Espiritismo II

Segunda y última parte de este capítulo de otro de mis proyectos.

Anteriormente, en “Espiritismo I”:

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—Siéntese, Monsieur Etienne. Pongamos bajo control nuestra fuerza vital, y el portal se estabilizará. Saquen los talismanes —dijo imperativa Madame Akasha.

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Etienne estuvo a punto de enviar al infierno a todos los presentes. Temió que le hubiesen envenenado, pero no había tomado nada desde hacía horas. Pensó que quizás las velas, al arder, estaban liberando algún compuesto tóxico o alucinógeno, pues el olor le resultaba sumamente desagradable, pero entonces no debería haberle afectado sólo a él. Al final decidió que era culpa solo suya, y volvió a sentarse, pero sin ganas de abrir la boca. Se mantuvo inclinado hacia delante, con respiraciones lentas y profundas, buscando una serenidad que se le escapaba de las manos. Notó que el corazón le palpitaba desbocado, y cuando más pensaba en ello, más se le aceleraba. Con la mirada enturbiada por el mareo, vio como cada uno de los presentes sostenía entre sus manos un objeto.

Madame Akasha volvió a hablar.

—Como es la primera vez que Monsieur Bourgeois acude a nuestras sesiones de inmersión en el velo, sería correcto dejar que se tranquilice, y explicarle el proceso y lo que va a contemplar hoy ¿Señor Matheson, ya que se sienta a su lado, sería tan amable…? —dejó la frase en el aire. Las palabras ascendieron hacia el techo, como devoradas por un sumidero celestial. O al menos eso le pareció a Etienne. Madame Roqueleurre estaba muy atenta. Los ojos le tremolaban, acuosos —hagamos un receso de diez minutos.

Etienne sacó de su pitillera un cigarrillo y lo encendió. Luego le ofreció uno a su joven interlocutor, que aceptó. Este olió el cigarrillo.

—¿Turco?

—Sí, Galoises, de la tabacalera imperial. Son muy fuertes.

El americano dio una calada, y al instante se arrepintió. Al inhalar, el humo parecía devorarle la garganta, como una marabunta incandescente que le dejaba en carne viva los pulmones. Por fortuna, cauterizó todo en la segunda pasada, así que cuando exhaló el aliento, ya tenía alquitranado el camino para las siguientes bocanadas.

Saúl comenzó a explicarle el protocolo para la séance espiritista mientras el resto de invitados se retiraban o conversaban entre sí. Se inclinó hacia él, conspirador.

—En cada sesión traemos un objeto que creemos que ha enlazado con el otro mundo. A Madame Akasha le resulta más fácil conectar si hay resonancias que amplifiquen sus poderes. Intentamos centrarnos en uno solo de nosotros, que hace de puerta principal, y la abrimos con su objeto. El resto sirven, por empatía, para incrementar el efecto de la llamada. Madame Akasha busca objetos personales que tengan una historia relacionada con nuestra búsqueda del más allá. Intentamos encontrar el objeto con el que mejor nos podemos sincronizar. Salvo Madame Roqueleurre, que siempre trae su muñeca, pero el suyo es un caso especial. Mire, yo esta vez he traído una cajita de rapé vacía. La encontré en una mansión que perteneció a un ancestro mío, que era de Barcelona, antes de que nuestra rama familiar emigrase a Estados Unidos, y su apellido se perdiese. Pues bien, la casa me corresponde por derecho de herencia, al no haberla reclamado nadie en todos estos años. Pero la casa está encantada. Miré, litografiada en la tapa hay una imagen de su alzada. ¿Cuántos pisos ve?

—Tres. Y quizás una buhardilla, aunque no veo ventanales ni aperturas en el tejado.

—Tres. Y sin embargo la mansión que habito sólo tiene dos pisos, y una buhardilla —dijo Saúl, solemne. Se reclinó hacia tras, orgulloso. Etienne esperaba que el americano continuase, porque no tenía muy claro que debiera haber deducido. Al no hacerlo, se aventuró con sus conclusiones.

—Bueno, quizás hay un “piso fantasma”, si es que eso existe. También puede que esa litografía no muestre la misma casa. Está borrosa, y supongo que hay casas similares.

—Demasiada casualidad, si tenemos en cuenta que la encontré en su interior. Además, hay dos álamos a ambos lados del pórtico columnado, ¿ve? Son los mismos que hay en mi casa. Y es la misma, se lo aseguro.

—¿Sugiere que hay un piso entero que se ha desvanecido? –preguntó Etienne.

—Desvanecido no, que solo existe en un plano de existencia superpuesto al nuestro, pero al que no podemos acceder por métodos normales.

Etienne entornó los ojos hacia el cielo. Dios misericordioso.

—¿Y no podría ser que la hayan reformado? Usted dice que han pasado muchos años desde que un familiar suyo pisó Europa —abrió las manos en un gesto que parecía dictaminar que era lo más lógico y probable.

—Podría ser. Podría ser.

Saúl, por primera vez, se mostró dolido ante la falta de entusiasmo de su interlocutor.

