LA SIRENA. Capítulo I

Perdí mi alma cuando tenía trece años, sin siquiera haber desayunado. Bajé de la cama de un salto cuyas consecuencias funestas no descubriría hasta muchos años después. Si en vez de levantarme de madrugada, antes de que la primera luz del alba asomase en el horizonte, si en vez de salir de mi hogar con un cuchillo corto, el abrigo de piel de oveja de mi abuelo, y las aspiraciones soñadoras que sólo un adolescente podría tener, si en vez de ello me hubiese quedado en la cama, quizá hubiese sido más feliz. O quizá no, pues los hados son caprichosos, y gustan de hacernos divagar con sus: “y si”.

Los faroles que colgaban en cada esquina derramaban su luz espesa sobre la calle empedrada. Mi primo Corini me esperaba apoyado en la pared de la calle Herrerías, bajo la sombra oblicua del cartel de la Talega del Ojáncano, posada de mala reputación y peores inquilinos. Creo que ya no existe, ardió, si no me equivoco. Una vez entré, y vi al Ojáncano. Era una estatua de madera de dos metros, que representaba un gigante desnudo, con un solo ojo y unos testículos gigantescos. Toda su vida, mi padre se había quejado de los ruidos molestos de los esclavistas borrachos, que en ocasiones vomitaban en nuestro portal; de la presencia de putas levantiscas desde primeras horas de la tarde, y de las continuas peleas de matones que solían acabar en derramamientos de sangre. Y sin embargo, él era uno de los usuarios habituales de la Talega.
Una de esas quejas desembocó en una de esas peleas, y le costó la vida. Una puta le pegó un navajazo con tanto acierto que le seccionó algo importante. Se desangró lentamente, tirado entre orines de gatos, sin ser atendido por nadie. Mi madre lo encontró al regresar de casa de mi tío Caelio, dos horas después. Tuvimos que vivir con los rumores de que había sido asesinado por no querer pagar a una prostituta, tras usar sus servicios. Eso fue lo peor. Mi padre era tan honrado como un banco judío. Lo que igual no es decir mucho, ahora que lo pienso. Aún así, estoy razonablemente seguro de que nunca habría hecho eso. Mi padre siempre pagaba a las putas.

Una bruma lánguida rezumaba desde el mar. Reptaba por los callejones con tentáculos neblinosos, como un pulpo acechando a su presa. Aunque los pulpos son bastante rápidos, así que igual es una comparación más poética que realista. Mi madre decía que yo tenía alma de bardo y lengua de juglar, y que acabaría en alguna corte junto a algún poderoso señor. Era una forma de decir que mis mentiras eran bellas e inofensivas.
Corini me saludó con un gesto y nos encaminamos hacia la costa en silencio. No eran horas de hablar. Nuestro curso discurría paralelo al de algunos marinos mercantes que regresaban a sus naves. Si no se daban prisa, perderían su barco, pues la bajamar ya había comenzado y muchos patrones preferían perder marineros a perder el tiempo, y más en un puerto tan beato como el de Sancta Andara, llamada la marinera.
Cruzamos canales, callejuelas y plazoletas, dando un rodeo innecesario porque, cosas de la edad, nos gustaba ver a las meretrices en sus esquinas, esperando o trabajando contra un muro, con la esperanza de atisbar un seno, un muslo o si los hados nos sonreían, sus vellos púbicos. No eran las putas más guapas del mundo, no sé si me entendéis, pero nosotros tampoco éramos los adolescentes más exigentes de la ciudad. Mi primo tenía dieciséis años, y yo trece, así que, si habéis tenido una infancia tan saludable como la nuestra, podéis imaginar qué motivaciones nos movían. Esto en parte fue la perdición de Corini, pero no adelantemos.
A él y a mí nos gustaba pescar en el cambio de marea, y siempre con luna llena. Otros pescadores nos decían que mejor con luna nueva, pero Corini y yo teníamos nuestras propias teorías. Supongo que nadie se pondrá nunca de acuerdo, porque en la pesca hay muchos más factores a tener en cuenta que la marea y la luna. Aún así, todos estábamos seguros de que la marea era importante, aunque no supiéramos establecer una relación causal clara. Y aunque ese día no íbamos a pescar, sino a intentar coger percebes y lapas, las viejas costumbres respecto a los horarios son difíciles de olvidar.
