Preludio cyberpunk en inocencia menor

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Cuando Yoko salió del local por la puerta trasera, hinchó sus pulmones como si hubiera estado a punto de ahogarse. Dejó atrás el calor sofocante, el incienso barato que apenas enmascaraba el humo, y los perfumes pegajosos y almizcleños de las fulanas. Yoko pensó que quizás ahora era una puta, después de lo que había pasado en esa habitación. Recordó que su madre le explicó que lo sería si se dejaba hacer eso. Bu le explicó una vez que una puta es la que cobra por ello, pero a Yoko no había ganado dinero. Solo había sufrido dolor.

Detrás suyo, Hiro hablaba con una vieja cuyas piernas ortopédicas se arqueaban bajo el kimono entreabierto. La anciana no paraba de inclinarse, sonreía, sus dientes de oro captaban las luces de las paredes y los hacían destellar. Hiro se despidió de la vieja, y se acercó. Hiro. Antes de llamarle Hiro, Yoko le había llamado por otro nombre. Uno más cercano. Pero Yoko decidió que a partir de ahora sólo lo llamaría Hiro. Suena como “héroe” en inglés, le habían dicho una vez. Pues vaya mierda de héroe. Yoko siempre quiso aprender inglés, para poder impresionar a alguien en la ciudad de arriba, y que la contratara en algún trabajo que no implicase pasarse el día rebuscando en la basura entre toneladas de desechos electrónicos, respirando los efluvios venenosos del plástico quemado, apilando hilillos de cobre humeantes como si fuera un plato de noodles caliente. Pero ahora que quizás se había convertido en una puta, ya no tenía mucho sentido. Solo necesitaría saber abrirse de piernas, y contar monedas.

En el callejón había oscuridad y niebla. Húmeda, pegajosa, pero mucho más agradable que todo lo que había dejado atrás. No sabía donde había dejado el abrigo rosa que le venía grande, y la piel de los brazos se le comenzó a poner de gallina. Hiro había insistido en que se vistiese con el impoluto uniforme escolar que estaba preparado sobre la cama. Ahora estaba arrugado y manchado, y le faltaba un botón a la falda azul. Le pareció que entre la bruma algo la acechaba. Los neones parpadeaban y zumbaban con un soniquete eléctrico que le recordaba a la granja de grillos de Pájaro Glorioso.

Hiro apareció por detrás, la empujó con su cuerpo grande que aún apestaba a sudor, emitió un gruñido ininteligible indicándo que caminase. Era como un inmenso jabalí, con los dientes amarillos torcidos y una barba espesa y áspera. ¿Y ahora que sería de ella? ¿Volvería a casa? Si su madre se enteraba de lo que había pasado, la echaría bronca, la pegaría con la correa, o algo peor. La última vez que su madre pensó que se había insinuado a Hiro como una vulgar meretriz -eso la llamó, meretriz, que Yoko supuso que era otra forma de llamar a las putas- le arrojó el agua que estaba hirviendo en un cazo al fuego de la cocina. Apenas le alcanzó la espalda y el cuello, pero le salieron ampollas que duraron semanas. “Por qué tienes que ser tan guarra”. Estuvo dando la vuelta a esas palabras toda la noche, mientras intentaba dormir, boca abajo, porque la espalda le quemaba todavía. Pájaro Glorioso la curó con un ungüento que olía a aloe y aceite de motor, y le dijo que no se lo tuviese en cuenta a su madre. Que no era ella la que hablaba, sino el diablo de la botella que se había metido en su cuerpo. Pues a Yoko le pareció que sí que fue ella. Vaya que si.

Perdida en los recuerdos, apenas percibió un destello que voló por encima de su cabeza con un silbido, y golpeó con fuerza a Hiro, por detrás. Algo líquido le salpicó el rostro al instante. Hiro intentó agarrarse a su hombro con una mano, mientras se llevaba la otra a la nuca, gritó y se derrumbó. Yoko también gritó, cayó al suelo, se laceró las palmas de las manos y las rodillas, pero volvió a ponerse en pie sin saber qué estaba pasando. Entonces vio las siluetas que la rodeaban, que habían acechado en las tinieblas, entre la bruma, esperando el momento para atacar.