—Disculpe, no quería ofenderle. Pero soy una persona desconfiada. En más de una ocasión he oído historias de estafadores y artistas del timo que se aprovechan de las creencias de los demás. Me ha mencionado a Madame Roqueleurre, y me ha parecido ver que se tomaba todo esto muy en serio.

—Sí, su caso es especial. Su hija… —dejó en el aire la frase, como dudando si continuar o no — …su hija se suicidó.

—El peso de la vida. A unos nos dobla, a otros los rompe.

—Sí, hace muchos años. Madame Roqueleurre era joven, y su hija no debía tener más de doce años. Se ahorcó en su habitación, en la torre de la mansión donde vivía. La encontraron con las piernecitas en el aire, su cabecita colgando de una de las vigas. Se había subido al cabezal. Dejó una nota donde explicaba las causas de su suicidio. Con doce años. ¿Qué causas podrían hacer que una niña con toda la vida por delante pusiera fin a su existencia? Los rumores destrozaron al matrimonio.

—Y la condesa trae la muñeca favorita de su hija, para intentar contactar con ella, supongo —dijo Etienne.

—Casi, pero la realidad es mucho más retorcida. Madama Roqueleurre es una devota cristiana, que está convencida de que su hija arde en las llamas del infierno por la decisión que tomó. Habló con varios sacerdotes, incluso con el arzobispo, pero le dijo que el alma de su pequeña estaba condenada. Ni el pontífice podría salvarla. Así que encargó la fabricación de una muñeca a Armand Marseille, el mejor maestro juguetero que pudo encontrar. Utilizó cabellos cortados del cadáver de propia hija, y para el vestido utilizó una porción de la mortaja. Antes de que la enterraran en la finca familiar, por supuesto, pues el obispado no aceptó que fuese inhumada en terreno consagrado. Madame Roqueleurre, desde entonces, intenta contactar con ella para que pueda confesar sus pecados a un sacerdote católico, y ser perdonada.

—Es una locura.

El marqués Etrius apareció por detrás, y puso una mano en el hombro de Etienne.

—No. Es una pena. Una pena terrible, que atenaza el alma de quien la sufre. Es desesperación, motivada por una tristeza tan grande que ha hecho que dedique la mitad de su vida a intentar congraciarse con el recuerdo de una hija que se suicidó, y de cuya muerte, sin duda, se culpa. Piensa que quizás si ese día se hubiese encontrado en casa en vez de en el Liceo, o si los criados que ella contrató hubiesen sido más responsables, o si no hubiese permitido que su marido fuera tan duro con ella… —Etrius calló al oír las voces que indicaban que la anciana y la médium regresaban por el pasillo, conversando en susurros.

El doctor Ernst regresó del lavabo poco después, y todos tomaron asiento.

—Bien, supongo que el señor Matheson le habrá puesto al día, ¿no?

—Más o menos. Me falta explicarles los talismanes del Monsieur Ernst y Madame Toda.

La bruja hizo un gesto con la mano, cediendo la palabra a la arqueóloga catalana, que sostenía en sus manos lo que parecía un saco de arpillera. De su interior extrajo el cadáver de un felino, polvoriento y apergaminado.

—Hoy he traído una momia de gato sagrado, procedente de la necrópolis de Bubastis, en Egipto. Los gatos eran los animales sagrados de la diosa Bastet, y vivían en su templo. Cuando morían, eran embalsamados con todos los honores, para que continuasen sirviendo a su diosa en el más allá. Además, como ya saben, El Libro de los Muertos detalla con extremo cuidado los rituales necesarios para alcanzar la otra vida. Por ello creo que este animal nos puede servir de guía. Además, los felinos poseen un sentido sobrenatural que les permite detectar a las entidades que saben viajar entre ambos mundos, como bien nos dijo en la última sesión Monsieur Matheson, en su disertación sobre Poe. —Matheson esbozó media sonrisa, e inclinó la cabeza a la egiptóloga.

—Y Monsieur Wohlfart nos ha traído un libro muy atrayente, por lo que veo –Madame Akasha fijó su mirada en el doctor, que tomó  el gesto como un permiso para hablar.

Era fascinante ver estos miembros de la alta sociedad francesa, que vivían acostumbrados a dar órdenes y a no obedecer casi ni las leyes de su propia nación, saltar a la más mínima indicación de quien, para Etienne, era una clara farsante. Todo en su apostura, en sus gestos, en la voz impostada y la teatralidad de su maquillaje, servía para caracterizar un personaje, un estereotipo de augur o medium. Clamaba a los cielos: “farsante, farsante”.

— Les traigo una copia de “De Masticatione Mortuorum in Tumulis”, en muy buen estado —con una mirada de suficiencia se dispuso a aclarar para los profanos, su contenido y origen —. Es un grimorio que trata sobre el vampirismo y la necrofagia, que encontré en una subasta en Amsterdam. Lo acompaña un certificado de 1798 expedido por el papado, que verifica su autenticidad y lo considera un libro peligroso – ante esas palabras, Madame Roqueleurre se persignó —. El libro presenta todas las indicaciones necesarias para elaborar talismanes de nigromancia capaces de alzar a los muertos, o evitar que estos se alcen por su propio pie. También analiza y explica las causas por las que el cadáver de una persona puede reanimarse espontáneamente como un gul necrófago.

