajo al Nirvana.

Pidió permiso para usar el baño. Se lo dieron, sin duda porque temían que se fuese a desmayar, y no querían publicidad ni escándalos. Querían que se fuese sin hacer ruido.

Cerró la puerta del servicio y se miró en el espejo. Se mesó la barba. Le sobrevino otra arcada, pero no vomitó. La bilis subió y bajó por su garganta, abrasiva y acre.

Se desabrochó el pantalón, y se sentó.

Toda su mala leche, la ira que había ido acumulando, la frustración por su trabajo de mierda, el recuerdo de las malas caras de Isabel y los malos modos de Enrique, las miradas bovinas del resto del equipo directivo, y, en general, todo lo malo, hediondo y desagradable de ser secretario en San Rafael Mártir (o Martrir), todo comenzó a reunirse en un punto de su cuerpo.

Su organismo se dedicó a la tarea de reunir todas esas malas sensaciones, y darles forma física. Minuto a minuto, sus vísceras concentraron toda la podredumbre en un cuerpo oscuro. Una entidad mefistofélica, digna de Fausto, que comenzó a emerger del cuerpo de Marcos. La cabeza negra atisbó el mundo exterior, y fue empujada, impelida intestinalmente rumbo a su lecho sanitario. Marcos apretó con todas sus fuerzas, pero el ser casi tenía vida propia y pugnaba por salir, como un alien. Se retorcía en su ojal, crecía a un ritmo vertiginoso, más ancho, más largo, más oscuro. No era una deposición normal, era la deposición esencial, la madre de todas ellas, la destilación de un anhelo, fruto de una alquimia orgánica sobrenatural. Que pedazo de mierda era.

Marcos se aferró a la tapa del retrete, se mordió el labio inferior. Aguantó su impulso de gritar. Estaba dando luz al uróboros, la serpiente que se muerde la cola y simboliza el esfuerzo eterno. Su ano se dilataba con cada contracción, amenazaba con fisurarse, temblaba al límite de su elasticidad. Pero el mal seguía manando de su culo, alimentándose del dolor, el miedo, el asco y la ira de su progenitor.

Y el olor. Era un olor denso, tan espeso que nublaba la vista, tan caustico que amenazaba con desportillar la pintura amarilla de la puerta, mefítico, hediondo, nefando. Ese olor era una cartilla de visita, anunciaba a su portador desde varios metros.

Con un último estertor ventral, la bestia cayó. Un chapoteo tan solemne como una campanada dio por concluida la obra. Marcos se levantó y contempló con amor parental a la bestia. La vio sumergida en el retrete, y decidió que debía oficiar el rito de su bautismo, por inmersión.

Marcos introdujo los dedos de su mano derecha en el agua, y la tomó por uno de los extremos, como si fuese la cabeza. A pesar del agua fría, noto la tibieza en su cuerpo compacto. Le pareció tan grande que podría apresar el mundo entre sus formidables anillos,

Y la llamó jormungand, como la serpiente que durante el Ragnarok saldría del mar, y envenenaría los cielos. Era una mierda, digna del fin del mundo. Beato de Liébana tendría que haberle dedicado un par de páginas en su Comentario al Apocalipsis de San Juan.

Salió del baño sin abotonarse el pantalón, con la deposición en la mano. La hebilla del cinturón tintineaba a cada paso, como un procesionario con una santa imagen. Ascendió las escaleras de los hermanos, rumbo al despacho del Hermano Provincial. Marcos siempre había sido un poco iconoclasta, pero reconocía que su deposición merecía un altar de oro. Por cosas como esta existe la coprofilia.

Entró en el despacho del Hermano Provincial de una patada, con el ímpetu de Atila, la obstinación de Miguel Strogoff y la incandescencia anal de un mandril. Estuvo a punto de tropezar con su pantalón, que se había deslizado hasta sus tobillos. Ignoró los rebuznos indignados de los presentes: el Hermano Provincial, la administradora Isabel, el director Enrique, y uno de sus sicofantes, el jefe de estudios Baigurriño. Y les mostró su hijo. Heze Homo, el hombre de heces. Toma referencia bíblica.

Arrojó su carga con la misma exultante felicidad de un chimpancé. Impactó de lleno contra la nariz de Enrique, que como un rompehielos la dividió en dos partes que salpicaron a su alrededor.  Tanta fue la fuerza del impacto, que Enrique cayó hacia atrás. La metralla de mierda cayó sobre la mesa, los cuadros de niños, las cortinas de lino, y el resto de reunidos.

Marcos salió corriendo, liberado, gritando, presa de una euforia explosiva. Casi se descalabró al bajar las escaleras a saltos, aún sin abrocharse el pantalón. Corrió por el hall de entrada, se apoyó en una esquina, donde dejó su huella, y salió por la puerta, hacia la libertad.

Ya en el exterior, sacó con la mano limpia su iphone del bolsillo, que vibraba. Era su mujer.

Un patriarca gitano le vio detenerse desde la silla del bar donde pasaba consulta. Negó con la cabeza. Empezaba a llover. Más fango.

—¡Mara, lo he hecho! —dijo Marcos.

—Cariño…

—¡Tendrías que haber visto su cara! Les…

—Estoy embarazada otra vez.

Marcos se pasó la otra mano por la frente, con consecuencias marrones.

Suspiró.

—¡Que mierda!

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Carlos Díaz.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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