Espiritismo I

Esto forma parte de otro proyecto. Es el inicio de un capítulo de una novela ambientada en una Barcelona alternativa, a principios del siglo XX. Es un borrador pendiente de cambios, pero ya es legible. Espero que os agrade.

Carlos Di Urarte.

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El salón de invierno de la mansión del Marqués Etrius era una habitación sombría, y desde que puso un pie en él, Etienne sintió aprensión. Había cierta solemnidad fúnebre en la sala de techos altos y paredes cubiertas de paneles de teca. Comunicaba con un comedor adyacente gracias a unas puertas dobles que estaban cerradas, pero se abrirían para la cena. El salón estaba a su vez dividido en dos espacios. Uno compuesto por tres sofás verdes de terciopelo, situados en forma de herradura frente a una chimenea, y otro que conformaba una pequeña biblioteca, con estanterías en dos paredes adyacentes, y un ventanal emplomado.

Examinó la decoración con un vistazo rápido: el globo terráqueo que en realidad era un botellero, sostenido por un titán de bronce oxidado; la crisoelefantina de una geisha, serena y perfecta en su timidez, que ocultaba su rostro con un abanico; las velas en los candelabros sobre las mesitas auxiliares; y las lámparas de aceite en las paredes. La luz tenía cierta cualidad sepulcral, mórbida, como si estuviese entrando en una capilla o cripta románica. El silencio que sucedió a su entrada no hizo sino acentuar esa sensación. Parecía que era el último en llegar, y además desconocía al resto de los invitados. Un criado le recogió el abrigo, dejando al descubierto su pistola en su funda sobaquera.

Etrius se acercó, sonriente, y le escoltó, como sólo un buitre podría escoltar a un viajero por el desierto.

—Déjeme que le presente a mis amigos. Madame Roqueleaurre, Condesa de Tolosa, emparentada con el linaje Bonaparte, y con una docena más de casas europeas —. La mujer apenas le dirigió un movimiento de sus ojos, mientras permanecía con la boca fruncida en un gesto amargo de esfínter nobiliario.

—Sentado a su lado está el eminente doctor Ernst Wohlfart —. Un hombre con la calva repleta de manchas y un mostacho curvado a la moda, que pasaría de la cincuentena, ataviado con una levita negra que le daba aspecto de enterrador.

—Estella Toda, hija de Eduard Toda, diplomático y arqueólogo al servicio del emperador, y reputada egiptóloga por méritos propios. Está jovencita, si me perdona la impertinencia, ya ha recorrido medio mundo junto a su padre, y trabaja como conservadora en el museo del Louvre, aunque se ha tomado un año sabático  —la dama portaba con suma gracia un vestido liberty estampado de flores, y sostenía entre sus manos un grimorio de aspecto tétrico. Hizo un gesto cortés con la cabeza, y le sonrió. Sus rasgos faciales eran duros, ferales, y sin embargo emanaba de ella cierto poder magnético. Había belleza en su mandíbula dura, su nariz afilada, su boca amplia, y sus ojos maquillados con kohl. A pesar de vestir a la moda, su tono de piel era broncíneo, como el del propio Etienne, hecho que demostraba que pasaba horas bajo el sol del desierto, quizás en excavaciones arqueológicas.

—Y por último, este caballero —Etrius colocó su mano sobre el hombro de un joven de rasgos suaves, afeminados, con un bigote fino y negro, y una mosca casi inexistente —responde al apellido Matheson. Saúl Matheson es estadounidense, aunque su anglofilia le ha convertido en traductor de grandes poetas al francés. Ha traducido a Samuel Taylor Coleridge, Edgar Allan Poe y Lord Byron. Y como es un caballero discreto, jamás reconocerá que es poseedor de una excelente recopilación de poemas y relatos cortos propios, de misterio.

—Encantado de conocerle —dijo Saúl.

—Damas y caballeros, les presento a  Monsieur Bourgueois. Su padre y yo éramos buenos amigos —El doctor Ernst y la Condesa Roqueleaurre intercambiaron una gesto de inequívoco interés. Estella le miró con fijeza, casi con descaro. Monsieur Matheson le contemplaba con lo que parecía amabilidad —. Creí que sería una valiosa incorporación a nuestras filas. No solo porque desciende de un miembro fundador de nuestra Orden Esotérica, si no porque él mismo ha tenido varias experiencias vitales y contactos con las tierras situadas más allá del Velo.

