La caída

Este es un relato que escribí para un concurso de Portal del Escritor. La idea es, sin exceder las 2000 palabras, escribir sobre una idea pregenerada aleatoria. A mí me salió lo siguiente:

“En una inmensa ciudadela viva, que crece cada día,  donde convive la magia con la tecnología, una aprendiz de hechicería busca un antiguo amor, portador de un secreto que puede salvar su mundo.”

Y aquí lo tenéis.

 

La Caída

Yo tenía tres años la noche que la diosa cayó.

Dicen que los que vislumbraron su cuerpo desplazarse por el firmamento se quedaron ciegos al instante, y que su última visión fue la de una esplendorosa incandescencia seguida de una estela verde que partía en dos la oscuridad.
Recuerdo que dormía abrazada a Osito, mi búho de peluche favorito, y me despertó el estruendo del impacto. Lloré y chupé la punta de una de sus alas, ya deformada por mis atenciones, hasta que mis padres vinieron a consolarme.
Chocó en una explosión de luz y vida contra el palacio del Tetrarca, y las murallas se fundieron. Los supervivientes huyeron de las primeras plantas que surgieron del cráter. Le siguieron marañas de raíces como enjambres de arañas, que se hibridaban con plantas y animales. De la noche a la mañana, dejamos de matarnos por comida, pues nos bastaba la luz del sol y el agua de lluvia. Y así, la diosa nos regaló Empatía. Todos los seres vivos se convirtieron en uno solo, gracias a que nuestros corazones se transformaron en gemas que gestionaban las emociones conjuntas. Empatía era el alma de la diosa, era una porción de su amor, que nos llegó a través de sus esporas, que nos convirtió en familia. Es cierto que unos pocos no lo soportaron, e intentaron acabar con sus vidas. Se arrojaban desde las cúpulas de los templos y viaductos, saltaban al mar o se rajaban las venas tras renegar de sus dioses, dejando que la savia fluyese. Ellos fueron los primeros profetas, pues cuando resucitaron por obra y gracia de la diosa, predicaron el Evangelio Verde, y sobre ese legado edificaron la Ciudadela Viviente, la que siempre crece, la Imperecedera. Y le pusieron nombre a la diosa: Diosagaia, que vino de las estrellas. Diosagaia era luz y vida. Se afianzaba en muros y cerebros, enraizaba pirámides y creencias, y sostenía bóvedas con la misma facilidad que desterraba la muerte de nuestras vidas. Diosagaia se comunicaba con nosotros mediante Empatía, y poco importaba que también representase ceguera e indolencia, pues nos sumió a todos en la decadencia del bienestar sin esfuerzo, de la paz sin necesidad de diálogo. Desterró los conflictos. La muerte final no nos era desconocida, pero sí tan remota que se le perdió el miedo.
Algunos acabaron en las cubas de compostage, por herejes.
Poco a poco, los supervivientes nos adaptamos a Empatía. Pero yo escondía un secreto que nadie sabía: seguía sintiendo miedo, frustración, amor, odio o pena. Mi corazón nació dañado, nunca se convirtió en una gema. Sin Empatía, la diosa no me mostró su guía.
No dejé que mi rareza me excluyera, y aprendí a fingir sintonía. Llegué a pensar que era la única, una tullida emocional cuyo corazón era un mero órgano de carne. Y un día descubrí que no estaba sola.

En verano me gustaba tirar piedras a los cadáveres que flotaban en los inmensos depósitos, y gritaba de júbilo cuando conseguía acertarles. La piel se rompía, y de su interior brotaban gases en un siseo que parecía chistarme por haber interrumpido la sacrosanta fermentación.
Allí encontré por primera vez a Albeos. Era un niño de mi edad, sucio, con medio cuerpo abrasado. Se pasaba los días mirando los cuerpos cubiertos de líquenes y musgos en las cubas, a la espera de un milagro. Pero todos sabíamos que el tiempo de los evangelistas ya había pasado, y el destino de los blasfemos era convertirse en sustrato de la ciudadela. Nadie más había resucitado pasados los primeros diez días desde la caída, no eran necesarios más sacerdotes.
Desde la mañana hasta la noche se sentaba con los pies descalzos colgando del borde, mirando los cuerpos. No se si rezaba o sopesaba arrojarse.
Una vez le llevé una manzana roja, pero se apartó de mí como si le ofreciera la peste.
Más tarde descubrí que cazaba pájaros para comer, pero solo los que no habían sido tocados por Diosagaia, y cada vez le resultaba más difícil.

