Asier (San Gabriel IV)

cuadra imagen caballos 1

Aquella mañana— mi primera en el San Gabriel—supe de verdad lo que era estar sola. Completamente sola.

Hasta ese momento había creído estarlo, si ser consciente que había vivido arropada por todo lo que me rodeaba, y ya no me refría solo a la gente, sino a mis cosas, mi casa, mi habitación, … mi pasado.

Sentada en los fríos escalones de piedra que daban al patio trasero del edificio ajena al ir y venir del resto de alumnos me acordé de Silvia. “Como me hubiera gustado que estuviera allí”. Nos habíamos conocido cinco años atrás cuando llegó nueva al instituto donde estudiaba. Antes de conocerla yo no había tenido una mejor amiga. Bueno, ni siquiera una amiga. Sí alguna que otra compañera forzosa para diferentes trabajos de clase, pero una amiga no. Por aquel entonces las chicas de mi clase se reían de mí, de mi excesiva delgadez y de mi carácter tímido, o en el mejor de los casos me ignoraban. Cuando Silvia llegó todo eso cambió. No sé por qué me eligió a mí, una niña silenciosa y para muchos rara como compañera y amiga, cuando ella con su larga melena rubia, su sonrisa de infarto y un ingenio que dejaba sin palabras a los más espabilados hubiera tenido un sitio destacado entre las más populares, no solo ya de la clase, sino del instituto.

Hacía casi un año y medio que no nos veíamos. Desde que se había mudado con sus padres a vivir a París. La empecé a echar de menos nada más despedirnos el día de su marcha, entre lágrimas y propósitos de vernos en las vacaciones escolares. Pero no fue así. Al principio nos mandábamos mensajes casi a diario “Cuanto la necesité cuando murió mi madre y sucedió lo de Dimas poco después de su marcha”. Sí que es verdad que tras el accidente me consoló durante horas al otro lado del teléfono. Todavía ahora estábamos en contacto, pero ya no era lo mismo.

Respiré hondo y alcé la vista al cielo temiendo no poder contener las lágrimas.

El día había amanecido descubierto después de la tormenta de la noche anterior. En el intenso azul  no se observaba ni el más mínimo trazo blanco o gris. Un cielo digno de admirar si no fuera por el lugar en el que me encontraba.

Todavía no me lo podía creer. Me habían confinado en un sitio que parecía haberse quedado congelado  en el tiempo. Ahora vivía en un edificio típico de las películas románticas dónde no me extrañaría encontrar un atormentado fantasma. Un ancho muro  y extenso bosque de helechos y pinos me separaban del resto de mi vida.

Bajé la vista y la fijé por un momento en el individuo que entre alumnos de uniforme caminaba cargando una silla de montar. Al momento reconocí esa forma de andar. Yo había visto antes a ese hombre, concretamente esa misma mañana desde el balcón de mi habitación. Como movida por un resorte me levanté y lo seguí. Tras bordear el edificio principal sus pasos se dirigieron por un camino de tierra hasta una pequeña caseta de piedra junto a un cobertizo que a juzgar por los relinchos y el olor intenso a heno y  otras cosas nada agradables debían ser las cuadras. Allí se detuvo y tras dejar la silla en el suelo entró para salir unos segundos más tarde sin la pelliza negra que vestía y dirigirse al  edificio adyacente con  la silla y un cubo con un par de cepillos de grandes cerdas.

Con ese cambio de indumentaria— ahora se dejaba ver con una camisa de franela de cuadros y unos pantalones de pana—dejó de parecerme tan intimidante como esa mañana. Ahora mismo su aspecto rural era propio de un hombre de edad que de alguien inquietante.

Lo seguí hasta el interior .Me sorprendió la sensación de amplitud  de aquel sitio nada más entrar. El techo tenía una altura por lo menos de dos pisos. Pese a ser un lugar donde cobijar animales el espacio estaba limpio y ordenado.

