NOCHE DE CHICAS -Neones Extraños-

¡Buenas!

Quería compartir un añadido extra a mi novela que se puede leer como un cuento autoconclusivo, aunque habrá cosas que no queden muy claras sin saber “algo” del mundo urbano que he creado. Probad.

Hace tiempo creé una entrada con un texto, esta:

https://palabrasdeniebla.wordpress.com/2015/06/08/preludio-cyberpunk-en-inocencia-menor/

En aquel entonces no tenía muy claro a dónde iba a llegar a parar con él, ni un propósito. Lo saqué de la novela que estoy terminando. Ayer lo encontré y lo retomé. Lo retoqué horrores, y lo adapté a la trama y los conflictos. Lo encajé después de que Nathaniel fuese secuestrado. Ahora el punto de vista es de Nanami, no de Yoko (rebautizada como Hue, la  futura novia de Bu), y me sirve para caracterizar bien a la coprotagonista de la novela. También os dejo un par de imágenes que me sirvieron de inspiración. La primera para la parte de Bajociudad conocida como “Callejones Sing Song”.

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Los callejones de las chicas Sing Song

Las otras son las que me hicieron crear al personaje de Deviant. No puedo decir quienes son los artistas, porque no tengo ni idea. Agradezco que me inspiraran.

Igual todo esto no le importa a nadie, pero a mí siempre me ha gustado que los autores expliquen un poco de dónde salen sus ideas, así que igual hay alguien que encuentra interés en esto que os he dicho.

Sin más rollos, os dejo con Nanami y sus Acid Nymphs.

NOCHE DE CHICAS

La espera era lo peor. Pasarse minutos, o incluso horas, agazapada en posición, aguardando a que su objetivo tuviese la decencia de ser puntual. Ese momento tenso que nos sirve para que el héroe -o heroína, como es el caso- rememore algún momento vital o nos muestre un poco más de su carácter, aunque sea con una larga mirada al horizonte que exprese serenidad y atención. La calma antes de la tempestad.
Nanami se concentró en mantener extendidos sus zarcillos invisibles de nanitas. Como una araña en el centro de su tela, las hebras de nanobots ocupaban cámaras, máquinas, drones, farolas… y aguardaban su momento. Ella se limitaba a gestionar su atención entre todos ellos.
En una narración, ya fuera audiovisual o escrita, todo se solucionaba con una elipsis. El protagonista espera. Le vemos aburrido. Hay un momento clave, incluso lírico, en que ve una polilla rondar un neón, o acaricia un objeto personal de sus seres queridos ya fallecidos. Empatizamos. Y entonces entra la acción que estamos esperando, casi por sorpresa.
En el mundo real la espera era un coñazo, y solo los vigilantes de seguridad y acompañantes sin nombre, verdaderos héroes de la guardia silenciosa, merecerían ese tipo de epifanías. Pero ellos se limitaban a morir en el primer intercambio de disparos.
Dio un sorbo a su refresco e hizo un gesto a Deviant que esperaba en una esquina de la plaza, sentada en un banco con las manos en los bolsillos. Deviant sacó una mano e imitó un saludo militar en su dirección. Luego le lanzó un beso.
No podía dejar de pensar en su padre, en cómo se había desarrollado todo. Igual tendría que haber ido sola para convencerle de que acudiera con ella a ver al Buda. Pero lo más probable es que se hubiese negado. Las cosas se torcieron, y ahora tocaba esperar a que saliese del coma. A saber como interaccionaban las nanitas de ambos. Quería volver a la enfermería de Candy para estar allí cuando despertase. ¿Habría alguna noticia nueva?
Bebió otro sorbo. Apoyó la lata de pepino y miel, que ni siquiera le gustaba, en el suelo; se quedó ensimismada mirando una gota de condensación deslizarse por el lateral. .
Su brazalete emitió un maullido. Abrió la conexión entrante con un pensamiento.
—Estás atontada, céntrate.
Miró a Deviant, que la hablaba desde su omnivitae.
—Me centraría mejor si no me molestases.
—¿Estás segura de que esta es la hora? No hay ni dios.
—Sí, estoy segura. Y es normal que no haya nadie, hay partido.