La luna llena era un sol apagado, congelado sobre una plancha negra jaspeada de estrellas. Éramos unos pescadores nefastos, aunque en ocasiones encontrábamos algo. El problema era la competencia, no nuestra habilidad. Los pescadores mayores acaparaban los mejores sitios y no dejaban que dos chavales advenedizos les robasen el jornal. Así que acabábamos en las peores calas. Con el marisco de roca pensábamos que tendríamos más suerte. Fue una estupidez, por supuesto, porque las marisqueras eran de una calaña incluso peor. Como eran todas mujeres, pensamos que nos permitiría ser más firmes. Pero a diferencia de los pescadores, solían llevar siempre en las manos algún cuchillo, y ser incluso más protectoras con quienes les querían robar el alimento de sus hijos. Repito, éramos jóvenes.Y bastante idiotas, cabe añadir.
Cuando llegamos a la playa, algunos pescadores ya regresaban con sus capturas. Cargaban las sardinas, chicharros, la ocasional dorada, y mucha morralla, con gesto serio y arrugas tan profundas que sus rostros parecían cortezas de árbol. Algunos peces todavía boqueaban en las carretillas, camino de la lonja. Parecían pedir un beso, enfundados en sus cotas de malla de plata y oro, caballeros noveles derribados en liza y apilados sin distinción de rango. Confesaré que esas bocas sin labios, abriéndose y cerrándose, me trajeron un recuerdo de mi prima Zalbala, y una fantasía que omitiré.
El cielo clareaba a gris plomizo, aún sin despuntar ningún rayo solar. La luna, distante, se limitaba a contemplarnos con indiferencia. Las olas rompían con la desgana propia del que, cansado de laborar, ansía el regreso al lecho conyugal. Chocaban contra los arrecifes arrojando espumillón salado al aire, que el viento transportaba hasta mi rostro. En esos momentos, yo abría los brazos y la boca, cerraba los ojos, y dejaba que la mar me bautizase. Luego me gustaba relamerme, y notar el salitre en la lengua. Sentía que nos entendíamos, que podía conectar con una especie de consciencia marina, que me adoptaba y me abrazaba, con besos salados y caricias frías; sentía que me aceptaba tal y como soy, con el amor incondicional que no me dio mi madre.
Caminábamos sobre las rocas, evitando el verdín y las algas resbaladizas. Recogimos algunos cangrejos de camino, pero tras nuestros primeros encontronazos con mariscadoras, nos vimos obligados a bordear la muralla rumbo a un rincón más alejado. Trastabillamos entre rocas tan afiladas que las notaba cortar las suelas de mis sandalias. A lo lejos estaba la isla de Ormo, con el antiguo faro sobre los acantilados repletos de gaviotas y alcatraces que se posaban en los mástiles de los muchos navíos naufragados, y más lejos, el infame penal del Cabracho.
Cuando era más pequeño, siempre buscaba la silueta de un albatros, pero nunca vi uno. Mi padre me enseñó una vez un boceto que compró a un marinero, comparado el albatros con una gaviota. Supongo que buscar ese pájaro en el cielo era una forma de intentar contactar con un recuerdo placentero, de complicidad padre-hijo. Yo tenía ocho años cuando murió, y aunque me duela decirlo, ya no confío en los recuerdos que tengo de él. A veces sucede que, con el paso de los años, las imágenes se moldean y tergiversan, y tendemos a dar por válidos hechos que nunca sucedieron. Mi abuelo paterno, Zoilo era su nombre, decía que la memoria es una ramera traicionera, y hasta mucho tiempo después, no supe a qué se refería. Os vais a reír, pero de pequeño me imaginaba a una mujer con un remo que te pegaba por sorpresa.
Mi abuelo Zoilo fue un gran nadador. De niño holgazaneaba por el puerto y raqueaba las monedas que le tiraban los paseantes al agua. Saltaba desde los pantalanes y buceaba una decena de metros para ganárselas. Consiguió una pequeña fortuna cuando un barco cargado de oro naufragó contra el Puntal. Pudo sacar un lingote antes de que llegaran las autoridades portuarias, y nunca le pillaron. Y tuvo el buen tino de esconderlo durante años, y los contactos necesarios para poder venderlo, llegado el momento. Eso nos aseguró una vida alejada de lujos, pero relativamente cómoda para ser pescadores. “Nadar bien me ha resuelto la vida” gustaba decir. Se ocupó de que yo aprendiera desde niño.
