Espiritismo II

Segunda y última parte de este capítulo de otro de mis proyectos.

Anteriormente, en “Espiritismo I”:

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—Siéntese, Monsieur Etienne. Pongamos bajo control nuestra fuerza vital, y el portal se estabilizará. Saquen los talismanes —dijo imperativa Madame Akasha.

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Etienne estuvo a punto de enviar al infierno a todos los presentes. Temió que le hubiesen envenenado, pero no había tomado nada desde hacía horas. Pensó que quizás las velas, al arder, estaban liberando algún compuesto tóxico o alucinógeno, pues el olor le resultaba sumamente desagradable, pero entonces no debería haberle afectado sólo a él. Al final decidió que era culpa solo suya, y volvió a sentarse, pero sin ganas de abrir la boca. Se mantuvo inclinado hacia delante, con respiraciones lentas y profundas, buscando una serenidad que se le escapaba de las manos. Notó que el corazón le palpitaba desbocado, y cuando más pensaba en ello, más se le aceleraba. Con la mirada enturbiada por el mareo, vio como cada uno de los presentes sostenía entre sus manos un objeto.

Madame Akasha volvió a hablar.

—Como es la primera vez que Monsieur Bourgeois acude a nuestras sesiones de inmersión en el velo, sería correcto dejar que se tranquilice, y explicarle el proceso y lo que va a contemplar hoy ¿Señor Matheson, ya que se sienta a su lado, sería tan amable…? —dejó la frase en el aire. Las palabras ascendieron hacia el techo, como devoradas por un sumidero celestial. O al menos eso le pareció a Etienne. Madame Roqueleurre estaba muy atenta. Los ojos le tremolaban, acuosos —hagamos un receso de diez minutos.

Etienne sacó de su pitillera un cigarrillo y lo encendió. Luego le ofreció uno a su joven interlocutor, que aceptó. Este olió el cigarrillo.

—¿Turco?

—Sí, Galoises, de la tabacalera imperial. Son muy fuertes.

El americano dio una calada, y al instante se arrepintió. Al inhalar, el humo parecía devorarle la garganta, como una marabunta incandescente que le dejaba en carne viva los pulmones. Por fortuna, cauterizó todo en la segunda pasada, así que cuando exhaló el aliento, ya tenía alquitranado el camino para las siguientes bocanadas.

Saúl comenzó a explicarle el protocolo para la séance espiritista mientras el resto de invitados se retiraban o conversaban entre sí. Se inclinó hacia él, conspirador.

—En cada sesión traemos un objeto que creemos que ha enlazado con el otro mundo. A Madame Akasha le resulta más fácil conectar si hay resonancias que amplifiquen sus poderes. Intentamos centrarnos en uno solo de nosotros, que hace de puerta principal, y la abrimos con su objeto. El resto sirven, por empatía, para incrementar el efecto de la llamada. Madame Akasha busca objetos personales que tengan una historia relacionada con nuestra búsqueda del más allá. Intentamos encontrar el objeto con el que mejor nos podemos sincronizar. Salvo Madame Roqueleurre, que siempre trae su muñeca, pero el suyo es un caso especial. Mire, yo esta vez he traído una cajita de rapé vacía. La encontré en una mansión que perteneció a un ancestro mío, que era de Barcelona, antes de que nuestra rama familiar emigrase a Estados Unidos, y su apellido se perdiese. Pues bien, la casa me corresponde por derecho de herencia, al no haberla reclamado nadie en todos estos años. Pero la casa está encantada. Miré, litografiada en la tapa hay una imagen de su alzada. ¿Cuántos pisos ve?

—Tres. Y quizás una buhardilla, aunque no veo ventanales ni aperturas en el tejado.

—Tres. Y sin embargo la mansión que habito sólo tiene dos pisos, y una buhardilla —dijo Saúl, solemne. Se reclinó hacia tras, orgulloso. Etienne esperaba que el americano continuase, porque no tenía muy claro que debiera haber deducido. Al no hacerlo, se aventuró con sus conclusiones.

