Love Life

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Lo recuerdo como si fuera ayer. La noche en que todo se sumió en la más absoluta oscuridad.

Desperté con la sensación de que me habían dado un golpe en el estómago tan fuerte que me había quedado sin respiración. Inhalé con tanta intensidad que al pasar el aire por mi garganta desprendió un sonido gutural. El corazón me palpitaba tan rápido que temía que me estuviera dando algún ataque o sufriendo un episodio de ansiedad. Es lo que tiene la edad, que cada vez que te la recuerdas te vuelves más hipocondríaco. Leer más “Love Life”

Antigualla

Llegué al día de mi cumpleaños con todos los requisitos indispensables para que los 30 me regalasen una gran crisis. Estudios, jefe desagradecido, sueldo ínfimo y miedo a la vejez.  ¿En qué coño pensaba cuando era pequeño y tenía sueños? Tu supondrás que, al menos, tendría pareja. Sí, hasta hace una semana cuando ella llegó y me dijo que se iba a Berlín a trabajar “de lo suyo”. Que si me iba con ella. ¿Y qué hice yo? Irme a Albacete.

La dejé ahí, con su porte de princesa de cuento y su cabello ondulado revuelto por la brisa del mar de una tarde de un verano agonizante. Me llevé su maldito perfume de DKNY, el del bote con forma de manzana, pegado en la nariz y un sin fin de reproches que no se sostenían. Ya no habría más bailes agarrados entre las sartenes de la cocina al son del monótono ruido del microondas. Leer más “Antigualla”

Epitafio

*Nota: Estos microrrelatos los escribí para un concurso en el que había que escribir una pequeña historia, de un máximo de 200 palabras, que incluyera la palabra “epitafio”. Al final no me decidí por ninguno de los dos y no me presenté. Espero que os gusten.

1.
Hoy estoy sola. Es el momento. Lo decidí hace tres días. Me cortaría las venas. En vertical. Lo mío no es llamar la atención. Voy en serio.
Mientras noto el frío metal de la navaja de afeitar de mi padre sobre mi muñeca pienso en todo lo que he vivido.
Es cierto que cuando vas a morir tu vida pasa delante de tus ojos. Son fotogramas. No hay audio. No hay olores. Sólo imágenes sueltas.
34 años. Dos carreras. Dos másteres. Cuatro idiomas. Cero trabajo. Cero propiedades. Sueños ahogados en las ilusiones fallidas de antaño. Leer más “Epitafio”

La Hija del Dragón.

flor de cerezo

La luna llena iluminaba cada rincón del jardín interior de la casa. Tan sólo se oía el rumor de las hojas de un cerezo al mecerse con la brisa que refrescaba la noche y el murmullo del agua de un arroyo. Takezo preparaba los utensilios: unas agujas de madera, unos botes de tinta negra, verde y roja, unos guantes de látex… cuando la vio aparecer por el camino de grava blanca acompañada de su padre. No la había vuelto a ver desde que era una cría, ahora andaría por los veinte. Su cuerpo, bajo un kimono blanco, se adivinaba menudo, nada exuberante. Pero había algo en ella que atraía. Su pelo, completamente liso y negro, descansaba sobre sus hombros. Aún mantenía ese flequillo recto que encuadraba su cara redondeada y medio tapaba sus ojos. Unos ojos ligeramente rasgados y de color verde intenso. Takezo se fijó en una caja que llevaba Ryûko. Era una caja de madera, no muy grande, con decoraciones florales pintadas a mano. Leer más “La Hija del Dragón.”

Rosinenbomber

Berlín 1950

 

Berlín está gris desde hace mucho tiempo. Nublado y frío, como si las alambradas que rodean la ciudad hubiesen atrapado al invierno para siempre y no lo dejasen escapar. Los árboles supervivientes languidecen en hojas verde plomizo. Una atmósfera cenicienta, un olor gris y asfixiante, oprime la capital y sus alrededores. Cuando acabaron las bombas llegó el silencio y se quedó pegado a la piel de los Berlineses. Un silencio triste que se siente extraño e incómodo.

