Crónicas del Silo: Espejismo, Desolación y Vestigios

Hugh C. Howey es el autor de la llamada “Trilogía del Silo”, compuesta por las novelas “Espejismo” (Wool), “Desolación” (Shift) y “Vestigios” (Dust). Las dos primeras han sido ya publicadas en nuestro país por la editorial Minotauro, y la tercera tiene como fecha prevista de su publicación el 7 de octubre de 2014.

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El autor alcanzó el éxito con esta trilogía, de una forma poco común: la autopublicación, a través de Kindle Direct Publishing en 2011. Escribió un primer relato corto, que narraba la historia del Sheriff Holston en el Silo, y fue tal el éxito que alcanzó que las opiniones positivas comenzaron a crecer a un ritmo espeluznante, lo que provocó que el autor continuase la historia añadiendo más capítulos y personajes. Y así hasta llegar a más de 800.000 ejemplares vendidos, convirtiéndose en un best-seller, a base de esfuerzo y críticas positivas. Como digo, es una novela autopublicada, así que en su inicio no tuvo el respaldo de ninguna gran editorial que nos colase su publicidad hasta en la sopa, y se saltó los típicos intermediarios que existen en estos casos.

Hay quienes comparan la trilogía con otras grandes obras de la ciencia ficción distópica, como 1984 o Un Mundo Feliz. La verdad es que no se pueden comparar, y tales intentos no dejan de ser un exceso de marketing bastante desproporcionado. La novela es ciencia ficción distópica, concretamente post-apocalíptica… pero ahí acaban todas las coincidencias. La saga que comienza con Espejismo se caracteriza por un ritmo rápido, centrado en los continuos giros argumentales, y no tanto en el mensaje o en hacer crítica. Además, aunque no se puede negar que hay cierta crítica social, en realidad lo que destaca de esta obra es su capacidad para sorprender, encadenando giro tras giro, con unos personajes con los que es fácil empatizar, y sufrir. Es diversión rápida, de consumo ansioso, de “un capítulo más y me voy a dormir”, de la que genera ojeras.

Desde el inicio el autor nos dejará caer en un silo subterráneo de decenas de pisos, y nos sentiremos irremediablemente desamparados; una ciudad con sus diferentes clases sociales estratificadas y organizadas, dirigidas por los informáticos que viven en los niveles superiores, y autosuficiente. Los pisos se comunican únicamente por una escalera situada en el centro del silo, que sirve de eje vertebrador. Un desastre de que no sabemos nada ha convertido el exterior en una amenaza mortal. Y los condenados a muerte deben salir al exterior enfundados en unos trajes que apenas bastan para protegerles unos minutos. Cada habitante del silo que es condenado de tal manera debe utilizar un paño de lana –de ahí viene el título original, Wool – para limpiar los visores de las cámaras que permiten contemplar la superficie devastada y árida. Y todos lo hacen, a pesar de que no tiene mucho sentido.

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La novela comienza con el sheriff Holston pidiendo lo inimaginable. Quiere salir al exterior. Y a partir de ahí acompañaremos a los personajes en su descubrimiento de cada una de las mentiras que rigen sus vidas. La segunda parte, Desolación, sirve para presentar al lector el origen del Silo, en una época anterior al desastre. Y Howey, aunque en ocasiones no es todo lo claro que debiera, y a pesar de que es un narrador algo tramposo, también hay que reconocerle que se atreva a responder a casi todos los interrogantes que el mismo plantea, algo que no todos los autores hacen. Desolación finaliza en el mismo punto que Espejismo, y a partir de ahí entra en juego Vestigios, la tercera parte, que continua donde las dos anteriores se quedaron, hasta alcanzar la conclusión.

Por buscar un símil televisivo, las Crónicas del Silo recuerdan un poco al modus operandi de los guionistas de Perdidos: presentar una sucesión de giros, cliffhangers y sorpresas que a su vez generan más interrogantes, con la esperanza de mantener en vilo al espectador ad aeternum. Pero a diferencia de la serie de televisión, los interrogantes en las novelas que nos ocupan suelen ser desvelados de forma más o menos creíble, y confluyen en un final que da respuesta a todo. Y no creo ser el único que encuentra similitudes con Perdidos, pues la tipografía de la edición de Minotauro, sumado a las portadas tan “de best seller”, ambiguas, de letras grandes y citas lapidarias, son una declaración de intenciones. Como referencia, diré que la atmósfera cerrada y opresiva, en el interior del silo, recuerda a la saga de videojuegos Fallout, algo que el propio autor reconoce. A mí personalmente me repele cuando una novela exuda tanto marketing agresivo, sobre todo cuando está claro que la portada y el interior no parecen encajar entre sí.

Ridley Scott parece ser que vio potencial en la saga, pues adquirió los derechos para rodar una película –lo cual en realidad no quiere decir que se llegue a realizar, pero es algo notable- y en breve se lanzará el comic. Y es que la historia que presentan las tres novelas tiene mucho potencial “palomitero”.