Vivió setenta y tres años, y se ahogó una mañana que fue solo a la playa, como hacía cada día del año. Me gustaría creer que no se le olvidó nadar, porque eso sería un final muy triste para él. Prefiero creer que un tiburón le atacó, lucharon bajo el agua, y los cuerpos de ambos cayeron hacia el fondo. Esa es una buena forma de morir.

Estábamos marisqueando, o al menos eso creíamos, mientras trepábamos entre las rocas. Dejamos junto a la muralla los abrigos y camisolas, y con la bravuconería típica del joven marinero, buscábamos nuestras presas, a pecho descubierto. Si mi madre me viese, pondría el grito en el cielo, probablemente después de cruzarme la cara.
Las olas nos golpeaban con fuerza y nos traspasaban su gelidez hasta el tuétano. Yo tenía la piel de gallina, pero lo disimulaba, aguerrido. Corini, a mis ojos, era un titán. Tenía un físico más desarrollado que el mío, alto y corpulento como su padre. Yo era destreza y flexibilidad, más sauce que roble, más golondrina que águila. Tenía sus ventajas, pero Corini era todo lo que yo deseaba y nunca lograría ser. De espaldas anchas, pecho robusto y brazos fuertes, hacía suspirar a varias muchachas del barrio. Sabía mentir con labios sugerentes y ojos sinceros. Tenía confianza en sí mismo, y era arrojado, un poco chulo, otro poco prepotente. Durante un tiempo le odié con todas mis ganas, cuando descubrí que mi prima segunda, Zalbala, suspiraba por él. Zalbala había protagonizado las fantasías nocturnas de medio barrio, y era también la protagonista de ciertos chistes soeces sobre cómo ordeñaba a las vacas. Corini me dijo que el recuerdo de la boca de Zalbala bastaba para hacerle manchar su cama.
Y lo peor es que él lo sabía, pero aún así se acostó con ella durante la noche de San Ignaius. Recuerdo sus siluetas sobre la arena, iluminadas por las hogueras del solsticio. Ella lanzaba gemiditos entrecortados, aferrada a su espalda. Mucho después corrieron rumores de un embarazo, de que la había forzado, o se había aprovechado de que ella estaba borracha. No lo sé. Sus padres la internaron en un convento. Pero esa es otra historia.
Corini era rubio, como su madre, algo poco común en la comarca, y traía de cabeza a las mozas con sus bucles dorados y sus ojos verdes. Quiero decir, antes de que su fama de bruto se extendiera. Mi primo no era guapo, pero si atractivo, sin merma de su virilidad. Lo contrario de lo que me pasaba a mí. Yo no era feo, o eso me decían, pero no era viril. Nunca me sentí atraído por los hombres pero, demonios, era fácil comprender qué veían en él.
Yo era de piel morena y cabello castaño y, al igual que él, dejábamos nuestro pelo crecer largo y salvaje. Allí donde Corini exhibía una melena leonina que relucía al sol, yo lucía greñas ingobernables que me tapaban los ojos y me hacían parecer imbécil si no me lo recogía. También si me lo recogía, pero era el mal menor. Además, él ya se afeitaba, algo que en mí era imposible; que sobre mis labios emergiese una sombra de vello era un sueño ansiado.
Mientras arrancaba lapas con la ayuda de su cuchillo -porque ni de lejos encontramos percebes, como podéis suponer- me fijé en las cicatrices y marcas de su espalda. Quemaduras, heridas de hebilla y moretones, todo formando una paleta de púrpuras, carmesíes y ocres. Su madre era un encanto, y fue una belleza en su juventud, según mi abuelo me dijo. Pero su marido, el hermano de mi padre, siempre fue un animal que la fue envenenando con su desdén y desprecio, aderezado con palizas habituales. Aún así, ella nunca le abandonó. Mi tío Caelio era un animal embrutecido por su paso por el ejército. Tuvo la fortuna de estar en el lugar adecuado en el momento apropiado, y rescató a un oficial de un intento de asesinato frenando un caballo con su propio cuerpo. Le valió la licenciatura del servicio, una pensión vitalicia y la pérdida de la movilidad en el brazo izquierdo. Y una cojera crónica.