Etienne pensó que todos los presentes parecían expectantes, casi ansiosos. Se habían reunido para celebrar una sesión de espiritismo, un pasatiempo inocuo e inofensivo que entretenía a muchos de los nobles y burgueses que no tenían nada mejor que hacer. Les excitaba la búsqueda del conocimiento acerca de los grandes misterios de la vida más allá de la muerte, de atisbar un gramo de verdad que sirviese para confirmar o refutar las doctrinas teológicas, o quizás sólo la necesidad de paliar la angustia vital. Eso motivaba a los presentes. Cada uno de ellos había ingresado en la Orden de los Hijos de Prometeo con esa necesidad, ese ansia de respuestas. Etienne sabía de sobras que los Hijos de Prometeo cumplían una función real en el inmenso Imperio Francés. Pero estos no eran esos hijos. Como en casi todos los grupos secretos, había determinados niveles ocultos a los no iniciados. Los Hijos de Prometeo entraban en sus filas, seleccionados y avalados por otro Hijo, y no se tenía en cuenta su posición social, conocimientos o contactos. Se buscaba hombres y mujeres, con independencia de su religión, sexo y edad, por sus capacidades para comprender, combatir o promover la seguridad del Imperio, desde un ámbito sobrenatural. Y por su sensibilidad. Fue el padre de Etienne quien le introdujo en los misterios, pero fue su capacidad para contactar con las tierras de los muertos, desarrollada tras la masacre de Puerto Príncipe, la que sin duda la valió el acceso a los Misterios Mayores.

Etrius guió a Etienne para que se acomodase junto a Saúl.

La anciana condesa de rictus escatológico, con las manos colocadas una sobre otra en su regazo, le dirigió la palabra:

—Díganos, Monsieur Bourgeois, si es tan amable, ¿en que consistieron esos contactos con el mundo ultraterreno? ¿Algún espíritu o espectro acaso? – La anciana había barnizado sus palabras con un deje burlón, lo cual no dejaba de ser irónico, dado los motivos por los que se habían reunidos

—Sí, estoy deseoso de escuchar su historia. Creo que me hice psicólogo para escuchar las miserias de los demás. De esta forma las mías me parecen más llevaderas – añadió el anciano doctor Ernst con una sonrisa falsa, antes de que Etienne respondiese a Madame Roqueleaurre.

Un coro de miradas  centró su atención en él. Estella le ignoraba deliberadamente, acariciando el lomo del libro que tenía entre sus manos. Sólo Saúl Matheson, con su fino bigote y su mirada de cocker spaniel, como si entendiese lo que ocurría, parecía concederle el beneficio de la duda. Este pequeño grupo de decadentes de clase alta le había juzgado, sin que Etienne supiera muy bien por qué, como no apto para sus reuniones. Etienne estaba acostumbrado a disfrutar de tales reacciones a su presencia, y sabía atajarlas, o al menos expresar una actitud acorde con lo esperado.

—Si piensan que tengo interés en las fantochadas que hacen aquí, me temo que se equivocan. No me interesa el mundo del espectáculo, y les aseguro que si creen que no soy digno de sus presencias, díganmelo a la cara.

La estupefacción se extendió por el salón como una plaga de langostas silenciosas. Bien podrían ser esqueletos los que ahora estaban sentados a la mesa, ya que nadie mostró una pizca de vida. El Marques Etrius salió al paso quitando hierro al asunto:

—Ruego que disculpen a mi invitado. Aún está cansado del largo viaje desde Nueva Orleans, y no es él mismo. Es excéntrico. Pero tan pronto como se reponga descubrirán que es un excelente conversador, repleto de anécdotas de las colonias.

—Sí, estoy seguro de ello —dijo el doctor Ernst, asintiendo. Creo que Monsieur Bourgeois se ha sentido incómodo y fuera de lugar. La culpa es nuestra, sin duda. Debe ser terrible sentirse diferente, lejos del hogar.

