NEÓN

Neon

Yo.

Contemplé la celosía entre la consciencia y la inconsciencia. No veía sentido en estar más en un lado que en el otro, pero era incapaz de quedarme en uno de los dos.

La habitación.

Un ventilador sobre una silla plegable, un biberón a estrenar, y un modem huérfano, cuyo led verde titilaba en morse. Otra silla hacía de mesita de noche. Comics alineados en cajas blancas, asépticas como nichos; un sujetador negro ahorcado en el pomo de la puerta; una babel de CDs colapsada en un rincón, y una ventana de guillotina. La ventana de guillotina a través de la cual rezumaba el neón del sex shop, cuatro pisos más abajo. Sin escalera de incendios (ella no quería un piso que diese facilidades a los ladrones). Le vino bien. Abierta porque no la cerró antes de irse. Entre las sábanas deshechas del colchón sin somier, veo manchas de esperanzas pasadas y madrigueras de miedos presentes. Yo y ella. La habitación y el viaje. Leer más “NEÓN”

Déjà Senti

Consciència de ser dona

 

“Volviste a mí una tarde fría de invierno.

Y digo volviste, porque ya habías estado junto a mí.

Todavía no sé cuándo ni dónde fue, pero lo sabré.

Y digo lo sabré con la convicción de que un día u otro seacapaz de

encontrar la respuesta, del mismo modo que encontré el camino hacia ti.”

Dicen que a veces ocurre, que es más habitual de lo que pude parecer por lo extraordinario de su apariencia.

Hay quien ha tratado de darle una explicación científica, reduciéndolo a un simple error de percepción de nuestro cerebro difícil de explicar, o quien ve en él signos de clarividencia e iluminación. Nada más lejos de la realidad.

Para mí una simple palabra lo define. Recuerdo.

Casi anochecía cuando sin darme cuenta mis pasos me guiaron de nuevo hacia las estrechas callejuelas de la zona vieja de la ciudad. Sin proponérmelo, se había convertido en una costumbre para mí acabar la jornada inmersa en el pequeño mundo que emergía en las calles adoquinadas de la ciudad. En ellas el tiempo parecía haberse congelado entre cafés y pequeños locales que conservaban su apariencia de antaño. Leer más “Déjà Senti”

El segundo jinete

Reciclo un experimento descriptivo que hice hace meses. No pasa casi nada en él, simplemente intentaba generar una atmósfera.

Carlos Díaz

* * *

Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente que decía: “Ven”. Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.

René abrió los ojos. Tenía la cabeza apoyada en Michel, que ya no le devolvería lo que le debía. Intentó moverse. Estaba emparedado con una argamasa de cuerpos y barro en una trinchera oscura, cuyas paredes negras y húmedas convertían en fosa común. Los oídos le pitaban, y los sonidos de las detonaciones reverberaban lejanos e irreales, como si estuviese sumergido en un mar turbio y espectral. Un mar de humo y niebla, de mareas que sumergían o mostraban los cuerpos a su antojo. Hacía días que el olor a pólvora se había convertido en una constante en la trinchera, y los filtros de su máscara antigás no conseguían paliarlo. Y a pesar de ella, le pareció notar arena en la boca, insidiosa, haciendo que le rechinasen los dientes. Leer más “El segundo jinete”

La casa

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Yo nunca creí en fantasmas. Ella sí.

Irene odiaba esas casas de nueva construcción asépticas, colocadas en fila una al lado de otra en orden milimétrico.

Adoraba las casas antiguas, de anchos muros de piedra y ventanales amplios, donde según ella, los años habían dotado al lugar de vida y sentimiento. A menudo cuando paseábamos por la zona vieja de la ciudad, observaba embobada, esas construcciones vetustas, que todavía sobrevivían en la zona. Le gustaba pensar que aún en ruinas, los espíritus de sus antiguos moradores vagaban por los pasillos de estos edificios, atormentados por historias de amor inconclusas Leer más “La casa”

Siempre conmigo

habitación acolchada 2

Todos corren.

Respiro con dificultad, tendido en el suelo teñido de rojo.