Estella Toda parecía interesada de forma genuina, y por supuesto Madame Akasha, en su papel de erudita esotérica y maestra de ceremonias.

—Excelente. Hemos reunido una colección de talismanes cuyo poder es palpable. Puede sentir los hilos de la magia entrecruzarse. He podido percibir con mi tercer ojo la malla de energías que se tejía desde el mismo instante en que nos hemos sentado. Tomemos nuestras manos —indicó la médium, extendiendo ambos brazos.

Así lo hicieron. Madame Akasha cerró los ojos, y comenzó a murmurar un galimatías que entremezclaba griego clásico, latín, y un tercer idioma que ninguno de los presentes podía identificar porque era claramente una invención de la hechicera. Continuó su salmodia impía durante varios minutos, hasta que, con una precisión digna de un gran estreno, un trueno retumbó, sacudiendo la casa con su virulencia. Segundos después comenzó a llover; las gotas repiqueteaban con fuerza en las tejas y canalones; las ráfagas azotaban las ventanas cerradas. El viento aulló en las contraventanas, inmiscuyéndose en la sesión de espiritismo como un zorro en un gallinero, y sus silbidos furiosos hacían tabletear los postigos en sus quicios, amenazando de paso con sacar a Etienne del suyo. Haciendo gala de su sentido de la teatralidad, Madame Akasha habló con una voz aguda, infantil:

—Madre. ¡Madre! ¿Dónde está? La siento, pero no la veo, madre. ¿Está aquí?

Esto turbó sobremanera a la anciana condesa, que apretó con más fuerza las manos con las que se enlazaba, las de Estella y Madame Akasha. Saúl, que tenía apretada la mano izquierda de Etienne, se le acercó y le dijo al oído:

—¡Ha contactado con la hija!

— ¿Hija? Thérèse. Thérèse, ¿Puedes oírme?

—No la veo, madre. Aquí no hay luz. No hay nada, solo dolor. Sáqueme de aquí, madre, vayámonos lejos.

—Te llevaré a casa, hija. Te llevaré a casa. Sólo tienes que aguantar un poco…

Madame Akasha moduló una nueva voz, gravé, áspera:

—Amante esposa. Te estamos esperando. Podremos volver a ser una familia. Thérèse y yo estamos compartiendo el tiempo, como nunca antes. Ya no necesito esperar a que marches con tus amigas. ¿Recuerdas el recital de Armand? Esa tarde fue la primera. Thérèse se vistió con tu negligé de satén blanco y…

—¡No! ¡Monstruo! ¡Déjala en paz, como le pongas la mano encima! —la anciana temblaba. Apretaba los párpados y los dientes, pero las lágrimas se deslizaban por sus mejillas chupadas.

—Lo sabías de sobra. Era más fácil para ti ignorarlo todo. Amada esposa, en breve nos reencontraremos. Aquí, en el abismo. Y entonces te enseñaré a difamarme. ¡Ramera!

Madame Roqueleurre lloraba, y los brazos le temblaban, sostenidos por Estella, que, con los ojos abiertos, estaba aterrorizada. Madame Akasha se retorcía, el cuello tensado y la mandíbula rígida en un rictus maníaco; continuó con su actuación, retomando la voz de falsete que imitaba la joven suicida.

—Tu camisón se manchó madre. Había sangre. Por abajo, madre. Lo siento mucho.

Un portazo en el piso superior, y ruidos de alguien corriendo. Etienne alzó la mirada hacia el techo. Eso no era una ilusión. Madame Akasha prosiguió con voz más grave.

—¡Abre la puerta, meretriz del diablo! ¿Por qué me provocas? Tú también lo deseas, ¡haz feliz a tu padre! ¡Abre la puerta o la echaré abajo!

Ruido de cristales rotos a través de las paredes, quizás provenientes de la cocina o del recibidor cercano. Las puertas de acceso al salón se abrieron con un gemido, y una corriente de aire apagó casi todas las velas. A la vez que se apagaban, Saúl dio un respingo, Etienne abrió los ojos dispuesto a levantarse y enviar al diablo a todos pero en ese instante vio que Etrius le miraba, atento. Como si le estuviese valorando, o como si esperase una reacción. La oscuridad les engulló. Creyó percibir una silueta enorme, de más de dos metros de altura, tambaleándose en una esquina del salón, como si fuese incapaz de caminar con seguridad. Daba zancadas sin moverse del sitio, hacía resonar lo que parecían unos zuecos de madera. Nadie más pareció haberlo visto. Un grito de niña en el piso superior, y un golpe de algo blando cayendo, seguido de un chirrido inidentificable, como una sierra dentada arañando una pizarra. Las puertas del comedor se volvieron a cerrar, solas. El silencio lo engulló todo, salvo el sonido de la lluvia en los cristales. Entonces comenzaron a oírse zumbidos procedentes de la silueta, de la que emergieron moscas; un hedor nauseabundo lo impregnó todo. Estella gritó, y se levantó, rompiendo el círculo. Saúl liberó la mano que entrelazaba con Etienne, y juntándola con la otra empezó a rezar un padre nuestro. Erns se levantó con vehemencia y la silla chirrió como un demonio. Sólo Etrius y Akasha permanecían imperturbables.