—Bueno, quizás hay un “piso fantasma”, si es que eso existe. También puede que esa litografía no muestre la misma casa. Está borrosa, y supongo que hay casas similares.

—Demasiada casualidad, si tenemos en cuenta que la encontré en su interior. Además, hay dos álamos a ambos lados del pórtico columnado, ¿ve? Son los mismos que hay en mi casa. Y es la misma, se lo aseguro.

—¿Sugiere que hay un piso entero que se ha desvanecido? –preguntó Etienne.

—Desvanecido no, que solo existe en un plano de existencia superpuesto al nuestro, pero al que no podemos acceder por métodos normales.

Etienne entornó los ojos hacia el cielo. Dios misericordioso.

—¿Y no podría ser que la hayan reformado? Usted dice que han pasado muchos años desde que un familiar suyo pisó Europa —abrió las manos en un gesto que parecía dictaminar que era lo más lógico y probable.

—Podría ser. Podría ser.

Saúl, por primera vez, se mostró dolido ante la falta de entusiasmo de su interlocutor.

—Disculpe, no quería ofenderle. Pero soy una persona desconfiada. En más de una ocasión he oído historias de estafadores y artistas del timo que se aprovechan de las creencias de los demás. Me ha mencionado a Madame Roqueleurre, y me ha parecido ver que se tomaba todo esto muy en serio.

—Sí, su caso es especial. Su hija… —dejó en el aire la frase, como dudando si continuar o no — …su hija se suicidó.

—El peso de la vida. A unos nos dobla, a otros los rompe.

—Sí, hace muchos años. Madame Roqueleurre era joven, y su hija no debía tener más de doce años. Se ahorcó en su habitación, en la torre de la mansión donde vivía. La encontraron con las piernecitas en el aire, su cabecita colgando de una de las vigas. Se había subido al cabezal. Dejó una nota donde explicaba las causas de su suicidio. Con doce años. ¿Qué causas podrían hacer que una niña con toda la vida por delante pusiera fin a su existencia? Los rumores destrozaron al matrimonio.

—Y la condesa trae la muñeca favorita de su hija, para intentar contactar con ella, supongo —dijo Etienne.

—Casi, pero la realidad es mucho más retorcida. Madama Roqueleurre es una devota cristiana, que está convencida de que su hija arde en las llamas del infierno por la decisión que tomó. Habló con varios sacerdotes, incluso con el arzobispo, pero le dijo que el alma de su pequeña estaba condenada. Ni el pontífice podría salvarla. Así que encargó la fabricación de una muñeca a Armand Marseille, el mejor maestro juguetero que pudo encontrar. Utilizó cabellos cortados del cadáver de propia hija, y para el vestido utilizó una porción de la mortaja. Antes de que la enterraran en la finca familiar, por supuesto, pues el obispado no aceptó que fuese inhumada en terreno consagrado. Madame Roqueleurre, desde entonces, intenta contactar con ella para que pueda confesar sus pecados a un sacerdote católico, y ser perdonada.

—Es una locura.

El marqués Etrius apareció por detrás, y puso una mano en el hombro de Etienne.

—No. Es una pena. Una pena terrible, que atenaza el alma de quien la sufre. Es desesperación, motivada por una tristeza tan grande que ha hecho que dedique la mitad de su vida a intentar congraciarse con el recuerdo de una hija que se suicidó, y de cuya muerte, sin duda, se culpa. Piensa que quizás si ese día se hubiese encontrado en casa en vez de en el Liceo, o si los criados que ella contrató hubiesen sido más responsables, o si no hubiese permitido que su marido fuera tan duro con ella… —Etrius calló al oír las voces que indicaban que la anciana y la médium regresaban por el pasillo, conversando en susurros.

El doctor Ernst regresó del lavabo poco después, y todos tomaron asiento.

—Bien, supongo que el señor Matheson le habrá puesto al día, ¿no?

—Más o menos. Me falta explicarles los talismanes del Monsieur Ernst y Madame Toda.