—Ya, es el mejor momento para traficar con personas.
Nanami miró hacia las galerías superiores. A la izquierda se encontraban las Dúplicas, ocultas junto a las escaleras. Las gemelas escuchaban música con unos auriculares compartidos. A la derecha, en la otra galería elevada, estaba Nemo con su ancla y su cadena repleta de muescas. Tarareaba una canción que nadie más escuchaba. El único varón del grupo también era un sumergido de tercera generación. La radiación del abyssium le dejó hecha polvo de la cabeza.
Los respiraderos de la plaza expulsaron vapor caliente. Sisearon con fuerza a través de las rejillas cuando el tren pasó por debajo. Las vibraciones sacudieron el pavimento.
—Ahí viene alguien —dijo una de las Dúplicas por el comunicador.
—Ya era hora —rezongó Deviant.
Nanami miró en la dirección que le indicaban. Una furgoneta negra descascarillada entró en la plaza. De ella bajó un hombre con pinta de pervertido. ¿Cómo es la pinta de pervertido? En este caso era un tipo con sobrepeso, de unos cuarenta años, con gafas de pasta y barba irregular de adolescente. Y una sudadera con capucha, que era la clave. Si no era para hacer deporte, cualquier hombre de mediana edad con una de esas sudaderas parecería un secuestrador de menores. Solo le faltaba escribir en el lateral del vehículo: “golosinas gratis para menores sin familia”.
El hombre sacó de la furgoneta a una niña que debía rondar los once años y vestía uniforme de colegiala. Por favor. El uniforme era innecesario y gratuito. Este lanzó una mirada desconfiada a Deviant, que en esos momentos se estaba calzando sus patines en el otro extremo de la plazoleta. La niña parecía atemorizada.
—¿Ahora, Nana? —preguntó la otra Dúplica. Alisha o Naisha. Nanami nunca las distinguía.
—No, nos falta Inari. Tendría que haber llegado ya.
—Anoche se fue con Dao, igual se ha quedado dormida. No contemos con ella.
—Si no aparece tendremos que bastarnos. Antes de que vengan los compradores o la cosa se complicará
—¿No jodas, con Dao? ¿Por qué no me lo dijiste? —interrumpió Deviant por el intercomunicador.
—Es mentira —dijo una de las gemelas —, mi hermana no salió anoche, no sabe de lo que habla.
—Pero Saga sí, y me lo contó. Se fue con Dao, que dicen que calza veinticinco centímetros.
—¿Veinticinco centímetros de qué?
—¿De verdad no sabes de que hablamos, Devi?
—Seguro que tu hermana lo sabe de primera mano —se burló Deviant. Hizo un gesto de felación, ya con los patines puestos. Se deslizó por la plaza mientras hablaba con ellas.
—Dejad de cotillear y centrémonos. Deviant, no te acerques tanto a ellos, les puedes asustar.
—La mejor forma de ocultarse es a simple vista. Solo soy una inofensiva roller.
Deviant cogió impulso y saltó contra uno de los bancos. Grindó contra su canto arrojando chispas con las placas metálicas de sus patines. El pervertido de la sudadera la miró de reojo, murmuró algo. Sostenía a la niña por los hombros.
—¡Si le asustas se largará, joder!¡Hazme caso! —Nanami alzó la voz más de lo que esperaba. El pervertido miró en su dirección.
—Ahora mira quien la está jodiendo… —replicó burlona Deviant.
Las Dúplicas escuchaban la discusión entre la pareja. Nemo parecía perdido en su canción mental, tras un cartel publicitario.
—Seamos profesionales por una puta vez, Devi. Si es que eres capaz de dejar de hacer el gilipollas. No sabemos quienes son los compradores y puede que estén cerca —dijo Nanami.
—No sé si sabré ser profesional —Deviant hizo otro truco patinando alrededor de la furgoneta, cruzó las piernas y se giró sobre si misma para patinar de espaldas. Todo sin perder ojo al hombre —. Si querías profesionales, haber llamado a Nyx. ¡Ey! Dúplicas, ayer Nanami se fue con Nyx a Escila a hacer una misión secreta. ¿A vosotras os llamó?
