Love Life

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Lo recuerdo como si fuera ayer. La noche en que todo se sumió en la más absoluta oscuridad.

Desperté con la sensación de que me habían dado un golpe en el estómago tan fuerte que me había quedado sin respiración. Inhalé con tanta intensidad que al pasar el aire por mi garganta desprendió un sonido gutural. El corazón me palpitaba tan rápido que temía que me estuviera dando algún ataque o sufriendo un episodio de ansiedad. Es lo que tiene la edad, que cada vez que te la recuerdas te vuelves más hipocondríaco.

Conseguí tranquilizarme riéndome de mi propia estupidez. Todo se debía a una pesadilla dijo mi mente, basta de gilipolleces. A lo que yo le contesté que ya podría hacer lo mismo con los problemas que me acechaban todos los días para colgarse de mi espalda y pegarse como lapas. Que ya andaba encorvada.

Intenté volver a dormir, a sabiendas que me costaría. Y entonces oí algo. Un sonido sordo, un murmullo lejano, un eco tímido… será un crujido de la pared que también quiere conspirar hoy contra Morfeo, dijo mi ironía. Pero yo soy curiosa por naturaleza. En mi interior debe haber algún gen que me obliga a cerciorarme de cualquier duda que me invade en el mismo instante en que se produce la misma. Sin alterar el orden de los factores. Hume estaría orgulloso de mí. Si hay una causa busco el efecto y viceversa. Y si no lo encuentro, no puedo domir. Estaba claro que esa noche no iba a pegar ojo.

Sumida en la oscuridad, tanteé con cuidado de no molestar a la mesilla de noche en busca de mi móvil. Tras varios intentos fallidos, una vela, la libreta para anotar lo que se me ocurre en el duermevela que jamás estrené, el flexo, el ebook, por fín encontré el maldito teléfono.

Me levanté despacio. Las baldosas del suelo me recibieron con un frío que me heló hasta la médula. Ni me planteé en buscar las zapatillas de ir por casa, estarían descansando plácidamente en la cocina o el baño. Yo siempre estaba dispuesta a andar descalza y olvidarlas. No las culpaba por no estar allí, me lo merecía por ignorarlas continuamente.

Mientras caminaba lentamente pidiendo que me arrancaran los pies para no seguir sufriendo, le di al botón del móvil y se encendió. Me acojoné. Eran las 12:00. La hora en la que los espíritus salen a hacer de las suyas según reza en todas las tramas de las películas de terror creadas y en incubadora prestas a salir a alegrarle la vida a la gente. Y lo volví a oír. Eran palabras, estaba segura, aunque no entendí nada. Pensé que me estaba emparanoiando y prometí no ver más peliculas de miedo aunque me matasen. Aún así, seguí caminando.

Abrí la puerta y como ella también quería participar de la función me abrazó con un chirrido de lo más terrorífico. Mi gen de la curiosidad comenzó a dudar de si, por una vez, podríamos permitirnos el lujo de no descubrir qué estaba pasando. Pero mi cabezonería podía más y comenzó la guerra. Ella quería que siguiera andando y me dejara de estupideces, se había unido a la lógica, mientras que mi miedo, innato también, me pedía a gritos que volviese a la cama y me tapase con la sábana, cabeza incluída. Como si se tratase de la capa de invisibilidad de Harry Potter y quien quiera o lo que fuera que me estuviera acojonando, de repente dejaría de saber de mi existencia, dijo de nuevo mi lógica. El miedo entonces arremetió contra ella diciendo que si me quedaba quieta igual todo pasaba y volvía a amanecer. Que más vale un “aquí corrió que aquí murió”. A todo esto mi cuerpo andaba a la suya, estaba acostumbrado a lidiar con mis emociones contradictorias y de vez en cuando se independizaba. Yo ya me encontraba en el pasillo.

La casa estaba sumida en un silencio que le era extraño. No se oía absolutamente nada, tal es así, que de haber sido médico habría podido comprobar el estado de mi corazón con sólo prestar atención a sus latidos que sonaban en estéreo en mis oídos. Y de nuevo el murmullo, estaba cerca del origen de aquel sonido pero todavía era incapaz de entender que narices me estaba diciendo. El por qué no quise plantearmelo.