La bruja hizo un gesto con la mano, cediendo la palabra a la arqueóloga catalana, que sostenía en sus manos lo que parecía un saco de arpillera. De su interior extrajo el cadáver de un felino, polvoriento y apergaminado.

—Hoy he traído una momia de gato sagrado, procedente de la necrópolis de Bubastis, en Egipto. Los gatos eran los animales sagrados de la diosa Bastet, y vivían en su templo. Cuando morían, eran embalsamados con todos los honores, para que continuasen sirviendo a su diosa en el más allá. Además, como ya saben, El Libro de los Muertos detalla con extremo cuidado los rituales necesarios para alcanzar la otra vida. Por ello creo que este animal nos puede servir de guía. Además, los felinos poseen un sentido sobrenatural que les permite detectar a las entidades que saben viajar entre ambos mundos, como bien nos dijo en la última sesión Monsieur Matheson, en su disertación sobre Poe. —Matheson esbozó media sonrisa, e inclinó la cabeza a la egiptóloga.

—Y Monsieur Wohlfart nos ha traído un libro muy atrayente, por lo que veo –Madame Akasha fijó su mirada en el doctor, que tomó  el gesto como un permiso para hablar.

Era fascinante ver estos miembros de la alta sociedad francesa, que vivían acostumbrados a dar órdenes y a no obedecer casi ni las leyes de su propia nación, saltar a la más mínima indicación de quien, para Etienne, era una clara farsante. Todo en su apostura, en sus gestos, en la voz impostada y la teatralidad de su maquillaje, servía para caracterizar un personaje, un estereotipo de augur o medium. Clamaba a los cielos: “farsante, farsante”.

— Les traigo una copia de “De Masticatione Mortuorum in Tumulis”, en muy buen estado —con una mirada de suficiencia se dispuso a aclarar para los profanos, su contenido y origen —. Es un grimorio que trata sobre el vampirismo y la necrofagia, que encontré en una subasta en Amsterdam. Lo acompaña un certificado de 1798 expedido por el papado, que verifica su autenticidad y lo considera un libro peligroso – ante esas palabras, Madame Roqueleurre se persignó —. El libro presenta todas las indicaciones necesarias para elaborar talismanes de nigromancia capaces de alzar a los muertos, o evitar que estos se alcen por su propio pie. También analiza y explica las causas por las que el cadáver de una persona puede reanimarse espontáneamente como un gul necrófago.

Estella Toda parecía interesada de forma genuina, y por supuesto Madame Akasha, en su papel de erudita esotérica y maestra de ceremonias.

—Excelente. Hemos reunido una colección de talismanes cuyo poder es palpable. Puede sentir los hilos de la magia entrecruzarse. He podido percibir con mi tercer ojo la malla de energías que se tejía desde el mismo instante en que nos hemos sentado. Tomemos nuestras manos —indicó la médium, extendiendo ambos brazos.

Así lo hicieron. Madame Akasha cerró los ojos, y comenzó a murmurar un galimatías que entremezclaba griego clásico, latín, y un tercer idioma que ninguno de los presentes podía identificar porque era claramente una invención de la hechicera. Continuó su salmodia impía durante varios minutos, hasta que, con una precisión digna de un gran estreno, un trueno retumbó, sacudiendo la casa con su virulencia. Segundos después comenzó a llover; las gotas repiqueteaban con fuerza en las tejas y canalones; las ráfagas azotaban las ventanas cerradas. El viento aulló en las contraventanas, inmiscuyéndose en la sesión de espiritismo como un zorro en un gallinero, y sus silbidos furiosos hacían tabletear los postigos en sus quicios, amenazando de paso con sacar a Etienne del suyo. Haciendo gala de su sentido de la teatralidad, Madame Akasha habló con una voz aguda, infantil:

—Madre. ¡Madre! ¿Dónde está? La siento, pero no la veo, madre. ¿Está aquí?

Esto turbó sobremanera a la anciana condesa, que apretó con más fuerza las manos con las que se enlazaba, las de Estella y Madame Akasha. Saúl, que tenía apretada la mano izquierda de Etienne, se le acercó y le dijo al oído:

—¡Ha contactado con la hija!