El pequeño Henry de doce años se dirige a casa. Camina con la cabeza gacha pegando patadas a un pequeño guijarro que marca el ritmo de sus pasos. Las desgastadas suelas de sus zapatos son incapaces de dejar sus huellas marcadas en el camino. No recuerda otra Berlín. Igual que no recuerda a su abuelo ni a su padre. Su abuela le habla de una ciudad que más que del pasado le parece sacada de un libro futurista. Leer más “Rosinenbomber”

La caja inesperada.

El cartero llamó al telefonillo. Traía un paquete. Pedro no había comprado nada por internet y no tenía ni idea de qué podría ser.

“Din Dón”. Pedro abrió la puerta y ahí estaba Juan con su camisa amarilla, sus bermudas azul marino a juego con su chaleco y su sonrisa alegre. Llevaba entre sus manos una voluminosa caja de forma rectangular.

—Buenos días Pedro, paquete express.

—Hola Juan, ¿Seguro que es para mí? No recuerdo haber pedido nada, ¿Quién lo envía?

—Pues los datos son correctos, el remitente es SMC de Orense. ¿Te ayudo a entrarlo?

—Hombre soy manco pero no inútil—dijo Pedro antes de echarse a reír.

—No lo decía por eso —dijo Juan incómodo ante aquel malentendido.

—Era broma —Pedro seguía riéndose.

—Siempre me estás tomando el pelo. ¿Me firmas aquí donde pone recibido? —Juan señaló el acuse de recibo que había colocado sobre la caja y le ofreció un bolígrafo.

—Claro hombre y no te lo tomes todo tan en serio, que la vida son dos días —Pedro colocó bajo su axila derecha el paquete dejando libre su mano.

—Lo intentaré — Juan le sonrió y se despidió —Que tengas un buen día.

—Igualmente.

La caja pesaba un poco. Pedro la apretó contra su costado y moviendo el brazo, manteniendo la presión, hacia delante y hacia atrás la zarandeó. Por el sonido era incapaz de adivinar qué había ahí dentro. Dejó la caja sobre la mesa del comedor y la abrió.

Las piernas le fallaron. Tuvo que sentarse. De sus ojos brotaban lágrimas sin cesar. Gemía como un niño que acaba de perder a su mascota. Trató de contener el llanto apretando sus ojos con el dedo índice y el pulgar. Hizo acopio de todas sus fuerzas, para volver a mirar dentro de la caja. Todo se veía borroso por las lágrimas que anegaban sus ojos. Le pareció distinguir una nota. Se secó los ojos con la manga de la camiseta y comenzó a leer. Varias lágrimas cayeron sobre el papel emborronando algunas letras.

Cuando recobró las fuerzas, aún llorando, echó un último vistazo al contenido del paquete, metió la carta dentro y lo cerró. Entonces, cambió la dirección que había anotada en la parte de arriba y se fue a Correos.

Tres días después, la caja estaba bajo la axila derecha de Manuel.

El olor de las costillas marinadas en cerveza con limón inundaba la casa. Iba a abrir la caja cuando el “tin, tin, tin” del temporizador del horno cambió el orden de sus prioridades. Dejó la caja en el comedor y fue a sacar las costillas. Estaban doraditas y bañadas en un caldo marrón que desprendía un olor delicioso.

Antes le encantaba pintar figuras diminutas repletas de detalles que emulaban a personajes históricos, pero desde que perdió el brazo izquierdo había encontrado en la cocina su verdadero hobby. Incluso estaba pensando en montar su propia empresa de catering para poder dedicarse a su pasión de forma profesional.

Tras dejar las costillas, bien tapadas, sobre la encimera de mármol negro fue a por la caja. ¿Qué habría dentro?. El remitente era PJ Martínez. Le sonaba, pero no lograba recordar a nadie con esas siglas y que fuese de Albacete.

Rajó suavemente con un cútex el precinto siguiendo la línea que separa ambas solapas. Una vez liberadas levantó una de ellas y en cuanto penetró la luz y puedo apreciar mínimamente lo que había dentro su cara dibujó una mueca de estupefacción. No podía ser real, era imposible. Levantó la otra solapa y se llevó la mano derecha a la cabeza mientras soltaba todo el aire que había mantenido dentro de sus pulmones cuando abría la caja. Se pasó la mano por los ojos, apretándolos, como si fueran los botones de un mando de televisión y de esa forma le permitieran cambiar la imagen que tenía ante sí. Pero cuando volvió a abrir los ojos, el paquete seguía allí con su macabro contenido.