La estancia estaba perfectamente iluminada sin necesidad de luz artificial. Los rayos de sol se colaban por las ventanas, situadas  a casi tocando al techo en las paredes laterales, proyectándose hacia el centro de la misma.

A un lado estaban situados los diferentes boxes para los caballos — conté unos nueve en total—tan solo tres estaba ocupados.  Al fondo unas cuantas de sillas de montar dispuestas de manera ordenada colgaban de la pared junto a buena parte de los aperos necesarios para mantener aquello en condiciones. Una enorme pica con varias tomas de agua destacaba  junto a una escalera de madera que se elevaba hasta un altillo cargado de heno.

Lo observé colgar la silla junto a las otras, dirigirse a uno de los boxes y entrar. El animal del interior lo recibió con un suave relincho.

Él sabía que yo estaba allí, pero aun así actuaba como si estuviera solo. Me acerqué al caballo de color canela y ojos negros almendrados que cepillaba de forma metódica. Era tan hermoso, no pude evitar acariciarle la crin.

—No tendrías que estar aquí. Este no es lugar para una chica como tú— dijo de pronto el hombre sin apartar la vista del animal.

—Yo ya no tengo un lugar…— murmuré sin darme cuenta de lo que decía.

Por un momento su rostro se crispó y me dio la impresión de que iba a contestar en lugar de eso dio un par de palmadas en el lomo al caballo y sin decir palabra me tendió uno de los cepillos del cubo.

Lo tomé i empecé a cepillar con movimientos rítmicos al tranquilo animal  que no le extraño mi presencia ni que ese día el trabajo se hiciera a dos manos.

No sé cuánto rato estuvimos así. Podríamos haber estado toda la tarde si unos fuertes golpes no nos hubieran llamado la atención. Provenían de la caseta de al lado. Alguien estaba aporreando la puerta con violencia.

—¡Asier! ¿Estás ahí? ¿Dónde diablos te has metido?

Una voz masculina sucedió a los golpes. Quien quiera que fuese no estaba de muy buen humor y casi podría asegurar que ni siquiera sobrio.

—¡Maldito mozo! ¿Es que nunca estás cuando se te necesita? —las palabras surgían con rábia, atropelladas una tras otra.

Con el ceño fruncido el hombre dejó su cepillo de nuevo en el cubo.

—Quédate aquí y no te muevas.

Con paso rápido desapareció tras la puerta del cobertizo y regresó un par de minutos después con el rostro crispado.

. —Vamos chica, tienes que marcharte. Sígueme.

Ante mi sorpresa en vez de dirigirnos a la puerta por la habíamos entrado, me condujo hasta una de roble maciza situada en la pared bajo uno de los ventanales— que  hasta ahora yo había creído un armario—sacó una llave, oxidada del bolsillo del pantalón y la abrió conduciéndome a la casa contigua donde un rato antes se había deshecho de su chaqueta.

La pequeña casa lejos de su imagen exterior resultaba acogedora. Las paredes de piedra gris contrastaban con las vigas que sujetaban el tejado. El suelo, de madera natural, estaba cubierto en su mayor parte por una alfombra de lana. Una cocina de leña antigua estaba integrada en la misma estancia donde descansaba un descolorido sofá de pana verde musgo.

—Espera unos minutos, sal por la puerta y ve directa al edificio principal sin detenerte.

Sin decir más volvió al tras sus pasos y desapareció tras la puerta dejándome con el sonido de dos vueltas de llave y extraño hormigueo subiéndome por la nuca.

(Continuará…)

S Álvarez.

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Autor: Susana Álvarez

Inquieta por naturaleza, amante de los libros y el cine. En la lectura me decanto por la novela en todas sus versiones; Aventuras, histórica, ciencia ficción, fantasia, terror... Aunque poco a poco me voy adentrando en el mundo del relato corto y el cuento. Mi reto pendiente es ampliar todo ese mundo lleno de letras, participando ya no solo como lectora sino tambien escribiendo. Y en eso estoy...

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