Se volvió hacia Hiro, pero había caído boca abajo y no se movía. La culpa la tenía el cuchillo que se había alojado en su nuca. La sangre manaba lentamente de la herida, se extendía por el pavimento sucio como una sombra oscura.

Quiso correr, pero al levantarse se mareó, sintió una arcada, y tuvo que apoyarse en la pared, junto al dintel de la puerta por la que acababa de salir. Miró a su alrededor.

Los edificios cercanos apenas eran sombras que parecían encorvarse sobre ella, la hacían sentirse más pequeña, más miserable y sola de lo que se había sentido nunca antes. Cubrían sus superficies verticales con anuncios de neón y hologramas parpadeantes, embrujados por los espectros pop-up del marketing holográfico.

Yoko retrocedió un paso, apartó el pie de la mancha creciente de sangre. Una de las piernas de Hiro aún temblaba, sacudiéndose con espasmos postmortem. Yoko se sobresaltó, dio otro paso atrás. Aún así, no le intranquilizó tanto como las siluetas indefinidas que mantenían la distancia y el silencio. Una de ellas había arrojado el cuchillo, y quizá tuviese más. La acechaban seis siluetas femeninas, y una séptima mucho más grande y musculosa. Una de esas formas se acercó, sus botas pisaron un charco. Bajo la luz de uno de los muchos neones del callejón, Yoko descubrió que la que se aproximaba era una chica joven, poco mayor que ella. Yoko la miró de abajo a arriba: botas militares rosas, medias negras de calaveras, una falda naranja de tul, un corpiño de cuero verde, mitones y abalorios. Su rostro estaba maquillado de forma igualmente colorista: los labios de fucsia, sombra de ojos violeta, colorete cian. El pelo recogido en dos coletas con extensiones azules y púrpuras. Y un bolso de oso panda con manchas de estrella en los ojos.

Yoko comenzó a temblar. No quería ser una puta, pero tampoco quería morir. La chica se detuvo junto a ella, sin mirar siquiera el cadáver de Hiro. Le pasó el pulgar por la mejilla, le retiró una gota de sangre.

—Ese ya no te hará daño.  ¿Cómo te llamas?

Yoko no respondió. Temía equivocarse y que también la matasen. Por lo que había hecho en el segundo piso del Club Parnaso. Buscó una ruta de escape a su alrededor, pero ni la calleja oscura, ni el coche oxidados y desmantelado le ofrecieron mucha confianza. Otro pasadizo se abría entre contenedores de basura y finalmente, junto a su espalda, la puerta de servicio del burdel por el que acababa de salir. Quizás pudiese volver a entrar en el burdel, pedir auxilio. Todo había sucedido tan rápido que aún no lo había asimilado. Tomó aire, intentó tranquilizarse, pero no lo consiguió. Contempló sin ver el cadáver obeso, a sus pies, con el cuchillo clavado en la nuca hasta la negra empuñadura. Sintió un escalofrío recorriendo su espalda, mitad miedo, mitad frío.

—Escucha, está muerto. Lo hemos matado. Te hizo cosas malas, ¿verdad?. Somos amigas.

Mascaba chicle al hablar, olía a mandarina química. Al ver que no obtenía respuesta, la chica hizo un gesto a las otras siluetas que aguardaban, para que se acercaran.

—Mira, haremos una cosa;nos presentaremos. Me llamo Nanami, aunque todo el mundo me llama Idol. Soy la vicepresidenta de las Bakenekos, y somos tus rescatadoras. Limpiamos el mundo de tipos como ese. Chicas, dejad que os vea.