Como curiosidad, diré que Howey mantiene los derechos digitales de las novelas, lo cual, según él mismo dijo en la presentación de Espejismo en la antigua librería Gigamesh, le ha hecho muy rico: “Rechacé ofertas de 6 cifras, y mi mujer me dijo que estaba loco. Ahora, con 7 cifras en mi cuenta bancaria, me puedo permitir rechazar cualquier oferta”. La novela ha sido traducida a 24 idiomas, ahí es nada. Y es que al americano no se le puede negar una gran visión comercial, además de chulería. Por ejemplo, el hecho de ofrecer de forma gratuita el primer relato corto, autoconclusivo. Él dice verlo como cuando pruebas una demo de un videojuego.

Así que mi consejo es muy sencillo: leedlo, que no os costará un miserable euro –buscadlo por Espejismo 1 en la web de Amazon.es -, y si no os engancha, no perdáis más el tiempo. Pero si lo hace, la trilogía completa, a pesar de sus altibajos, mantiene casi siempre el mismo nivel de emoción, y no defraudará.

Carlos Díaz.

Kraken de Óxido

Presento un relato que presenté para el concurso de relatos que organizaba TMB en Barcelona. El requisito era no exceder 3500 caracteres, y que tuviese lugar en el metro o autobús de la ciudad condal. Creo que no es lo que se esperaban, y no quedó ni finalista. Sospechaba que podría pasar, porque intenté hacer algo dferente a la enésima historia de amor que tiene lugar en un vagón cuando dos desconocidos cruzan miradas.

Aunque también puede ser que simplemente es malo, no voy a ser egocéntrico. No soy yo quien debe decidir eso.

KRAKEN DE ÓXIDO

El viejo arrastra las botas gastadas por el andén. La niña le sigue. De vez en cuando el anciano da cuerda a su linterna, creando un fino haz de luz que apenas consigue iluminar las primeras letras del nombre de la estación. Negro sobre lila, enmarcado en tinieblas.

—Hubo un tiempo en que los gusanos de hierro y latón surcaban estos caminos. Horadaban con sus fauces los senderos ocultos de la tierra, permitiendo delimitar los confines del mundo conocido.

—¿Por qué hacían eso? —pregunta la niña.

—¿Por qué? Algunos dicen que eran siervos de un dios, que marcaba sus territorios con esa señal —movió la linterna hacia unos restos oxidados, donde antaño había un mapa junto a un tótem amarillo. Encima, unas siglas.

—¿TMB?

—Era el símbolo de su deidad. Todavía hoy, a veces, encontramos restos de los ropajes de sus sacerdotes. Rayas rojas y blancas, pantalones grises. Y un aparato pesado y gris. Servía para distinguir a los fieles de los impíos. Pitaba en su presencia.—La niña escucha, maravillada. —Pero les abandonó, y se separaron. Dividieron sus territorios en los colores de la guerra que conoces. Somos los Doses Lilas, y hasta que no surja un líder que nos unifique, estamos condenados a luchar entre nosotros por lo poco que nos dejaron. Ahora vamos a un patio de batalla, el llamado Pau. La pequeña contempla el pañuelo lila de su muñeca, y la bandana del anciano, del mismo color.

—Entonces… ¿antes los Treses Verdes no eran caníbales?

—Eso dicen. Pero no hay que creerse todas las historias. También dicen que, en los túneles inundados de Sants, hay un kraken.

—¿Un kraken?

—Una bestia blanca, ovalada y retorcida, bajo el agua negra. Duerme sin soñar, con sus ojos de cristal apagados. Hay quien cree que cuando TMB regrese, aplastará a los infieles con sus tentáculos de raíles chirriantes.

La niña escudriña las vías, en la oscuridad, y se aparta del borde del andén. Continúan caminando en silencio. El anciano vuelve a hacer girar la dínamo, y arroja su luz como un sedal. Es la mirada luminosa de un dios miope, un cíclope eléctrico que hiende la oscuridad y revela la herencia muerta de los antiguos. Seres que se destruyeron a sí mismos. Ascienden las escaleras de hierro, y los dientes de metal apenas dañan los pies descalzos y curtidos de la niña. Bajan a los raíles herrumbrosos, y caminan a ciegas durante varios minutos. Trepan al nuevo andén. El anciano comprueba su mapa. Una gota cae.

De pronto, escuchan el palpitar del metal lejano: alguien está golpeando las tuberías. Señales entre estaciones. El anciano calla, se agazapa, silencia a la niña que no es su nieta, pero la quiere como si lo fuera. Otros responden. Reanudan la marcha poco después.

Cuando llegan al hall, perciben el runrún del generador grasiento, y el olor a carne quemada. Ven cuerpos apilados, despojados de sus ropas amarillas, que cuelgan de los fluorescentes fundidos como trofeos. Un explorador se acerca.

—Saludos. Lo hemos reclamado. Cogimos a los meados con la guardia baja, y les tronzamos a chispazos. Tienes que cablear por allí y… ¿qué miras, niña?

—Le estaba explicando las historias de la zona. Es la primera vez que sale de su parada, y esto es nuevo para ella. —dice el anciano.

—¿Quieres preguntarme algo, pequeña?

—¿A dónde llevan esas escaleras? ¿A la superficie?

Los adultos se miran. El explorador se mesa la barba grasienta con la mano repleta de cicatrices.

—¿Cuántos años tienes?

—Once.

—Eres muy grande para ir diciendo esas cosas. La superficie no existe.

Carlos Díaz.