Mamá llora. Papá me aprieta la mano con fuerza. ¿Por qué? ¿Por qué? Repiten una y otra vez.

Él me dijo que lo hiciera.

Ellos dicen que no existe, pero yo sé que sí. Vive bajo mi cama. Hace años que está allí.

Llegó un día para quedarse. Al principio tuve miedo, mucho miedo. Me miraba fijamente sin decir nada y yo temblaba.

Pero un día me habló y ya no dejó de hacerlo nunca más. Dejé de temer.

Me acostumbré a no estar solo. Alguien me acompañaba dia y noche.

Dicen que no existe, pero yo se que sí.

Todos se mueven rápido a mí alrededor

Se preguntan por el arma. ¿De dónde la sacó? Oigo entre sollozos. Leer más “Siempre conmigo”

Emma

imagen estacion de metro barcelona(1)

El reloj marca las 8.20. Mis pies cansados avanzan ligeros por el pasillo interminable de Paseo de Gracia. Llego al andén de la línea verde. Treinta segundos y llega el tren. Se abren las puertas. Subo, todavía sin resuello. Me sujeto fuerte a la barra y espero. Mi equilibrio no es el que era. Se cierran las puertas y el tren se mueve.

El chico del pelo largo me mira por encima de sus gafas. Se levanta rápido y me cede el asiento. Se lo agradezco con una sonrisa. Me dejo caer en su sitio y sujeto el bolso sobre mis rodillas.

Tres paradas, tres y llego a mi destino. Una, Diagonal. Dos, Fontana. Las veo pasar en cámara lenta. La luz roja anuncia la tercera, mi pulso se acelera. El tren se para y se abren las puertas. Un segundo se hace eterno.

Respiro con alivio, en medio de aquel pitido, hoy también apareces.

Entras en el vagón con pasos breves de la mano de esa extraña. En la espalda cargas tu mochila de colores llena de sueños y risas. Las pequeñas coletas apenas contienen tus rizos dorados. Sonríes, a pesar del sueño que empaña tus ojos. Envuelta en aroma de caramelo paseas tu curiosidad por el vagón. Tu vista se detiene unos segundos y me ves.

Por un momento estamos a solas tú y yo pese al gentío que nos rodea. Estás tan cerca. Casi puedo tocarte. Sonrío.

El tren sigue su marcha, Vallcarca, Penitents… queda una. Tú parloteas sin cesar dando saltitos ante la puerta. No puedo dejar de mirarte.

El metro aminora su velocidad, se detiene. Las puertas se abren y vuelves a desaparecer. Me despido en silencio. Hasta mañana, mañana a las 8.36 quizás…

Susana Álvarez

Kraken de Óxido

Presento un relato que presenté para el concurso de relatos que organizaba TMB en Barcelona. El requisito era no exceder 3500 caracteres, y que tuviese lugar en el metro o autobús de la ciudad condal. Creo que no es lo que se esperaban, y no quedó ni finalista. Sospechaba que podría pasar, porque intenté hacer algo dferente a la enésima historia de amor que tiene lugar en un vagón cuando dos desconocidos cruzan miradas.

Aunque también puede ser que simplemente es malo, no voy a ser egocéntrico. No soy yo quien debe decidir eso.

KRAKEN DE ÓXIDO

El viejo arrastra las botas gastadas por el andén. La niña le sigue. De vez en cuando el anciano da cuerda a su linterna, creando un fino haz de luz que apenas consigue iluminar las primeras letras del nombre de la estación. Negro sobre lila, enmarcado en tinieblas.

—Hubo un tiempo en que los gusanos de hierro y latón surcaban estos caminos. Horadaban con sus fauces los senderos ocultos de la tierra, permitiendo delimitar los confines del mundo conocido.

—¿Por qué hacían eso? —pregunta la niña.

—¿Por qué? Algunos dicen que eran siervos de un dios, que marcaba sus territorios con esa señal —movió la linterna hacia unos restos oxidados, donde antaño había un mapa junto a un tótem amarillo. Encima, unas siglas.

