Gotas de lluvia quebradas: diez relatos entre la ciencia ficción y la fantasía

 

Hace tiempo que no hago una entrada, y ahora que el otoño me pone melancólico con sus noches largas y sus días agonizantes, he pensado que sería un buen momento para hacer una reseña de uno de los últimos libros que no leí por obligación: Gotas de lluvia quebradas.

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El autor, Xavier Torrents, es un compañero de la web “El Pájaro Burlón”, y mentiría si dijera que si no fuera por esa web me hubiera enterado de esta recopilación de cuentos cortos.


 

Reseña en El Pájaro Burlón

Y es que resulta difícil competir con la maquinaria publicitaria y el marketing de las grandes editoriales. Siempre me quedo con la sensación de que se publican auténticas mierdas, primero corregidas, adaptadas y recauchutadas, y luego vomitadas sobre nosotros con la implacable necesidad (y necedad) de convencernos de que son buenos libros, a pesar de tener tal cantidad de defectos que necesitarían ser encuadernadas en tapa dura, cerrados con candados, y arrojados a la Fosa de las Marianas.  Y a veces ocurre que un libro pasa desapercibido, porque el autor no tienen los contactos, o la suerte, de ser leído por las personas adecuadas. La antología que nos ocupa es muy superior a muchas novelas que se publican. Es un hecho. Y desgraciadamente ha pasado desapercibida.

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Xavier Torrents utiliza la lluvia, ya sea normal y corriente, ácida, de cenizas verdes, o metafórica en forma de lágrimas, para unificar los relatos. Son cuentos cortos, de unas pocas páginas, que se leen en un suspiro, y que nos devastan con cierta angustia vital. Dejan el cuerpo lleno de desasosiego, a pesar de que sus temáticas, e incluso estilos, se adaptan a lo que narran. Tenemos estética noir, con un androide investigando el asesinato de una stripper en Carmín de Labios; tenemos melancolía/felicidad senil en Cenizas Verdes, que me recuerda a una desmigajada mezcla de Matheson en sus inicios y del Bradbury de Crónicas Marcianas, con esa añoranza de un pasado mejor, y esa falta de futuro. Tenemos experimentos estilísticos en Una vez más, relato en el que la narración retrocede en el tiempo a saltos con cada párrafo, que obliga a estar atento para descubrir un desenlace con aroma a inicio, después de haber leído un inicio que nos revela el final. Y no soy partidario de explicar una a una las características de cada relato; que cada uno las descubra.

Cuando pensamos en literatura post-apocalíptica, uno se puede imaginar parajes a lo Mad Max, plagados de mutantes y carreras… pero otros pensamos en la excelente La Carretera, de Cormac McCarthy, y se nos quitan las ganas de vivir. En estas historias no hay persecuciones de coches repletos de pinchos, ni guitarristas lanzallamas… hay la soledad de un viaje sin esperanza. Como el que nos ocupa, dividido en diez partes, que descorazonan.

No diré que todo es perfecto, porque los que me siguen y conocen saben de sobra que le pongo pegas a absolutamente todo. Espero que esa sea mi seña de identidad, y algo que me aporta credibilidad cuando recomiendo. Esta antología acierta en el contenido, y en los sentimientos que evoca. Y por algo creo que tienen tintes de Matheson en sus giros y su mezcla de géneros; y algo de Bradbury en su sentimentalismo que de alguna forma me toca. Pero también creo que a veces los relatos están narrados con un estilo que abusa de los gerundios y los adverbios acabados en –mente, un recurso que hace que el ritmo sea más lento de lo que me gustaría. Habrá a quien le parezca perfecto, porque así las acción se ralentiza, pero no es así en mi caso. De todas formas, es un defecto menor.

La edición es sencilla, por un precio no demasiado agradable dadas sus 122 páginas. Aún así, por 15 miserables euros, es un libro que permite acercarse unos pasos rumbo al nihilismo autodestructivo más clásico de la literatura, y también acercará al conocimiento del lector una de esas pequeñas joyas que suelen ser ignoradas por su poca promoción; quien lo busque, en la Casa del libro lo puede comprar.

Además de la lluvia, pues, el principal elemento común de estos cuentos es que están a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción, y que resultan totalmente demoledores a nivel anímico. Quien busque reforzar su necesidad de positivismo, aquí no lo encontrará. Son relatos de otoño, lágrimas para el invierno; es una lectura que se disfruta en soledad. Bradbury escribió en su cuento “La Sirena”:

“Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida”.

Quienes busquen esa voz, encontrarán ecos de ella en “Gotas de lluvia quebradas”.

 

Carlos J. Díaz

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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