—Nyx, estás muy cerca, te oirá lo que dices, no la jodas —Nanami intentó parecer calmada. No lo consiguió.
Cinco moteros aparecieron por el otro lado de la plaza. Sus motos japonesas eran oscuras, cubiertas de pegatinas y estampados de yokai. Rugían con estruendo.Todos llevaban cascos y monos con un emblema en la espalda
—Mierda —Nanami cerró los ojos —. ¿Son los compradores o seguridad para el comprador?
—Ni idea —dijo una Dúplica —. Espera. Nanami, el logo de las chupas es un gato demonio. Son Bakenekos.
Nanami aguzó la vista, pero no tenía ángulo con ninguna cámara para ver los emblemas de sus espaldas. Los moteros se pararon frente al hombre y la niña. No se quitaron los cascos.
—Mierda, joder. Nos largamos, chicas. Abortamos.
—¿Qué? ¿Y la dejamos aquí? —gruñó con incredulidad Deviant, que se había parado en un portal , alejada de ellos.
El hombre se acercó con la niña a los moteros. Uno de ellos se quitó el casco. Era un joven atractivo, con una cicatriz en la cara y el pelo teñido de plata. Se pusieron a hablar. Él vendedor hizo un gesto hacia Deviant y otro hacia Nanami. Los moteros miraron de lado a lado de la plaza a ambas adolescentes, pero no se preocuparon.
—Esperad —dijo Deviant —, no son Bakenekos.
—¡Una mierda que no! —respondió por el intercomunicador una de las Dúplicas, que se había escondido tras la barandilla de la galería —. He visto su logo, un gato erguido con dos colas y máscara de demonio.
—No son máscaras, los gatos llevan las caras pintadas. Son gatos erguidos de dos colas, sí, pero sin máscaras. Son Nekomatas.
—¿Nekomatas? —murmuró dudosa una de las hermanas.
—¿Deviant, estás segura? —preguntó Nanami. Llamó a un dron reportero que sobrevolaba la zona para poder usar su cámara —. Los Bakenekos sí están metidos en la trata de blancas, tienen muchos contactos. Tendría sentido. Los Nekomatas son unos muertos de hambre, no pintan nada aquí.
—Aunque sean Nekomatas —dijo una Dúplica —, me sigue dando mal rollo. Los Nekomatas son vasallos de los Bakenekos. Si nos cargamos a alguno estaremos metidas en un buen follón. Buscarán venganza.
—No si matamos a todos.
—Votemos —dijo su gemela.
La transacción se estaba llevando a cabo. Los moteros pagaron con billetes al pervertido, que empujó a la niña hacia ellos.
—Voto atacar, pero ahora —dijo Deviant.
—Yo voto retirada.
—Yo también — dicen las hermanas.
Nanami parece dudar.
—Nos retiramos, no podemos ofender a uno de los clanes, aunque sean vasallos menores.
—Joder, Nanami, esta no eres tú, estás distraída por toda esa mierda de tu padre. ¡Es una niña, hay que sacarla de ahí!
—Inari —murmura por el intercomunicador Nemo en uno de sus inusuales estallidos parlanchines.
—Sí, Inari nos hubiera venido bien —susurra Deviant, oculta tras una columna —. Ella hubiera atacado conmigo.
Nanami se siente frustrada. No quiere llorar, no quiere dejar a su suerte a esa niña, en manos de unos proxenetas. Pero atacar sería una locura.
—¡Mirad! —dice una de las Dúplicas.
Las cuatro Acid Nymphs asomaron hacia la plaza. Inari, la quinta en discordia, acaba de aparecer por una calleja. Caminaba hacia el grupo formado por los yakuzas y el pervertido. Vestía con retazos de ropa punk y tachas de metal, como todas las Acid Nymphs, pero ella prefería los colores claros y los tejanos deslavados. Y cubría su rostro con una máscara de kitsune blanca y roja.
—¿Qué coño hace?¿A dónde va? —dice una Dúplica.
Todas aguardan el desenlace.