—¿TMB?

—Era el símbolo de su deidad. Todavía hoy, a veces, encontramos restos de los ropajes de sus sacerdotes. Rayas rojas y blancas, pantalones grises. Y un aparato pesado y gris. Servía para distinguir a los fieles de los impíos. Pitaba en su presencia.—La niña escucha, maravillada. —Pero les abandonó, y se separaron. Dividieron sus territorios en los colores de la guerra que conoces. Somos los Doses Lilas, y hasta que no surja un líder que nos unifique, estamos condenados a luchar entre nosotros por lo poco que nos dejaron. Ahora vamos a un patio de batalla, el llamado Pau. La pequeña contempla el pañuelo lila de su muñeca, y la bandana del anciano, del mismo color.

—Entonces… ¿antes los Treses Verdes no eran caníbales?

—Eso dicen. Pero no hay que creerse todas las historias. También dicen que, en los túneles inundados de Sants, hay un kraken.

—¿Un kraken?

—Una bestia blanca, ovalada y retorcida, bajo el agua negra. Duerme sin soñar, con sus ojos de cristal apagados. Hay quien cree que cuando TMB regrese, aplastará a los infieles con sus tentáculos de raíles chirriantes.

La niña escudriña las vías, en la oscuridad, y se aparta del borde del andén. Continúan caminando en silencio. El anciano vuelve a hacer girar la dínamo, y arroja su luz como un sedal. Es la mirada luminosa de un dios miope, un cíclope eléctrico que hiende la oscuridad y revela la herencia muerta de los antiguos. Seres que se destruyeron a sí mismos. Ascienden las escaleras de hierro, y los dientes de metal apenas dañan los pies descalzos y curtidos de la niña. Bajan a los raíles herrumbrosos, y caminan a ciegas durante varios minutos. Trepan al nuevo andén. El anciano comprueba su mapa. Una gota cae.

De pronto, escuchan el palpitar del metal lejano: alguien está golpeando las tuberías. Señales entre estaciones. El anciano calla, se agazapa, silencia a la niña que no es su nieta, pero la quiere como si lo fuera. Otros responden. Reanudan la marcha poco después.

Cuando llegan al hall, perciben el runrún del generador grasiento, y el olor a carne quemada. Ven cuerpos apilados, despojados de sus ropas amarillas, que cuelgan de los fluorescentes fundidos como trofeos. Un explorador se acerca.

—Saludos. Lo hemos reclamado. Cogimos a los meados con la guardia baja, y les tronzamos a chispazos. Tienes que cablear por allí y… ¿qué miras, niña?

—Le estaba explicando las historias de la zona. Es la primera vez que sale de su parada, y esto es nuevo para ella. —dice el anciano.

—¿Quieres preguntarme algo, pequeña?

—¿A dónde llevan esas escaleras? ¿A la superficie?

Los adultos se miran. El explorador se mesa la barba grasienta con la mano repleta de cicatrices.

—¿Cuántos años tienes?

—Once.

—Eres muy grande para ir diciendo esas cosas. La superficie no existe.

Carlos Díaz.

“Ausencia”

Retrato richard Avedon Camino despacio por la acera.

Dos manzanas más y habré llegado. Tarde, llego tarde, pero no me importa.

Hoy el sol brilla entre las nubes, siento su calidez. Cierro los ojos unos segundos y un calor anaranjado ilumina mi oscuridad. Sonrío.

Camino sola mirando al frente. Detrás no hay nada, no hay nadie. No hace falta girarme, sé que estoy sola. Hoy mi corazón late tranquilo. Se acabaron las lágrimas en silencio. Respiro hondo y el olor del jazmín de las jardineras de la avenida me invade. Acelero un poco el paso.

Al hombro cargo mi mochila llena de libros, esa que tantas veces cayó al suelo conmigo. Hoy no pesa. Mis pies vuelan libres sobre el pavimento. En unos minutos llego. Cruzo la verja y entro al patio. Al fondo dos porterías solitarias descansan al sol. Tarde, es tarde. Leer más ““Ausencia””