Mi madre me acompañó a la mañana siguiente, y nos lo trajimos a casa. Lo rescatamos como un animal herido. Así descubrimos que Albeos tenía mi misma edad, y que sus padres no sobrevivieron a la iluminación. Su padre los roció con ácido a él y a su madre, antes de inmolarse, aunque ella no sobrevivió. Los recolectores arrojaron a las cubas a sus progenitores. Y allí acudía su hijo, a la espera de que su madre abriese los ojos y volviese a casa, o de que su padre resurgiera de las aguas oscuras para pedir perdón.
Fue como un hermano para mí, y como suele pasar con los hermanos, nunca le entendí. Y sin embargo, que él tampoco sintiera a Empatía me llenó de júbilo. Su corazón era de carne.
Albeos odiaba el verde. No comía frutas ni verduras, y a veces lo pillaba quemando las hierbas que intentaban entrar por la ventana. Si los Sacerdotes de Diosagaia le hubieran pillado fumigando con compuestos alquímicos que él mismo destilaba, probablemente le hubieran reunido con su familia.
Al final le pillaron. Yo tenía trece o catorce, creo. Los escupidores se colaron por la chimenea y le sacaron a rastras de la cama. Recuerdo en la madrugada el sonido de sus uñas tabletear sobre el entarimado. Clicliclic, hasta su cuarto. Clicliclic, un grito, varios golpes, y su chillido sostenido en el aire, mientras se lo llevaban. Chupé el ala de Osito.
Ninguno salimos de nuestros cuartos a defenderle.

Una semana después, regresó a casa. Ya no tenía quemaduras, sus ojos relucían con la magia divina de la diosa, y en su aliento percibí las rutilantes esporas del Evangelio de las enredaderas. El último Evangelista. Cruzamos nuestras miradas, y supe que seguía sin sentir a Empatía, a pesar de que ahora sanaba corazones.
Con doce años entré en los Invernaderos Sacros, y aprendí biomancia. Usé mi magia para evolucionar y perfeccionar los seres vivos. Los rociadores de tiro doble fueron invención mía, por ejemplo.
Nunca fue lo mismo, y sin embargo, verle curado de sus heridas me alegró el corazón. Dejó de culpar a la diosa, se integró entre nosotros. Pero aunque no deba reconocerlo, echaba de menos sus emociones. Le despojaron de sus emociones a flor de piel, de su ira, pena y odio hacia Diosagaia.