Mi tía Alina era una mujer lánguida, esbelta y rubia como la cebada, tan inconsciente de su propia belleza que se subestimaba y menospreciaba. Creo que eso fue lo que le hizo víctima de un hombre duro y violento que no se la merecía. Yo apenas la recuerdo, porque mi tío la mató cuando yo era pequeño. La encontró en la cama, una noche que regresó antes de tiempo, con un escriba del monasterio. No sé qué enfadó más a mi tío, si la traición a su confianza, o que fuese con un hombre con fama de amanerado que vestía el hábito.
La asesinó con diecisiete puñaladas, y hubiera matado también al escriba, si este no hubiese escapado por el balcón. De poco le sirvió al monje su huida. Si pensó que sería acogido en el monasterio, se equivocó de cabo a rabo, pues romper el cuarto y séptimo mandamiento le condenó a ser privado del agua lustral antes de ser despeñado desde Cabo Mayor. Así es la vida.
Mi tío alegó que se encontró poseído por el demonio de los celos, alentado por el diablo del alcohol. Mi tía quedó como una seductora manipuladora, una bruja que, valiéndose de sus artimañas de mujer, sedujo a dos hombres píos, alejándolo de su virtud. El tribunal de ancianos, bajo la sombra del tejo milenario, le absolvió.
Tras estos sucesos, Corini pasó a ser el que recibió las atenciones de su padre. No le estoy justificando, pero supongo que todo añadió peso para formar una personalidad cruel y desdeñosa hacia todas las mujeres. Se aprovechaba de ellas, y eso me parecía execrable. Yo también quería aprovecharme de ellas, aunque solo fuese una o dos veces. Ya lo he dicho varias veces, pero por aquel entonces yo idolatraba a mi primo, y era idiota perdido. Y él sentía por mí algún tipo de curiosidad inexplicable, que me permitía seguirle allí donde fuera.
Por supuesto, yo tenía otros modelos masculinos: mi abuelo y mi hermano mayor. Pero mi abuelo se limitaba a ejercer su tutelaje desde la silla en la que se hallaba siempre postrado, y mi hermano mayor, tras licenciarse del ejército, se casó con una arpía que se burlaba de mí y no me dejaba acercarme a él, por miedo a que contagiara a sus bebés la maldición que había nublado mi mente. Pero yo no tenía interés en sus dos gemelos repelentes que dormían o cagaban en los breves momentos en los que no berreaban.

La bruma no acaba de levantar, y la claridad que comenzaba a emerger en el este, lejos de ayudar, parecía empeorar la visibilidad. Sentía mis ojos cubiertos por unas gasas legañosas. En algún lugar oí un velero tocar una campana, y desde el interior de la bahía me llegaron las voces amortiguadas de algunos marineros. Las olas chocaban contra mis piernas, y en un par de ocasiones, más pendiente de mi entorno que de la marea, estuve a punto de resbalar. Me di cuenta de que me había separado demasiado de mi primo, así que decidí que era momento de regresar a por él.
Desandé el camino lo mejor que pude. La niebla se espesaba con cada paso que daba. En un momento dado ya no supe donde estaba. Una ola me cogió por sorpresa y, como si un gigante me hubiese dado una bofetada, me arrojó al agua.
Giré sin control. Aguanté la respiración lo mejor que pude, y me golpeé en el hombro. Noté las aristas de las rocas rasgarme la piel. Durante unos aterradores segundos no distinguí arriba de abajo. Noté como la ola retrocedía, y rocé con la mano izquierda unas rocas que quedaban fuera del agua. Me agarré a ellas como un náufrago a una balsa, pero cuando intenté trepar, vi que la ola al retirarse me había alejado de donde había caído. Otra ola casi me sumergió de nuevo, y me arrancó de las rocas. Intenté nadar. Zoilo me enseñó a salir de las corrientes marinas, nadando en diagonal, pero no sabía en qué diagonal tenía que nadar. Las olas pasaban por encima mío, dejando una estela que se desmigaba, y luego me arrastraban de vuelta. Temía golpearme la cabeza y ahogarme. Sentía que poco a poco iba perdiendo las fuerzas, y que mi mortaja sería el eterno vaivén de una capa de espuma. Pensé que no quería morir virgen, por mucho que hubiera llorado, gritado y ansiado un fin para mis desdichas.