Ya había pasado. Solo se oían las respiraciones de los presentes.

Salidos de la nada aparecieron dos criados con lámparas, que iluminaron la estancia. Madame Roqueleurre temblaba, con los ojos en blanco, Saúl rezaba, Erns sostenía su libro como si fuese un salvavidas, y Etienne, sin saber cómo ni cuándo, tenía su pistola en la mano. Los criados retrocedieron al ver el arma. Etienne reculó hacia la pared:

—Están todos locos. Sus juegos exceden el buen gusto y la cordura –dijo.

—¿Juegos, Monseur Bourgeois? —replicó Etrius —. ¿Y entonces por qué ha desenfundado su arma, sí todo es inocuo?¿O es que en el fondo de su ser sabe que lo que ha vivido es real?

—¿Real? Humo y espejos. No sé por qué he venido. Es de una crueldad y mal gusto increíble.

—¡La condesa! —gritó Saúl, rodeando la mesa con celeridad. Madame Roqueleurre se había desmayado. Madame Akasha sonreía, Etrius dirigía a sus criados para que fuesen en busca de un doctor, pero Ernst ya estaba junto a ella, examinándola las pupilas, y reclamando que le trajeran el maletín que se encontraba en su coche.

***

Etienne dio una larga calada a su cigarro. Las volutas ascendían hacia el ventilador  situado en el techo, que lo atrapaba entre sus aspas de teca y lo desperdigaba sobre las estanterías como un aspersorio de nicotina. Etrius también fumaba, pero parecía que, lejos de saciar una adicción, lo hacía para acompañar a su invitado.

—¿Qué le ha parecido, Monsieur Bourgeois?

—Una fantasmada, si me permite  la mala broma.

Otra calada. El pequeño despacho sólo tenía dos sillones situados frente a un ventanal orientado al norte, donde las gotas de agua se estrellaban con dejadez. Un brasero caldeaba la estancia e iluminaba con el brillo de sus ascuas un cuadro de Palas Atenea. Un cuervo, que parecía haber tenido la mala suerte de ser disecado en el momento que alzaba el vuelo hacia la lámpara de pared, proyectaba la sombra de sus alas sobre los dos hombres.

—¿De verdad son necesarias esas farsas para el sustento de la Sociedad? ¿Mi padre aprobaba estos métodos para recaudar fondos?

—Su padre no vivió estos tiempos que nos han tocado a nosotros. Desde su fundación, y durante los años que formó parte de nuestra orden, esta obtenía financiación a través de la corona imperial. Pero con las continuas pérdidas en las colonias, las revueltas independentistas en sus territorios y el creciente anarquismo, era cuestión de tiempo que nos retiraran cualquier estipendio. Pero no por ello hemos dejado de creer en nuestra visión común, y en nuestro principal cometido: clasificar las amenazas sobrenaturales al Imperio, e intentar combatirlas. Para ello necesitamos dinero, me temo, y ahí entran las donaciones particulares.

—Es humillante. Un grupo de buenos para nada que asisten a nuestras funciones.

—Y sin embargo, uno de los presentes tiene un dàimon. Uno bastante poderoso. Y no me refiero a usted  —dijo el anciano mientras miraba a Etienne por encima de sus gafas de cristal tintado.

—Cuesta creerlo.

—¿Adivina quién?

—Podría ser cualquiera, pues todos me parecen unos inútiles integrales. Pero sin duda usted me lo dirá.

—No se piense. Me gustan los juegos. Se lo ruego, diga quién cree que puede ser el poseedor de un dàimon excepcional para nuestra sociedad.

—Saúl Matheson.

—No lo ha pensado, ha respondido el primero que le ha venido a la mente, confiando en que con eso bastaría para terminar el enigma.

Etienne suspiró.

—Estoy seguro de que la condesa no es.

—Bien.

—El doctor Wohlfart parece tan pedante que ya habría demostrado sus capacidades si tuviera alguna que se saliera de lo normal, ¿me equivoco? Aunque si ese libro fuera el que dice, tendríamos un problema. De Masticatione Mortuorum in Tumulis fue un manuscrito muy problemático, si no recuerdo mal.

Etrius sonrió.

—No se preocupe, es una versión censurada y recortada, los sortilegios y hechizos están incompletos, ya lo he comprobado. No puede convocar ni vincular absolutamente nada, ni por supuesto ejercer la nigromancia. Eso sí, puede consultar los grabados.

Etienne se mesó la barba, y perdió su mirada en el techo.

—El joven Matheson tampoco me parece un buen candidato, tiene el alma intacta. Quizás sea un Puro. Y la señorita Estella Toda no me acaba de convencer; para ella todo esto es una frivolidad, un pasatiempo. Así que solo nos queda nuestra farandulera. Madame Akasha.

