Preludio de narices a los Cruentos Góticos de Amor

silvestre

Preludio de narices a los Cruentos Góticos de Amor

(Velado homenaje a Quevedo)

 

Cada mañana pasaba a mi lado, mientras yo recortaba los setos del vecindario. Me sonreía, y me enamoraba aún más de su nariz, de su perfil digno de acuñar monedas. A veces estaba subida en una escalera, podando las ramas bajas de los alcornoques, y él pasaba por debajo. Vista desde arriba, su nariz era un reloj de sol bien encarado, la proa de una galera que marcaba el rumbo de mi adoración. ¿Cómo pude enamorarme de una sola parte de él, y es más, de parte tan aparentemente insignificante como la nariz? ¿No hay quienes se enamoran de algo más efímero, como una sonrisa, o una mirada? Que nadie juzgue mi deseo por algo mucho más tangible, como el órgano que sirve de pórtico a la respiración que nos mantiene vivos.

Era una nariz proporcionada, nada grandilocuente, y armoniosa en sus formas. Servía de punto central de mi anhelo, como una diana. No tenía nada del típico chauvinismo francés, ni de la tendencia desagradable de los semitas a las napias usureras. No era respingona, mas tampoco se curvaba como pico de rapaz. Era de un equilibro geométrico, equidistante, áureo.

Cuando llovía, yo limpiaba las malas hierbas entre las raíces de la alameda, para que su paraguas no me impidiese degustar su visión. Entonces, acuclillada entre los arbustos, ganaba una perspectiva nueva de sus fosas, un contrapicado cinematográfico que me revelaba las dos puertas gemelas hacia su alma.

En primavera le oía estornudar, por la alergia. En una de esas ocasiones, reuní el valor para dirigirme a él. Le tendí mis kleenex, pero tras limpiarse, se lo quedó. Deseé que lo arrojase al suelo, para entonces atesorar sus fluidos santos. Me lo agradeció con una inclinación nasal, tan cercana y poderosa que sentí que me embestía, como si me arrollase. Yo ansiaba ser inhalada por su respiración, para entrar en mi amado en una corriente juguetona, y hacerle cosquillas con mi polen. Esa noche me masturbé boca abajo, sobre la almohada, imaginando que lo hacíamos como animales. En mi fantasía me rozaba la nuca con la punta de su hocico lupino, para finalmente estornudar encima de mí, en una corrida de narices.

En verano, cogimos la costumbre de caminar juntos, a pesar de que apenas hablábamos. En realidad el caminaba, y yo le seguía mientras cortaba el césped de los parterres. Otras veces manejaba la desbrozadora perfilando la acera, con sus alambres en espiral girando como mi corazón, locos de deseo y marcando el paso. Chaschaschaschaschás. Siempre iba un poco por detrás suyo, temerosa de que me hablase. Las hierbas cortadas caían a mi alrededor en una explosión verde, y fantaseaba con la salida de la iglesia, mientras nuestros amigos comunes (los que tendríamos) nos arrojaban el arroz.

Entonces le vi darle un beso a una chica. Aparté los celos, porque lo nuestro era especial, y podría sobrevivir a una leve infidelidad. La segunda vez me limité a mirar desde mi furgoneta como se abrazaban. Él hundió su nariz en el pelo de ella, oliéndola. Y supe que me iba a abandonar. Se mudaría con ella, y mis mañanas jardineras estarían huecas y sin sentido.

Ya nada volvió a ser igual. Y eso que yo lo intenté, pero dos no se reconcilian si uno no quiere. Incluso me teñí el pelo del mismo color cobrizo que esa furcia. Le dejé en la entrada de su portal un ramo de violetas, con su nombre, para mostrar mi malestar. Para que las flores le hiciesen recapacitar. Un mensaje de engaño y violencia, que desoyó.

Un lunes de marzo, vi el anillo en su anular, mientras el camión de la mudanza confirmaba la entrada de la ramera en nuestras vidas. Rodee los setos para atisbar el interior de su dormitorio, como tantas noches antes había hecho. Allí estaba ella, colocando cajas. No me lo pude creer. ¿Cuándo?¿cómo?¿por qué no me lo dijo?

Las hojas caían de los árboles, y yo las reunía en montones deprimentes, marrones y muertas, como túmulos. Yo ya no le devolví los saludos, y él al final optó por ignorarme. A pesar de lo que teníamos. De lo que fuimos. De lo que pudimos haber sido.

Lo hice meses después. Era primavera de nuevo. Le sonreí como solo una jardinera y florista podría. Fria y decidida a hacerlo. Esperé a que la nube de polen que había agitado minutos antes hiciese su trabajo. Mis aliados diminutos no me fallarían.

Estornudó.

Le deseé salud, y le tendí un pañuelo con la mano izquierda, mientras sujetaba las tijeras de podar a mi espalda con la derecha. Creo que se sorprendió porque me dirigiera a él, después de tanto tiempo. También se sorprendió cuando me abalancé sobre su rostro, con las cuchillas abiertas como la boca de un tiburón. Las cerré con un chasquido oxidado, sin preocuparme de dejarle tuerto por error, como así ocurrió. El gritó, yo canté victoria. Mientras se arrastraba lejos de mí, sin un ojo, tapándose los dos asquerosos agujeros de su rostro de esfinge, supurantes de moco y sangre, recogí triunfal la gloriosa parte de su rostro que tantas alegrías y tristezas me había provocado.

Coloqué amorosamente su nariz amputada en la palma de mi mano, y me acerqué para besarla. Pero en tanto que ya no formaba parte de su cara, en cuanto que no tenía un marco de ojos, mejillas y labios, hubo algo que me desagradó. Esa nariz ya no tenía nada con lo que armonizar. Era un trozo cartilaginoso sin utilidad ni proporción, sin contraste ni altar que lo encumbrase a su posición privilegiada.

Los gritos de los vecinos me sacaron de mi ensimismamiento. Las luces azules de los coches de policía me aburrieron y entristecieron.

Lo siento, perdóname.

No eres tú, soy yo.

Tú no hiciste nada malo, pero a veces el amor se acaba.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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