Se acercaron. Yoko retrocedió otro paso, hasta apoyarse en la pared. Notó la aspereza afilada del ladrillo en sus clavículas, y como se enganchaba en ella el uniforme escolar que Hiro le había obligado a llevar durante todo el rato que estuvo sobre ella.

Volvió a mirar el cuerpo muerto. No pudo aguantarlo más, los recuerdos regresaron, y sólo las lágrimas parecían capaces de ahogarlos.

—No llores, no sirve de nada. ¿Cómo te llamas? —repitió Nanami.

—Está en shock, Idol. Dale tiempo. Y más después de la noche que ha debido pasar —dijo una voz femenina más grave y autoritaria.

—Tampoco debemos perder mucho tiempo, presidenta —respondió.

—Dale dos minutos.

Nanami asintió.

La que acababa de hablar era una chica mayor. Tendría unos veinte años y estaba claro que era una cyborg. Implantes y mejoras artificiales en un cuerpo orgánico. Lo supo por los ojos que cortaban la niebla con un fulgor azul, por los brazos articulados cubiertos de adhesivos de marcas que no reconocía, y por los dedos de acero o titanio que se flexionaban como garras. La recién llegada caminó hasta el cadáver, agarró la empuñadura del cuchillo clavado en el muerto, apoyó la suela de sus botas en la cabeza cubierta de cabello oscuro, y con un tirón seco extrajo el arma. Limpió ambos lados en la chaqueta del cadáver y lo enfundó en una vaina que llevaba en la cintura.

Nanami volvió a hablar:

—Cuando tenía tu edad quería ser una idol del xtreme-pop. Pero no pudo ser. Tú también seguro que tenías tus sueños, y hoy igual te han roto alguno. La vida te machaca si no la machacas tú primero. Mira, toma, esto es lo mejor que puedo hacer por tí — Idol rebuscó en su bolso, y extrajo un chupachups de melón —aunque sea para quitarte el sabor de la boca.

Se lo tendió. Al ver que no lo cogía, lo volvió a guardar. Idol encogió los hombros con resignación, y se dedicó a mascar sonoramente el chicle que tenía en la boca. Hizo un globo pequeño, se lo introdujo en la boca de nuevo, lo reventó con los dientes.

Otra de las siluetas se acercó. Parecía un chico vestido de mujer. Un travesti adolescente, con el cabello negro planchado, y ropa de charol también negra, repleta de cremalleras. Los labios pintados de rojo, los pómulos sobresalientes con colorete, la mirada cansada bajo la sombra de ojos cenicienta.

—Mira, a mí también me pasó lo mismo que a ti —le dijo el recién llegado. Había algo en su voz que no parecía natural, como un falsete —. Te vendieron tus padres, ¿verdad? Seguro que no les quedó más remedio. ¿O te secuestraron? No, no en este barrio, no este tipo de usuario —señaló el cuerpo fofo. La cabeza había quedado girada hacia ella, los ojos abiertos como un besugo pasado sobre la cama de hielo de una pescadería —. Pero no puedes volver con papá y mamá, porque se meterán en un lío. El que te compró y luego te vendió a este gordo era seguramente un intermediario para las mafias sexuales de Bajociudad. Si regresas con ellos, pensará que les ha estafado, tomarán represalias. Y tu comprador podría tener amigos. Mejor que parezca un simple asesinato. Hay decenas al día en esta zona, nadie va a buscar nada. Estarás segura con nosotras. ¿Cómo te llamas, cielo? A mí todas me llaman Dómina, pero que no te asuste el nombre o las correas, no mataría ni a una mosca. La del cuchillo es Nyx, estuvo en el ejército, es nuestra jefa. Mira como la hoja de acero refleja sus ojos cibernéticos, es precioso. Parecen dos lunas de hielo incandescente. Ay, no dejes que desvaríe… somos las Bakenekos, como te ha dicho Idol. Nos encargamos de liberar a chicas como tú, de cerdos como él —abrió la mano en dirección al cuerpo en un gesto artificioso, como una azafata señalando una salida de emergencia —. Te prometo, cariño, que seremos amigas. Todo se solucionará.

