San Gabriel (II)

foto pasadizo secreto

     Clara se acercó al balcón, retiró la cortina y contempló las primeras luces del alba. Ya se estaba haciendo de día, pero ni los primeros rayos de sol consiguieron tranquilizarla.

Después de todo lo ocurrido la noche anterior, no había sido capaz de volver a pegar ojo. Aún con Charlie haciendo guardia en la habitación.

Horas después de lo ocurrido todavía le daba vueltas al asunto y no había encontrado más que una respuesta. En la habitación debía  de haber alguna otra entrada a parte de las que ella cerró al acostarse. No podía haber otra respuesta más que esa. Pero ¿dónde? Habían buscado por todo el cuarto, hasta que el cansancio había empezado a hacer mella en ellos.

Derrotada se echó en la cama sobre la colcha y observó a Charlie, que con los ojos cerrados y la capucha de la sudadera puesta,  parecía dormitar recostado en el sillón.

¿Cómo podía dormir en una situación así?

Él pareció escuchar sus pensamientos,  ya que al momento abrió un ojo y le lanzó  una mirada interrogante.

—¿Has podido descansar algo?

—No. Nada— le contestó con apenas un susurro.

Charlie la contempló durante unos segundos. Clara estaba segura que aún sin sus gafas puestas, debía verla horrible allí tirada con ese chándal que le habían hecho llegar con el uniforme al ingresar en el San Gabriel. Quiso apartar la vista de él, pero algo llamó su atención.

—No te muevas. Quédate quieto un momento.

Sin decir nada más, de un salto Clara se levantó de la cama  y fue directa hasta donde se encontraba Charlie. Se detuvo ante él, alargó el brazo y tanteó justo la pared situada a su espalda.

Nunca se habría fijado en la grieta de esa pared si no hubiera sido por el rayo de sol que en ese momento se colaba por el balcón hasta incidir de forma concreta sobre su compañero.

Palpó la fisura con la yema de los dedos. La raya encajaba a la perfección con la forma del papel pintado de la pared, pero se notaba de forma clara al tacto que era algo más gruesa que una simple junta. Bien podría ser  una  puerta que al cerrar ajustar de forma perfecta.

Con un movimiento rápido Charlie apartó el sillón a un lado y empujó la pared con ambas manos, pero la pared no se movió. Optó por apoyar su hombro y utilizar el peso de su cuerpo, pero tampoco sirvió de nada.

—Tiene que haber alguna forma— masculló entre dientes.

—Vamos a intentarlo de nuevo. Ven, ayúdame.

Empujaron los dos al unísono y la pared cedió unos centímetros hacia dentro, se deslizó hacia un lado y dejó al descubierto un pequeño habitáculo oscuro del que emergió un fuerte olor a tierra y humedad.

—Me parece que aquí está la respuesta que buscabas, chica.  Vamos a ver a dónde conduce esto. No te separes de mí.

Sin darle oportunidad a echarse atrás Charlie agarró con fuerza la mano de Clara y la colocó a su espalda. Ante la sorpresa de Clara  del bolsillo de su pantalón sacó un teléfono móvil con el que iluminó el camino de entrada.

—¡Ey! Pensaba que estos no estaban permitidos aquí.

—No lo están, aunque tampoco servirían de mucho si lo estuvieran. En este maldito lugar y los alrededores es imposible, pillar algo de cobertura.

Sin dilación se  adentraron en el túnel de ladrillo. El techo era lo suficientemente alto para poder caminar erguido, algo de agradecer seguramente para alguien con la estatura de Charlie. Clara se parapetó tras su espalda e intentó no hacer caso al cosquilleo de diferentes bichos que parecían trepar por sus brazos mientras avanzaba despacio por el estrecho pasillo. Siguió los pasos de Charlie y a escasos metros se encontraron unas escaleras que parecían descender a los infiernos. Bajaron con cautela.  Tras el último escalón, más paredes de ladrillo, más telarañas, y ese olor a humedad que impedía que el aire llegase a sus pulmones. Clara jadeó. Le empezaba a faltar el aire. Nada más entrar en el siguiente habitáculo, algo más amplio que el estrecho pasillo, se le empaparon las zapatillas.