Dentro de la caja había una bolsa envasada al vacío que contenía un brazo izquierdo serrado por debajo del hombro. Se tocó su muñón. Debía ser de un hombre con una complexión física parecida a la suya. No era muy musculado pero tampoco era un brazo fino y enclenque. Un brazo fibrado. La mano era grande, ancha, y las uñas estaban mordidas. Lo que estaba claro es que ese brazo llevaba un tiempo ahí metido, tenía un color azulado.

Manuel vio una carta junto al brazo. Con mano temblorosa la cogió y comenzó a leer:

 “ Queridos amigos míos:

 Hace ya dos años que nos conocemos y sabéis que no exagero si digo que desde que os conocí mi vida cambió radicalmente. Estoy vivo gracias a vosotros, no sólo en el sentido literal puesto que mi forma de ver la vida también ha cambiado. Nunca me cansaré de agradeceros lo que hicisteis por mí.

 Este año y medio me ha hecho pensar mucho en todo lo que pasó en aquella isla. Tengo pesadillas casi todas las noches aunque mi psicólogo dice que es algo normal y que irán remitiendo con el tiempo, que el trauma ha sido muy fuerte y que he de tener paciencia.

 La verdad es que no lo llevo tan mal. He sabido mirar el lado positivo. Algo que se me hace duro es que hay gente que no lo entiende. Supongo que a vosotros también os pasará. Mi mujer no entiende por qué, después de todo este tiempo, me he cortado el brazo. Claro, ella no tuvo que comerse el brazo de sus compañeros de naufragio para poder sobrevivir. Tampoco espero que lo entienda, ella no tuvo que pasar lo que pasamos nosotros. No tuvo que sufrir el sorteo fatídico para ver quien era el primero en servir su brazo a la brasa. Ni cortárselo con rudas herramientas, ni quemarse en vivo y en directo para no desangrarse. Aún hay noches que me despierta un fuerte olor a carne quemada. Ella no lo vivió, ni lo olió, ni lo sufrió, yo sí. No tuvo que comerse una parte de su cuerpo ni compartirla y ver como otros se la comían, nosotros sí. Por eso no lo entiende. No entiende que haya tenido que hacer esto para poder cerrar este capítulo de mi vida. Ha sido un año y medio sintiéndome en deuda con vosotros, porque si estoy aquí es porque tuvisteis las narices de cortaros un brazo y darme parte de él para comer, porque nos moríamos de hambre. Os estaré eternamente agradecido. Sobretodo porque cuando nos rescataron, a mí aún no me había llegado el turno.

 “Tu no tendrás que pasar por esto”… os alegrasteis de que yo no tuviera que sufrir semejante atrocidad. Y eso hace que me sienta más en deuda con vosotros.

 Esto no lo he hecho por vosotros, lo he hecho por mí. Puede que penséis que estoy loco, pero si vosotros no lo podéis entender no creo que nadie sea capaz de hacerlo.

 Siempre me tendréis porque yo os tuve a vosotros cuando más lo necesité.

 Si tuvimos agallas de sobrevivir ante una situación así, ¿Qué nos puede dar miedo en esta vida?.

 Contad conmigo siempre, amigos míos.

 Un abrazo.

 Santiago.”

Alicia Moll. 

Literatura

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Eran 30. Avanzaban por Plaza Cataluña en dirección a las Ramblas. Una señora, de pelo cardado y canoso, paseaba con su nieto. Al verlos, cogió al niño en brazos y cruzó la calle.

Ya en las Ramblas, un pastor alemán comenzó a ladrarles. En su hocico brillaba una espuma blanca. El dueño, al no poder dominarlo, desapareció tras las puertas de un bar. Alertada por los ladridos, una chica que gritaba a su novio, se parapetó detrás del chico.

Dejaron las Ramblas atrás al adentrarse en la primera callejuela que había a su izquierda. Justo en ese momento, una mujer, dejaba un calcetín blanco huérfano en el tendedero.

Se pararon al llegar a un edificio antiguo. En la entrada había una placa dorada, en la que figuraba en letras negras “Ateneo Barcelonés”. El sol de media tarde, inundaba de luz el patio interior relegando a las farolas de forja a meros elementos decorativos. Las ventanas del primer piso dejaban entrever partes de la Biblioteca; techos artesonados de madera, estanterías repletas de libros de todos los tamaños y colores. Se podía adivinar, incluso, el olor a cuero y papel viejo de aquella estancia, que poseía una luz cálida, anaranjada.

