San Gabriel (V)

cenador bosque

Conforme me alejaba del San Gabriel el paisaje de fue haciendo más sombrío y cerrado, hasta el punto de que los árboles apenas dejaban que el sol se filtrara a través de sus ramas y una luz verdosa parecía envolver mis pasos en aquel bosque donde reinaba el más absoluto silencio. Hasta el más pequeño pájaro parecía haber enmudecido en aquel lugar.  A estas alturas el sendero había desaparecido y el aire se había tornado gélido. Traté de conservar la calma y caminé entre los árboles sin saber hacia a donde me dirigía.

Casi estaba a punto de volver sobre mis pasos cuando lo vi. Por un momento me quedé sin aliento. Una bruma que parecía brotar de la misma tierra envolvía el paisaje como una fina tela gris. En medio de aquel bosque en un pequeño claro, estaba lo que buscaba. El estanque estaba allí, un manto hojas marchitas cubría la superficie del agua rodeada por un muro gris de piedra manchado de verdín. A un lado un estrecho camino de piedra conectaba el estanque con una pequeña edificación hexagonal rodeada de columnas de cemento agrietadas la  pequeña cúpula circular de forja que la cubría se abría paso entre los árboles hacia el cielo. Desde la distancia intenté evocar su aspecto en el pasado. Cerré los ojos y me dejé llevar en el tiempo para imaginar el estanque de agua verde cubierto de nenúfares  que debió ser. Por un segundo un intenso aroma floral me envolvió. Volví a la realidad justo en el momento que una banda de estorninos alzó el vuelo desde lo alto de la cúpula. Los seguí con la mirada  mientras pasaban, rozando las copas de los árboles hasta perderse entre las nubes. Comencé a  avanzar por el caminito de piedra que conducía a la pequeña edificación. Desde fuera pude ver un par de bancos de piedra todavía en pie. Por un momento dudé, me sentía como si estuviera profanando un lugar sagrado.

Me senté con la espalda apoyada en una de sus grises columnas. Allí abrí el libro que había empezado un par de días antes dispuesta a olvidarme de todo. En el índice el  título de uno de los cuentos me llamó la atención: “La caída de la casa Usher”. Sin pensarlo avancé una veintena de páginas desde el inicio hasta encontrarlo y empecé a leer. A medida que avanzaba en la lectura me iba inquietando cada vez más.

El relato no era muy extenso, pero si de una intensidad increíble. Me detuve en uno de los párrafos y de repente mi respiración se aceleró y empecé a sentir frío, mucho frío.

“…una atmósfera sin afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de color plomizo…”

Un escalofrío me recorrió de arriba abajo como un rayo. Cerré el libro y me puse de pie de un salto. Aquel mismo escenario parecía haber cobrado vida y yo estaba dentro de él como una actriz involuntaria.

No quería seguir leyendo. Lo último que necesitaba era vivir mi propia pesadilla. Respiré profundamente y cerré los ojos y me dejé caer en el banco de nuevo intentando tranquilizarme. “Es solo un cuento y no la vida real” me repetí una y otra vez a modo de mantra intentando recuperar la cordura.

Cuando noté que mi pulso disminuía volví a abrir los ojos para encontrarme con el rostro de Charlie frente a mí. Mi corazón me dio un vuelco.

—Charlie…—Intenté incorporarme pero él me lo impidió cogiéndome por los hombros.

—Tranquila, no te levantes de golpe.

Parpadeé varias veces para acostumbrarme poco a poco a la luz anaranjada del sol que brillaba sobre la hojas.

Su rostro se encontraba ahora a escasos centímetros del mío, estaba tan cerca que podía sentir su aliento en mis mejillas. Me fijé en su nariz recta, sus pómulos marcados y en unas diminutas  motas doradas que parecían flotar en el marrón de sus ojos. Se le veía tan diferente sin sus gafas.

Había cambiado su uniforme por unos tejanos negros y una sudadera del mismo color con capucha que le cubría la cabeza. Bajo el brazo llevaba una carpeta de tamaño considerable. Me pregunté cómo no le había oído llegar, cuánto tiempo llevaba ahí, y sobre todo si habría oído mi retahíla de murmullos sin sentido.