Etienne se sentó junto a Estella, que entregó el libro a un criado solícito que esperaba detrás suyo y se lo llevó. Decidió que debía entrar en su juego.

—Mi experiencia con el mundo de los muertos fue muy simple. Permanecí muerto varios minutos. Y volví a la vida con plenos recuerdos de lo que se hallaba al otro lado de lo que ustedes llaman “Velo”.

Los presentes, por primera vez, mostraron un interés genuino en sus palabras. Estella se inclinó hacia delante, colocó un mechón de cabello negro rebelde detrás de la oreja y dijo:

—Fascinante. Háblenos de las tierras de los muertos.

—Bueno, sin duda pensarán que estoy loco, pero vi a mis familiares muertos. Me esperaban, envueltos en un halo dorado, junto a unas puertas abiertas rodeadas de nubes resplandecientes. Un hombre barbado, vestido con una toga de aspecto romano, me recibió. De su sencillo cinturón de soga colgaban varias llaves.

—¡San Pedro! —exclamó Saúl Matheson, dando una palmada en el reposabrazos de su sillón.

La condesa la miraba con abierto desdén, y el doctor Wohlfart se había convertido un busto neoclásico que parecía la mismísima representación del escepticismo.

—¿No me creen? —dijo Etienne —, pensé que eran capaces de creerse cualquier cosa.

Saúl estaba perdido. Su mirada fue del doctor a la condesa, y de ahí a Estella y a Etrius. Finalmente se posó de nuevo en Etienne, que sintió cierta vergüenza ajena,  incluso pena por el inocente norteamericano.

—Discúlpeme. No quería ofenderles. De nuevo. Pero la experiencia de mi muerte fue muy traumática para mí. No estoy preparado para hablar de ello con ligereza, y creo que no nos conocemos lo suficiente.

El marqués parecía mortificado. Sin duda pensó que Etienne sabría comportarse, o quizás no, pero estaba claro que la velada no estaba saliendo como él esperaba. Otro criado entró en la sala, pidió perdón por la intromisión, y susurró a Etrius unas palabras. Él sonrió.

— Me anuncian que Madam Akasha ya ha llegado. Podemos sentarnos.

Al oír esas palabras, dos criados abrieron las puertas dobles que daban acceso al comedor, donde una mesa ovalada ocupaba casi todo el espacio. La sala estaba sumida en la penumbra, apenas rota por un único candelabro, y los pesados cortinajes de terciopelo impedían las vistas al jardín exterior. Mientras los presentes se aposentaban, hizo su entrada la bruja.

Madam Akasha era una mujer de belleza gitana, que a Etienne le pareció el estereotipo de las hechiceras rumanas. Llevaba el cabello recogido con un pañuelo rojo del que colgaban monedas doradas. La tez era oscura, los ojos negros, la nariz respingona y los labios gruesos, perfilados de púrpura, a juego con la sombra de los ojos. Se ataviaba con varios pañuelos como una odaliscas de Las Mil y Una Noches. Una niña gitana se acercó, y la tendió un estuche de madera lacada en negro; de él extrajo un tarot. Con dramatismo escénico y extremo cuidado, depositó el fajo de naipes delante suyo. Posó sus ojos en los presentes, mientras se sentaban. Cuando llego a Etienne, ambos se midieron. Etienne la consideró una farsante al instante. Ella sintió cierta curiosidad, la misma que un gato puede sentir por una lagartija que se escurre entre las grietas, cerca de donde dormita.

Los criados les abandonaron tras cerrar todas las puertas. La única iluminación provenía de las velas del candelabro dispuesto en el centro de la mesa, lo que sumía el contorno del comedor en sombras danzantes. A Etienne no le hizo ni pizca de gracia, porque le pareció que algunas sombras se movían de forma antinatural, como si no siguieran un patrón lógico. Esto le hizo rememorar el desencadenante de su estancia en las tierras de los muertos. Recordó que, cuando se lo explicó a los doctores españoles que le atendieron días después del suceso, desestimaron sus visiones como delirios inducidos por la falta de oxígeno. Negaban categóricamente la veracidad de lo que él estaba seguro que había sido un verdadero desplazamiento de plano, a un lugar oscuro que no sabía definir.