—Yoko —dijo la niña.

—¿Qué? —preguntó Idol.

—Ha dicho Yoko —explicó Dómina —. Es su nombre.

Idol bufó, hizo otro globo con el chicle, pero le estalló y se le pegó a los labios. El chasquido sobresaltó a Yoko.

—No era tan difícil decirlo —dijo Idol mientras se despegaba los restos de chicle.

—Tienes que tener más empatía, cielo —la amonestó Dómina —. Sobre todo después de lo que ha debido pasar. ¿Cuantos años tienes, Yoko? ¿Once?

—Doce.

—Doce. Mira, Yoko, yo tenía once cuando me pusieron al servicio de un sacerdote bionicista. Me obligaba a hacerle mamadas para compartir su fluido conmigo, para alcanzar la entelequia espiritual, o eso me decía. ¿Sabes lo que es una entelequia?

Yoko negó con la cabeza.

—Yo tampoco. Aguantó con mis mamadas hasta que tuve catorce. Entonces empezó a follarme por el culo, y lo estuvo haciendo dos años más. Ahí ya me escapé. A los diecisiete no le atraía tanto, y se relajó. Se aburrió de mi. Me hubiera gustado clavarle un cuchillo en los ojos, cortarle la polla, rajarle el cuello, matarle como hemos hecho con ese —señaló al cadáver, escupió con fuerza —, o que alguien lo hiciera por mí. Rece a quien me escuchase… pero al final siempre tienes que ser tú quien haga las cosas. Como siempre fui una cobarde, me tuve que conformar con huir. Vagabundeé y me gané la vida como pude, de formas que no me enorgullezco. Y me refiero a robar a gente que necesitaba el dinero, no a vender mi cuerpo. Eso sí que es digno, no hay vergüenza en ello. Y encontré un hogar. Las Bakenekos se convirtieron en mi nueva familia. Ahora tengo diecinueve años, y tan mal no he salido… ¿No?¿Quieres venir con nosotras, mientras te lo piensas? No deberíamos quedarnos mucho tiempo por aquí. Hay muchas malas personas, y no queremos que te encuentren: pederastas, traficantes de carne, yakuzas, policías… Malas personas como ese de ahí —volvió a señalar al cuerpo tumbado boca abajo, inerte. Yoko le siguió la mirada, se mordió el labio inferior. Una mala persona, como ese de ahí. Eso estaba claro.

—¿Y a dónde… a dónde voy a ir ahora? —preguntó Yoko.

—¿Dónde vivías? —respondió Dómina.

—En las galerías 17-18, en Nezumi City.

—Eso está en las afueras, bajo la bahía, ¿no? Cerca de los Muelles Secos, ya sé donde dices. Cielo, estamos en la superficie. ¿Has salido alguna vez a la superficie?

Yoko negó con la cabeza, sin dejar de mirar a Dómina a los ojos. Alguna vez había subido a las estaciones, pero nunca hasta arriba del todo. Así la convenció Hiro de ir con ella.

—Era mi primera vez.

Los ojos del travesti eran marrones, tristes pero agradables. A lo lejos, unas sirenas de policía comenzaron a sonar; su gemido reverberaba entre las calles altas y estrechas. Al poco se alejaron.

