La Hija del Dragón.

flor de cerezo

La luna llena iluminaba cada rincón del jardín interior de la casa. Tan sólo se oía el rumor de las hojas de un cerezo al mecerse con la brisa que refrescaba la noche y el murmullo del agua de un arroyo. Takezo preparaba los utensilios: unas agujas de madera, unos botes de tinta negra, verde y roja, unos guantes de látex… cuando la vio aparecer por el camino de grava blanca acompañada de su padre. No la había vuelto a ver desde que era una cría, ahora andaría por los veinte. Su cuerpo, bajo un kimono blanco, se adivinaba menudo, nada exuberante. Pero había algo en ella que atraía. Su pelo, completamente liso y negro, descansaba sobre sus hombros. Aún mantenía ese flequillo recto que encuadraba su cara redondeada y medio tapaba sus ojos. Unos ojos ligeramente rasgados y de color verde intenso. Takezo se fijó en una caja que llevaba Ryûko. Era una caja de madera, no muy grande, con decoraciones florales pintadas a mano.

Como levitando, Ryûko llegó a la altura de Takezo, en el centro del jardín. Tras saludarlo, se puso frente a su padre y le hizo una reverencia. Entonces se arrodilló sobre una estera, dejó la caja a un lado y agachó la cabeza a la espera de que su padre hablara.

–       Ryûko, hija mía, ¿Estás segura de que deseas que este sea tu destino?- Dijo su padre, mientras apoyaba la mano derecha en su hombro con dulzura.

–       Sí Udo-San. Estoy aquí para ofrecer mi respeto, mi honor, mi obediencia y mi vida al clan Udo de la Yakuza –dijo Ryûko con voz firme y sin levantar la vista del suelo.

–       ¿Estás dispuesta a entregar tu vida para servir con honor al clan? Hija mía, ¿Sabes que la decisión que tomas te obligará a no tener vida propia?. Serás una yakuza y tu vida y todo tu ser pertenecerá al clan. Es una cuestión de honor y obediencia.– Dijo su padre con una voz ligeramente quebrada por la emoción.

–       Sí, Udo-San, estoy dispuesta.

–       Que así sea –dijo su padre. Y entonces se dirigió a Takezo. – Protege todo su cuerpo con un dragón.

Takezo cogió una de las agujas de madera, típicas del tebori, y la impregnó de tinta negra. Fue pinchando la piel oscura de Ryûko que pronto se enrojeció, mientras con la otra mano iba presionando la zona punzada. Era un trabajo lento y laborioso. Takezo instó a la joven más de una vez a tomar un respiro, pero ella se negó. Ni siquiera paró para comer algo. El padre de Ryûko, sentado a su lado, la miraba con atención. Él también había pasado por lo mismo y le sorprendía que su hija mantuviera el cuerpo relajado en un momento en el que sientes que te están despellejando la piel con un punzón. Tan sólo apretaba los dientes cuando la aguja pinchaba sobre hueso. Poco a poco un gran dragón nació en la espalda de la joven. Primero, la cabeza, en el omoplato izquierdo, después el cuerpo, desplegándose por su espalda, para acabar con su cola enrollada en su pierna izquierda

Cuando Takezo finalizó su labor, los rayos del sol acariciaban todas las plantas del jardín despidiéndose hasta el nuevo día. Ryûko volvió a ponerse el kimono blanco, que rápidamente se impregnó con la sangre y la tinta que supuraba del tatuaje. Se agachó a por la caja con tal soltura, que nadie habría sospechado que aquellas manchas eran fruto de una gran herida en su piel. Se acercó a su padre, y se la ofreció.

–       Padre, esta es mi ofrenda, aquí queda sellado mi compromiso hacia usted y hacia el clan para siempre –dijo Riûko con la cabeza agachada mientras le ofrecía aquella caja que tanto inquietaba a Takezo.

Su padre, con lágrimas en los ojos la abrió. Allí, envuelta en un pañuelo, había una mano. Una mano que llevaba en su dedo índice un gran anillo dorado con una cabeza de tigre. Miró a su hija y le sonrió.

Continuará…

Alicia Moll.

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