Dejadme hacer un inciso. Durante mucho tiempo después, pensé que ahí morí. Es difícil de explicar. Los sucesos que ahora voy a relatar parecerán fantásticos, y el encuentro que siguió a mi rescate fue, si cabe, aún más extraño aunque no tenga nada de sobrenatural. Durante los días siguientes, no supe distinguir la vigilia del sueño, y me sentí a la deriva. Asistí a la misa fúnebre en trance, sin atender al capellán. Mi madre lloraba, su padre me culpaba con la mirada, y yo solo pensaba en las olas chocando, marcando una ritmo que parecía el palpitar de las profundidades. Sólo el dolor de mi hombro derecho y el corte de mi antebrazo me ataban a la realidad, a la par que el sermón sobre el más allá me alejaba.
Cuando estuve a punto de rendirme y dejarme llevar, una mano me aferró. Mi primo me ayudó a salir del agua con un tirón firme. Caí de rodillas, sobre las palmas de mis manos. Vomité agua salada e incluso pequeñas algas. Me tumbé de lado, sin aire. Respiré, el corazón traqueteando como un carreta descontrolada por la cuesta de la atalaya. Pero antes de que pudiera recuperarme del todo, Corini me dijo que le siguiera, sin dar importancia al hecho de que casi muero. La fortuna quiso que él viniera a buscarme para compartir un hallazgo, y eso me salvó la vida. Yo, en mi estupidez, ni siquiera llegué a pedir auxilio. Quizás la influencia de una fuerza exterior interesada en mí le hizo verme dar brazadas caóticas, mientras la corriente me alejaba. Como un príncipe de cuento, había saltado de roca en roca, hasta situarse a mi alcance, y me había rescatado. ¡Qué patético pescador era yo, que pobre remedo de hombre, a punto de ser devorado por las aguas, sin siquiera nadar en la dirección correcta!
Intenté ir a buscar mi abrigo, pues el frío me provocaba temblores, pero Corini insistió en mostrarme lo que fuera que había encontrado. Me llevó hasta una zona rocosa, con un pequeño recodo arenoso, situado a sotavento de las murallas, y donde las olas no llegaban de forma directa. Una mujer, tumbada boca arriba, yacía sobre unas rocas. Vestía pantalones ceñidos de cuero, y un chaleco rojo, sin blusa ni ninguna prenda debajo. El cabello negro se extendía sobre las rocas. Era morena de piel, y sus rasgos me resultaban exóticos. Quizás era hassanita, o indi. O quizá se pasaba el día al sol.
—¿Está viva? —pregunté.
—Es una sirena. O una bruja marina —me dijo mi primo.
—¿Qué?¿Estás seguro?
—Mira como viste. ¿Conoces muchas mujeres que lleven pantalones? —me guiñó el ojo y me dio una palmada en el hombro. Si hubo un deje burlón, no lo percibí.
Se acercó y me mostró el brazo izquierdo de la mujer, que estaba oculto desde mi perspectiva. Estaba recubierto por un tatuaje que mostraba tentáculos sinuosos, emergiendo desde su hombro, y enroscándose por toda la longitud de la extremidad. Yo no dije nada.
—Estaba boca abajo, allí. Las corrientes suelen llevar los desperdicios a esa zona. Un amigo me dijo que una vez encontró una caja repleta de especias orientales.
—Quizás se cayó por la borda de su barco. O era una polizona que fue descubierta cuando el barco zarpaba, y saltó. O la arrojaron —dije.
—Los tatuajes no son de mujer de bien. Solo las presidiarias y las piratas los llevan Y mira, entre los tentáculos, hay letras.
Me acerqué con cautela, atraído por ella. Sentía que estaba haciendo algo malo, pero no sabía explicar por qué. Era verdad que, sobre la tinta negra del tatuaje, había letras aún más negras, que parecían bailar bajo mi mirada. Trazadas con letra serpentina, en un idioma incomprensible, los símbolos seguían el recorrido de los tentáculos tatuados. Yo intenté apartar la vista de su piel expuesta: de la línea de su cuello, donde se unía con la clavícula; de su vientre plano, casi atlético, con el ombligo llamándome la atención como un pozo al abismo. Corini pareció leerme el pensamiento, y se acuclilló junto a ella. Le desabotonó el chaleco.