Charlie con un movimiento de muñeca la luz mostró que se encontraban en una sala amplia, rectangular con columnas a los lados donde el verdín y la humedad se escurrían por las paredes hasta llegar al suelo.

En el intento por no quedar atrás, Clara apretó el paso, resbaló y cayó  de rodillas sobre un gran charco. Su primer impulso fue gritar. Con una rapidez pasmosa Charlie la levantó cuando una arcada la sacudió.

—¿Clara, estás bien?

—Sí, solo resbalé.

En ese momento la luz tenue del móvil parpadeó varias veces hasta desaparecer por completo.

—Maldita sea. Tenemos que continuar a oscuras.

Caminaron muy pegados en línea recta hasta alcanzar otra pared. Allí no parecía haber por dónde continuar. ¿Y ahora qué? Murmuró Clara. Con desesperación palparon la pared en busca de una salida y la hallaron  en un lateral en forma de agujero por el que se deslizaron primero él y luego ella. Tras rodar por una pendiente arenosa se encontraron en una sala circular completamente estanca sin ninguna puerta.  A un lateral unas escaleras de metal ancladas en la pared ascendía hasta una pequeña claraboya que dejaba pasar la luz del día.

—¡Vamos! Por aquí. Esto parece una salida

Clara observó cómo Charlie empezó a ascender por la angosta pared y dudó unos segundos antes de seguirle. Siempre había tenido vértigo a las alturas. Intuyendo su miedo Charlie, alargó el brazo y le ofreció su mano. Clara la asió con fuerza y lo siguió sin mirar atrás.

Minutos después con un golpe seco abrió la trampilla y de un salto consiguió salir, arrastrando con él a Clara.

La luz del día los cegó por un momento en el mismo instante que  un golpe de aire limpio y puro inundó de golpe sus pulmones. Habían conseguido llegar al exterior. Pero ¿Dónde estaban?

Por un segundo se quedaron los dos en pie jadeando mirando alrededor. Estaban en un pequeño claro del bosque al otro lado del muro de piedra del San Gabriel. Pese a lo frondoso  y agreste de los árboles que  rodeaban aquella explanada  la hierba parecía estar bien cuidada, así como las flores que enmarcaban diferentes puntos.

Recobrando el resuello Charlie se acercó a Clara y la sujetó por los brazos. Un instante después la abrazó  por la cintura y la apretó contra su cuerpo mientras  acariciaba su espalda. Su respiración se acompasó con la de ella y sin pensarlo enterró su rostro en el cuello de ella y la besó.

A pesar de la sorpresa inicial, Clara se dejó llevar por cálida sensación y se abrazó a él.

Podría haberse quedado así durante horas. Pero algo hizo que se le tensara todo el cuerpo. Charlie notó el cambio al momento.

—¿Estás bien Clara?

—Sí, respondió sin deshacer el abrazo.

—Si he hecho algo que te ha molestado. Lo siento

—No, no ha sido culpa tuya—musitó mirando alrededor—Es este lugar. Me inquieta. Creo que tendríamos que irnos de aquí.

Apenas había dicho esto, cuando una figura emergió entre los árboles.

—¡Vosotros!, ¿Se puede saber que hacéis parados ahí en medio?…

(Continuará)

Susana Álvarez

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Autor: Susana Álvarez

Inquieta por naturaleza, amante de los libros y el cine. En la lectura me decanto por la novela en todas sus versiones; Aventuras, histórica, ciencia ficción, fantasia, terror... Aunque poco a poco me voy adentrando en el mundo del relato corto y el cuento. Mi reto pendiente es ampliar todo ese mundo lleno de letras, participando ya no solo como lectora sino tambien escribiendo. Y en eso estoy...

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