Inari saca una miniuzi y el tiempo se detiene para todos menos para ella. Dispara una ráfaga a los moteros que no reaccionan a tiempo. Las balas impactan en las motos, en las rejillas del suelo, en las farolas. Los casquillos flotan a cámara lenta alrededor de su máscara de zorro. Todos abren las bocas para gritar. El pervertido se gira hacia la seguridad de su furgoneta, los yakuzas desenfundan las armas de sus motos o se refugian tras ellas. Uno cae con dos impacto en el pecho, otro ha recibido plomo en la rodilla y aprieta los dientes.
La niña se tira al suelo, se cubre la cabeza con las manos.
—¡Cubridla, joder, ataque, al ataque chicas!¡Hay que matarlos a todos!
Nemo salta de la galería. Cae encima de la furgoneta como un atún recién pescado, pierde pie y choca su cráneo contra el parabrisas. El ancla oscila fuera de control e impacta la puerta del piloto. Los cristales explotan en una supernova que refleja los neones de los carteles cercanos en mil colores.
El tiempo se reanuda.
El pervertido chilla histérico y sale corriendo.
Las Dúplicas sacan sus pistolas y comienzan a disparar mientras descienden las escaleras hacia la plaza. Los moteros intentan reagruparse, pero un tercero cae herido. Aún así, comienza a disparar con su pistola semiautomática. Los dos restantes optan por huir. Montan en sus motos y aceleran. Las ruedas chirrían, sale una humareda.
Deviant no ha estado ociosa. Acelera con los patines, coge velocidad, salta sobre uno de los bancos, activa el nitro, y vuela por el aire girando sobre si misma. Golpea con una de sus espuelas en la cabeza a uno de los dos moteros. El golpe hubiera sido letal de no llevar casco. Deviant y Nekomata ruedan por el suelo mientras el quinto yakuza, el de la cicatriz, escapa.
—Lo siento, iba a por tu compañero —Deviant desenvaina su cuchillo favorito y apuñala tres veces en el estómago al motero derribado —. Tengo que practicar mejor ese salto.
Nanami permanece quieta, con los ojos cerrados. Se concentra en todas las conexiones. Contempla la escena desde diferentes ángulos: cámaras de seguridad, el visor de la furgoneta, la microcámara de los patines de Deviant, el dron de prensa que ahora está sobre la plaza. Aprieta los dientes e impide que sigan grabando, luego borra los últimos minutos. Una bala silba junto a su cabeza y le rompe la concentración.
El pervertido de la sudadera ya no está cerca. Corrió en dirección opuesta a los yakuza. Las Dúplicas están ya en la plaza, rematan a los moteros heridos. La niña sigue tirada en el suelo llorando. Tiene una herida superficial en un brazo, quizás una bala rebotada.
—¡Deviant, el jefe ha escapado! —grita por el comunicador Nanami.
—¡Es mío, solo necesito guía! —responde.
Si alguien puede coger a un motero urbano en Bajociudad, es Deviant. Pero antes debe resolver un cabo suelto. Nota un aguijonazo en la cabeza. Reanuda el enlace con el dron y eso fuerza sus nanitas, que deben consumir más energía en la conexión. Aprieta los dientes. Tiene la pistola en la mano, pero no ha llegado a usarla.
Nemo continúa su “finisher” a la furgoneta, reduciéndola a pulpa metálica al bajar por un lateral y golpearla con rabia por haberse perdido la fiesta. El pobre Nemo pesa doscientos kilos, y su ancla al menos treinta más. Seguro que intentó caer sobre el pervertido, y no calculó bien. A Nanami le recuerda al “bonus stage” de un videojuego de lucha.
El pervertido corre entre callejones, choca con varias personas, cruza la calle y está a punto de ser atropellado por un autobús. Se apoya en una farola para tomar aire. Nanami le sigue desde el aire, su conciencia a lomos del dron. Lo ve todo en tonos de amarillo, pero tiene un zoom potente para ver el sudor en su frente.
Él resuella, recupera el aliento.
La esfera con cámaras tiene buena maniobrabilidad, debe pesar unos cinco kilos. El vendedor de la niña no la ve venir hasta que le cae encima de la cabeza reventándosela como una calabaza madura. Trozos de sangre y sesos bañan a los pasajeros que en ese momento descendían del autobús. Activan sus omnivitaes para grabar y hacer fotos al cadáver.