—¡Excelente!

—¿Es una verdadera adivina?

—La mejor que he visto, o de la que haya oído hablar.

—Y sin embargo…

—Y sin embargo no usa sus poderes en nuestras reuniones, cierto. Prefiere ceñirse a su papel de estafadora con dotes para la oratoria y el drama. Los ruidos que oímos, y el grito de niña, fueron cosa de su prima pequeña, que con mi connivencia se escondía en el piso de arriba; con unos viejos zapatos de madera hizo los ruidos de los pasos. Me temo que su poder tiene ciertas limitaciones. Como el suyo, Monsieur Bourgeois, aunque de otro tipo.

—¿Cómo hizo la silueta del Hombre Alto? ¿Para que las sombras se moviesen así?

Etrius se pasó la lengua por los labios, inseguro de cuáles serían sus siguientes palabras.

—¿El Hombre Alto?

Etienne tragó saliva.

—Disculpe, la iluminación debió jugarme una mala pasada, y mi mente sugestionada vio cosas —optó por no preguntar por las moscas ni el olor. ¿Sólo lo había percibido él? Optó por cambiar de tema —. ¿Madame Akasha puede hablar con los muertos?

—No con los cadáveres, como usted, sólo con los espíritus. Y como bien sabe, los espíritus tienden a disgregarse y desvanecerse. Los espectros y fantasmas son harina de otro costal.

—¿Y el futuro? ¿Puede preverlo?

—Sólo las muertes.

Etienne se calló unos instantes.

— Eso quiere decir…

—¿Piensa que quizá ya sabe cuando morirá usted?

—Es un poder útil.

—No si no le va a servir para evitarlo.

—¿Lo han comprobado?

—Me temo que a la muerte le gusta bailar. La Danse Macabre. Sé que intentó evitar algunas muertes de seres queridos y el resultado fue mucho peor. Además, ella no puede controlar bien su uso. Y por supuesto están las pesadillas. Cada vez que atisba en las tierras de más allá del velo, tiene vívidas pesadillas que la incapacitan y aterran.

— ¿De dónde es?

—Española. De Andalucía. Su verdadero nombre es María Lanzas.

—Y ella es el verdadero motivo de que me invitase esta noche.

Etrius apuró la copa de cognac.

—Acuda a La Carassa, en el Barrio Gótico, y pregunte por Madame Pasifae. Le ayudará a encontrar a su objetivo.

***

Esa noche, mientras María se desmaquillaba, y Josefina, su prima de once años, le preparaba el baño, no dejó de pensar en el atractivo francés que acababa de conocer. Él la consideró una farsante desde el primer momento. Y eso estaba bien, pues quería decir que sus dotes de actuación seguían funcionando.

Se soltó el pelo. Le cayó en rizos negros, espesos, del tipo que los malos poetas siempre describen como azabache. Sus ojos profundos buscaron su reflejo en el espejo del tocador, mientras se levantaba para dirigirse a la tina de agua caliente. Depositó su batín chino sobre la cama, y comprobó la temperatura del agua.

Tras media hora de relajación, sumida en un ensoñamiento cálido y algodonoso, salió de la bañera, se perfumó con dos gotas, se puso el camisón, y se sentó de nuevo en su tocador. De un cajón secreto extrajo un diario gastado, anodino, con los bordes doblados y el espinazo agrietado, y redactó en él la visión que le había mostrado cómo sería la muerte de Etienne Bourgeois.

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El Hombre Alto desea que os haya gustado. A él le gustáis.

Saludos.

Carlos Di Urarte

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Espiritismo I

Esto forma parte de otro proyecto. Es el inicio de un capítulo de una novela ambientada en una Barcelona alternativa, a principios del siglo XX. Es un borrador pendiente de cambios, pero ya es legible. Espero que os agrade.

Carlos Di Urarte.

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El salón de invierno de la mansión del Marqués Etrius era una habitación sombría, y desde que puso un pie en él, Etienne sintió aprensión. Había cierta solemnidad fúnebre en la sala de techos altos y paredes cubiertas de paneles de teca. Comunicaba con un comedor adyacente gracias a unas puertas dobles que estaban cerradas, pero se abrirían para la cena. El salón estaba a su vez dividido en dos espacios. Uno compuesto por tres sofás verdes de terciopelo, situados en forma de herradura frente a una chimenea, y otro que conformaba una pequeña biblioteca, con estanterías en dos paredes adyacentes, y un ventanal emplomado.

Examinó la decoración con un vistazo rápido: el globo terráqueo que en realidad era un botellero, sostenido por un titán de bronce oxidado; la crisoelefantina de una geisha, serena y perfecta en su timidez, que ocultaba su rostro con un abanico; las velas en los candelabros sobre las mesitas auxiliares; y las lámparas de aceite en las paredes. La luz tenía cierta cualidad sepulcral, mórbida, como si estuviese entrando en una capilla o cripta románica. El silencio que sucedió a su entrada no hizo sino acentuar esa sensación. Parecía que era el último en llegar, y además desconocía al resto de los invitados. Un criado le recogió el abrigo, dejando al descubierto su pistola en su funda sobaquera.