— ¿Hija? Thérèse. Thérèse, ¿Puedes oírme?

—No la veo, madre. Aquí no hay luz. No hay nada, solo dolor. Sáqueme de aquí, madre, vayámonos lejos.

—Te llevaré a casa, hija. Te llevaré a casa. Sólo tienes que aguantar un poco…

Madame Akasha moduló una nueva voz, gravé, áspera:

—Amante esposa. Te estamos esperando. Podremos volver a ser una familia. Thérèse y yo estamos compartiendo el tiempo, como nunca antes. Ya no necesito esperar a que marches con tus amigas. ¿Recuerdas el recital de Armand? Esa tarde fue la primera. Thérèse se vistió con tu negligé de satén blanco y…

—¡No! ¡Monstruo! ¡Déjala en paz, como le pongas la mano encima! —la anciana temblaba. Apretaba los párpados y los dientes, pero las lágrimas se deslizaban por sus mejillas chupadas.

—Lo sabías de sobra. Era más fácil para ti ignorarlo todo. Amada esposa, en breve nos reencontraremos. Aquí, en el abismo. Y entonces te enseñaré a difamarme. ¡Ramera!

Madame Roqueleurre lloraba, y los brazos le temblaban, sostenidos por Estella, que, con los ojos abiertos, estaba aterrorizada. Madame Akasha se retorcía, el cuello tensado y la mandíbula rígida en un rictus maníaco; continuó con su actuación, retomando la voz de falsete que imitaba la joven suicida.

—Tu camisón se manchó madre. Había sangre. Por abajo, madre. Lo siento mucho.

Un portazo en el piso superior, y ruidos de alguien corriendo. Etienne alzó la mirada hacia el techo. Eso no era una ilusión. Madame Akasha prosiguió con voz más grave.

—¡Abre la puerta, meretriz del diablo! ¿Por qué me provocas? Tú también lo deseas, ¡haz feliz a tu padre! ¡Abre la puerta o la echaré abajo!

Ruido de cristales rotos a través de las paredes, quizás provenientes de la cocina o del recibidor cercano. Las puertas de acceso al salón se abrieron con un gemido, y una corriente de aire apagó casi todas las velas. A la vez que se apagaban, Saúl dio un respingo, Etienne abrió los ojos dispuesto a levantarse y enviar al diablo a todos pero en ese instante vio que Etrius le miraba, atento. Como si le estuviese valorando, o como si esperase una reacción. La oscuridad les engulló. Creyó percibir una silueta enorme, de más de dos metros de altura, tambaleándose en una esquina del salón, como si fuese incapaz de caminar con seguridad. Daba zancadas sin moverse del sitio, hacía resonar lo que parecían unos zuecos de madera. Nadie más pareció haberlo visto. Un grito de niña en el piso superior, y un golpe de algo blando cayendo, seguido de un chirrido inidentificable, como una sierra dentada arañando una pizarra. Las puertas del comedor se volvieron a cerrar, solas. El silencio lo engulló todo, salvo el sonido de la lluvia en los cristales. Entonces comenzaron a oírse zumbidos procedentes de la silueta, de la que emergieron moscas; un hedor nauseabundo lo impregnó todo. Estella gritó, y se levantó, rompiendo el círculo. Saúl liberó la mano que entrelazaba con Etienne, y juntándola con la otra empezó a rezar un padre nuestro. Erns se levantó con vehemencia y la silla chirrió como un demonio. Sólo Etrius y Akasha permanecían imperturbables.

Ya había pasado. Solo se oían las respiraciones de los presentes.

Salidos de la nada aparecieron dos criados con lámparas, que iluminaron la estancia. Madame Roqueleurre temblaba, con los ojos en blanco, Saúl rezaba, Erns sostenía su libro como si fuese un salvavidas, y Etienne, sin saber cómo ni cuándo, tenía su pistola en la mano. Los criados retrocedieron al ver el arma. Etienne reculó hacia la pared:

—Están todos locos. Sus juegos exceden el buen gusto y la cordura –dijo.