—¿Te encuentras bien?—preguntó en voz baja como temiendo sobresaltarme.—Estaba al otro lado del estanque dibujando y te he visto aquí ¿No sabes que es peligroso adentrarse sola en el bosque?

La verdad es que hasta ese momento ni me había planteado que pudiera haber algún peligro allí en medio de la nada, y no pensaba decirle que mi intuición me gritaba a voces que era más fácil encontrar el peligro encerrado entre cuatro paredes.

—Pero si he visto que todo el mundo lo hace en algún momento. Tú mismo estás aquí.

—Ya, pero es diferente.

—¿Qué quieres decir?

—Que es mejor que no te apartes del camino si quieres salir de los muros.

—¿Por qué no?

—Porque no. No es lugar para…

—… una chica como yo ¿No? Pero resulta que tú no me conoces. No tienes ni idea de cómo soy.

—Sé que eres una niña de ciudad que no sabe cuidarse sola.

—¿Por qué todo el mundo cree saber cómo soy?— una sensación de rabia empezó a invadirme.—¡Soy más fuerte de lo que crees! No tienes que preocuparte por mí.

—No me entiendas mal, Clara. No salgas sola del camino y punto. Vamos, es mejor que volvamos antes de que oscurezca.

—Todavía hay tiempo. No hay motivos para ir con prisas—Quise parecer fuerte pero tenía que reconocer que  en aquel lugar el miedo estaba alimentando mi imaginación y por nada del mundo hubiera querido que me pillara la noche allí.

Charlie se quedó mirándome unos segundos, y antes de que pudiera reaccionar me agarró del brazo y cargando mi mochila, tiró de mi hacia el sendero.

El camino de vuelta al internado fue de lo más silencioso. Caminamos a paso ligero uno junto al otro. De manera casi imperceptible Charlie guio mis pasos por las zonas menos accesibles del sendero embarrado.  En pocos minutos dejamos atrás el bosque y nos encontramos de nuevo entre muros.

—Siento si he sido algo brusco antes. Te vi allí, sola…

Me sorprendió su repentina disculpa. Charlie no había abierto la boca desde que emprendiéramos el camino de vuelta.

.— Apenas hace unos días que llegaste y todavía no conoces nada. No puedes olvidar que eso de ahí fuera es un bosque.

Agradecí su preocupación con una sonrisa. La verdad, aunque había sido un borde, no  podía enfadarme con alguien que se preocupaba por mí de esa manera.

Ya casi estábamos junto al edificio principal, al llegar a los escalones de piedra de la entrada vacilé

Él pareció percibir mi reticencia a entrar, pero en lugar de decir nada se limitó a cogerme la mano y apretarla. Por primera vez en muchos días sentí que no estaba sola.

—Este lugar. Hay algo extraño en él. Siento como si… —Me detuve unos instantes dudando de lo que estaba a punto de decir—. Siento como si alguien me observara.

—Quizás es el espíritu de Helena Arizu que te acecha…

—¿Helena Arizu?¿Una de las mujeres que perecieron en el estanque hace cientos de años?

—No, más bien, Helena Arizu la alumna que ocupaba tu habitación… y que murió trágicamente— dejó caer esta afirmación de forma lenta añadiendo suspense.

—¡Venga ya!, seguro que te lo estás inventando para asustarme.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Por favor…—insití esperando que siguiera  con la broma. En lugar de eso esquivó mi mirada y fijó la vista en el suelo.

—No me hagas caso, ya sabes que tengo una imaginación desbordante. Es una de las cosas que me han traído hasta aquí. Anda, vamos, a ver con que comida nos torturan hoy a la hora de la cena.

A pesar de su tono de broma no tuve la menor duda de que algo me ocultaba.

(Continuará)

Susana Álvarez

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Autor: Susana Álvarez

Inquieta por naturaleza, amante de los libros y el cine. En la lectura me decanto por la novela en todas sus versiones; Aventuras, histórica, ciencia ficción, fantasia, terror... Aunque poco a poco me voy adentrando en el mundo del relato corto y el cuento. Mi reto pendiente es ampliar todo ese mundo lleno de letras, participando ya no solo como lectora sino tambien escribiendo. Y en eso estoy...

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