LA SIRENA. Prólogo.

El Marrano

Las bisagras de hierro protestaron con un chirrido de rata aplastada. La puerta de mi celda se abrió lentamente, como si el visitante temiese encontrar un monstruo agazapado en la penumbra. En vez de un monstruo, solo estaba yo, encadenado a la pared, con mis pies a dos palmos del suelo anegado y mis muñecas ancladas a la piedra negra con argollas herrumbrosas.
El brillo de la antorcha que portaba el recién llegado me hirió el ojo sano y me hizo apartar la vista. Apreté la mandíbula al notar miles de agujas clavarse en mi pupila. Tras varios días sumido en la más completa oscuridad, el mero atisbo de una llama me laceraba la mismísima alma. Supongo que, para mi visitante, eso sería una prueba más de mi condenación, temeroso del fuego purificador.
La silueta descendió los dos únicos escalones, y sus sandalias pisaron el suelo encharcado, cubierto de verdín y algas. Un cangrejo se escondió en una grieta, y yo salivé. Con una sola comida al día, la mera idea de poder saltar sobre ese desprevenido crustáceo, metérmelo en la boca y masticarlo de forma inmisericorde, se me antojaba una delicia culinaria digna de un rey.
—¿Leo Vicar? —dijo la voz de un hombre más joven de lo que su barba le hacía parecer, titubeante.
No respondí. En mi celda solo estaba yo, y no tenía sentido soltar un chascarrillo que me volviese a causar una visita a la sala de tortura. Tras la última, creo que hasta el verdugo sintió piedad por mí. Aún me dolían las encías, que añoraban los cuatro últimos dientes que me habían arrancado.
—Leo Vicar, también conocido como La Llama que Precede al Infierno, Tronzaburras, y otros muchos nombres coloridos, como Baugar Rha para los montañeses o Sinen Dhoul en la Vieja Lengua.
—Sin’en Dho’ul —corregí —. Al Pueblo Gentil le molesta la pronunciación de los mortales, y se toman muy mal esas faltas de respeto.
Vaya, conseguí quedarme callado casi diez segundos, todo un logro. Aguardé con estoicismo el látigo o la fusta, el puño o el hierro, pero no recibí nada de ello.
La silueta dejó la antorcha en el soporte, junto a la puerta. Dos personas más entraron, colocaron un escritorio individual frente a mí, y salieron como alma que lleva el diablo. Cerraron con llave desde fuera.
El visitante se acercó a mí.
—Perdón, solo conozco la Vieja Lengua de escritos y grimorios, nunca he tenido oportunidad de practicarla con un hablante vivo.
—Mejor para ti. Los hablantes muertos tienen bastante peor carácter que yo —respondí con socarronería. Lo más jodido es que es verdad. Hay algunos espectros bastante cabrones que conocen tales insultos en la Vieja Lengua, que harían sonrojar a un estibador curtido.
—Supongo —respondió, lacónico. Observé en detalle su aspecto. La barba larga y rizada, la cabeza afeitada con esmero, la toga marrón y el símbolo del ancla con el salvador crucificado en ella, colgando del cuello. Parecía un monje cristiano normal y corriente. Pero no lo era.
Abrió la cubierta del escritorio y de su interior sacó útiles de escritura, así como lo que parecía un diario voluminoso.
—El Inquisidor Mayor ha autorizado vuestra solicitud; la última voluntad. ¿Cómo debo dirigirme a vos?
—Leo está bien, gracias. No me gustan los nombres pretenciosos que me pusieron en el pasado, ni los títulos de un pueblo que agoniza en montañas y túmulos. Esa gente que necesita anunciar su cargo en vez de un nombre no hace más que enmascarar su verdadero ser con la cobardía del noble, y de eso yo sé mucho.
Las encías de mis cuatro incisivos inferiores me dolieron horrores tras la parrafada. La herida no sangró. A pesar de la poca delicadeza con que usaron las tenazas para arrancármelos, el hierro al rojo vivo me cauterizó con mimo los boquetes.
—No conozco tu nombre, monje.
—Afonso Viniste, escriba de la corte de la su majestad, Isonanda de Castro.
—¿Te han hecho venir desde la corte, a esta remota isla prisión cubierta de cagadas de gaviotas, para que escribas mi historia? No sabía que era tan importante para merecer este honor, pensé que escribiría mi historia un simple monje.
Palpé con la lengua las encías. Ante su silencio, proseguí.
—Me refería al nombre que te pusieron en tu mikvah, marrano.
El escriba tropezó con el reposapiés al sentarse en el banco del escritorio portátil, desequilibrado por mi insulto. Nada molestaba más a un converso forzoso que ser llamado marrano. Me miró con unos penetrantes ojos negros, las cejas temblando como orugas enfrentadas. En su deferencia diré que mantuvo la calma. Se alisó la túnica, y dijo:
—Mi nombre judío es Abrafam Iben Istel. Preferiría que no utilizase epítetos peyorativos. Ya renuncié a la fe de mis antepasados en pos del Cristo Ahogado.
—Y crees que eso debe conmoverme. No sabes nada de renunciar a cosas —escupí con sorna.