Con el deber cumplido, Nanami deshace la conexión con el dron. A su alrededor hay cuatro yakuzas muertos. La niña parece estar bien salvo por un rasguño. Inari… mierda.
Inari está muerta. Una bala, a saber de quien, le atravesó el cuello. Se ha desangrado. Nanami acude a su lado, le quita la máscara. Acaricia su mejilla pecosa, la mira a los ojos oscuros enrojecidos. Le pone las manos en el cuello, pero es tarde. Tiene el rimel corrido, como si se hubiese pasado la noche llorando. Ya no podrá preguntarle qué le pasó con Dao, o que la motivó a disparar a los yakuzas sin siquiera avisarlas o pensar.
Nanami cierra los ojos, tiene ganas de gritar. Pero su omnivitae maulla. Conexión entrante de Deviant.
—Lo estoy siguiendo por el viaducto persa, necesito guía pero ¡ya! Su moto es mucho más rápida. Diría que regresa a su territorio, no lo voy a pillar a tiempo.
—Espera.
Nanami se concentra en el mapeado de Las Pistas, busca rutas alternativas, posibles trayectos para motos que lleven al territorio de los Nekomatas. Lo localiza a través de cámaras de tráfico.
—No va a su territorio, ya se ha pasado el de los Nekomatas, Deviant. No sé donde va.
—Es un Bakeneko, dije que era un Nekomata para que atacásemos.
—¡Joder, Deviant, nos podría haber costado la vida!
—Suerte que Inari solucionó la votación, habría pasado lo mismo, ¿no? Ahora seamos proactivas y jodamos a ese cabrón.
Nanami rebuscó los planos y las zonas almacenados en sus recuerdos. La IA enjambre de sus nanitas le propuso una ruta hacia el territorio de los Bakenekos y otra para Deviant.
—Deviant, ¿ha cogido la vía del Atronadero?
—¡Sí! — la voz de Deviant comenzaba a sonar cansada con cada impulso que se daba. Reservaba el nitro restante de sus patines por si tenía que hacer un sprint.
—Me conecto a tu cámara. Tienes que pillar un oleoducto paralelo. Él tendrá que hacer dos giros cerrados y bajará seis niveles. Tú deberías ganar tiempo por el alcantarillado.
Nanami volvió a conectarse a las cámaras, saltó entre nodos de red. Estaban muy lejos. Notó miles de aguijonazos en su cerebro. Sangraba por la nariz. A su alrededor todo se desdibujó. Pasó a ver a través de la cámara que Deviant llevaba integrada en el patín derecho. Cada vez que se impulsaba, la imagen daba tumbos violentos.
—No te costaba nada ponerte la cámara en un casco. Me estoy mareando.
—No llevo casco nunca.
—¡Pues en el pecho, joder!
—Ahí estarás esta noche, princesa.
Nanami rió sin ganas. Volvió a cabalgar la cámara de Deviant. A su alrededor pasaban personas y vehículos. Se encontraban dos niveles por debajo de ella. Vio al motero derrapando por un pasaje mal iluminado, frenando y volviendo a acelerar.
—Sigue recto.
Deviant le hizo caso. El camino acababa en una barandilla que daba a las vías del metropolitano, un piso por debajo.
—Ahora viene tu tren.
Deviant exclamó de júbilo. Adicta al peligro, como siempre.
Al llegar a la barandilla que le cortaba el paso, el camino descendía por unas escaleras hacia el andén. Deviant no las descendió, ni siquiera intentó bajarlas grindando. Saltó por encima de la barandilla, juntó ambos pies en el aire en un truco innecesario y pedante, y cayó cuatro metros hasta impactar sobre el techo del tren que salía de la estación.
—¡A la izquierda!
—¡Bien, el tren va en esa dirección!
Deviant se impulsaba hacia delante sobre el metropolitano, saltando cuando llegaba a una conexión entre vagones. Esquivaba las vigas que amenazaban con decapitarla, se agachaba y driblaba con habilidad.
—Mejor lo dejo, las posibilidades de pillarle…
—Inari está muerta, Devi.
Silencio. Los patines resonaban contra el suelo de hormigón.
—Dale.