—¿Juegos, Monseur Bourgeois? —replicó Etrius —. ¿Y entonces por qué ha desenfundado su arma, sí todo es inocuo?¿O es que en el fondo de su ser sabe que lo que ha vivido es real?

—¿Real? Humo y espejos. No sé por qué he venido. Es de una crueldad y mal gusto increíble.

—¡La condesa! —gritó Saúl, rodeando la mesa con celeridad. Madame Roqueleurre se había desmayado. Madame Akasha sonreía, Etrius dirigía a sus criados para que fuesen en busca de un doctor, pero Ernst ya estaba junto a ella, examinándola las pupilas, y reclamando que le trajeran el maletín que se encontraba en su coche.

***

Etienne dio una larga calada a su cigarro. Las volutas ascendían hacia el ventilador  situado en el techo, que lo atrapaba entre sus aspas de teca y lo desperdigaba sobre las estanterías como un aspersorio de nicotina. Etrius también fumaba, pero parecía que, lejos de saciar una adicción, lo hacía para acompañar a su invitado.

—¿Qué le ha parecido, Monsieur Bourgeois?

—Una fantasmada, si me permite  la mala broma.

Otra calada. El pequeño despacho sólo tenía dos sillones situados frente a un ventanal orientado al norte, donde las gotas de agua se estrellaban con dejadez. Un brasero caldeaba la estancia e iluminaba con el brillo de sus ascuas un cuadro de Palas Atenea. Un cuervo, que parecía haber tenido la mala suerte de ser disecado en el momento que alzaba el vuelo hacia la lámpara de pared, proyectaba la sombra de sus alas sobre los dos hombres.

—¿De verdad son necesarias esas farsas para el sustento de la Sociedad? ¿Mi padre aprobaba estos métodos para recaudar fondos?

—Su padre no vivió estos tiempos que nos han tocado a nosotros. Desde su fundación, y durante los años que formó parte de nuestra orden, esta obtenía financiación a través de la corona imperial. Pero con las continuas pérdidas en las colonias, las revueltas independentistas en sus territorios y el creciente anarquismo, era cuestión de tiempo que nos retiraran cualquier estipendio. Pero no por ello hemos dejado de creer en nuestra visión común, y en nuestro principal cometido: clasificar las amenazas sobrenaturales al Imperio, e intentar combatirlas. Para ello necesitamos dinero, me temo, y ahí entran las donaciones particulares.

—Es humillante. Un grupo de buenos para nada que asisten a nuestras funciones.

—Y sin embargo, uno de los presentes tiene un dàimon. Uno bastante poderoso. Y no me refiero a usted  —dijo el anciano mientras miraba a Etienne por encima de sus gafas de cristal tintado.

—Cuesta creerlo.

—¿Adivina quién?

—Podría ser cualquiera, pues todos me parecen unos inútiles integrales. Pero sin duda usted me lo dirá.

—No se piense. Me gustan los juegos. Se lo ruego, diga quién cree que puede ser el poseedor de un dàimon excepcional para nuestra sociedad.

—Saúl Matheson.

—No lo ha pensado, ha respondido el primero que le ha venido a la mente, confiando en que con eso bastaría para terminar el enigma.

Etienne suspiró.

—Estoy seguro de que la condesa no es.

—Bien.

—El doctor Wohlfart parece tan pedante que ya habría demostrado sus capacidades si tuviera alguna que se saliera de lo normal, ¿me equivoco? Aunque si ese libro fuera el que dice, tendríamos un problema. De Masticatione Mortuorum in Tumulis fue un manuscrito muy problemático, si no recuerdo mal.

Etrius sonrió.

—No se preocupe, es una versión censurada y recortada, los sortilegios y hechizos están incompletos, ya lo he comprobado. No puede convocar ni vincular absolutamente nada, ni por supuesto ejercer la nigromancia. Eso sí, puede consultar los grabados.