Las siluetas restantes se acercaron a Yoko. Había un hombre grande, sin pizca de pelo en su torso o cabeza, cubierto de cicatrices y escarificaciones y dibujos de gatos con dos colas y ojos de fuego. Parecían hechos con rotuladores. Llevaba un bozal de cuero, arneses de vinilo repletos de anillas, y una palanca de hierro como la que usaba Pájaro Glorioso en el vertedero. Recordar al anciano de Nezumi City le hizo sentir una punzada de añoranza. ¿no volvería a ver a Bu y su pipa de vidrio, donde compartían opio después de pasar el día sacando cobre? Era cuestión de tiempo que alguien encontrase su preciado tirachinas de doble goma, con el que lanzaba tornillos a los perros de Marullero, y se lo quedaría. Su mayor tesoro, que de tantos apuros le había sacado. Y lo peor de todo era que, después de lo que acababa de hacer, ya no podría casarse. Volvió a pensar en su madre y en el diablo de la botella que tenía dentro. Seguro que le echaría la culpa de lo ocurrido, porque siempre iba provocando, y normal que le pasase esto. Puta. Zorra, guarra, cochina. Eso le diría. Siempre tenía que ir por ahí, exhibiendo su juventud y su boca de chupadora.

Yoko lamentó la pérdida de su virginidad. Ella la estaba reservando para poder casarse, para tener una buena dote. No se la entregó a Pájaro Glorioso, ni a Marrullero, a pesar de que le ofrecieron mucho por poder metérsela. A Bu se lo enseñó, pero Bu sería su novio, cuando encontrase trabajo fuera de Nezumi City. Pero ahora Bu ya no la querría. Ya no era virgen. Había sangrado poco, pero las ingles y la vulva le dolían muchísimo. Y el corazón también le dolía. Y el alma, si es que eso era posible. Ya no tenía familia, ni vida. Quería morirse.

Junto al hombre del bozal aparecieron las dos chicas restantes, que hasta entonces habían permanecido apartadas. Eran algo mayores que ella. Una llevaba las sienes rapadas y tatuadas con lineas negras que parecían retorcerse como gusanos, y una cresta azul muy alta. Estaba armada con una escopeta que colgaba con una correa de su hombro, pantalones de camuflaje, y un top gris en el que se le marcaban los pezones. La otra vestía con una gabardina abierta de charol rojo, y tenía el pelo corto teñido a juego. Debajo de la gabardina se intuía una minifalda de cuadros gris con hebillas, y una blusa de volantes color hueso. Tenía el rostro cubierto de pecas, millones de ellas.

—Estamos en un barrio que todo el mundo llama Sing Song —dijo la de las pecas con una voz dulce, casi un susurro. Tenía los ojos muy abiertos, la miraba como si quisiese traspasarla —. Las chicas de los callejones Sing Song tienen su propia canción, ¿te la sabes?

“Cantan toda la noche,

hacen surcos de amor,

lloran y gritan tu nombre,

por una moneda o dos.

Y si tienes suerte,

partirán tu corazón.”

—Así dice la canción, ¿la conocías? No, no creo que la conozcas, me la acabo de inventar. Mira, ya conoces a Idol, que tiene quince años, será para ti casi como una hermana mayor. Una hermana gruñona que te quitará la ropa, pero eso está bien. Yo tenía una hermana mayor, pero ahora ya no. Así que tener una hermana mayor gruñona está mejor que no tenerla, aunque te quite tu ropa favorita, porque puedes jugar con ella. Nyx da miedo, pero no te hará nada. Estuvo en el ejército, por eso tiene la mirada tan dura. Por lo que le hicieron, por lo que hizo, y por lo que aún tiene que hacer. Es nuestra presidenta. Yo no soy nada en la banda. La bufona, si acaso. A Nyx los ojos le brillan porque son implantes, ya te lo ha dicho Dómina. A Dómina le gusta Nyx, pero, tsch tsch, es un secreto —Dómina sonrió, Nyx no mostró ninguna emoción. — Azules como el mar bajo el sol del mediodía. ¿Has visto el mar alguna vez?¿Y el sol del mediodía? No te preocupes, con nosotras lo verás. O no, quizás no vivas lo suficiente. Ese es Mulo —señaló al varón corpulento y pintarrajeado —, es el único hombre que dejamos unirse al grupo porque no es como los demás. Los mulos son estériles. No habla nada, pero es muy muy fuerte. Yo no sé su historia, quizás tu la llegues a descubrir. Es el único hombre he dicho, no me mires así. Dómina fue un hombre una vez, pero ahora ya no, así que no te confundas. Y estas son Scyla y Charybdis —señaló a la chica de la cresta y la escopeta —. No pasa nada si sólo ves una chica. Son dos, hermanas gemelas. Comparten un cuerpo, es largo de explicar. Mola su cresta azul, ¿eh? El azul nos gusta mucho por aquí. Y yo soy Deviant. Me gusta mucho cantar y dicen que no estoy bien de la cabeza. ¿A ti te gusta cantar?