—Bájate aquí. Tendrás que pillar la alcantarilla ahora.
—¿No hay otro camino? Me suena que…
—No. Y date prisa.
Sí que lo había, pero a Nanami no le apetecía decírselo.
La vio colocarse la máscara respiratoria sobre la nariz y boca. Oyó la compresión neumática. Se ajustó las gafas de visión nocturna que llevaba en la frente y las encendió. Entró por una puerta lateral y descendió una rampa seca llena de restos de inmundicia. Los patines aceleraban con la pendiente y el fango grasiento.
—Necesito datos.
—Hacia abajo, de momento no te preocupes.
Nanami localizó al yakuza, que se había relajado y circulaba con más calma. Le vio encender su brazalete. Si comunicaba que había sido atacado, y alguien reconocía a las Acid Nymphs, iba a haber una vendetta. Pero las leyes no escritas de las bandas de Bajociudad eran claras. Si no quedaba ningún superviviente, nadie podía hacer nada. El éxito se premia con la inmunidad.
Nanami bloqueó la omnivitae del yakuza. El esfuerzo le hizo ver luces chispeantes delante de los ojos. Si seguía abusando de su poder se iba a desmayar.
—Nana, no sé donde estoy.
—Siguiente cruce a la derecha; baja la rampa. Te dejo, no aguantaré mucho más.
—¿Nana?
Volvió a ver a través de las cámaras de tráfico. El motero trasteaba con la omnivitae. Conducía con una mano mientras con la otra intentaba abrir el pad manual de la moto. Se encontró con un semáforo en rojo y tomó otro desvío. Luego una barrera en un cruce de tren y una señal luminosa que le indicaba que el camino estaba cerrado por obras. Se estaba alejando de los caminos más transitados, todo cortesía de Nanami.
El yakuza maldijo, se detuvo en seco en otro cruce cuando la moto se le apagó. Apoyó un pie en el suelo, se rascó la cabeza. Miró hacia atrás, pero estaba solo. Escuchó algo.
Deviant bajaba a ochenta y tres kilómetros por la rampa oscura, con sus patines dejando una estela verde fluor, el respirador pintado con una mandíbula de hueso y las gafas de visión nocturna reluciendo como llamas radiactivas. La inercia y el enfado ayudaron al nitro restante a convertirla en una bola de demolición.
—¡A la segunda va la vencida, cabrón!
Deviant saltó. Giró en el aire. Impactó con ambas rodillas en el pecho del motero. Le cogió con ambas manos de la cabeza para estabilizarse y cayeron junto con la moto. Él se golpeó contra el suelo con fuerza. Antes de que el yakuza sacase su pistola, el kukri de Deviant le seccionó varios dedos y las pistola cayó junto a varias falanges. Deviant rodó, se puso en pie de un salto. Él la miró, se sostuvo la mano sin dedos.
—Esto por Inari.
Alzó una pierna con un movimiento de ballet destinado a rematar heridos. Le clavó el espolón de acero en la cara. Su rostro crujió y se hundió. Luego ella perdió el equilibrio y cayó de lado, pero ya estaba hecho.

* * *

Nanami rompió la conexión. Deviant sabría regresar, así que se acercó a la niña, que estaba con las Dúplicas y Nemo. Parecía aterrorizada.
—¿Cómo te llamas?
La niña estaba en shock. No dejaba de mirar hacia los cadáveres de los moteros.
—Esos ya no te harán nada. ¿Cómo te llamas?
Nanami sacó de su bolso un chicle de mandarina y se lo metió en la boca. Le ofreció otro a la niña. No lo cogió.
—Mira, haremos una cosa; nos presentaremos. Me llamo Nanami, aunque todo el mundo me llama Nana. Tengo quince años, y sé por lo que has pasado. Nos llamamos Acid Nymphs, luchamos contra este tipo de cerdos.
Las Dúplicas se acercaron y la sonrieron. Ella retrocedió otro paso hasta apoyarse en la pared. Volvió a mirar el cuerpo muerto de Inari. Comenzó a llorar.
—No llores, no sirve de nada.
—Está en shock, Idol. Dale tiempo —dijo una de las gemelas.