—Pero sé mucho de usar nombres que no siento como míos, y pensé que vos lo entenderíais mejor que nadie.
Nos miramos durante lo que pareció una eternidad. Le concedí la razón con un gesto, y él apartó la mirada. Es difícil mantener la dignidad anclado y aterido en una pared, pero creo que lo hice bien.
—Pues empieza cuanto antes a escribir. Tan pronto como termines, tengo una estaca de hierro esperando empalarme, y no quiero llegar tarde.
El escriba carraspeó. Colocó el tintero con precisión en el espacio destinado para tal fin, encendió una vela larga y gruesa como polla de ojáncano, abrió el libro y preparó la primera página. Le observé en silencio trazar con esmero las letras y número que componían la fecha de hoy, lo que me sirvió para saber que llevaba tan solo tres meses en la prisión. Se habían dado mucha prisa en dictar mi sentencia. Supongo que el hecho de no haber asistido a mi propio juicio aceleró las cosas.
Cuando terminó, alzó la vista.
—Dada las condiciones de su encarcelamiento, y las especiales cualidades de su celda mareal, solo le dedicaré dos franjas de cuatro horas cada día, que coincidirán con las bajamares. Así que la estaca de hierro deberá esperar un tiempo, me temo.
Su mirada se posó en mis extremidades cubiertas de cicatrices y heridas. Lo que más le llamó la atención fueron mis tatuajes: el faro del Espolón del Mundo, en mi antebrazo izquierdo; la escarificación del ancla cristiana en mi clavícula; la calavera de lobo en mi cuello o la muñeca de trapo en mi gemelo derecho. El sayo mohoso de presidiario me cubría el resto del cuerpo, que era un catálogo pictórico de recuerdos, algo que quizá un iluminador de pergaminos como él podría apreciar. Si le llamó la atención, lo disimuló y dijo:
—Empezaremos por el principio.
—Qué tradicional. Podríamos ir al grano, a la salsa, a lo del inquisidor.
—Dado que esta biografía inusual fue petición suya, no me opondré a la forma que quiera utilizar para narrar sus andanzas, pero el orden cronológico sería el más deseable.
—Eso llevará días.
—No me han dado plazo, así que mientras entre dentro de lo razonable, no habrá problema. En aras de mantener cierto orden, para entender sus antecedentes.
—No necesito que me entiendan, solo que la verdad se sepa. He hecho muchas cosas malas, cosas repugnantes que valdrían para condenarme a muerte diez veces más. Lo irónico es que no estoy aquí por ninguna de ellas. Estoy aquí acusado de blasfemia, herejía, asesinato, usura, alcoholismo, automutilación, corrupción, lujuria, hechicería… he roto casi cada ley conocida por el mundo civilizado, y he provocado modificaciones en los códigos penales de dos países para hacer frente a actos que ni siquiera ellos consideraban posibles. Muchas de esas acusaciones son falsas, pero me temo que otras muchas son ciertas. Quiero separar el grano de la paja para que mi verdad pueda ser almacenada en alguna biblioteca criminal, hasta que alguna generación venidera, mucho más sensata, la encuentre. Aunque lo más probable es que os quemen nada más termines de escribirlo. Al libro y a ti.
—Ya tienen su confesión. Esa es la historia oficial. Aunque entiendo que ahora quieren hacerlo sin que medie un hierro candente. Tengo entendido que la misma reina Isonanda se ha interesado por vos. Además, su verdad debería ser la misma que la de los demás, pues solo hay una verdad.
—Alguien que trabaja en la Corte de la Reina Niña, copiando leyes y edictos, no debería decir esas sandeces sin sonrojarse. Existen tantas verdades como hablantes, y solo perduran las que son llevadas a cabo mediante el acero y la sangre. Por eso estamos aquí, yo colgado aguardando mi ajusticiamiento, y tú sentado en una celda al servicio de la misma reina que expulsó a tu pueblo y te obligó a convertirte a una religión que no profesas. Esa es nuestra verdad común. Yo soy un brujo de sangre excomulgado y tú eres un marrano traidor a tus ancestros. Deberíamos estar unidos en esto.
—No soy un marrano.
Los nudillos del escriba se pusieron blancos. La mandíbula rígida y cierto grado de autocontrol le impidieron responder lo que pensaba.
—Pues yo si hago magia de sangre, y me costó lo suyo aprender. La mayoría en un monasterio, entre rezos y orgías secretas. Pero bueno, ya llegaremos a mis múltiples virtudes, ¿por dónde empiezo, Afonso?
—Por el principio —masculló el judío converso.
—Pues al principio vamos.

LA SIRENA. Capítulo I

Autor: Un hombre con barba

Lector profesional especializado en fantasía, ciencia ficción y terror. Fui aprendiz de librero pero me echaron por mi afición a eyacular entre las páginas de los best sellers. Hago reseñas y luego me las como. A veces las subo y nadie las lee. Escribo cosas raras.

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