Cuando Albeos y yo cumplimos dieciséis años, soñé que nos besábamos. Al día siguiente entró en la Ciudadela y se dedicó, en tallo y alma, a servir al Útero.
Era capaz de entretejer la magia de la vida como nadie, de sanar y marchitar gemas con sus hechizos. El hábito viviente relucía cuando oficiaba las misas en la catedral, y no tardó en ser ascendido a Corifeo de la diosa. La Mitra de Pétalos, el Báculo de la Germinación y el Anillo del Jardinero fueron suyos.
Le seguí de cerca. Hubo quienes decían que si yo permanecía siempre a su sombra, no alcanzaría mi verdadera altura, que no era más que un esqueje, que debía buscar tierra nueva en la que asentarme. Pero Albeos me necesitaba. No me importaba que pensasen en mí como una pusilánime, pues sus votos le impedían tener otra esposa que no fuese la diosa. La que nadie sabía es que las noches que se despertaba llorando, acuciado por pesadillas en las que las enredaderas lo asfixiaban, era a mi cama a la que acudía. Apoyaba la cabeza en mi regazo y yo le acariciaba el cabello pálido, ensortijado entre mis dedos, cantándole una nana de los tiempos en que los pájaros trinaban.
Por eso, cuando huyó, todos se sorprendieron, menos yo. Salí en su busca, porque temí por él..
Recorrí los jardines colgantes del ziggurat, descendí las laderas arbóreas, bajo las sombras gigantescas de los aerófagos y lo encontré sentado, con los pies colgando, en las cubas de compostage. Me abrazó y sollozó en mi pecho, y detesté mi rol de madre.
La segunda vez que huyó, dejó atrás la Ciudadela, y partí de nuevo en su búsca. Yo era su guardiana, su confidente, la única persona con la que se sinceraba. Su mejor amiga. Su única amiga.
Esta vez, su rastro me llevó a las siempre cambiantes Tierras Mergentes. No lo encontré hasta que los estambres luminiscentes que flanqueaban las avenidas como farolas se encendieron al ocaso. Dormía hecho un ovillo junto a las ruinas de una civilización asimilada que no recuerdo.
La diosa crece, otorga vida, frutos, eternidad. Las Tierras Mergentes se mueven, avanzan, yarda a yarda, día a día. Los pueblos que encuentra dejan de temer, abandonan sus fes obsoletas, aceptan la inmortalidad que se les otorga. Quienes se niegan, huyen. ¿Pero quién podría renunciar a ser inmortal, a no sufrir enfermedades, a procrear y multiplicarse sin temer al hambre o el dolor, a dejar de sentir pena y dolor?
Por tercera vez huyó, y por tercera vez partí en su busca. Ni las esporas buscadoras encontraron sus rastro, ni los dendromantes sonsacaron nada a las raíces que cuchicheaban bajo nuestros pies. Susurré mis encantamientos a los zánganos y exploradores y tras muchos días, lo encontré a bordo de una balsa que con torpeza navegaba por mares de sargazos, sobre bosques de algas tan altas como torres. Sentado, deshidratado y reseco, remaba intentando alejarse de mí incluso cuando descendí flotando sobra su frágil embarcación. Murmuró que buscaba el azul del cielo, pero que se hubiera contentado con el azul del mar, y su mirada me dejó claro que nunca podría ser libre.
Le besé la frente y le tomé de la mano. Pero por primera vez, se negó. Me pidió que le llevara a unas montañas cercanas, en las que el fuego rugía y el magma se deslizaba por sus laderas volcánicas. Una vez allí, nos posamos junto a la lava.
—La vida en exceso es más nociva que la muerte.
Le abracé, pero me apartó. Hoy quería hablar.
—Diosagaia es peor que un tumor. Se expande, hace metástasis. Asimilamos pueblos, ecosistemas, especies. Es capaz de apagar estos volcanes y que de sus cenizas broten las selvas. En unos pocos años, todo el mundo conocido será verde. Y cuando haya consumido todo, del Útero nacerá una nueva diosa, que será propulsada a las estrellas, en pos de un nuevo mundo que fertilizar. Así se reproduce.
—¿Y eso es malo? Gracias a ella no hay dinero que empobrezca, enfermedad que mate, hambruna que debilite —repliqué.
—Arrebatamos a los pueblos sus creencias, sus anhelos. Las Tierras Mergentes crecen y someten todo. Somos una plaga. La Empatía los vuelve necios —afirmó, obstinado —. Les arrebata la ira, el temor. Y el amor. Ya nadie disfruta al notar el beso de la lluvia. Quizá tú y yo seamos los últimos que sienten.
Me atraganté con mi propia saliva. Albeos extrajo una gema negra de su túnica, del tamaño y color de una pepita de manzana.
—Aquí atesoro todo mi odio, mi frustración, mi desesperación. Si la introduzco en el Útero, Diosagaia quedará estéril. Salvaré nuestro mundo. Obligaré a que todos volvamos a luchar por la vida, a que existir sea su propia recompensa.

Acerqué la mano, pero la retiré, temerosa. Me daba miedo la semilla negra cargada de emociones negativas que absorbía la luz del magma.
Albeos flotó hacia mi y me obligó a cogerla. Me cerró la mano alrededor de ella.
La ceniza volaba a nuestro alrededor en espirales.
—¿La sientes? —preguntó.
—¿Serías capaz de usarla, de privarnos a todos de Empatía?
—No —dejó caer los hombros —, no lo soy. Cada vez que me he acercado al borde de las aguas del Útero, he acabado huyendo de mi propia cobardía. Por tres veces he fracasado.
—¿No destruirás a Diosagaia, entonces? —pregunté.
—No, yo no.
Y tras decir esto, se arrojó a las llamas. Desapareció en la lava sin dejar rastro, y solo recuerdo que grité, grité y grité, hasta que dejé de gritar, ya en la Ciudadela.

Transcripción de una tablilla encontrada en las ruinas muertas de Ur-Lun, en el Desierto Gris.

 

Autor: Un hombre con barba

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Fui aprendiz de librero pero me echaron por mi afición a eyacular entre las páginas de los best sellers. Hago reseñas y luego me las como. A veces las subo y nadie las lee. Escribo cosas raras.

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