Etrius se acercó, sonriente, y le escoltó, como sólo un buitre podría escoltar a un viajero por el desierto.

—Déjeme que le presente a mis amigos. Madame Roqueleaurre, Condesa de Tolosa, emparentada con el linaje Bonaparte, y con una docena más de casas europeas —. La mujer apenas le dirigió un movimiento de sus ojos, mientras permanecía con la boca fruncida en un gesto amargo de esfínter nobiliario.

—Sentado a su lado está el eminente doctor Ernst Wohlfart —. Un hombre con la calva repleta de manchas y un mostacho curvado a la moda, que pasaría de la cincuentena, ataviado con una levita negra que le daba aspecto de enterrador.

—Estella Toda, hija de Eduard Toda, diplomático y arqueólogo al servicio del emperador, y reputada egiptóloga por méritos propios. Está jovencita, si me perdona la impertinencia, ya ha recorrido medio mundo junto a su padre, y trabaja como conservadora en el museo del Louvre, aunque se ha tomado un año sabático  —la dama portaba con suma gracia un vestido liberty estampado de flores, y sostenía entre sus manos un grimorio de aspecto tétrico. Hizo un gesto cortés con la cabeza, y le sonrió. Sus rasgos faciales eran duros, ferales, y sin embargo emanaba de ella cierto poder magnético. Había belleza en su mandíbula dura, su nariz afilada, su boca amplia, y sus ojos maquillados con kohl. A pesar de vestir a la moda, su tono de piel era broncíneo, como el del propio Etienne, hecho que demostraba que pasaba horas bajo el sol del desierto, quizás en excavaciones arqueológicas.

—Y por último, este caballero —Etrius colocó su mano sobre el hombro de un joven de rasgos suaves, afeminados, con un bigote fino y negro, y una mosca casi inexistente —responde al apellido Matheson. Saúl Matheson es estadounidense, aunque su anglofilia le ha convertido en traductor de grandes poetas al francés. Ha traducido a Samuel Taylor Coleridge, Edgar Allan Poe y Lord Byron. Y como es un caballero discreto, jamás reconocerá que es poseedor de una excelente recopilación de poemas y relatos cortos propios, de misterio.

—Encantado de conocerle —dijo Saúl.

—Damas y caballeros, les presento a  Monsieur Bourgueois. Su padre y yo éramos buenos amigos —El doctor Ernst y la Condesa Roqueleaurre intercambiaron una gesto de inequívoco interés. Estella le miró con fijeza, casi con descaro. Monsieur Matheson le contemplaba con lo que parecía amabilidad —. Creí que sería una valiosa incorporación a nuestras filas. No solo porque desciende de un miembro fundador de nuestra Orden Esotérica, si no porque él mismo ha tenido varias experiencias vitales y contactos con las tierras situadas más allá del Velo.

Etienne pensó que todos los presentes parecían expectantes, casi ansiosos. Se habían reunido para celebrar una sesión de espiritismo, un pasatiempo inocuo e inofensivo que entretenía a muchos de los nobles y burgueses que no tenían nada mejor que hacer. Les excitaba la búsqueda del conocimiento acerca de los grandes misterios de la vida más allá de la muerte, de atisbar un gramo de verdad que sirviese para confirmar o refutar las doctrinas teológicas, o quizás sólo la necesidad de paliar la angustia vital. Eso motivaba a los presentes. Cada uno de ellos había ingresado en la Orden de los Hijos de Prometeo con esa necesidad, ese ansia de respuestas. Etienne sabía de sobras que los Hijos de Prometeo cumplían una función real en el inmenso Imperio Francés. Pero estos no eran esos hijos. Como en casi todos los grupos secretos, había determinados niveles ocultos a los no iniciados. Los Hijos de Prometeo entraban en sus filas, seleccionados y avalados por otro Hijo, y no se tenía en cuenta su posición social, conocimientos o contactos. Se buscaba hombres y mujeres, con independencia de su religión, sexo y edad, por sus capacidades para comprender, combatir o promover la seguridad del Imperio, desde un ámbito sobrenatural. Y por su sensibilidad. Fue el padre de Etienne quien le introdujo en los misterios, pero fue su capacidad para contactar con las tierras de los muertos, desarrollada tras la masacre de Puerto Príncipe, la que sin duda la valió el acceso a los Misterios Mayores.

Etrius guió a Etienne para que se acomodase junto a Saúl.

La anciana condesa de rictus escatológico, con las manos colocadas una sobre otra en su regazo, le dirigió la palabra:

—Díganos, Monsieur Bourgeois, si es tan amable, ¿en que consistieron esos contactos con el mundo ultraterreno? ¿Algún espíritu o espectro acaso? – La anciana había barnizado sus palabras con un deje burlón, lo cual no dejaba de ser irónico, dado los motivos por los que se habían reunidos

—Sí, estoy deseoso de escuchar su historia. Creo que me hice psicólogo para escuchar las miserias de los demás. De esta forma las mías me parecen más llevaderas – añadió el anciano doctor Ernst con una sonrisa falsa, antes de que Etienne respondiese a Madame Roqueleaurre.