—¿Qué haces? —pregunté mientras apartaba la vista.
—Mira lo que hago—me contestó.
Abrió la prenda de cuero rojo, y expuso sus pechos, grandes, generosos. Las areolas tostadas, más oscuras que su piel morena, me parecieron la visión más hermosa que había contemplado en mi vida. Pero sabía que estaba mal.
—Deberíamos llevarla a la guarnición. Debería verla un médico.
—¿Un médico? La ejecutarán. Esta bruja ya está muerta.
—Por tener un tatuaje no tiene por qué ser una bruja. Puede que sea una costumbre de su tierra natal. Es extranjera.
—Esas marcas forman parte de los pactos con los que las brujas renuevan sus alianzas con los espíritus de las profundidades. Mi padre me habló de este tipo de marcas. En la Talega hay marineros que las conocen. Seguro que ha realizado muchos sacrificios de inocentes. Esta mujer está manchada de sangre. Es una bruja pirata, y merece morir —sentenció, tajante.
—Entonces ¿cómo es que no se ha transformado en pez si cayó por la borda? ¿Por qué no se alejó nadando, o volando? ¿O por qué no hizo un conjuro que la permitiera respirar bajo el mar?
Una ola chocó cerca, y una cortina de agua cayó sobre nosotros.
—Sin duda las reliquias de los mártires que hay en la catedral le impidieron obrar su magia.
Yo dudaba que las cabezas cortadas de San Lico y Santo Dominico pudiesen obrar algún milagro.
—Primo, por favor. Vamos a avisar a alguien.
Él me ignoró y comenzó a magrearle los pechos. Le intenté agarrar del brazo, pero me empujó sin problema. Caí de culo, y le miré, sorprendido.
—¿Cori, qué haces?
—Tanto vale viva como muerta. Si la entregamos la colgarán, y seguro que antes disfrutaran de ella los guardias. Podemos ahorrarle todo eso, disfrutar nosotros, y terminarlo todo aquí.
—¿Terminarlo? ¿De qué hablas? ¡Está viva!
—No voy a hacer nada que no sea deshacer lo que ya he hecho.
—No te entiendo.
Nos miramos en silencio. La campana de una boya tañió con solemnidad de funeral, entre la bruma.
—En el agua la encontré, y al agua la devolveré. Si Dios quiere que viva, la salvará. Y si Dios no quiere que haga esto —le pellizcó los pezones —que me lo impida.
Aunque es cierto que la visión de su torso desnudo excitó en mí mis más bajas pasiones, no pensaba colaborar en una violación. Ni siquiera a una bruja marina. Que, además, probablemente no fuera más bruja que ninguno de nosotros.
La mujer apenas respiraba, pero cuando inhalaba, sus senos empapados parecían hincharse. Corini los apretó, y se colocó a horcajadas sobre ella. Con el cuchillo de despegar lapas, le comenzó a cortar los cordones del pantalón. Yo miraba sin acabar de entender, o creer, lo que iba a pasar. Me levanté, y me acerqué a él.
—Cori, no está bien.
—Si quieres participar, ayuda. Si no, vete
Pensé seriamente en marcharme. Me aferré los brazos, temblando, no tanto por el frío, sino por el miedo. Miedo a lo que me podría pasar si ayudaba a mi primo, a convertirme en el tipo de persona que consentía y colaboraba en una violación.
—¿Y si despierta? ¿Y si es una ciudadana respetable, y cuenta lo que le hemos hecho?
—Si despierta, volverá a dormir. —Explicó con un tono que parecía evidenciar que hablaba con un niño. —Y si no, volverá a la mar, con unas cuantas piedras encima.
—Eso es asesinato —dije.
Él no me contestó.
—Si te cogen, te colgarán. No puedes matar a alguien así, sin más.
Entonces recordé la historia de su padre y de su madre. Y pensé que de verdad lo iba a hacer. Le aferré de los hombros, pero antes de que pudiese hablar, me lanzó un tajo con el cuchillo. Me hirió en el antebrazo. Grité, y miré la sangre, que empezaba a manar. Era una herida muy superficial, pero escocía.
—La próxima no será de aviso. Vete. Vete y no vuelvas, nenaza.
“Nenaza”. Que mi primo me llamase nenaza me dolió más que el corte. Él nunca me había insultado como los otros chavales del pueblo.