Etienne se mesó la barba, y perdió su mirada en el techo.

—El joven Matheson tampoco me parece un buen candidato, tiene el alma intacta. Quizás sea un Puro. Y la señorita Estella Toda no me acaba de convencer; para ella todo esto es una frivolidad, un pasatiempo. Así que solo nos queda nuestra farandulera. Madame Akasha.

—¡Excelente!

—¿Es una verdadera adivina?

—La mejor que he visto, o de la que haya oído hablar.

—Y sin embargo…

—Y sin embargo no usa sus poderes en nuestras reuniones, cierto. Prefiere ceñirse a su papel de estafadora con dotes para la oratoria y el drama. Los ruidos que oímos, y el grito de niña, fueron cosa de su prima pequeña, que con mi connivencia se escondía en el piso de arriba; con unos viejos zapatos de madera hizo los ruidos de los pasos. Me temo que su poder tiene ciertas limitaciones. Como el suyo, Monsieur Bourgeois, aunque de otro tipo.

—¿Cómo hizo la silueta del Hombre Alto? ¿Para que las sombras se moviesen así?

Etrius se pasó la lengua por los labios, inseguro de cuáles serían sus siguientes palabras.

—¿El Hombre Alto?

Etienne tragó saliva.

—Disculpe, la iluminación debió jugarme una mala pasada, y mi mente sugestionada vio cosas —optó por no preguntar por las moscas ni el olor. ¿Sólo lo había percibido él? Optó por cambiar de tema —. ¿Madame Akasha puede hablar con los muertos?

—No con los cadáveres, como usted, sólo con los espíritus. Y como bien sabe, los espíritus tienden a disgregarse y desvanecerse. Los espectros y fantasmas son harina de otro costal.

—¿Y el futuro? ¿Puede preverlo?

—Sólo las muertes.

Etienne se calló unos instantes.

— Eso quiere decir…

—¿Piensa que quizá ya sabe cuando morirá usted?

—Es un poder útil.

—No si no le va a servir para evitarlo.

—¿Lo han comprobado?

—Me temo que a la muerte le gusta bailar. La Danse Macabre. Sé que intentó evitar algunas muertes de seres queridos y el resultado fue mucho peor. Además, ella no puede controlar bien su uso. Y por supuesto están las pesadillas. Cada vez que atisba en las tierras de más allá del velo, tiene vívidas pesadillas que la incapacitan y aterran.

— ¿De dónde es?

—Española. De Andalucía. Su verdadero nombre es María Lanzas.

—Y ella es el verdadero motivo de que me invitase esta noche.

Etrius apuró la copa de cognac.

—Acuda a La Carassa, en el Barrio Gótico, y pregunte por Madame Pasifae. Le ayudará a encontrar a su objetivo.

***

Esa noche, mientras María se desmaquillaba, y Josefina, su prima de once años, le preparaba el baño, no dejó de pensar en el atractivo francés que acababa de conocer. Él la consideró una farsante desde el primer momento. Y eso estaba bien, pues quería decir que sus dotes de actuación seguían funcionando.

Se soltó el pelo. Le cayó en rizos negros, espesos, del tipo que los malos poetas siempre describen como azabache. Sus ojos profundos buscaron su reflejo en el espejo del tocador, mientras se levantaba para dirigirse a la tina de agua caliente. Depositó su batín chino sobre la cama, y comprobó la temperatura del agua.

Tras media hora de relajación, sumida en un ensoñamiento cálido y algodonoso, salió de la bañera, se perfumó con dos gotas, se puso el camisón, y se sentó de nuevo en su tocador. De un cajón secreto extrajo un diario gastado, anodino, con los bordes doblados y el espinazo agrietado, y redactó en él la visión que le había mostrado cómo sería la muerte de Etienne Bourgeois.

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El Hombre Alto desea que os haya gustado. A él le gustáis.

Saludos.

Carlos Di Urarte

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Autor: Carlos Di Urarte

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Ex-librero entusiasta. Blogger criticón. Padre y esposo.

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