Nemo apoyaba el ancla sobre el hombro desnudo, con la cadena colgando.
—Tampoco debemos perder mucho tiempo, chica —Nanami se acuclilló a su lado, la miró a los ojos.
—Hue. Me llamo Hue. Del Ahogadero.
Nanami asintió.
—Bien, Hue del Ahogadero. Cuando tenía tu edad quería ser una idol del xtreme-rock. Pero no pudo ser. Tú también seguro que tenías tus sueños, y hoy igual te han roto alguno. La vida te machaca si no la machacas tú primero.
—Mira, a nosotras también nos pasó lo mismo que a ti —dijo una de las Dúplicas. Te iban a vender. A nosotras nos vendieron en el orfanato. Seguro que no les quedó más remedio. O no. ¿Quieres volver con tus padres? Te podemos llevar de vuelta.
—Mi padre.
—Con tu padre, no hay problema.
—Mi padre —Hue señaló la furgoneta, y el pasaje por el que había huido el gordo de la sudadera.
Ellas entendieron.
—Mira, si tu padre te vendió, poco te queda atrás. A Nemo ni lo vendieron; lo abandonaron en la alcantarilla —Nanami señaló el cuerpo fofo del inmenso sumergido. Y aquí estamos. ¿Tienes más amigos en el Ahogadero?
—Bu.
—¿Podrías irte con Bu?
La niña comenzó a llorar, se cubrió el rostro con las manos. Las Acid Nymphs se miraron. Nemo se acercó a ella, la abrazó. La niña primero mostró un rostro de terror absoluto, pero poco a poco el abrazo del sumergido hizo que aflorase todo. Hue lloraba desconsolada mientras ellas contemplaban la escena. Nemo le dio un beso en el pelo.
Permanecieron así varios minutos. Nanami estaba intranquila. Ya nadie podría incriminarlas, y había borrado las grabaciones, pero aún estaba la remota posibilidad de que alguien de Ortos apareciese. No quería tener que dar explicaciones a la policía de Cerbero.
Oyeron un rasgar de ruedas sobre el pavimento. Deviant apareció con las gafas en el pelo pero el respirador aún puesto. Tenía una pistola en la cintura y un patín cubierto de sangre. La espuela estaba partida.
Derrapó y se unió a ellas. La máscara siseó cuando se la retiró del rostro. Miró la escena sin decir nada.
—La vendió su padre. Era el de la furgoneta —aclaró Nanami.
Nemo se retiró un paso. Deviant asintió. También se inclinó hacia ella, le dio un abrazo.
—¿Entonces no puedes volver a casa? Eso es bueno, porque hay casas a las que es mejor no volver. Si quieres, puedes quedarte con nosotras. Te enseñaremos todo lo que sabemos. Nos encargamos de liberar a chicas como tú de mierdas como esas —abrió la mano en dirección a los cuatro cuerpos, como una azafata señalando una salida de emergencia –. Te prometo, cariño, que seremos amigas. Todo se solucionará.
—Hue —dijo.
—¿Qué? —preguntó Deviant.
—Ha dicho Hue —explicaron ambas Dúplicas a la vez —. Es su nombre.
Nanami hizo otro globo con el chicle, pero le estalló y se le pegó a los labios. El chasquido sobresaltó a Hue.
—¿Cuantos años tienes, Hue? —continuó Deviant.
—Doce.
—Doce. Mira, Hue, yo tenía once cuando los del orfanato me pusieron al servicio de un sacerdote bionicista. Me obligaba a hacerle mamadas para compartir su fluido conmigo, para alcanzar la entelequia espiritual, o eso me decía. ¿Sabes lo que es una entelequia?
Hue negó con la cabeza.
—Yo tampoco. Aguantó con mis mamadas hasta que tuve trece. Entonces empezó a follarme, y lo estuvo haciendo dos años más. A los dieciséis no le atraía tanto, estaba ya desarrollada y se relajó. Se aburrió de mi. Entonces empezó a fijarse en otra niña que acababa de entrar a su servicio, del mismo orfanato. Tenía ocho años. Y eso ya no lo aguanté. No podía dejar que se repitiera. Me hubiera gustado clavarle un cuchillo en los ojos, cortarle la polla, rajarle el cuello, matarle como hemos hecho con tu padre. O que alguien lo hiciera por mí. Recé a quien me escuchase… pero al final siempre tienes que ser tú quien haga las cosas. Y al final llega un momento en que tienes que esconder tu cobardía. Y hacer las cosas. Lo peor es que huí, y dejé a ese cabrón campar a sus anchas durante todo un año más.