Atravesé la cocina. Aún olía al sucedáneo de lasaña precocinada que había quemado en el microondas. Un olor rancío que se quedaba pegado en la piel. Recordé sus alitas al horno maceradas en sidra. Cuánto le echaba de menos. Le amé a corazón abierto y sin anestesia y él me regaló un portazo que sonó como un punto y final y ni siquiera se llevó sus recuerdos. Los dejó aquí atrapados en nuestra casa para que me acecharan a cada paso, todos los días, a cualquier hora. La exigua encimera apenas se veía entre un montón de tuppers sucios que habían montado su propio campamento. Mañana lo arreglaré, me dije. Pero siempre es mañana, me contestó mi mente, predispuesta a abofetearme, a la mínima ocasión, con mi propia realidad.

La puerta de nuestra antigua habitación estaba abierta. Desde que se marchó fui incapaz de volver a dormir allí y como era pobre sólo pude mudarme al cuarto que tan alegremente llamamos “de los invitados” cuando deseábamos compartir nuestro amor con todo aquel que estuviera dispuesto a un empacho de dulzura no apto para diábeticos.

Entré. Sentía el corazón en la boca, palpitando en mi garganta y mis ojos lloraban sin haber pedido permiso para hacerlo. “Te has olvidado de mí”dijo una voz, que a pesar de ser dulce, me heló hasta el dedo pequeño del pie. Su timbre me era familiar, recordaba ese tono. La luz temblorosa de mi móvil con complejo de linterna enfocó a todos los rincones. Todos sabemos que los espíritus se esconden en los recovecos para que bajes le guardia y te arreen el susto de tu vida, si no te matan a la primera. Nada, allí no había nadie.

¿Has mirado al techo? Como siempre mi mente acechando. Mi imaginación se puso a trabajar, sin previo aviso, y me regaló una bonita imagen, digna de enmarcar, de una proyecto de niña con forma de araña y pelo enmarañado mirándome con ojos asesinos, agarrada al techo dispuesta a saltarme a la cara.

Enfoqué por culpa de mi instinto que actuó por si sólo y menos mal que la niña en cuestión no trabajaba esa noche. “Te has olvidado de mí”, la voz lloraba y yo seguía sin encontrar a su dueña.

Entonces, al pasar por delante del espejo me pareció ver algo. Será mi reflejo pensé. Miré y mis piernas fallaron haciéndome caer al suelo. Sí, era yo, de niña, con mi pelo pelirrojo, natural y liso, rozándome los hombros. Lloraba desconsolada y me miraba.

“Te has olvidado de mi” dijo esta vez mirándome a los ojos con un vacío en ellos que me atraía al abismo. Me señaló la puerta y se marchó. ¡Espera! Grité. Pero ya no estaba, se había esfumado dejando tras de sí el reflejo de una mujer que jamás quiso ser. Las ojeras ocupaban buena parte de mi rostro y ocultaban unos ojos sin brillo que un su día jugaban con el sol y cambiaban de verde a ámbar. Mis brazos caídos y flácidos me acusaban continuamente de haberme vuelto una sedentaria. Las piernas ya no recordaban cuando fue la última vez que las depilé.

Aquello debía ser una pesadilla o quizá la treintena me había regalado también el don del sonámbulismo. Decidí olvidar, hacer como que no había pasado nada. Escurrir el bulto lo llaman. Empezaba a ser una artista en aquello de meter la cabeza bajo tierra y dejar que el mundo continuara su curso sin mí.

Desanduve lo andado y ya más tranquila regresé a mi habitación. Pero al llegar al umbral de la puerta se detuvo el tiempo y mi respiración no quiso ser menos. Todo mi cuerpo se paralizó. Había alguien tumbado en mi cama, tapado con mi sábana. No se movía, ni siquiera podía apreciar el vaivén de sus inhalaciones. Tuve ganas de salir corriendo, pero mis pies parecían haber echado raíces en el suelo y fui incapaz de mover un solo dedo. Intenté gritar pero mi garganta no respondió. El miedo se había apoderado de todas mis emociones y las había silenciado. No sabía qué hacer. Enfoqué despacio con el móvil hacia la cabeza de quien quiera que estuviera en mi cama. Imposible. No podía ser cierto. Me acerqué con rabia a la cama y arranqué con furia la sábana, que sumisa, cayó al suelo. ¡Era yo! ¡Despierta! Grité ¡Despierta de una vez! Pero ahí seguía inerte. Me zarandeé, golpeé, me dí patadas. No había forma de que abriese los ojos. Ni un solo movimiento. Derrotada, me desplomé en el suelo sumida en un llanto incontrolable. Y entonces ví aquella caja de somníferos bajo la cama rodeada de blisters huérfanos de pastillas. Lo había hecho y, lo peor, es que lo había conseguido. Al final, el valor que no tuve para vivir, lo tuve para morir.

Alicia Moll.

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