Un coro de miradas  centró su atención en él. Estella le ignoraba deliberadamente, acariciando el lomo del libro que tenía entre sus manos. Sólo Saúl Matheson, con su fino bigote y su mirada de cocker spaniel, como si entendiese lo que ocurría, parecía concederle el beneficio de la duda. Este pequeño grupo de decadentes de clase alta le había juzgado, sin que Etienne supiera muy bien por qué, como no apto para sus reuniones. Etienne estaba acostumbrado a disfrutar de tales reacciones a su presencia, y sabía atajarlas, o al menos expresar una actitud acorde con lo esperado.

—Si piensan que tengo interés en las fantochadas que hacen aquí, me temo que se equivocan. No me interesa el mundo del espectáculo, y les aseguro que si creen que no soy digno de sus presencias, díganmelo a la cara.

La estupefacción se extendió por el salón como una plaga de langostas silenciosas. Bien podrían ser esqueletos los que ahora estaban sentados a la mesa, ya que nadie mostró una pizca de vida. El Marques Etrius salió al paso quitando hierro al asunto:

—Ruego que disculpen a mi invitado. Aún está cansado del largo viaje desde Nueva Orleans, y no es él mismo. Es excéntrico. Pero tan pronto como se reponga descubrirán que es un excelente conversador, repleto de anécdotas de las colonias.

—Sí, estoy seguro de ello —dijo el doctor Ernst, asintiendo. Creo que Monsieur Bourgeois se ha sentido incómodo y fuera de lugar. La culpa es nuestra, sin duda. Debe ser terrible sentirse diferente, lejos del hogar.

Etienne se sentó junto a Estella, que entregó el libro a un criado solícito que esperaba detrás suyo y se lo llevó. Decidió que debía entrar en su juego.

—Mi experiencia con el mundo de los muertos fue muy simple. Permanecí muerto varios minutos. Y volví a la vida con plenos recuerdos de lo que se hallaba al otro lado de lo que ustedes llaman “Velo”.

Los presentes, por primera vez, mostraron un interés genuino en sus palabras. Estella se inclinó hacia delante, colocó un mechón de cabello negro rebelde detrás de la oreja y dijo:

—Fascinante. Háblenos de las tierras de los muertos.

—Bueno, sin duda pensarán que estoy loco, pero vi a mis familiares muertos. Me esperaban, envueltos en un halo dorado, junto a unas puertas abiertas rodeadas de nubes resplandecientes. Un hombre barbado, vestido con una toga de aspecto romano, me recibió. De su sencillo cinturón de soga colgaban varias llaves.

—¡San Pedro! —exclamó Saúl Matheson, dando una palmada en el reposabrazos de su sillón.

La condesa la miraba con abierto desdén, y el doctor Wohlfart se había convertido un busto neoclásico que parecía la mismísima representación del escepticismo.

—¿No me creen? —dijo Etienne —, pensé que eran capaces de creerse cualquier cosa.

Saúl estaba perdido. Su mirada fue del doctor a la condesa, y de ahí a Estella y a Etrius. Finalmente se posó de nuevo en Etienne, que sintió cierta vergüenza ajena,  incluso pena por el inocente norteamericano.

—Discúlpeme. No quería ofenderles. De nuevo. Pero la experiencia de mi muerte fue muy traumática para mí. No estoy preparado para hablar de ello con ligereza, y creo que no nos conocemos lo suficiente.

El marqués parecía mortificado. Sin duda pensó que Etienne sabría comportarse, o quizás no, pero estaba claro que la velada no estaba saliendo como él esperaba. Otro criado entró en la sala, pidió perdón por la intromisión, y susurró a Etrius unas palabras. Él sonrió.

— Me anuncian que Madam Akasha ya ha llegado. Podemos sentarnos.

Al oír esas palabras, dos criados abrieron las puertas dobles que daban acceso al comedor, donde una mesa ovalada ocupaba casi todo el espacio. La sala estaba sumida en la penumbra, apenas rota por un único candelabro, y los pesados cortinajes de terciopelo impedían las vistas al jardín exterior. Mientras los presentes se aposentaban, hizo su entrada la bruja.

Madam Akasha era una mujer de belleza gitana, que a Etienne le pareció el estereotipo de las hechiceras rumanas. Llevaba el cabello recogido con un pañuelo rojo del que colgaban monedas doradas. La tez era oscura, los ojos negros, la nariz respingona y los labios gruesos, perfilados de púrpura, a juego con la sombra de los ojos. Se ataviaba con varios pañuelos como una odaliscas de Las Mil y Una Noches. Una niña gitana se acercó, y la tendió un estuche de madera lacada en negro; de él extrajo un tarot. Con dramatismo escénico y extremo cuidado, depositó el fajo de naipes delante suyo. Posó sus ojos en los presentes, mientras se sentaban. Cuando llego a Etienne, ambos se midieron. Etienne la consideró una farsante al instante. Ella sintió cierta curiosidad, la misma que un gato puede sentir por una lagartija que se escurre entre las grietas, cerca de donde dormita.