Los ojos miopes de Nemo miraban a Deviant con tristeza. A lo lejos, el gemido de unas sirenas de polícia reverberaba entre las calles bajas y estrechas. Al poco se alejaron.
Nanami se colocó los auriculares, y activó su música. Igual era muy egoísta por su parte, pero hoy sentía que tenía que prestar atención a sus propios problemas. Comenzaron a sonar los acordes de “Sweet Child O’Mine.
—Tenemos que movernos. ¿Te vienes o te quedas?
—Ten empatía, Nana. Hue, vente con nosotras. Nana será como hermana mayor para ti, es la mejor. Una hermana gruñona que te quitará la ropa, pero eso está bien. Yo tenía una hermana mayor, pero ahora ya no. Así que tener una hermana mayor gruñona está mejor que no tenerla, aunque te quite tu ropa favorita, porque puedes jugar con ella. Conocerás a Nyx. Da un poco de miedo, pero no te hará nada. Estuvo en el ejército; esa si que tiene la mirada dura. Por lo que le hicieron, por lo que hizo, y por lo que aún tiene que hacer. Nyx te encontrará un sitio para vivir, un sitio tranquilo. ¿Sabes? A Nyx los ojos le brillan porque son implantes. A Nana le gusta Nyx, pero, tsch tsch, es un secreto —Deviant sonrió con acritud. Nanami hizo como que no la escuchaba, perdida en la canción de Guns n Roses.
Las Dúplicas tomaron el relevo de la conversación.
—Ojos de luz. Azules como el mar bajo el sol del mediodía. ¿Has visto el mar alguna vez?¿Y el sol del mediodía? No te preocupes, con nosotras lo verás. O no, quizás no vivas lo suficiente. Ese es Nemo —señalaron al sumergido —, es el único hombre que dejamos unirse al grupo porque no es como los demás. No habla casi nada, es como un niño. Pero es muy muy fuerte.
—Y yo soy Deviant. Me gusta mucho patinar y dicen que no estoy bien de la cabeza. ¿A ti te gusta patinar?
Hue negó.
—Hue, ven con nosotras. Te llevaremos al Distrito Silente, conocerás al Buda del Nadir, y si te acepta, podrás ser una miko. O te enseñaré a patinar como una psycho. O puedes quedarte aquí, la decisión es tuya.
Nemo tomó en sus brazos el cuerpo de Inari.
Hue intentaba no llorar. Se apoyó en una columna cercana.
—Nos vamos. Adiós, Hue –dijo Nanami. —Por ese callejón, al final está nuestro coche. Mira por donde señalo. Iremos despacio hacia allí. Si vienes antes de que arranquemos, genial, porque todas queremos una hermana pequeña. Pero el coraje tiene que nacer en ti. O te puedes quedar, a la espera de tener la suerte de que quien te encuentre se conforme con violarte sin pegarte mucho. Pero es cosa de unos días que alguien encuentre tu cuerpo atascado en una esclusa en algún canal. No quiero abandonarte, pero no necesitamos una rémora. Necesitamos una compañera. Adiós, más veces no lo diré.
Deviant miró a Nanami. Suspiró. Las Dúplicas se miraron entre sí y comenzaron a alejarse. Nemo se dio la vuelta con Inari en brazos.
Fueron engullidas por el vapor que emanaba de uno de los respiraderos. Sólo sus pasos evidenciaban que no se habían disuelto en el aire.
Llegaron al coche. Nemo señaló hacia la plaza, a través de la niebla.
—Hue.
Oyeron pasos a la carrera. Hue emergió de la niebla, se situó junto a ellas, y asintió sin pronunciar palabra.
Todas sonrieron. Se marcharon.
Durante el camino de regreso a su territorio Nanami se durmió de puro cansancio. Soñó con su padre.

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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