Cruentos Góticos de Amor

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Romance Exangüe entre Sanguijuelas de Extrarradio

Ella era como el acónito. Mortalmente bella, de figura trágica, y de aún más trágico humor. Su visión enalteció mi sangre al instante. Bailaba como una banshee en la sala segunda del Undead, bajo focos estrábicos de colores fríos, entre la niebla artificial y las formas anodinas de sus amigas. Me enamoré al instante de su siniestra apostura, de sus movimientos espasmódicos al ritmo de “Temple of Love”. Las luces iluminaban su piel de rayo de luna, y supe que sería capaz de hacerme enloquecer, con su altanería de cuervo y su lánguida mirada hechicera.

La creí mi presa, pero era mi igual. Somos criaturas de la noche, y me resulta extraño no jerarquizar mis pensamientos en cuanto describo a otros inmortales. Lo supe al instante. Sería mía, o no sería de nadie.

¡Qué necio! Fue ella la que me atrapó entre sus dedos arácnidos, quien me conquistó noche a noche, recitando a Becquer y a Baudelaire, sorbiendo mi interés como un colibrí nocturno que liba sangre. Me arrodillé ante su magnificiencia, ebrio de su esencia. Decía llamarse Morella, pero en su D.N.I ponía Vanessa. Con dos eses, como una poligonera de L´Hospitalet. Que injustos son los nombres, que nos etiquetan. Yo me llamo Armand. Armand, el vampiro.

No puedo precisar qué locura me poseyó, pero fue a raíz de beber su sangre. Hicimos la vaulderie como decía el manual de Vampiro, la Mascarada. Ya sé que es un juego de rol, pero oculta verdades, entre sus letras torcidas, para quien sepa identificarlas. No pretendo convenceros, porque los hechos, a estas alturas de mi misiva, ya deberían estar claros. Mas los aclararé, para los necios.

Compartimos nuestra sangre, como un brindis nupcial. Mis padres estaban de crucero, y usamos el cuchillo jamonero para abrir nuestras muñecas, acompañados por la banda sonora de Drácula, de Coppola. Sanguis Vitae Est. La bestia me poseyó. Ella era tóxica y adictiva. Bebí sin parar. Ella bebió de mí. Nos acostamos en sábanas color hueso, y nuestros cuerpos bailaron como sanguijuelas de pantano.

Cuando desperté, la encontré muerta, fría. Pero nunca había estado tan bella. Extasiado, contemple a mi amada durante una eternidad. Mis padres regresarían al día siguiente, y yo tenía que hacer algo con el cuerpo. Había algo beatífico en su fría serenidad, en su boca entreabierta, como para dejar paso a su alma. Pero ambos sabíamos que no teníamos alma.

Mis cortes no fueron tan profundos, y se cerraron solos. Pero ella se desangró. ¿Cuánta sangre desperdiciamos? ¿Cuánta aún quedaría en su interior? Un trágico accidente terminó con nuestro romance. No era una vampira auténtica, quizás una simple ghoul. ¡Qué error! Y sin embargo la amaba, como solo un murciélago puede amar a una vaca gorda.

Sopesé enterrarla, pero la mera idea de que su cuerpo fuese pasto de gusanos y carroñeros me enfermó. No, merecía un altar, un mausoleo de mármol, donde depositarla envuelta en una mortaja santa. Pero antes necesitaba convertir lo que quedase de ella en un relicario que pudiera ser adorado. Como una virgen carmesí, envolví su cuerpo en las sábanas apelmazadas, teñidas de escarlata. Decidí que debía extraerle la sangre que le quedase. Quería beber de ella nuevamente, tal era su influjo en mi. Necesitaba algún tipo de bomba succionadora. Egaeus tendría algo de eso en su trabajo, pero no quería hablar con él. Podría encapricharse de mi Morella, y sería capaz de denunciarme para que el cuerpo acabase en su tanatorio. Imaginarme lo que le haría por la noche, tras comer uno de sus sandwitches de foie, me dio arcadas. Puto necrófilo.

Encontré un sacamocos de cuando era pequeño. Introduje la boquilla de plástico en sus muñecas abiertas, como bocas rojas, y apreté la pera marrón, pero nada salió. El rigor mortis había convertido a mi Morella en una marioneta de frente despejada y piernas lacias, y su sangre coagulada se apelmazaba en sus delicadas venas, lejos de mi alcance. Pensé en utilizar la plancha de la barbacoa para calentarla, pero temí cocinarla. La colgué del saco de boxeo de mi hermano, cabeza abajo, e intenté salvar algo de su preciosa vitae.

Nada. Imposible.

De pronto, como un relámpago, una idea.

La licuadora.

Recuerdo que, años atrás, conocí por internet, en un foro de Poe, a una caníbal llamada mAlice. mAlice tenía clase, no como esas darkLili69, o gothicprincess. Ella era genuina. Me dijo que hizo desaparecer a su hermano pequeño, y se lo comió, como Hanibal Lecter. Me explicó que la mejor forma de aprovechar las vitaminas fue usar una licuadora a máxima potencia, aunque había que tener cuidado con no meter huesos.

Descarné a mi amada con el mismo cuchillo jamonero con que habíamos sellado nuestro amor. Metí los pedazos en la licuadora Bosch, y una tras otro hice desaparecer el cuerpo, hasta dejar un montón de huesos mal pelados. Tardé cuatro horas, y tuve que vaciar el filtro varias veces, lleno de pellejos y lo que parecían tendones.

Me bebí su cuerpo como si fuera un zumo grumoso. La felicidad de ser uno, de haber unido nuestras almas, no puede ser descrita con palabras.

Vomité en el lavabo de mi madre, poco después. Me limpié con el tapete de ganchillo del salón. Lloré porque mi amada Morella iba, cañerías abajo, hacia una fosa séptica.

Rojas lágrimas de sangre y bilis cayeron de la comisura de mi boca.

Me volví a abrir las venas, porque quería volver a ver a mi preciosa, mi amada y dulce Morella, que se llamaba Vanessa con dos eses, y que iba rumbo a una depuradora.

Esta es la verdadera tragedia de mi historia. ¿Qué bardo inmortal podría plasmar la terrible sensación de encontrar el amor, y perderlo en un desagüe?

Y ahora veo la sangre deslizarse por mis antebrazos, mientras alzo las manos a los cielos del salón, amarilleados por el tabaco, agrietados.

Vaya mierda.

Mañana será otro día.

Carta encontrada junto al cadáver de James Pérez Ruiz, encontrado desangrado y desnudo en su domicilio de Badalona.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

2 comentarios en “Cruentos Góticos de Amor”

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