Los criados les abandonaron tras cerrar todas las puertas. La única iluminación provenía de las velas del candelabro dispuesto en el centro de la mesa, lo que sumía el contorno del comedor en sombras danzantes. A Etienne no le hizo ni pizca de gracia, porque le pareció que algunas sombras se movían de forma antinatural, como si no siguieran un patrón lógico. Esto le hizo rememorar el desencadenante de su estancia en las tierras de los muertos. Recordó que, cuando se lo explicó a los doctores españoles que le atendieron días después del suceso, desestimaron sus visiones como delirios inducidos por la falta de oxígeno. Negaban categóricamente la veracidad de lo que él estaba seguro que había sido un verdadero desplazamiento de plano, a un lugar oscuro que no sabía definir.

Recordó el paisaje caótico, bulboso, terso y viscoso. Se sintió como un insecto en ámbar, con la terrible sensación de que vagaba a la deriva y a la vez estaba solidificado. Allí había cierta luz ambiental, que parecía proceder de unos extraños nódulos que colgaban de hebras. No había arriba ni abajo, y recordó la sensación de indefensión total, de incapacidad, de que su condenación era inefable. Porque hay veces en las que, ya sea por suerte o desgracia, somos partícipes de algún misterio que sólo el misticismo más hermético podría ser capaz de explicar. La ciencia tiene sus limitaciones, y a diferencia de la fe, está atada al pensamiento lógico y a la relación causa-efecto para explicarlo todo. Pero el lugar en el que Etienne se encontró, o al menos creyó encontrarse, no podía ser definido. Incluso la misma noción de las dimensiones era algo maleable, dúctil. Pero por encima de todas esas sensaciones, el sentimiento más palpable que se le adhirió como un enjambre de sanguijuelas, era el de terror. Un miedo absoluto, un pánico irrefrenable ante su propia mortalidad. La perspectiva de una eternidad encogido, desprotegido y miserable, en un mundo en el que apenas era una mota ridícula, sin importancia, con menos valor que un comino, le asfixiaba. Esa experiencia marcó el resto de su vida, en tanto que ya no pudo estar seguro de sus propias percepciones, nunca más.

La experiencia se repitió en contadas ocasiones, aunque nunca de forma tan vívida como aquella vez. Sin embargo, en algunos momentos inesperados, determinados sucesos en ambientes controlados desembocaban ese recuerdo. Por ejemplo al notar una telaraña adhiriéndose al dorso de su mano al entrar en un local abandonado; o al despertar de madrugada, con la sensación de que, mientras dormía, varias hormigas recorrían su epidermis; o cuando, al bañarse en un río, le parecía que alguna criatura fría y escamosa le había rozado el tobillo. Y en este caso, el hecho de verse rodeado de sombras que parecían bailar a su alrededor, como un aquelarre, destapó el horror.

Comenzó notar un sudor frío en su frente, y se clavó las uñas de las manos, bajo la mesa, intentando pasar desapercibido. Madame Akasha recitaba una especie de salmo, y los presentes iban respondiendo. El sentía como sus voces se alejaban, y se hundía cada vez más, atrapado en unas sábanas infinitas que amortiguaban su caída, pero no la llegaban nunca a detener del todo. Cada vez más abajo, más profundo.

Y de golpe se recuperó.

— ¿Monsier Etienne? ¿Etienne? ¿Se encuentra bien? ¿Monsieur Etienne?

A su lado, Saúl Matheson le sacudía con cautela. Pero el momento ya había pasado.

— Perdonen. No me encuentro bien. Necesito algo de aire. – Etienne se levantó.

Madame Akasha sonrió.

—Creo que Monsieur Etienne ha conectado con el otro lado. En ocasiones ocurre. La suma de nuestras presencias ha abierto un portal. Ha durado unos segundos, pero lo he percibido con claridad –dijo con una voz profunda y un acento ronroneante, difícil de situar.

— La suma de las partes es mayor que el todo. Es la teoría de la gestalt. – sentenció el doctor Ernst—, el círculo busca completarse, y se ha desbordado en nuestro invitado, que no está acostumbrado.

—Puede ser. Parecía tan fuerte y saludable, y ahora recuerda a un aquejado de tisis. – dijo Estella con un mohín de burla.

El marqués Etrius era el único que expresó cierta preocupación por su salud, ayudándole a levantarse. El revólver que colgaba de su funda estuvo a punto de soltarse. Madame Akasha enarcó una ceja al ver el arma. Etienne apoyó las palmas de las manos en la mesa, y el resplandor de las velas iluminó las perlas de sudor que habían emergido a su frente.

—Siéntese, Monsieur Etienne. Pongamos bajo control nuestra fuerza vital, y el portal se estabilizará. Saquen los talismanes —dijo imperativa Madame Akasha.

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Hasta aquí la primera parte.

Permanezcan en su sitios, que la sesión continuará en breve.

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