Recordó el paisaje caótico, bulboso, terso y viscoso. Se sintió como un insecto en ámbar, con la terrible sensación de que vagaba a la deriva y a la vez estaba solidificado. Allí había cierta luz ambiental, que parecía proceder de unos extraños nódulos que colgaban de hebras. No había arriba ni abajo, y recordó la sensación de indefensión total, de incapacidad, de que su condenación era inefable. Porque hay veces en las que, ya sea por suerte o desgracia, somos partícipes de algún misterio que sólo el misticismo más hermético podría ser capaz de explicar. La ciencia tiene sus limitaciones, y a diferencia de la fe, está atada al pensamiento lógico y a la relación causa-efecto para explicarlo todo. Pero el lugar en el que Etienne se encontró, o al menos creyó encontrarse, no podía ser definido. Incluso la misma noción de las dimensiones era algo maleable, dúctil. Pero por encima de todas esas sensaciones, el sentimiento más palpable que se le adhirió como un enjambre de sanguijuelas, era el de terror. Un miedo absoluto, un pánico irrefrenable ante su propia mortalidad. La perspectiva de una eternidad encogido, desprotegido y miserable, en un mundo en el que apenas era una mota ridícula, sin importancia, con menos valor que un comino, le asfixiaba. Esa experiencia marcó el resto de su vida, en tanto que ya no pudo estar seguro de sus propias percepciones, nunca más.

La experiencia se repitió en contadas ocasiones, aunque nunca de forma tan vívida como aquella vez. Sin embargo, en algunos momentos inesperados, determinados sucesos en ambientes controlados desembocaban ese recuerdo. Por ejemplo al notar una telaraña adhiriéndose al dorso de su mano al entrar en un local abandonado; o al despertar de madrugada, con la sensación de que, mientras dormía, varias hormigas recorrían su epidermis; o cuando, al bañarse en un río, le parecía que alguna criatura fría y escamosa le había rozado el tobillo. Y en este caso, el hecho de verse rodeado de sombras que parecían bailar a su alrededor, como un aquelarre, destapó el horror.

Comenzó notar un sudor frío en su frente, y se clavó las uñas de las manos, bajo la mesa, intentando pasar desapercibido. Madame Akasha recitaba una especie de salmo, y los presentes iban respondiendo. El sentía como sus voces se alejaban, y se hundía cada vez más, atrapado en unas sábanas infinitas que amortiguaban su caída, pero no la llegaban nunca a detener del todo. Cada vez más abajo, más profundo.

Y de golpe se recuperó.

— ¿Monsier Etienne? ¿Etienne? ¿Se encuentra bien? ¿Monsieur Etienne?

A su lado, Saúl Matheson le sacudía con cautela. Pero el momento ya había pasado.

— Perdonen. No me encuentro bien. Necesito algo de aire. – Etienne se levantó.

Madame Akasha sonrió.

—Creo que Monsieur Etienne ha conectado con el otro lado. En ocasiones ocurre. La suma de nuestras presencias ha abierto un portal. Ha durado unos segundos, pero lo he percibido con claridad –dijo con una voz profunda y un acento ronroneante, difícil de situar.

— La suma de las partes es mayor que el todo. Es la teoría de la gestalt. – sentenció el doctor Ernst—, el círculo busca completarse, y se ha desbordado en nuestro invitado, que no está acostumbrado.

—Puede ser. Parecía tan fuerte y saludable, y ahora recuerda a un aquejado de tisis. – dijo Estella con un mohín de burla.

El marqués Etrius era el único que expresó cierta preocupación por su salud, ayudándole a levantarse. El revólver que colgaba de su funda estuvo a punto de soltarse. Madame Akasha enarcó una ceja al ver el arma. Etienne apoyó las palmas de las manos en la mesa, y el resplandor de las velas iluminó las perlas de sudor que habían emergido a su frente.

—Siéntese, Monsieur Etienne. Pongamos bajo control nuestra fuerza vital, y el portal se estabilizará. Saquen los talismanes —dijo imperativa Madame Akasha.

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Hasta aquí la primera parte.

Permanezcan en su sitios, que la sesión continuará en breve.

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