Retrocedí asustado. Primero, di dos pasos vacilantes. Luego, corrí a trompicones. La palabra “nenaza” aún se repetía en mi cabeza, como un eco eterno. Miré hacia atrás. La niebla engulló la silueta de mi primo sobre la mujer tumbada. Decidí regresar a mi hogar, pero una gaviota me increpó desde las alturas. Y como si me hubiese sacado del letargo, decidí que no podía dejar que eso pasase. No era una nenaza. Por él, por ella, por mí. Porque si le pillaban, no podía permitir que lo ejecutaran. Y si no lo pillaban, no podría reanudar mi relación con él como si nada, a pesar de que me acababa de salvar la vida. Tampoco podría yo mirarme en un espejo, sabiendo que había permitido que pasase. Y por ella, porque, aunque de verdad fuese una bruja marina, nadie se merece que le hagan eso, y la violen y asesinen sin una oportunidad para defenderse.
Cuando regresé, vi que ya le había retirado los pantalones. En una de las piernas también tenía tatuajes de largos tentáculos, y entre sus muslos atisbé una leve frondosidad, rizada y oscura. No le había quitado el chaleco, y me resultó tan incongruente que durante unos segundos me quedé mirando la escena. Él se acariciaba la polla, rígida y enhiesta, con la mano izquierda. Con la derecha le introducía dos dedos, como intentando lubricarla. Era la primera vez que veía el miembro a mi primo, y fue como descubrir una bestia mitológica.
Encontré una piedra del tamaño de una piña pequeña. Era rugosa, con bordes afilados; un pedazo caído de la muralla aún no redondeado por las aguas. Un cangrejo huyó cuando la levanté.
Me acerqué a mi primo. No vi el cuchillo cerca.
—Corini. Déjala.
Se detuvo. Me miró con desdén. Vio la piedra en mi mano alzada. Mi herida aún sangraba.
—¿Ni siquiera eres capaz de usar tu cuchillo, nenaza? Deja esa piedra, no eres un montañés.
—Perdí el cuchillo al caerme al agua —aclaré de forma innecesaria —. Por favor, no lo hagas. Tú no eres así, Cori —gimoteé. Afloraron lágrimas a mis ojos.
—Tú no sabes cómo soy yo. Nadie lo sabe —noté un deje de tristeza en él —. Y tú no vas a golpearme. No después de que te salvase la vida, hace un momento. No después de ser el único que te ha defendido en el barrio los últimos años, cuando has tenido problemas con los de Cote o la banda del “Bolas”. Soy el único en esta puta ciudad que te trata como te mereces, no como una desquiciada maricona.
Corini la comenzó a penetrar, con un total desdén por mi amenaza. Le costaba entrar, maldijo, la aferró de las caderas con fuerza y se echó sobre ella. Y sin embargo, a pesar de que tenía razón en casi todo lo que me acaba de decir, se equivocó en una sola cosa.
Varias cosas sucedieron simultáneamente en pocos segundos.
Corini la embistió de golpe con un gañido feral.
Yo arrojé la piedra, demasiado alta, con fuerza, para intentar asustarle.
La mujer abrió los ojos, gritó de dolor.
La piedra golpeó a mi primo en la sien. Hubiera fallado, si no fuese porque el grito de la mujer le hizo alzar la cabeza, sorprendido. Se estrelló contra él, con un sonido de cascanueces, irreal, de teatrillo. El tiempo pareció detenerse. Una ola chocó cerca, y lloviznó sobre el escenario de la tragedia. Corini se desplomó de lado. El miembro salió tiznado de rojo. Del mismo rojo que la sangre que manaba de su cráneo roto, la misma que goteó sobre el rostro de la mujer, que se entremezcló con el agua marina que parecía flotar en el ambiente, entre la niebla y mi desesperación.
Ella se volvió hacia mí, con los cabellos negros tapándole un ojo, y el otro reluciendo con malicia, destellando con la primera luz del alba que atravesó la bruma. Y con una voz profunda, que evocaba corrientes abisales y oscuridades malignas, me dijo:
—Acepto el sacrificio.

Autor: Un hombre con barba

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Fui aprendiz de librero pero me echaron por mi afición a eyacular entre las páginas de los best sellers. Hago reseñas y luego me las como. A veces las subo y nadie las lee. Escribo cosas raras.

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