Yoko negó, porque no le gustaba cantar.

—Venga, tenemos que irnos —dijo Idol —¿Vienes o te quedas? —Yoko percibió una mirada admonitoria de Dómina a Idol. Pero Nyx la apoyó,dijo:

—Yoko, ven con nosotras. Te llevaremos al Mercado del Mar, conocerás a Vieja Ocho Ojos, y si te acepta, podrás vivir con nosotras. O puedes quedarte aquí, la decisión es tuya.

—Y cantaremos canciones de amor —apostilló Deviant.

—Mi padre…

—Tu padre para ti debería estar tan muerto como ese de ahí —dijo Nyx a Yoko, señalando el cuerpo inerte. —Pero si quieres volver a Nezumi City, que no es más que un nido de ratas, a quemar cobre para tener basura que comer, vete. Sé cómo es ese sitio, lo he visitado antes. La vida es dura, y tienes doce años. Decide.

Yoko sintió un deseo incontrolable de llorar. Dejó que la espalda se deslizase por la pared de ladrillo, rasgándola el disfraz de colegiala que había usado esa noche. Se palpó los moratones de los muslos. Sucumbió al deseo y lloró, cubriéndose el rostro con las manos.

—Nos vamos. Adiós, niña —dijo Nanami. —Por ese callejón, al final está nuestro coche. Iremos despacio hacia allí. Si vienes antes de que arranquemos, genial. Y quizás te aceptemos en las Bakenekos, si tienes coraje. O te puedes quedar aquí, a la espera de tener la suerte de que quien te encuentre se conforme con violarte sin pegarte mucho. Pero es cosa de unos días que alguien encuentre tu cuerpo atascado en una esclusa en algún canal. Adiós, más veces no lo diré.

Yoko alzó la cabeza. Nanami la miraba con dureza. Nyx también la miraba, pero sus ojos azules cibernéticos eran apáticos. Las gemelas en un solo cuerpo cuyos nombre no recordaba le hicieron un gesto de despedida, apenadas. Su cresta azul hendía la bruma como un rompehielos. Mulo le dio la espalda sin siquiera mirarla, como si la cosa no fuera con él. Dómina le tendió la mano, musitó un “por favor”. Fue poco más que un mero susurro. Deviant, con su gabardina roja y su pelo aún más rojo, se alejó cantando la canción de “Las Chicas Sing Song”, aunque había variado alguna palabra. Domina fue la última en darse la vuelta, pero al final Yoko se quedó sola.

Todas, una a una, fueron engullidas por la niebla. Sólo sus pasos alejándose evidenciaban que no se habían disuelto en el aire.

Yoko quedó sentada en el suelo. Comenzó a temblar, sorbió por la nariz. Jugó con el dobladillo de la falda del uniforme escolar, apretó los dientes, se puso en pie. Le pareció oír la puerta de un coche abriéndose a lo lejos. Corrió hacia el callejón por el que se habían marchado, ya decidida a irse con ellas. Quizás no era la mejor idea, quizás sí. Pero eran chicas, eran fuertes, y quizás de ellas aprendiese a defenderse de los hombres.

Y a estas alturas, ya no tenía sentido decirles que el muerto, Hiro, era su padre. Así que simplemente corrió en pos de una nueva familia.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

2 comentarios en “Preludio cyberpunk en inocencia menor”

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