El conserje, un hombre de mediana edad, leía el periódico, sentado frente a su mesa. Los botones de su camisa azul, luchaban por mantener sus puestos a cada inhalación. Alzó la vista y sintió frío. Frente a él, había un grupo de figuras humanas con el rostro difuminado. Todos vestían con camisa y pantalón anchos de color blanco. Eran idénticos en sus medidas y en su forma.

Uno de ellos se dirigió al conserje:

—Disculpe, queríamos hablar con el profesor de escritura creativa que lleva al grupo Poe. Creo que se llama Paco Antúnez—dijo con una voz monótona, un eco que retumbaba en las paredes.

—Eh…sí. El profesor del grupo Poe es Paco… —apenas pudo decir el conserje. Frotó sus ojos con fuerza y los volvió a abrir, temiendo que su miopía hubiese avanzado a marchas forzadas y sin previo aviso.

Aquel ser extraño se acercó al conserje hasta quedar a un palmo de él —Díganos dónde está—No había boca, ni ojos, ni aliento. Sólo la voz.

—Eh… bueno… él está en el tercer piso, segunda puerta a la izquierda. Por esas escaleras llegarán —balbuceó el conserje señalando con un tembloroso dedo índice en una dirección.

El conserje los observó mientras subían por las escaleras. Andaban igual; brazos dejados caer a los lados del cuerpo, cabeza recta, hombros hacia atrás y paso lento. Al verlos desaparecer por el final de la escalera, se lanzó al teléfono. Debía avisar a Paco. Comunicaba.

Al llegar a la tercera planta, tras la puerta que les había indicado el conserje, escucharon una voz que decía “ Hola Susana, estamos en la unidad didáctica 12, como recordarás”… Llamaron antes de entrar y la voz interrumpió su discurso con un “¿Quién es?” en un tono de fastidio que no se esforzó en ocultar.

Los seres entraron.

—¿Paco Antúnez?

—Osti sí… y ¿Ustedes? —atinó a decir. Su piel palideció.

—Somos personajes indefinidos y queremos que hable de nosotros a sus alumnos para poder tener una vida.

—Personajes indefinidos—suspiró Paco — Pero, ¿Por qué mis alumnos?

—Bueno, estamos siguiendo su trayectoria y creemos que tienen potencial. Queremos que nos den un nombre, un color de ojos, de pelo, que nos hagan bajitos y gordos o altos y esbeltos. Que nos regalen un tono de voz, una personalidad. Ser valientes o asustadizos, que nos enfrenten a peligros. Amar o vengarnos de alguien. Nos da igual ser redondos o planos siempre que provoquemos sentimientos en los lectores y les hagamos soñar. Queremos ser literatura.

—¿Qué mejor meta que ser literatura? —dijo Paco sonriendo, indicándoles, a su vez, que se acercaran al escritorio de roble macizo, y que los que pudieran, sólo serían tres afortunados, tomaran asiento. Entonces sacó un papel plastificado con las fotos impresas de sus alumnos y continuó:

—Susana —dijo señalando una de las fotografías — es perfecta trabajando historias de niños y adolescentes. Si alguno prefiere la novela fantástica, Luís tiene ideas asombrosas. Mónica, por su parte, trabaja muy bien la novela negra.

—Yo preferiría algo más intimista —se oyó entre el grupo.

—Entonces Lucía, cuida mucho los sentimientos de sus personajes. Y si alguno de ustedes se decanta por la denuncia social, su escritor es Mario.

—A mí me gustan las historias con un ambiente muy cuidado —se volvió a oír entre el grupo.

—Pues debe elegir a Carlos, hace del escenario un personaje más. Y el que esté pensando en la fuerza de la literatura realista debería elegir a César.

—¿Y de aventuras?

—Javi trabaja muy bien el género y Alicia, aunque hace sufrir mucho a sus personajes.

 

La luz del sol daba el relevo a las lámparas de forja del patio interior cuando Paco se despidió de aquellos personajes que anhelaban ser literatura. “Ojalá nos volvamos a ver pronto” les dijo. Una semana después, al abrir los trabajos enviados por sus alumnos, Paco, se sonrió.

 

Alicia Moll.